02. Hierro y Fuego

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Description

El libro que ahora tienen en sus manos, es el resultado del trabajo final de varias personas que, sin ningún motivo de lucro, han dedicado su tiempo a traducir y corregir los capítulos del libro. El motivo por el cual hacemos esto es porque queremos que todos tengan la oportunidad de leer esta maravillosa historia lo más pronto posible, sin que el idioma sea una barrera. Como ya se ha mencionado, hemos realizado la traducción sin ningún motivo de lucro, es por eso que se podrá descargar de forma gratuita y sin problemas. También les invitamos a que en cuanto este libro salga a la venta en sus países, lo compren. Recuerden que esto ayuda a la escritora a seguir publicando más libros para nuestro deleite.

¡No subas la historia a Wattpad, ni pantallazos del libro a las redes sociales! Los autores y editoriales también están allí. No sólo nos veremos afectados nosotros, sino también tú. ¡Disfruten la lectura!

crÉditos tRaduccioNes iNdepeNdieNteS MODERACIÓN Samn LH Reshi

Samn LH Stefani Steph M Viv_J

TRADUCTORES Achilles Albasr11 Andrea A Astrid L Daemon250398 Eileen Freya Hècate Karla G. M María Lavender María O Romi

Y.

REVISIÓN Asuari Sargav Ella R Samn LH

REVISIÓN FINAL Samn LH

DISEÑO DE PORTADA Wesley Crowell

DISEÑO DE PDF Y EPUB Niktos

SINOPSIS Las alianzas se forjan y también se rompen, las amistades se romperán y a pesar de las pocas probabilidades que tienen a su favor, dos corazones lucharán ante todo para sobrevivir en esta impactante secuela de Seda & Acero. De vivir aprisionado bajo el régimen de su madre, ahora los humanos son quienes lo mantienen cautivo, pero eso es lo que menos le preocupa a Lysander. Se dice que hay un bestial dragón bronce que está exterminando todos los campamentos de los humanos, un dragón que parece querer destruir el mundo entero en busca de algo… o de alguien. Es solo cuestión de tiempo para que el líder de los bronce, Dokul, encuentre a Lysander y cumpla sus amenazas. Y sabe que cuando eso suceda, Dokul no será piadoso con él. Fue la más grande victoria de los elfos en toda su existencia y aun así, Eroan había fracasado. Le falló a su gente, a sí mismo y al dragón que lo salvó. Pero no se dejaría derrotar por eso. Los drakon se encuentran en un punto caótico y crucial, no habría una mejor oportunidad para atacarlos. Y Eroan Ilanea no le volvería a fallar a su gente. Pero tras escuchar un pequeño rumor que asegura que el príncipe dragón sobrevivió, deberá tomar una decisión: ¿Luchará por su gente o por el príncipe que nadie más salvaría?

GLOSARIO DRAGONES y otros términos relacionados Akiem Amatista: Rey del clan amatista, hermano mayor de Lysander e hijo de la reina Elisandra. Amalia: Hermana fallecida de Lysander y Akiem. Carline: Cocinera, sanadora y sirvienta dentro de la torre de los amatista. Crió a Lysander y Akiem cuando eran pequeños. Dokul Bronce: Líder del clan bronce, enemigo del clan amatista, uno de los primeros dragones existentes en la tierra. Su deseo es tener a Lysander bajo su poder. Ganaoah (Ojo Rojo): Torturador de Eroan. Lysander Amatista: Príncipe del linaje amatista, guerrero solitario, hermano menor de Akiem e hijo de la reina Elisandra. Mirann Bronce: Hija de Dokul y su mano derecha del clan. Obligó a Lysander a aparearse con ella. Reina Elisandra: Asesinada por su hijo Lysander, era la temida reina del linaje amatista y gobernadora de las tierras de los dragones, los bronce solían temerle. Armada: Grupo de dragones bronce o amatista, son guerreros y vigilantes nocturnos. La armada amatista es liderada por Akiem, solo los más fuertes y rápidos del nido pertenecen a este grupo. Drakon: dragones. Gema: Segunda generación de dragones. Los Amatista pertenecen a los «dragones gema», entre otros linajes más. Exiguo/a: dragones de rangos más bajos. Metales: Primera generación de dragones. Los Bronce pertenecen a los «dragones metal», así como los antiguos dragones oro y plata.

Nido: Forma de referirse al clan propio donde los dragones de una misma especie viven como una «familia» y son protegidos por su líder más fuerte.

LINAJES DE DRAGONES Amatista: Liderados por el Rey Akiem. Dragones gema, segunda generación. Diamante: Dragones gema, segunda generación. Esmeralda: Dragones gema, segunda generación. Extremadamente raros. Bronce: Liderados por Dokul. Primera generación de dragones. Oro: Extintos. Primera generación de dragones. Plata: Extintos. Primera generación de dragones.

ELFOS y otros términos relacionados Alador: El más anciano de los elfos y quien toma las decisiones en el consejo de guerra de Ashford. Anye: Sucesora de Xena y anciana de Cheen. Curan: Líder mayor de los Asesinos de la Orden. Eroan Ilanea: Perteneciente a la Orden de Asesinos, dispuesto a unificar a los elfos y humanos para acabar con el reinado de los dragones. Janna: Cazadora; antigua amiga y examante de Eroan. Nye: Asesino mayor de la Orden; antiguo amigo y amante de Eroan, dispuesto a protegerlo cueste lo que cueste. Ross: Cazador y pareja de Janna. Seraph: Asesina menor de la Orden y aprendiz de Eroan. Lysander la salvó de Dokul. Trey: Mensajero. Eroan tuvo una aventura de una noche con él hace tiempo. Xena: Fallecida, asesinada por Akiem. Anciana más antigua y sabia de la aldea de Cheen. Alta Orden de Ashford: Orden mayor de asesinos. Altivos: Miembros de la Orden de Asesinos. Sassa: Forma de respeto para referirse a un elfo de rango mayor.

HUMANOS Ben: Dracólogo, ha pasado toda su vida estudiando todas las especies de dragones. Chloe: Nueva líder de la rebelión combatiente contra los dragones. Aliada de Eroan. Gabe: Padre de Chloe y líder de la rebelión combatiente contra los dragones. Fallecido en batalla donde los humanos tomaron dominio del nido de los bronce.

DIVINIDADES Alumn: Diosa divina de los elfos. Infiarnn: Espíritu del fuego de los elfos.

LUGARES Ashford: Aldea principal donde gran parte de los elfos de todas las regiones suelen reunirse. Cheen: Aldea calcinada por Akiem. Segunda aldea principal y hogar de Eroan. La Torre: Hogar de los amatista y reinado de Akiem. Tierras Blancas: Epicentro donde el arma de los humanos detonó hace siglos, causando la destrucción del mundo y que los dragones dominaran la Tierra.

ARTEFACTOS Arete de esmeralda: Solía pertenecer a Seraph y tras perder una parte de su oreja, se la dio como regalo a Eroan. Encendedor: Eroan lo robó de los bronce que lo secuestraron, lo utilizó para crear una fogata cuando Lysander y él salieron de la torre por primera vez. Lysander lo conservó después de eso. Espadas de diente de dragón: Las originales antiguamente pertenecían a Lysander, ahora una es de Seraph y la otra es de Eroan.

Plata, Oro y Bronce, Los dragones de la antigüedad, Los primeros en llegar, Nuestro mundo sin nacer, Traición y devastación, Dieron nacimiento a una nueva creación, Lo peor ya había pasado, El reinado de las gemas había comenzado. —CÁNTICO DE LOS ELFOS

CAPÍTULO 1

LYsANDER Traducido por María Lavender Corregido por Ella R Revisión final Samn —Déjame salir y diremos que esto solo fue un desafortunado malentendido —agregó Lysander con una sonrisa burlona, la clase de sonrisa que había conquistado a incontables dragones en el pasado. Desafortunadamente, Chloe era humana y estaba parada fuera de la jaula con las cejas levantadas, era claro que eso no le impresionaba. »O destruiré este pequeño pueblo rebelde una vez me escape. Déjame salir ahora y tienes mi palabra de que no lo haré. —Estaba fanfarroneando, por supuesto, Lysander había empujado todo su peso sobre los barrotes de los que se sostenía, tanto como hombre y como dragón, y ni uno solo había cedido. Eran demasiado estrechos para pasar entre ellos y de un metal demasiado resistente al calor como para derretirlos. Lo había intentado todo. Fanfarronear era todo lo que le quedaba y eso tampoco parecía funcionar. Los labios de Chloe formaron una fina línea al igual que su estrecha mirada. Tratar de atraparla también era una pérdida de tiempo, ya lo había intentado. Ella era rápida para ser humana. Finalmente consiguió darle una pequeña sonrisa que parecía auténtica. —Vas a tener que prometer algo más que eso, dragón. Chloe tenía esa mirada que decía que había vivido mucho tiempo en las franjas

de la guerra. Unos parches cubrían sus pantalones y blusa. Las arrugas y desgastes marcaban sus botas de la misma forma que marcaban su rostro, haciéndola parecer más mayor de lo que seguramente era. Incluso se había cortado el cabello, lo que era una preocupación menos para ella. Su apariencia hablaba bien de la dura mujer que había detrás. Lysander se recargó, sentándose en la parte trasera de la celda y extendió los brazos. —¿Quieres tomar mis botas también? ¿O mi camisa? No tengo nada más que ofrecer. Ella resopló soltando una risa seca y murmuró algo en francés nativo como lo hacía a menudo a su alrededor, sabiendo que él no le entendería en lo más mínimo. —Eres el príncipe amatista —le dijo finalmente, su acento era afilado, haciendo que la palabra «amatista» sonara exótico y hosco—. Lo que veo de ti no es lo único de lo que eres capaz. Él dejó caer la cabeza sobre las barras a su espalda y parpadeó mientras veía las del techo. Como si la jaula no fuera suficiente, la habían construido dentro de un almacén con solo unas pequeñísimas ventanas en la parte de arriba, cerca del techo. No podía ver el exterior. Sin embargo, estar cautivo no había sido tan malo. Después de todo, era solamente otra jaula, y había sido criado en la aplastante prisión emocional de su madre. Pero ya habían pasado días, incluso semanas. No lo habían torturado. Supuso que era una bendición, pero el mero aburrimiento era su propia forma de tortura. —Tú comandaste a las monstruosas armadas de la reina —continuó ella. Él la ignoró, aun mirando al techo—. Has matado a miles, ¿y se supone que yo deba creer que no nos harás daño solo porque me das tu palabra? No estaba equivocada. Sí había comandado las armadas de la reina. Matar a miles era un poco dramático. Estos días, en la ausencia de los humanos, mayormente sus armadas mantenían el orden entre los dragones, protegiendo la torre de los ocasionales intrusos del norte mientras se encargaba de algún elfo asesino que se aventuraba en las tierras baldías. Lysander levantó una rodilla y la rodeó con sus brazos. Pero todo eso fue antes de que su hermano Akiem lo viera asesinar a su madre, la reina. Todo se había ido a la mierda desde entonces. Prácticamente le había entregado la victoria en la playa 11

a los humanos, les habló sobre las fraguas que podían usar para arruinar los nidos subterráneos de los bronce y en ese momento, había tenido la intención de entregarse pacíficamente. Pero le habían disparado, le habían puesto una bolsa en su cabeza y lo habían entregado a ella: Chloe. —Si quieres salir de esta jaula debes darnos más —le dijo. Al principio se había negado a responder sus preguntas. Pero la jaula se había vuelto aburrida y sentía poco cariño por sus nido, así que, ¿por qué guardar sus secretos para protegerlos? Podía soportar a algunos amatista, a algunos incluso los admiraba, pero ninguno sentía cariño por él. Hoy en día, cualquiera de ellos lo mataría si lo viera. Además, estaba Dokul, el líder bronce y su implacable hija, Mirann. Lysander había planeado manipularlos dentro del nido, pero en su lugar, apenas había conseguido sobrevivir a ellos. Parecía que, a donde quiera que mirara, los dragones de todos los linajes querían una pieza de él y no tenía idea de porqué. Bajó la mirada. Ella se acercó más, esta humana con sus dagas de diente de dragón sujetas a su cinturón. Dagas que Eroan les había enseñado a crear y empuñar. Pensar en el elfo trajo una sonrisa a sus labios. Había tenido demasiado tiempo en esta jaula para pensar en Eroan. Si no lo hubiera dejado vivir, si no hubiera intentado salvarlo una y otra vez, el elfo habría muerto en la cama de la reina y los demás elfos jamás hubieran sabido cuán efectiva resultaba una daga de diente de dragón si era usada contra los mismos dragones. La frontera de los bronce aún estaría intacta. Si Eroan hubiera muerto —como estaba decidido a hacerlo— muy poco hubiera cambiado. Tal vez Elisandra aún estaría viva. O Lysander, aún teniendo que matar a su madre, habría tenido que volar a la frontera bronce donde los brutales afectos de Dokul lo esperaban. Así que, considerando todo lo sucedido, tal vez esta jaula no era un lugar tan malo. Tal vez siempre estuvo destinado a terminar aquí: mirando a la pequeña humana. —No sé qué quieres de mí. Asumes que todo lo que te digo son mentiras… —Nunca confiarían en él. Y luego algo le hizo entender: no iba a salir de esta jaula. Nunca. Solo los tontos confiaban en los dragones. Poniéndose de pie, se acercó a las barras. Miró los ojos de la humana, la mirada de ella no mostró miedo. —No creas que alguien vendrá por mí, si eso es lo que esperas. Ella lo miró, fulminante. Él sabía que había miembros de la propia armada 12

de Chloe quienes la consideraban atractiva. Fría y despiadada. Haría lo que fuera necesario para salvar a su gente. Podía admirar eso, de un soldado a otro. —Eres su príncipe, su heredero —dijo ella metiendo los pulgares en los bolsillos de sus pantalones—. Vendrán. Y los mataremos cuando lo hagan. Una risa cosquilleó en su garganta. Tragó saliva para no dejarla salir. —Subestimas la terrible habilidad de los dragones cuando no les importa ni una mierda. —Se recargó tanto como le fue posible en las barras mirando la sombra de desconfianza en sus ojos. Ella podría tomar una de sus dagas y clavársela en un latido, una vez obtuviera sus respuestas—. Nadie vendrá por mí. Todos prefieren que me pudra en esta jaula. Finalmente, una pizca de emoción atravesó su mirada ablandándola por un breve momento para después volver a levantar su guardia. —Las viejas historias hablan de cómo los tuyos tomaron forma humana para infiltrarse en nuestras líneas como espías, mucho tiempo antes de que el mundo cayera, cuando la gente aún reinaba desde grandes ciudades. Tu especie hizo que esa gente creyera esos cuentos. Algunos de mis amigos dicen que sus ojos verdes poseen magia. Que nos pueden persuadir a creer cosas… ¿Es cierto? Si él tenía ese poder, entonces era obvio que el suyo no funcionaba, como el resto de su cuerpo. ¿Poseer miradas hipnóticas? Lo siguiente sería que ella creyera que él podía convertirse en una serpiente y pasar entre los barrotes. Rodeó los barrotes con sus dedos y bajó la voz, añadiendo un gruñido suave creado solo para ella. —Odio decepcionarte, pero si lo que quieres es atraer a mi nido aquí, atrapaste al hermano equivocado. Así que, haz lo que quieras conmigo. Déjame salir o déjame morir —Retrocedió con brusquedad. Ella lo miró como si esperara que revelara su verdadero poder. Se suponía que era un príncipe dragón importante que tendría todas las respuestas, la clave para cambiar la corriente a su favor en su inútil guerra. Por todas las estrellas, todos se irían al carajo. A quien realmente necesitaban era a Akiem. Su hermano siempre había sido el centro de atención, al que cualquier clase de dragón quería conocer y servir. El príncipe amatista predilecto. Se giró, sumergiendo sus manos en su descuidado cabello y golpeó los barrotes. Por una vez, solo una, antes de que todo terminara, le gustaría ser el único que tuviera el control de su vida. No podía recordar un momento en toda su existencia en 13

que hubiera sido lo suficientemente libre de tomar decisiones. Y ahora, este lugar y estos humanos… ¿estas serían las últimas cuatro paredes que vería? —¿Qué le pasó a tu ala? La pregunta lo tomó por sorpresa. Ella se había acercado a las barras, sus ojos humanos se habían suavizado. Lysander dio un paso atrás y luego arremetió. Su mano cruzó entre los barrotes e intentó sujetarla, pero ella retrocedió y gritó. Sus guerreros aparecieron, cada movimiento giró en su visión periférica. Sabía lo que venía después. Dejo salir un gruñido. —¡Déjame salir ahora, o juro que cuando escape, los mataré a todos! —¡Esa es la verdad detrás de tus mentiras! —Su fría mirada se cruzó con la de él—. Jamás dejarás esta jaula. Sus ojos dejaron salir su forma de dragón, oscureciendo su presencia con amenaza y alterando sutilmente su apariencia, añadiendo cierto filo a sus falsas facciones humanas. Ahora ya no se parecía a ellos, era alguien menos civilizado y más extraño. ¿Ella quería la verdad? Su forma amenazó con desgarrar su interior violentamente para inundar la jaula con un dragón enfurecido. Los humanos lo vieron, sintieron el cambio en el aire al igual que la intangible magia surgir, tal vez incluso saborearon su pizca ácida en la lengua. El ardor del dardo lo hizo perder la cordura. Se arrancó el emplumado artefacto y se los lanzó de regreso. Bastardos. Habían comenzado a lanzarle dardos tan pronto cambió de forma la primera vez, después de ver al dragón volvieron a esconderse en las sombras como los ratones asustadizos que eran. Su visión de Chloe se balanceó y se volcó. Las barras fueron las siguientes. La oscuridad aumentó. Nunca dejaría esta jaula. Intentó sujetarse de las barras y falló, sus dedos giraron por el aire hasta que su hombro se estampó contra el frío hierro. Ahora no podía transformarse aunque quisiera. Se estaba desmoronando y ungiendo en donde los sueños esperaban. Sus rodillas golpearon el suelo, luego una mano. Sacó su otra mano entre las barras, así al menos una parte de él sería libre cuando la oscuridad lo devorara por completo.

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CAPÍTULO 2

EROAN

Traducido por María Lavender. Corregido por Aruasi Sargav Revisión final por Samn El enorme cuerpo de un dragón chocó contra las copas de los árboles y se estrelló contra el suelo, levantando una ola de raíces y tierra. Cuando caían, lo hacían con fuerza. Eroan observó al amatista muerto en silencio, su mirada se fijó en su hocico estrecho y en sus ojos abiertos brillantes. A simple vista, sus ojos lucían del tamaño de la cabeza de un elfo. La sangre y los ácidos goteaban con fluidez del enorme hoyo en la hoguera expuesta en la parte baja de su garganta. Se habían vuelto más audaces últimamente, más osados. Supuso que era la desesperación. A su derecha, escondida entre los arbustos, una enorme ballesta camuflada entre las enredaderas yacía oculta para el cielo. Sus enormes flechas con puntas de dientes de dragón habrían sido el final de este amatista, atravesando limpiamente su cuello, desgarrando su hoguera y gran parte de su garganta, arremetiendo desde el cielo. El dragón había golpeado la ballesta durante su aterrizaje, por casualidad más que por habilidad. El arma necesitaría un arreglo antes de ser usada de nuevo. Sus altivos elfos murmuraron sus felicitaciones a la tiradora, una Asesina de la Orden, una de las mejores de Cheen, tal como lo había demostrado con esta matanza. Ella recibió los golpecitos en la espalda y los apretones de manos, con humildad y mantuvo la mirada de Eroan por unos segundos. Él asintió una sola vez. La celebración

en sí, vendría después, en la seguridad de la aldea Cheen. Por ahora, la tarea estaba hecha y los dragones habían perdido a otro de entre sus números. La emoción brilló en los ojos de sus hermanos y hermanas de la Orden. Pero más que eso, había verdadera esperanza. Las trincheras de la guerra estaban derrotando a un dragón a la vez. —Toma sus dientes —ordenó—. Y hazlo rápido, los lobos vendrán pronto. La carcasa la arrancarían por la noche y quedaría completamente devorada en unos pocos días. Si algún otro dragón venía, seguramente huiría al ver a su compañero caído. —Repararemos la ballesta mañana. —Se giró dándole la espalda a la bestia muerta y ajustó su espada de diente de dragón en su espalda—. Siguiente turno, tomen sus posiciones. —Los asesinos de la Orden se fundieron de nuevo con las sombras, invisibles hasta que fuera demasiado tarde si de casualidad aparecía un dragón. Su corazón se contrajo con los pensamientos sobre cómo las cosas habían cambiado tan rápidamente en tan solo unos meses. Pero claro, eso no era suficiente. Una sola aldea matando a dos o tres dragones no afectaría mucho a sus números. Todas las aldeas deberían estar haciendo lo mismo. Se debía reunir, entrenar y educar una fortaleza con estas nuevas armas, para seguir en el poder de la torre. Alguien necesitaba ir a Ashford para compartir lo que él había averiguado mientras cruzaba el océano y reunir a la Alta Orden para tomar acción. Eroan sospechaba que ese alguien debía ser él. —Ese es uno de los más grandes que he visto. —Seraph saltó desde las copas de los árboles al suelo del bosque, cayendo a un lado de él, aterrizando a lo largo del estrecho y serpenteante rastro del animal. —¿Viste su cuello? —Ella señaló su propio cuello, simulando una garra con su mano—. Lo desgarró por completo. Es asqueroso. —Su cabello negro había crecido en los últimos meses. Lo llevaba en una alta cola de caballo, sin miedo de mostrar su oreja con el lóbulo faltante. Eroan gruñó en acuerdo, pero sus pensamientos estaban centrados firmemente en el futuro, en las responsabilidades, esperando a alguien que se ofreciera, alguien que no fuera él. La última vez que había hecho lo correcto, había perdido su hogar y a las personas que le importaban. Su pecho se contrajo. Pero el cambio no sucedería tan rápido como él lo deseaba. Las señales de una primavera temprana empezaban a aparecer en la superficie, 16

tallos verdes atravesaban el suelo lleno de hojas, los capullos nacían en los esqueléticos doseles de los árboles. Más horas de luz significaban más dragones activos. La Orden necesitaba prepararse. El comportamiento rebelde de la progenie amatista se había convertido impredecible ahora que su reina estaba muerta. Hasta ahora, sus apariciones habían sido escasas, pero con el invierno desvaneciéndose y los días haciéndose más largos, eso cambiaría pronto. Seraph saltó sobre las grandes raíces que se encontraban más adelante. Su espada se encontraba apoyada cuidadosamente en su espalda, el mango sobresalía sobre su hombro. La espada era gemela de la de Eroan. Ella nunca dejaba su cabaña sin ella. La vista le hizo recordar todo lo que había perdido y los errores que había cometido. Ambas espadas pertenecían al único dragón que deseaba no haber matado. Eran la razón por la cual los elfos habían empezado a marcar una diferencia. Seraph se acercó a él y caminaron juntos, sus dientes eran brillantes en la desvanecida luz del día; le dio un golpe juguetón en el hombro. —Sonríe, un dragón muerto es algo bueno. Tus ballestas están funcionando. —Lo es —le dijo, estando de acuerdo—. Y están funcionando. —¿Pero...? —Su sonrisa se desvaneció solo por unos segundos, no dejando que su amargura arruinara su buen humor. —Nada, es solo que… podemos hacer más. Debemos hacer más. —¿Más?—Seraph rio entre dientes—. Hemos matado a tres en las últimas semanas. Eso es más de lo hicimos cuando estábamos en… —El resto de su sonrisa se desvaneció y su mirada cayó al suelo del bosque, la palabra «casa» se mantuvo impronunciable. Eroan no contestó. El humo de leña se filtró entre los árboles. Cheen estaba cerca. El humo de leña significaba hogar, pero después de haber regresado de la frontera bronce, ese olor disparaba emociones distintas. Hueso y cenizas. Tierra oscurecida y chamuscada en donde nada crecería por años. El puñado de sobrevivientes que habían logrado llegar a Cheen describieron al dragón que había liderado la masacre, una bestia con escamas de obsidiana, tan negro como la noche y con ojos de oro. No habían visto al dragón hasta que estuvo sobre ellos y para entonces, ya era demasiado tarde. —¿Fue una buena cacería? —La voz familiar de Janna se alzó sobre las otras que les daban la bienvenida entre las barricadas de Cheen. Buscó su rubia melena con 17

verdes puntas entre las líneas de las barricadas y la encontró lanzándole un saludo, su sonrisa era brillante. Le respondió con un asentimiento breve y se deslizó dentro del muro con rapidez suficiente para que ella no intentase entablar conversación. Seraph lo miró arqueando una ceja. Él la ignoró también, aunque sabía que ignorarla conduciría a más preguntas. Su estudiante se había convertido en una amiga después de que ambos hubieran sobrevivido a los dragones. Esa amistad había aflojado su lengua recientemente, más que cuando él solamente era su líder de la Orden y alguien con quien no se debía discutir. Todavía usaba el arete de Seraph en la punta de su oreja como un recordatorio del pasado. Pensar en quitarlo se sentía como algo incorrecto. A pesar de su centelleante desventaja entre el sotobosque. —Deberías hablar con ella —sugirió Seraph mientras pasaban uno de los principales caminos que unían a las cabañas dispersas. La distribución en Cheen era caótica. Las cabañas se amontonaban en los caminos y debajo de los árboles. Algunas se encontraban de pie sobre los barrancos, otras parecían estar clavadas a los árboles, el diseño era deliberado, pues así prevenían que el fuego de los dragones destruyera todo en un par de explosiones. —Y tú no deberías meterte en mis problemas —refunfuñó en respuesta. —Es que… ustedes eran muy cercanos. Eroan se quitó la espada y empujó la puerta para entrar a su cabaña. La chimenea estaba helada, la cabaña aún más. Seraph lo siguió, dirigiéndose inmediatamente a la colección de dientes de dragón esparcidos alrededor de las mesas y muros de la cabaña. Tomó un diente puntiagudo tan largo como su antebrazo. —Esta es una espada poderosa. ¿Tú hiciste todo esto? —Lo intento. —Eroan posó su espada junto a la chimenea y se detuvo, mirando hacia la pequeña ventana. Por supuesto que tenía que hablar con Janna. El hecho de encontrarla viva casi lo hizo caer de rodillas cuando Seraph y él aparecieron en las barricadas de Cheen meses atrás, luego de que se les hubiera dado por muertos… otra vez. —Es por el tal Ross, ¿no? —preguntó Seraph insistentemente—. Es lindo, sabe pescar y tiene un halcón como mascota. También es divertido… —No es por Ross —le dijo interrumpiendo su apreciativa evaluación hacia Ross justo antes de verla sonreír con ironía, sintiendo que estaba jugando con él. Tal vez sí era Ross. Ross y Janna habían forjado un vínculo desde que habían 18

huido de las llamas. Ella pudo haber elegido a alguien peor. Ross parecía agradable. No era un cazador o un asesino. Pero sí tenía un halcón. El tipo era bastante inofensivo. Janna había encontrado a alguien que podía corresponder su amor de la manera en que siempre lo había querido y eso era más de lo que él había esperado. Sumado a eso, estaba su vientre ligeramente redondo y parecía que era mejor para todos que él se mantuviera apartado. —Me pareció oír a Xena hablando sobre ti una vez. Eroan se giró un poco desde su lugar a un lado de la fría chimenea y miró a la joven asesina que había visto y soportado más de lo que la mayoría de los elfos tenían que aguantar en su vida. Había estado cerca de morir cuando los humanos la encontraron debajo del nido de los bronce. Ahora, su rostro estaba enrojecido por un día soleado de invierno, sus ojos eran brillantes. —¿Acaso hay algo que no llegues a oír? Ella siguió examinando sus espadas que todavía no terminaba y se encogió de hombros. —Los muros de las cabañas no son gruesos. Ella dijo que tú eras uno de los mejores asesinos que había conocido aunque eras un elfo terrible. Eroan resopló. Xena estaba repleta de pequeñas gemas personales. Le gustaba lanzar un cebo críptico para ver quién lo tomaba. —¿Qué se supone que significa eso? —No estaba segura hasta que te conocí. Para cualquier cosa fuera de la Orden eres inservible. Parpadeó, incrédulo. —Porque no hay nada más importante que la Orden. —No solía haber nada. —Ella soltó el cuchillo y extendió su mano para abrir el cajón debajo de la mesa. —No toques eso —le advirtió Eroan. Su naturaleza curiosa la metería en problemas uno de estos días. Arqueando una ceja, se alejó del cajón y se cruzó los brazos. —Déjame decirte que existen muchas cosas más importantes que la Orden. Ya no vivimos solo para morir intentando matar a la reina de los dragones. Ella ha muerto —le dijo encogiéndose de hombros—. Ahora vivimos para pelear. Ahora… podemos vivir. Gracias a ti. 19

Eroan contuvo su respiración, inundando de aire sus pulmones y tomándose el tiempo para filtrar tantas emociones no deseadas. —Sabes exactamente por qué no deberías agradecerme, Seraph. —Había sido honesto con ella sobre todo. Era la única alma que sabía absolutamente todo. Sus fracasos, su desgracia. No había sido el héroe que todos creían. Si alguien había sido un héroe, entonces era Lysander, el príncipe dragón que había asesinado en la playa. Mátenlo. Háganlo sufrir. La culpa y el arrepentimiento se asentaron en su estómago, haciéndolo querer acurrucarse en el dolor. Se giró hacia la fría chimenea y tomó una ramita mientras removía las cenizas. Si hubiera estado solo, se habría entregado a la culpa y dejado que lo carcomiera desde dentro. —Pienso en él a menudo —dijo Seraph—. En el dragón que me salvó. Él se detuvo y se apoyó sobre sus talones. —¿Crees que Lysander sigue ahí con esos horribles bronce? Siento que lo abandoné en un lugar terrible… —Está con los suyos. —Se mantuvo observando los restos de leña carbonizada, deseando poder apuñalar el recuerdo de haber matado a Lysander—. Vete, Seraph. Yo… yo debo calentar y moldear esas dagas, mi turno empieza a medianoche. Necesitas estar bien descansada para tu tur… —La puerta de la cabaña se azotó; con un profundo suspiro Eroan se dejó caer al suelo. Mátenlo. Háganlo sufrir. Cerrando sus ojos, frotó su frente, masajeando sus sienes y alejando el dolor. Estaba solo en una cabaña que no se sentía como suya y probablemente nunca lo haría, deseó silenciosamente que ese momento en la playa hubiera sido distinto. Si los humanos no hubieran utilizado una bolsa para cubrir el rostro de Lysander, si lo hubieran dejado hablar, Eroan habría sabido a quién estaba condenado a muerte. Estuvo tan cerca… el príncipe que lo salvó, una y otra vez. El príncipe que había resistido, quien no había dejado que su miserable existencia frente a su madre tirana lo consumiera. El príncipe que había salvado a Seraph de lo peor que podían hacer y salvó a Eroan en más de una ocasión. Un nudo bloqueó su garganta. Tragó con fuerza y abrió sus ojos, viendo solo la cabaña vacía repleta de sombras. 20

El pasado ya no existía. El futuro era donde necesitaba estar.

Dentro de la guarida de la Orden, ocho jóvenes elfos, todos con pequeñas dagas de dientes de dragón, realizaban sus rutinas. Curan observaba desde el fondo del salón, su rostro con cicatrices mantenía una mueca severa. Encontró a Eroan y levantó dos dedos como señal para que esperara. Eroan se mantuvo en la esquina de la casa para no distraer al grupo, pero los observó en cada turno. Se movían en perfecta armonía, cada paso era suave y preciso. A una velocidad más elevada, estas viejas secuencias matarían a cualquiera. Eroan las sabía, tanto como sabía respirar. Algunos de los pupilos necesitaban más entrenamiento, pero la mayoría era excelente, como Eroan esperaba de los estudiantes de Curan. Él también fue estudiante, una vez. Una vez que terminaron las sesiones, saludó a todos los que se le acercaron hasta que el último se fue, dejándolo solo con Curan. —Están listos para el campo —mencionó Eroan. —Algunos lo están —gruñó Curan dándole la espalda mientras recogía las armas de madera y las ponía de vuelta en las estanterías. Curan se veía bien para su edad, sin embargo, Eroan aún no sabía por qué todavía no se había unido a los ancianos. Se había ganado ese derecho años atrás. Tal vez él y Curan eran más parecidos de lo que creía. —Y pensaban que yo era un entrenador duro. —¿Qué te trae por aquí, Eroan? —Entre él y Curan… se habían peleado fríamente y después, Eroan se había ido hacia la frontera de los bronce con la intención de no regresar. Curan había permanecido duro como el hielo y ahora lo premiaba con desinteresado profesionalismo. Eroan cerró su corazón ante la inevitable sensación de estar perdiendo a su sassa: un maestro y amigo que respetaba. —Deberíamos utilizar a un mensajero para llevar los diseños de la ballesta a la Alta Orden de Ashford. —Es demasiado arriesgado en esta época del año —respondió Curan tomando uno de los bastones de madera y golpeándolo en el estante con un golpe sordo. 21

—Si esperamos hasta la primavera, habremos perdido semanas para prepararnos. Otro golpe sordo. —No. Eroan esperó hasta que todas las armas estuvieran en su lugar y mantuvo la mirada del hombre. Había sido idea suya recolectar los dientes de dragón, una idea que Curan no apoyó, diciendo que alertaría a los dragones de su presencia. Curan tenía razón. Los dragones habían venido y Eroan no había estado ahí. —Cheen tiene buenos mensajeros —insistió Eroan, persistente. El camino hacia Ashford estaba a diez días cruzando el denso bosque. El viaje sería difícil y largo, especialmente en esta época del año en la que el clima podría volverse incierto. Era arriesgado. Curan suspiró con cansancio. —Dije que no, Eroan. Ahora, si no tienes nada más que decir, vete por favor. Su corazón se encogió. —He cometido errores, lo sé… La mandíbula de Curan se contrajo. —Nos hemos visto inmersos en una guerra vulnerable contra los dragones por incontables generaciones. Esperar unas semanas más, hasta que los días sean más largos, es la decisión correcta. No tengo que explicarte esto. —Los dragones están más activos cuando los días son más largos. La mirada del elfo mayor fue como ácido. Eroan no le estaba diciendo nada que no supiera. —La noche que te encontré… los cielos llovieron en una sola noche lo que habrían hecho en meses, ¿recuerdas? Eroan tragó saliva. No recordaba mucho de esa noche, era demasiado joven y había caminado por lo que sintió que fue una vida entera, asustado y lleno de rabia. Sus botas estaban tan pesadas que se sentían como rocas al igual que su ropa que había dejado su piel arder en carne viva. —Tenías esa mirada, incluso siendo tan joven, de que degollarías a cualquiera que se metiera en tu camino. —La gentileza descongeló brevemente la fría mirada de Curan—. Supe entonces que serías un chico problemático, pero tu propio temperamento haría de ti un excelente asesino. Tienes el carácter más acorazado y obstinado que he visto, y eso te hizo seguir adelante cuando otros se hubieran rendido. Eres un hombre 22

formidable, Eroan, pero temo haberme equivocado instruyéndote. Eroan se encogió de dolor. —No te equivocaste —espetó, sin la guía de Curan, Eroan sería inútil. Le debía todo y era por eso que aquella mirada de arrepentimiento en sus ojos lo desgarró hasta los huesos. —Entonces pruébalo. Sé agradecido con los ancianos de Cheen que te dejaron regresar a la Orden. Si hubiera sido mi decisión, estarías en el puerto pesquero trabajando en las costas todas las mañana. Una risa seca y sorpresiva se escapó de él antes de que pudiera detenerla. —Entonces diles todo y haz que eso suceda. Remaré en un bote al estuario cada mañana y pescaré por el resto de mis días. ¿Es eso lo que quieres de mí? ¿Es eso lo único para lo que soy bueno? —No me tientes, Eroan. Sé quién eres realmente. Las palabras retumbaron tan gravemente en él, que le quitaron la voz por un momento. Había llegado a Cheen semanas antes creando su propio mito. De cómo Eroan Ilanea había arriesgado todo para correr la voz a través de los océanos hasta los humanos sobre la debilidad que eran los dientes de los dragones, de cómo la frontera de los bronce había caído gracias a sus acciones y como él había estado ahí en los barcos, junto a los humanos, disparando a los dragones en los cielos. Le había dicho a Seraph la verdad, ella lo había procesado rápidamente y le había ayudado a reconstruirse. Pero Curan supo por qué se había ido, cómo su desprecio propio lo había alejado y que en lo profundo de su ser, le había gustado lo que los dragones le habían hecho. No había sido heroísmo lo que lo motivó, había sido cobardía. —Te agradecemos todo lo que has hecho —le dijo Curan sin emoción alguna. —Pero no es suficiente. Los ojos del elfo mayor se nublaron con arrepentimiento y luego con lástima. —Es más que suficiente. Soltó su inservible ira en un suspiro. —¿Alguna señal de los humanos de Francia? —Lo último que los ancianos escucharon es que capturaron a un dragón. — Curan musitó una pequeña risa incrédula—. No tengo idea de cómo lo han contenido. Eroan recordó la jaula que había visto durante el tiempo que pasó con el 23

grupo de guerreros de Le Touquet. Había aprendido mucho de ellos. Cómo fundir los dientes y luego enfriarlos con rapidez, hacerlos moldeables solo por un breve tiempo, sus ingeniosas ballestas y sus máquinas con llantas motorizadas. Una parte de él se preguntaba si sería mejor regresar con ellos, pero no eran su gente y ellos no lo necesitaban como los suyos. Aquí tenía responsabilidades. Cosas que solo él podía hacer. Si Curan no iba a enviar un mensajero, entonces Eroan no tenía otra opción. —Tienes razón, es una tarea demasiado peligrosa para un mensajero. —Se dirigió a la puerta. —¿Eroan? —La voz de Curan lo detuvo. Se giró para encontrar muchas emociones en el rostro de su antiguo maestro—. No te culpo por lo que pasó —admitió—. Apoyé la recolección de los dientes. Yo era el líder de la Orden. Fue mi decisión. Por dentro, la culpa se retorció como un puño cerrado. Las palabras de Curan no hacían ninguna diferencia. Su hogar y sus amigos estaban muertos por culpa de las decisiones que había tomado. Asintió, apaciguando la culpa de Curan y se fue antes de que tuviera que escuchar algo más.

Parado en una rama lisa a doce metros del suelo, Eroan observó a través de las ramas desnudas del roble en dirección al cielo. La brisa era suave esa noche, con tan solo un susurro del frío este. Ocasionalmente, se escuchaba el distante ulular de los búhos y debajo de él, unos ratones se escabullían en las hojas secas del suelo. El peso en su alma se elevó en el silencio del bosque. Sus confusos pensamientos se quedaron inmóviles. Ashford. Un viaje de diez días si no paraba de moverse día y noche. Cheen no lo extrañaría. Las ballestas estaban en su lugar y funcionaban. Tenía sentido que se fuera ahora. ¿Qué sentido tenía seguir ahí? Cualquier otro elfo podría montar guardia mientras él esparcía la voz, marcando una diferencia para otros pueblos. Incitando a otros para que se unieran y pelearan en lugar de hacer lo que siempre habían hecho: esconderse y esperar nunca ser vistos. Generaciones antes de él, en los tiempos en los que los elfos se escondían entre los humanos, protegiéndolos del fin del mundo que nunca vieron venir, siempre 24

habían sido la especie que se escondía. Estaba en su naturaleza. Pero los tiempos habían cambiado. Esconderse no lograba nada más que facilitarle a los dragones ser cazados uno a uno. Lamentó sus acciones, haber abandonado su hogar, dejar a Curan con la tarea de recolectar los dientes de dragón. Una tarea que había dejado elfos muertos. Pero sin Eroan, la frontera de los bronce aún estaría de pie y todavía creerían que los humanos habían muerto. Las acciones tenían consecuencias. Y en la guerra, esas consecuencias a menudo eran muy costosas. Mañana. Les diría a los ancianos sobre su viaje mañana. Debatirían en contra de él, pero no lo detendrían, no podrían. Daba igual, la mayoría de ellos lo miraba como si fuera alguna especie de criatura mítica. Había hecho lo imposible, había sobrevivido a los dragones dos veces, había traído nuevas armas, había matado a la reina… Tenía más influencia en los ancianos que la mayoría. Un crujido inusual castañeó en sus orejas. Un ruido sordo. Casi demasiado bajo como para oírse sobre la brisa. Sus labios se abrieron ligeramente y esperó, mantuvo sus ojos en los cielos, hasta que una gruesa rama de atrás de los árboles crujió bajo un nuevo peso. —Te moviste de tu puesto habitual. —El susurro de una voz masculina hizo cosquillas en su oreja derecha. Su sonrisa creció y el más pequeño destello de lujuria aumentó en su parte inferior, distrayéndolo de los pensamientos sobre mañana y llevándolo a la realidad. Eroan se inclinó hacia dónde provenía la voz. —No te la estoy dejando fácil —susurró sin mirar atrás. La risa de Nye fue frondosa y armoniosa. —Oh, hace tiempo que lo sé, Eroan Ilanea. Sus cálidos dedos se posaron alrededor de su cuello, asentándose en su nuca. El aliento de Nye revoloteó en su lóbulo, alimentando su lujuria con promesas que ese toque jamás podría cumplir. Presionando su necesidad con una ardiente y dura fuerza. Eroan siguió mirando al cielo con devoción mientras unos cálidos labios resbalaban en sus orejas, luego la humedad de una lengua lo hizo estremecerse, chupando su lóbulo con unos suaves labios. Los dientes lo pellizcaron, provocando una sensación eléctrica dentro de Eroan que lo hizo sisear. Nye se movió de una rama a su lado, inundando la vista de Eroan. Su vestimenta 25

estaba cubierta de plumas negras, con unos cuantos parches grises. Nye era una criatura nocturna del bosque, su cabello negro como la tinta le llegaba despeinado hasta su angulosa mandíbula. Era más corto de lo que la mayoría lo llevaba, acentuando su mandíbula a la que Eroan llevó sus dedos. Los ojos de Nye parecían igual de negros ahora que estaba inmerso en las sombras. Pero su sonrisa torcida era resplandeciente al igual que puntas afiladas de sus dientes de elfo. —Mi guardia no ha terminado —le dijo Eroan. Lamentablemente, pensó. Se encontró fascinado por esa sonrisa y los labios que la formaban. Unos labios tan burlones y besables. Nye plantó un brazo en el tronco sobre el hombro de Eroan y se apoyó en él, atrapando a Eroan entre su pecho y el árbol. —Hay otros haciendo guardia… —Se acercó un poco más, empujando su rodilla entre la Eroan, así todo su cuerpo podía sentir al caliente y duro hombre que no paraba de presionarlo. No debió rendirse a él, pero había parado de decir que no cuando se dio cuenta que Nye había sobrevivido al ataque, cuando su hogar fue quemado hasta las cenizas. Nye había hecho de las largas noches de invierno algo considerablemente más llevadero. —¿Hm…? —Cuestionó Nye de manera provocativa sobre sus labios y entonces, su mano cayó contra la cadera de Eroan y se extendió ahí, poseyéndolo y provocándolo. Eroan sabía que esa mano vagaría pronto en busca de la evidencia del deseo que sentía. Nye giró su cabeza, la línea de su mandíbula se contrajo y se apartó. —O podría irme… Eroan enganchó un brazo alrededor de la cadera del hombre, atrapándolo antes de que pudiera escapar. —No te vas a escapar así de fácil. —El beso fue un reclamo, las manos de Eroan tomaron el rostro de Nye, su boca burlona, se abrió, permitiendo así tomar a Nye más cerca para que no quedara espacio entre los dos. Nye movió sus caderas, acariciando la erección atrapada de Eroan. La deliciosa fricción envió un estremecimiento a través de Eroan y se deshizo de sus pensamientos. Hundió sus manos en la espalda de Nyne y luego acarició su trasero, atrayéndolo con más fuerza. Nye echó la cabeza hacia atrás. El gemido contenido que salió de él 26

provocó una ligera sonrisa en la boca de Eroan. Pellizcó la mandíbula del hombre y luego descendió su lengua por la columna de su cuello. Su pulso palpitó en la lengua del elfo, era ligero y rápido. Eroan movió sus labios en ese lugar vulnerable, dibujando una complaciente sensación en el rostro de Nye, en ese momento, su deber quedó completamente olvidado. —Eres una mala influencia… —susurró Nye, su pecho rugió con lo profundo de su voz. Eroan rio entre dientes y el agarre de Nye se contrajo en su cadera. —Tú viniste a mí —le recordó. Pero tal vez sí era una mala influencia. Estos momentos que ambos robaban, sucedían en momentos durante las tareas de la Orden. Anteriormente, nunca habría desatendido su deber así. Y luego continuaría evadiendo el mandato de la Orden para buscar placer. Pero la vida era demasiado corta para desperdiciarla. Un príncipe dragón le había enseñado eso. Si alguien los encontraba ambos quedarían echados de la Orden. El riesgo hizo que Eroan quisiera girar a Nye y follarlo duro contra el árbol, de forma cruda y desprevenida. El solo pensamiento envío un palpitante placer a su deseo y repiqueteo un gruñido acusador desde lo profundo de su garganta. Nye se movió hacia atrás lo suficiente para extender su mano sobre el pene atrapado de Eroan. Él se tensó, pero solo porque necesitaba controlar el ritmo, si no lo hacía, esto se podría muy escandaloso demasiado rápido. La boca Nye capturó la suya ocultando sus ruidos tensos y jadeantes. Cuando se apartó, dejando a Eroan sin aliento, una lujuriosa mirada se reflejó en sus ojos. Esto le gustaba. Le gustaba muchísimo, como el bulto en sus pantalones lo indicaba. Nye levantó un dedo y lo presionó en los labios de Eroan. —Silencio… Eroan mordió su dedo, pero Nye tiró su mano hacia atrás. Sus pies se resbalaron. Sus ojos se abrieron. Eroan se abalanzó sobre su brazo, sujetándolo por la cintura y presionándolo contra el árbol, evitando que cayera. Ahora era su turno de pasar un brazo sobre el hombro de Nye, sofocándolo y atrapando toda su presencia. Las risa nerviosa y lujuriosa de Nye debió estar diseñada para atormentarlo, porque oírla hacía que su dolorosa necesidad se volviera ensordecedora. Soltó su 27

agarre de la cadera de Nye y llevó su mano hacia el duro bulto dentro de los pantalones del hombre. Su sonrisa se desvaneció y sus ojos se abrieron por una razón distinta. Le gustaba ser atrapado. —Parece que necesitas ayuda —murmuró Eroan contra su cuello. Se recargó contra él dejando espacio suficiente para desabrochar los botones de su cinturón. Nye tembló bajo su toque. Empapado en deseo visceral, Eroan tomó su excitado miembro en una mano y lo acarició con entusiasmo. Todo el cuerpo de Nye se tensó, estirándose como un arco. Eroan se aseguró de tocar la suave punta de su pene con su palma mientras sumergía sus dedos más abajo, haciendo movimientos circulares en sus bolas. Nye dejó caer su cabeza hacia atrás, rindiéndose en su toque. Sus oscuras pestañas se cerraron. A Eroan le hubiera gustado dejarse caer sobre sus rodillas y tomar a Nye en su boca, pero estando en una rama de árbol a doce metros del suelo, no era el mejor lugar para hacerlo, seguramente ambos caerían. Pero, Alumn, quería llevarlo hasta el límite y mantenerlo en el borde hasta que le rogara por más. El rastro de un líquido humedeció los movimientos de Eroan. Los labios de Nye se separaron y su respiración se aceleró. Todo eso solo aumentó el deseo de Eroan. Presionó su barbilla contra Nye y le habló en voz baja contra su boca: —Te quiero en mi cama donde pueda abrirte de piernas sin que ambos caigamos de un árbol. —Con cada palabra, acariciaba la creciente erección de Nye, esparciendo la humedad que brotaba con su pulgar. El cuerpo de Nye se estremeció. Sus pequeños dientes afilados mordieron su labio inferior y la excitación de Eroan palpitó ardiente, tanto que le dolió. —No lo lograré. —Abrió sus ojos y sus oscuras pupilas crecieron. —¿No? —Eroan apretó su agarre y la mano de Nye se disparó hacia su hombro, sus dedos se enterraron en su cuerpo. Cruzaron miradas, los ojos de Nye estaban repletos de deseo. Todas las miradas silenciosas, las constantes preguntas no respondidas siempre hervían entre ambos. Eroan las había apartado una vez, pero ya no. Necesitaba ser amado, necesitaba estar con alguien y dejar el pasado atrás. Cuando estaba solo, sus errores lo perseguían. No podía estar solo. Eroan movió su agarre, curvando sus dedos en la erección de Nye de nuevo, atrapando a su presa contra el árbol. Su cuerpo se endureció y su respiración jadeó cerca de su oído. Nye se retorcía y temblaba; tan fuertemente que pronto se correría 28

por culpa de Eroan. Un ruido poco familiar se filtró entre la lujuria abrasadora de Eroan. Sus instintos cosquillearon y lo distrajeron, hasta que la mano libre de Nye tomó su antebrazo intentando que fuera más lento, queriéndolo controlar. Pero eso no iba a suceder. Eroan lo tenía completamente a su merced. Ese mismo ruido inusual susurró en la brisa una vez más y esta vez sus instintos sonaron con más fuerza. Lo había escuchado antes, muchas veces, como unas hojas secándose en el viento… pero era extraño oírlo en el bosque. Algo estaba mal, le dijeron sus instintos. Algo cambió. Peligro. Ahí. Otra vez. Eroan abandonó su cometido y llevó una mano a la boca de Nye, sus ojos se abrieron preocupados y la excitación abandonó su cuerpo. Eroan negó con la cabeza. La brisa levantó unas cuantas hojas secas en el suelo y un zorro aulló en la lejanía. Y ahí estaba de nuevo ese sonido: unas hojas aletearon. Las pupilas de Nye se dilataron. Eroan giró su cabeza de forma lenta y silenciosa. Las desnudas ramas invernales rasgaron el cielo. Las estrellas parpadearon silenciosamente. Sin embargo, mientras escaneaba el cielo, algunas estrellas desaparecieron solo por un segundo para luego volver a verse. No habían sido hojas lo que había escuchado, eran alas. Enormes alas diseñadas para un vuelo casi silencioso, le pertenecían a un dragón tan negro como la noche. Prácticamente invisible en la oscuridad. Akiem. El corazón de Eroan se contrajo. Los recuerdos luchaban por derribar su control. No podía ser el príncipe. No aquí, no ahora. El pánico lo invadió. Los ojos dorados de la criatura, su grave y plana voz que ordenó su tortura, la explosión de fuego de dragón en la torre de la reina que casi lo había calcinado. Pero más que todo eso, Akiem había destruido su hogar, había matado a la gente que amaba, había secuestrado a Seraph y a Xena y las había entregado a los bronce. Akiem era todo lo que Eroan despreciaba, todo lo que estaba dispuesto a matar. Nye se movió, tratando de librarse. Eroan movió la cabeza lo más ligeramente 29

posible. —No —musitó. Cualquier movimiento sería visto desde el cielo. Si tenían suerte y se quedaban quietos y silenciosos, el dragón se aburriría de buscar a su presa y se iría. A menos que ya los hubiera visto. El ritmo de las alas golpeó. Al bajar, comenzó a levantar las hojas secas del suelo del bosque, removiendo los escombros en una tormenta. El dragón estaba descendiendo. Si era Akiem, no tendrían oportunidad de sobrevivir a lo que estaba por suceder. Eroan levantó la mirada, hacia los ojos de Nye. —Corre. Eroan salto del árbol, aterrizando con un crujido y corriendo con la figura borrosa de Nye a su derecha. El dragón rugió tan fuerte que resonó por todos sus huesos. Era un rugido de advertencia. Otros dragones lo escucharían y vendrían. Sus pensamientos se aceleraron. No, no, no otra vez… Cheen necesitaba ser protegido. Él no sería la causa de más muertes. Eroan corrió, sus piernas y pulmones ardían. Nye se sintió como una sombra a su derecha y luego desapareció, cortando por la vereda hacia Cheen. —¡No! —ladró Eroan. El dragón sobre ellos rugió de rabia al ver a sus presas separarse. El viento lanzó ramas y tierra, entrando piedritas en los ojos de Eroan, pero siguió corriendo. —¡No a Cheen! —gritó. Eso era lo que la bestia había esperado, por eso no los había convertido en cenizas todavía. Para que corrieran de vuelta a la aldea, para que lo dirigieran a su hogar. Akiem era inteligente. Eroan no lo había olvidado. No había olvidado absolutamente nada. Una rama rasguño su cuello. Levantó un brazo, luchando para pasar y encontró a Nye, regresando hacia él. Su mirada rápida le dejó saber que lo había comprendido mientras saltaba sobre las raíces y caía entre los huecos de los árboles. Eroan silbó entre dientes y comenzó a seguir el viejo rastro de un animal que se dirigía lejos de Cheen. Nye lo siguió. Una ballesta estaba instalada por ese lado. Los asesinos de la Orden debieron haber escuchado el rugido y debían estar buscando a la bestia entre 30

los cielos. Si Eroan podía atraer a Akiem en el rango… La noche cayó desde los cielos y una masa de negras escamas aterrizó frente a él. Se derrapó mientras extendía un brazo, evitando que Nye avanzara. Una enorme mandíbula se abrió de par en par, exponiendo enormes y curvados dientes blancos. Sus ojos dorados brillaron, eran tan grandes como dos soles y las alas del dragón se expandieron como las enormes velas de un barco. La resplandeciente hoguera en el cuello de Akiem atrajo sus ojos. Detrás de las escamas obsidiana, el fuego brillaba de un morado oscuro… amatista. Sus ojos desalmados se posaron sobre los de Eroan y brillaron con reconocimiento. Sus labios dibujaron una sonrisa o un gesto de desprecio… incluso estando tan cerca, Eroan no lo supo. Akiem también lo recordaba. Resopló, cubriendo a Eroan con un aire cálido y húmedo. —Vete —le susurró a Nye con urgencia pero sin apartar su mirada de los ojos del dragón. La cabeza coronada de Akiem se inclinó hacia un lado y luego hacia el otro, un cazador calculando si ese pequeño bocado valía la pena. —No —respondió Nye. —Vete. —Incapaz de mirarlo y forzarlo a irse a casa, Eroan rogó en silencio que Nye no fuera un idiota. Pero la presencia de Nye apareció en su visión periférica. Lo haría más complicado—. Me quiere a mí —le dijo Eroan, manteniendo su voz baja y esperando que Akiem no pudiera escucharlo sobre el sonido de su propia respiración—. Vete, no te seguirá. Si llega otro amatista, nos cazarán sin parar. Vete ahora, mientras todavía puedes. —No voy a dejarte —espetó Nye con firmeza. —Eres un asesino de la Orden —bramó Eroan con más fuerza—. ¡Haz lo correcto y vete ya! Akiem inhaló, expandiendo su enorme pecho y gruñendo en lo que parecía ser una advertencia. Tiene nuestro olor. El agua podría hacerlo perder la pista, pero no había ríos cerca, a menos que lograran correr varios kilómetros hasta el estuario. Akiem los mataría antes de que eso pasara. Tendrían suerte si lograban correr medio kilómetro. Eroan rompió el contacto visual con la bestia y se giró. —¡Maldita sea, Nye, vete! 31

El hombre lo miró, tenía una daga de dragón en la mano. —¡Nunca! La pasión y el desafío ardiendo en la mirada de Nye sacudieron los instintos de protección de Eroan. Si Nye quería morir aquí, que así fuera. Después de todo, morir era algo en lo que los asesinos de la Orden eran buenos. Eroan desenvainó la espada de diente de dragón de su espalda, dio un paso adelante y levantó la hoja, mostrándosela a la bestia. —¿Quieres terminar lo que empezaste, dragón? —Movió los dedos de su mano izquierda detrás de su espalda, señalándole a Nye que se posicionara frente al rastro animal, a un lado suyo—. Tendrás que atraparnos primero. —Sonrió y se dirigió hacia el camino, la sombra de Nye estuvo a su lado. El suelo fue un remolino que crujió entre raíces, matorrales y barrancos. Todo alrededor del camino desaparecía con rapidez y Eroan supo a dónde dirigirse después, tenía que girar en el siguiente árbol. Más y más rápido. Su pecho ardía. Más adelante, grandes pinos de hoja perenne los ocultarían tras su retirada. Ya no podía escuchar al dragón, pero eso no importaba, Akiem tenía su rastro: esconderse de su vista no sería suficiente. —¿A… dónde… vamos? —jadeo Nye. No había tiempo para responder. Regresar a Cheen no sería posible, la costa estaba demasiado lejos y sin nada de agua cerca, solamente había una opción, pero incluso eso, podría no funcionar. Otro rugido destrozó la tranquilidad, otro más retumbó, respondiendo en la distancia. Akiem apareció, solo unos metros arriba de ambos. Los finos vellos en la nuca de Eroan se erizaron. Estaba demasiado cerca. Miró hacia atrás. Nye se había caído. El fuego inundó el cielo y chisporroteó en los pinos, iluminando a Nye con tonos morados. Las agujas de los pinos explotaron, sisearon y escupieron llamas. Altas y delgadas sombras bailaron alrededor del suelo del bosque. Akiem aún no sabía dónde estaban. Esa llama lo demostró. Nye aceleró el paso. Al frente, la luz morada del fuego iluminaba la carcasa del dragón que habían matado en la mañana de ese mismo día. Todavía seguía recostado tal como había caído. En las horas que habían pasado, algo había abierto a la bestia por la mitad y había dejado expuesto su carnoso interior. Eroan miró a los cielos, ya 32

sea que Akiem los viera o no, no tenían otra opción. Saltando sobre una de las patas delanteras del dragón, patinó sobre las resbaladizas entrañas y se dirigió hacia el enorme vientre desgarrado y ahora hinchado, por estar en estado de descomposición. Algunas partes de la caja torácica brillaban blancas entre la sangre, pero la cavidad estaba intacta. Eroan tomó su espada y la dirigió a las escamas del vientre, la clavó y cortó la carne, rasgando un orificio lo suficientemente grande para dos. Levantó la piel de cinco centímetros de grosor y abrió una profundidad más extensa. Nye, sin pensárselo dos veces, entró. Eroan escaló entre el oscuro, resbaloso y apestoso agujero. Su estómago se contrajo, tratando de procesar el hedor tan espeso que bien pudo envolver su garganta y pulmones por completo. Sumergió su nariz y boca en su brazo y se recargó en las costillas curvas. Sus ojos se empañaron en lágrimas, mojando su rostro. Los cerró y se ocultó en su propia mente, en ese espacio que utilizaba en los calabozos de la torre, el espacio que lo llevaba lejos, a un hogar que ya no existía. La mano de Nye se dirigió a la rodilla de Eroan, luego su cadera, hasta que finalmente llegó a su propia mano. Sus dedos se apretaron y se cerraron. Eroan le regresó el apretón, esperando que aliviara un poco el temblor de Nye. Y esperaron en el vientre del dragón a que Akiem decidiera su destino.

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CAPÍTULO 3

LYSANDER Traducido por María O Corregido por Samn —Dijiste que nadie vendría por ti. Hoy, Chloe parecía tener un aire de arrogancia. Lysander le respondió a su sonrisa socarrona con una mirada de desprecio y siguió molesto en silencio. Fuera de algunos insultos y algunas amenazas creativas, él no le había hecho nada a esta gente y aun así lo trataban como un animal. Tal vez no debió haberlos amenazado con rostizarlos. Lucieron algo asustados ante la idea de él comiéndoselos. Los humanos sabían a pollo, o eso le habían dicho. A diferencia de sus ancestros, él nunca había comido uno para saberlo con certeza. El pensamiento puso una sonrisa en sus labios. Tal vez los habría probado, si hubiera nacido en otro tiempo, cuando los humanos estaban en todas partes, casi como hormigas. Elisandra le había dicho que los humanos eran un manjar y difíciles de conseguir. No había mucha carne en Chloe. Probablemente era solo cartílago y hueso. Y sería amarga. Definitivamente amarga. Chloe se alejó de los barrotes, posando su mirada al nivel de la de Lysander, que estaba sentado en la parte trasera de la jaula. —¿Dónde estaba el bronce grandote cuando atacamos la frontera? Él recargó su cabeza en el frío acero y cerró sus ojos. Más preguntas. Siempre con las preguntas. Lysander intentó preguntarle sobre su vida. ¿Tenía familia? ¿Hijos pequeños? Pero lo había dejado callado con su dura mirada.

—Pensamos que era extraño que su líder no estuviera ahí. Como un golpe de suerte para nosotros. Entonces ¿dónde estaba? Estas preguntas eran nuevas, pero ¿por qué ahora era importante la ausencia de Dokul? ¿Cuál era su teoría? Desde que la frontera broce había caído, ellos ni siquiera parecieron interesados en su nido ni en sus defensas. Querían saber sobre la torre, sobre el número de armadas amatista. —¿Por qué crees que sabría dónde estaba? —Soltó un gruñido, manteniendo sus ojos cerrados. Si miraba fijamente a la oscuridad el tiempo suficiente, podía hacer como si no existiera la jaula. Podría pretender que era libre para estirar sus alas, incluso la que estaba rota. Dioses, quería torcer y estirar cada músculo desde la nariz hasta la cola y tal vez rodar por la suciedad para quitarse de encima la peste humana. —Tal vez tú podrías explicarme eso. Lysander suspiró, su fantasía no funcionaría si ella continuaba quejándose. Abrió un ojo, mirándola. —Ya te lo dije, soy un don nadie. De hecho, que te tomes el tiempo de hablar conmigo es más de la atención que he recibido en… desde que tengo memoria. —Ahora tenía ambos ojos abiertos y ella seguía sonriéndole—. No has tratado de follarme o de matarme en todo este tiempo, esta jaula es un maldito paraíso. —Su pequeña nariz humana se arrugó por sus malas palabras. Mientras su sonrisa se desvanecía, la de él crecía—. Tal vez deberías venir aquí y maltratarme un poco, ¿no crees? —Ladeó un poco su sonrisa y entornó los ojos, aumentando la tensión—. Así me harías sentir en casa. El labio superior de Chloe se curvó. Disgusto. Esa fue una victoria, considerando que era ella quien lo mantenía aquí. —Si eres un don nadie, ¿por qué el líder de los bronce está buscándote? — preguntó, con su extraño acento lírico cada vez más denso. La sonrisa de Lysander se quebró. —¿Qué? —Su corazón comenzó a palpitar un poco más fuerte. ¿Dokul lo estaba buscando? Su corazón trastabilló. Ella asintió. —Está cazando al dragón que hurtamos de su playa. La carcasa que protegía su expresión se rompió solo un momento. Luego volvió a poner la sonrisa en su rostro y esperó a que su corazón disminuyera su latido. 35

—Su nombre es Dokul y es un dragón al que no quieres encabronar. —El último de los primeros dragones metal. Sí, sabemos quién es Dokul. En realidad, hemos pasado las últimas décadas analizándolo. Quiere atraparte con tantas ganas que usó su forma humana para infiltrarse entre nosotros y obtener respuestas. Desafortunadamente, es tan distintivo como humano como lo es siendo dragón. Un hombre enorme, bruto y lampiño con afición por una armadura de metal abollado tendía a destacar entre estos humanitos que usaban ropa común. Lysander recordó su olor. A metal mojado, como sangre. También podía saborearlo, tibio y salado. La simple intervención de la joven elfo, Seraph, era lo que lo había salvado de los rabiosos afectos de Dokul. —Destruyó uno de nuestros campos más al norte cuando no obtuvo sus respuestas —continuó ella. En este lugar, Dokul no sería un problema. Los humanos conocían su apariencia. No iba a obtener ninguna información de ellos. No, era Mirann de quien debían preocuparse. Si Dokul estaba buscando a Lysander, entonces también lo buscaba su hija y ella podía infiltrarse entre sus números como una serpiente en el césped. Miró hacia la puerta del almacén, podría estar allá afuera en este momento. Si Mirann lo encontraba primero, lo liberaría, pero mataría a todos los que estuvieran aquí. Si Dokul lo encontraba… probablemente se follaría a Lysander en la jaula mientras obligaba a los humanos a ver y luego los mataría a todos, incluido Lysander. De cualquier forma, Chloe y su grupito de rebeldes estaban viviendo en tiempo prestado. —Digamos que este tal Dokul averigua mi ubicación y viene. —Lysander tragó saliva—. ¿Cómo pretenden matarlo? —Mantuvo su tono ligero, escondiendo la progresiva sensación de pánico. —Tenemos un plan. —Ella sonrió, su acento fue estridente. Dispararle a unos cuantos dragones bronce novatos que volaban en los cielos era una cosa, pero detener a un dragón como Dokul y a una armada organizada, era otra completamente distinta. Estos humanos estaban muertos y Lysander estaba enjaulado como la mascota que Dokul y su hija habían hecho de él. Chloe pensaba que era inteligente, pero no tenía idea de las dimensiones a las que Dokul podía llegar. De repente supo cómo terminaría esto y no era de la forma que ella lo creía. 36

—Están cometiendo un error. Deben dejarme ir y salvarse del placer de la compañía de Dokul. Él me seguirá lejos de su campo. —Deberíamos, ¿eh? —Ella se puso de pie y se sacudió su pantalón—. Vaya sorpresa. Él le respondió con una sonrisa sarcástica. —Solo trato de ayudarles a vivir, ya que no quedan muchos de ustedes. —Puede que te sorprendamos, Lysander Bronce. Ah, entonces Dokul había tirado esa pequeña gema, cambiando su nombre en algún lugar donde los humanos pudieran escucharlo. Maravilloso. ¿Ahora cómo se suponía que se le creerían sobre no querer que Dokul viniera y que todos morirían en cualquier momento? —Lysander Bronce —repitió, riendo ligeramente. Ese horrible espectáculo de apareamiento con Mirann aún le dolía, incluso ahora. —Dijiste que no valías nada, pero parece que lo que no tiene valor son tus mentiras. Él no la vio irse, solo miró entre los barrotes hacia la pared del almacén. Si no salía de la jaula, los bronce vendrían, Y podía lidiar con Mirann por un rato, pero Dokul era otro asunto. Lysander no tenía intención de dejar al antiguo dragón con una nueva sonrisa en su garganta y su pene en sus propias manos, pero bueno, tampoco había planeado ser condenado a los humanos por decisión de un elfo. E incluso si salía de esta jaula, ¿qué? No era tan fuerte como para regresar volando a casa si quisiera. Y era una caminata jodidamente larga. ¿Y que había para él en ese lugar? Hacia donde mirara, las barras de la jaula solo se cerraban.

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CAPÍTULO 4

EROAN

Traducido por Y. Corrección final por Samn —En el nombre de Alumn, ¿qué les pasó? —bramó Curan mientras Eroan atravesaba penosamente los portones de Cheen. Bajo la nítida luz del amanecer, a su lado, Nye lucía como si lo hubieran masticado y luego escupido. Eroan solo pudo suponer que se veía igual de destrozado y olía tan repugnante como él. —Nos tropezamos con algo —respondió Eroan mientras se quitaba algo húmedo y pegajoso de sus dedos. Le picaba la cara y cuando se rascó una mucosa marrón se desprendió para incrustarse bajo su uña. Nye se movió inquietamente, sus labios se movieron hacia abajo formando una mueca miserable. Sangre y entrañas de dragón yacían secas en su pelo y cubrían su cuello. Costras de cosas que Eroan no pudo identificar estaban pegadas en su ropa de cuero. Nye crujía mientras caminaba. —¿Podemos limpiarnos antes de que comiences con el interrogatorio? —le pidió Eroan a Curan. —¿Dónde está el dragón? —Curan le preguntó a Nye, evitando la mirada de Eroan a propósito. —Ya no está —respondió Nye, humedeciendo sus labios. Hizo una mueca y escupió hacia un lado—. Esperamos afuera. Cheen está a salvo. Curan los miró, examinándolos por tanto tiempo que el calor del sol empapó

las ya húmedas ropas de cuero de Eroan y desprendiera más olores repugnantes en el aire. Si Eroan no lo conociera mejor pensaría que Curan los estaba castigando, pero el hombre nunca había sido vengativo. Aun así, las cosas habían cambiado. Finalmente, Curan les hizo un gesto para que se fueran. —Vayan, límpiense, pero quiero un informe completo tan pronto terminen — espetó. Atrajeron unas cuantas miradas mientras cruzaban el pueblo. Los más jóvenes los señalaban y se reían. Nye les lanzó un saludo provocando en ellos aún más chillidos. No todos los días un par de asesinos retornaban cubiertos por entrañas de dragón. —Ven a mi casa —dijo Eroan al mismo tiempo que asentía con la cabeza—. Tengo agua caliente. —Agua caliente, ¿eh? —Nye sonrió—. Mataría por eso. Deslizándose por caminos sinuosos a través de los árboles, Eroan lo guió a su cabaña. Ya en el interior, avivó las brasas a través de la rejilla para encenderlas y arrojó un par de troncos más. —Espera un poco para que caliente el agua —le dijo Eroan. —¿Qué es eso? —preguntó Nyan mirando la tubería que sobresalía de un tanque de acero elevado, la tubería se alargaba por la parte superior de las paredes hasta lo que parecía ser un armario. —Un armario de lluvia —respondió él—. Cuando el agua se calienta, corre por esa tubería y sale por esa punta de ahí. —¿Aprendiste esto de los humanos? —cuestionó Nye. —Algunas partes —dijo Eroan parado cerca del fuego mientras se quitaba con cuidado su chaqueta arruinada, tratando de minimizar el desparramo de suciedad—. Agregué algunas modificaciones. Nye abrió la puerta del armario y miró el pequeño cuarto de lluvia. —¿Hay suficiente agua para los dos? —Solo para uno… Ve primero —respondió Eroan. Dejó su chaqueta cerca de la puerta principal, la hizo un bulto que luego tiraría y se quitó su camiseta tirando de ella por encima de la cabeza, lanzándola también junto al montón. Todo tendría que ser quemado. Hundiendo sus dedos en su cabeza, trató de deslizarlos sobre su cabello pero se enredaron en trozos sólidos que hicieron que su estómago se retorciera de 39

nuevo. —Anoche… pensaste rápido —mencionó Nye detrás de Eroan. Su chaqueta aterrizó en la pila, luego su camiseta y, mientras Eroan se daba vuelta, Nye abrió el cierre de su pantalón y lo bajó por debajo de su cadera. Se los quitó quedando prácticamente desnudo. Cubierto solo por una holgada ropa interior. Sangre manchaba su pecho ligeramente musculoso, pero no tanto como la que había en sus antebrazos y cara, cualquier lugar que fue expuesto a las entrañas del dragón. Nye parpadeó y Eroan cayó en la cuenta de que estaba esperando a que él le respondiera algo. ¿Había preguntado algo? Porque todos sus pensamientos se habían detenido cuando, al darse la vuelta, se había encontrado con Nye desnudo y cubierto por sangre. —Este, eh… —Eroan aclaró su garganta e intentó hablar de nuevo—. Era la única manera de enmascarar nuestro olor. —Eroan se dispuso a abrir el cierre de su propio pantalón, pensando en la tentación que se encontraba a solo unos pasos de él. La mirada de Nye lo siguió, haciendo que su piel se calentara. La verdad era que no sabía si esconderse en el cadáver iba a funcionar. Ambos podrían haber muerto. Akiem no era un tonto exiguo. Y tampoco hubiera desistido de perseguirlos. Ahora que sabía que Eroan estaba vivo era muy probable que él regresara. Y seguiría buscándolo hasta que encontrara Cheen. Eroan necesitaba pensar en una forma de evitar que eso ocurriera. Los dedos de Nye se posaron sobre el cinturón de Eroan, haciendo que él levantara la mirada. Sus pensamientos habían estado tan perdidos en Akiem que no había visto que Nye había acortado la distancia entre ambos. Ni siquiera estaba seguro de si Nye había dicho algo, aunque por la mirada de lástima en su rostro era muy probable que lo hubiera hecho. Eroan creía que había superado su terrible experiencia en la torre, creía que se había endurecido del pasado, pero ahora pudo sentir el horror de todo arrastrándose de vuelta a él como un fantasma en la oscuridad. Eroan tomó a Nye por la nuca y tiró de su pecho contra el suyo, plantando un frenético beso en su boca húmeda. Sintió el sabor de Nye, pero también la salobridad del dragón, la sangre y ese toque de esencia cítrica de la magia de dragón. La combinación de aromas deshizo su moderación. Repentina y abrasadora lujuria desplazó todo pensamiento. Necesitaba a Nye debajo de él. 40

Nye jadeó y empujó gentilmente el pecho de Eroan. —Eroan Ilanea, te amo, pero hueles como si un dragón te hubiera vomitado. —Nye rio al decir esto y arrastró a Eroan por la muñeca hacia la pequeña ducha y lo empujó hacia adentro—. Métete ya en la lluvia caliente. —Sujetó la cuerda que colgaba de ahí y tiró, vertiendo agua de la improvisada fuente de lluvia sobre la cabeza y hombros de Eroan. Eroan siseó ante la repentina explosión sensorial, tomó a Nye que continuaba riéndose y lo arrastró dentro del diminuto espacio antes de que sus agobiantes pensamientos clavaran sus garras en él. Nye dejó escapar un gritito muy poco masculino y comenzó a reírse aún más fuerte, retorciéndose y empapado en las manos de Eroan. La vista que mostraba Nye —el agua fluyendo de sus cabellos hacia su cara, cubriendo sus mejillas con mechones oscuros— dejó en trance a Eroan. Nye levantó su cara, dejando que el agua lavara la suciedad, invitando a Eroan a sumergirse en exquisitos pensamientos en los que él se perdió rápidamente. Incapaz de resistirse, Eroan besó el cuello de Nye —saboreando agua, sangre, dragón y elfo— y continuó besándolo hasta llegar a su clavícula. Nye contuvo el aliento y se aferró a la parte superior de los brazos de Eroan, ya sea para retenerlo o mantenerlo quieto. El ya agitado corazón de Eroan comenzó a latir más fuerte, dirigiendo sangre hirviente a través de sus venas. No jugaría ningún juego, no ahora, no después de anoche. Él necesitaba que los viejos recuerdos se fueran, debía sofocarlos con la dura y suave sensación, y con la dulzura de Nye en su lengua. Las manos de Nye acariciaron su pecho y espalda, atrayéndolo hacia él. La espalda de Nye se arqueó, sus caderas chocaron contra él y Eroan respondió a esa necesidad ahuecando la erección de él a través de su ropa interior empapada. La tela se convirtió en una gran barrera. Eroan tiró de la ropa, liberándolo. La boca insaciable de Nye atacó la suya. El algodón se rasgó. Eroan tenía la caliente y dura necesidad de Nye en su palma. El hombre gimió en la boca de Eroan y él lo poseyó, adueñándose de todo lo que Nye le dio, él sabía que su agarre era demasiado duro, que sus dedos estaban adentrándose muy profundo, pero era incapaz de ceder ante nada. —Eroan… —dijo Nye mientras extendía su mano entre ellos buscando la atrapada excitación de Eroan—. Déjame… —Nye se interrumpió. Levantó sus sensuales ojos y susurró—: ¿No lo intentarás? 41

Eroan apartó su mano y lo empujó contra la endeble pared de la ducha. Devastó su boca y dejó un rastro bailante de besos en el pecho de Nye. Nye lo quería debajo de él, algo que Eroan nunca había permitido y no empezaría a hacerlo ahora. Eroan cayó de rodillas tomando profundamente a Nye entre sus labios, como había querido hacerlo antes en aquel árbol. Akiem había arruinado la oportunidad. Las manos de Nye se aferraron al cabello de Eroan, sus dedos enredándose en él. El hombre murmuró palabras entremezcladas con gemidos, pero no fue suficiente. Eroan necesitaba escucharlo gemir, quería llevarlo al borde y mantenerlo ahí hasta que doliera. Acomodó la erección de Nye contra su paladar y deslizó su punta hasta el fondo, profundamente, antes de alejarse, curvando su lengua, escuchando la respiración entrecortada de Nye y sus palabras sin sentido. El muslo de Nye, atrapado bajo la firme mano de Eroan, estaba tenso como una roca. Sus caderas se movieron, empujando su erección más profundo, más rápido. Eroan la aceptó, lo atormentó enrollando y moviendo su lengua hasta que los hombros de Nye lo traicionaron, revelando cuán cerca estaba del borde. Eroan se enderezó, lamiendo los sólidos abdominales de Nye en su camino hacia arriba. Giró a Nye tomándolo por sus caderas y descubriendo su trasero. Nye apoyó un brazo contra la pared, su espalda arqueada. El agua golpeó los músculos de Nye que eran del color del oro. Eroan habría explorado esa espalda si la necesidad de poseerlo no lo estuviera volviendo loco. Insertó un dedo, probando si había resistencia, Nye gimió y la lujuria chispeó a través de la excitación de Eroan. Desgarró el cierre de sus pantalones, tomó en su mando su abultada erección y la guió hacia el agujero de Nye, apenas lograba contenerse de empujar demasiado profundo, demasiado rápido. La humedad ayudó a relajar la estrechez. Eroan empujó lentamente hacia adentro. El placer comenzó, la estrechez creó un vínculo directo con esa parte de su mente que se deshizo en placer, puro e irreflexivo. Rodeando la cadera de Nye acarició su erección, encontrándola aun dolorosamente dura y a Nye tan abierto y deseoso como antes. Entonces Eroan se dejó deslizar más hondo, sus caderas dirigiéndose a insertarse en esa apretada envoltura musculosa. Una sensación erótica lo hizo estremecer y empujó más, perdiendo el control. No iba a durar mucho más y tampoco le importaba. Persiguió el placer, solo enlenteció cuando temió perder el control de sí mismo demasiado pronto. Entonces Nye maldijo y su trasero, que estaba apresado entre los muslos de Eroan, se comprimió, Eroan cayó 42

hacia adelante contra la espalda de Nye y aceleró sus movimientos sobre el miembro de Nye hasta que perdió el control. Nye gimió, derramando su semen en la mano de Eroan. Eroan dejó de contenerse. Tomó a Nye por las caderas y se dejó llevar por el ritmo que alejó toda locura y lo arrojó en algún lugar lleno de un placer entumecedor y solo eso. La necesidad de eyacular se hizo presente demasiado pronto. La apretada y dolorosa necesidad de liberación se aproximó, construyéndose y elevándose. Hasta el clímax. Eroan elevó su cabeza, apretando sus dientes y gimió cuando la liberación lo atravesó, momentáneamente destrozando cualquier pensamiento coherente, liberándolo de la culpa, las memorias, el dolor y la equivocación de sus propios errores. Demasiado pronto, la realidad comenzó a filtrarse de nuevo, mostrando a un Nye que no paraba de temblar, hecho una ruina jadeante entre sus manos. —¿Te lastimé? —preguntó Eroan apartándose un poco. Debió ir más lento, debió haber sido más gentil. Nye era más pequeño y suave en muchas formas. Por Alumn, desde que regresó de la torre, su mente había sido más difícil y sus deseos más filosos—. Lo siento… —No —respondió Nye, tomando su mano y mirándolo por encima de su hombro, sus pestañas cubrían sus ojos y tenía una media sonrisa en su rostro. Eroan se retiró con un pequeño y tembloroso jadeo mientras los rastrojos de placer terminaban con él y Nye giró en el reciente flojo agarre de Eroan. Aun con la media sonrisa en sus labios, rozó su boca contra la de Eroan, entremezclando sus agitadas respiraciones. —¿No habías mencionado algo sobre una cama?

Nye yacía recostado contra Eroan, su cabeza estaba apoyada en su pecho, un brazo colgaba en su cintura, una pierna estaba enganchada con la de Eroan. Momentos atrás alguien había golpeado en la puerta, pero al no recibir respuesta ese alguien se había ido. Seraph o Curan, supuso Eroan. Más probablemente Curan, o alguien de la Orden bajo las órdenes de Curan de descubrir dónde se habían metido ambos. —Acostumbraba soñar despierto con momentos así —admitió Nye, en voz baja y ronca. Al escuchar el tono áspero, Eroan se preguntó acerca del espesor de las 43

paredes de la cabaña, y si alguien los había escuchado—. ¿Te acuerdas cuando éramos jóvenes? Siempre fuiste muy centrado. Incluso en aquel entonces. Cualquier tarea, no importaba qué tan insignificante fuera, te comprometías con ella por completo. Me ganabas en todo. Eroan recordaba el ceño fruncido de Nye cada vez que terminaba en segundo en una carrera o era el segundo en llegar a la casa de la Orden luego de una noche de exploración. Siempre en segundo lugar. Eroan sonrió ante los recuerdos y movió sus dedos formando círculos en el cálido hombro de Nye. Ellos acostumbraban discutir cuando eran más jóvenes. Siempre entrechocaban de diferentes formas, lo que llevaba a que Curan tuviera que separarlos. —Perseguirte me hizo un mejor asesino —dijo Nye. Una espina molesta e incómoda se asomó entre los pensamientos de Eroan. —Nye… —Todos los demás lo notaron… —Los dedos de Nye dibujaban círculos perezosos en el pecho de Eroan—. Pero tú nunca me viste de esa forma. Y además, siempre estaba esa regla de la Orden… ¿Algo entre nosotros?… Eso nunca iba a pasar. Eroan dejó que su mirada vagara por las vigas del techo. Él sabía que Nye siempre lo había visto con algo más que respeto en sus ojos, pero ambos fueron personas diferentes en aquel entonces. Aún eran personas distintas. Y algo que había dicho Nye en el momento de locura anterior, antes de que se lavaran la sangre, había clavado sus garras en él. No se había permitido escucharlo antes, pero ahora no podía olvidarlo. Te amo, Eroan Ilanea. —Alumn te trajo de vuelta… —Los dedos de Nye que lo acariciaban vagaron más abajo, sobre los músculos abdominales de Eroan, trayendo el deseo de nuevo a la vida—. Estoy agradecido, todos los días estoy agradecido. Dudo que alguna vez hubiera supera—Me iré a Ashford hoy. Los dedos de Nye se detuvieron. Eroan cerró sus ojos e hizo una mueca mientras que una nueva punzada de culpa lo golpeaba. Nunca debió haber dejado que las cosas con Nye duraran tanto o fueran tan lejos. Pero él lo quiso, lo necesitaba. No podía estar solo, su cordura sería llevada por los demonios que cargaba consigo. Y Nye, él era tan bueno y… estaba 44

dispuesto. Eroan se apartó del calor de Nye y plantó sus pies fuera de la cama mientras hundía sus dedos en su despeinado cabello. La cama se meció y una parte se levantó, el peso de Nye ya no estaba. —¿Me lo habrías dicho si no hubiera ido a verte anoche o solo ibas a escaparte de nuestra relación como siempre haces? —La ira afiló las palabras de Nye, dejándolas cortantes como la cuchilla de una espada. Eroan se frotó la cara. Vaya pedazo de mierda que era. Él sabía que esto no era solo una distracción para Nye y aun así dejó que pasara. —Debo informar a la Alta Orden sobre las armas y ver si hay información sobre Francia. Nye resopló. —¿Tú debes? Por supuesto que debes. Y tienes que ser tú, Eroan Ilanea, el elfo que salvará por sí solo a todo el mundo. ¿No podría hacerlo un mensajero o alguien más de la Orden? No, siempre debes ser tú. La ira inundó a Eroan. Trató de convencer a Curan. Trataba de hacer lo correcto. —Es más que eso. Akiem sabe que estoy vivo y vendrá a buscarme. Necesito seguir adelante y alejarme de Cheen. —Eroan miró hacia atrás y vio que Nye estaba tomando apresuradamente algunas prendas limpias de Eroan, las suyas estaban arruinadas. Los pantalones eran demasiado largos y se arremolinaban a sus pies descalzos. Se puso una de las camisas de Eroan, evitando mirarlo. Nye era mejor que esto, él sabía lo que debía hacerse y sabía que la Orden insistía en no mantener vínculos personales. —Todavía somos Asesinos de la Orden —espetó Eroan—. El deber siempre está primero. La risa de Nye sonó amarga y rota. —Las mismas excusas, Eroan. ¿Por qué no lo admites simplemente? ¿Qué soy para ti, de verdad? —Nye se enderezó, abrochando la camisa mientras sostenía la mirada de Eroan, con la mandíbula tensa—. ¿Estabas aburrido? ¿Es eso? —Nye, no. —¿Y porque soy fácil? Crac. Eroan no quería esto. —Nye… —Eroan tomó un pantalón que estaba tirado y se lo puso, tropezando 45

en su prisa por alcanzar a Nye mientras se dirigía hacia la puerta—. Espera. No fue así… Yo… No dejes las cosas así entre nosotros. Nye tiró de la puerta. La luz del sol se filtró, iluminando su oscura melena, resaltando la ropa que no le quedaba bien y su falta de calzado. Él entrecerró los ojos en dirección a la luz, arruinando así cualquier oportunidad de que Eroan pudiese leer su expresión. —¿Dejar las cosas cómo, Eroan? ¿Yo, enamorado de ti y tú usándome, solo para pasar el rato hasta que tuvieras que irte de nuevo? Eroan se detuvo, sus pantalones a medio poner, sus manos enganchadas al cinturón. Él le debía la verdad a Nye. Arrastrarlo consigo no iba a ser de ayuda para ninguno de los dos. Eroan estaba partiendo y Nye debía aceptarlo. Iba a doler, pero se curaría. —Tú y yo, nosotros… debemos terminar. —Eroan suspiró—. Lo siento. —¿Lo sientes? —espetó Nye, sus cejas se tensaron y sus ojos se endurecieron para ocultar el dolor—. No lo hagas. Soy un imbécil por darle mi corazón a alguien como tú. —Y luego de decir eso, se fue, la puerta se abrió para que la brisa pudiera filtrarse dentro, trayendo con ella los sonidos de risas y conversaciones comunes de la aldea. Eroan miró fijamente a la luz del sol hasta que sus ojos se deslizaron hacia los estantes de armas a medio diseñar y el arrepentimiento se solidificó en una nueva resolución. Ya había perdido demasiadas horas con Nye y había abandonado su deber por demasiado tiempo. Necesitaba ver a los ancianos de Cheen. Ahora.

—Ah, Eroan, justo estábamos hablando de ti. Los ancianos de Cheen tenían el mismo aplomo y aspecto de alma vieja como la mayoría de los ancianos de la aldea, por lo menos cuando los comparaba con los pocos que Eroan había conocido. Le habían dicho que el grupo de Cheen, que ahora eran cinco, acostumbraban ser seis, pero uno de los miembros había muerto hacía un año, cazada por lobos. El sexto asiento en la mesa redonda estaba vacío y Eroan trató de combatir la inquietante sensación mientras los ancianos restantes le sonreían con sonrisas amables. 46

Aun en la puerta, inclinó su cabeza y divisó a Curan entre los asientos laterales. También habían varios elfos importantes, pero seres a los que apenas les prestó atención. ¿Por qué tenía la sensación de que estaba presentando su propio juicio? Anye, la mujer que le habló cuando llegó probablemente era de la misma edad que Curan, tal vez un poco más vieja si las arrugadas líneas alrededor de sus ojos eran un indicio de su edad. A Eroan le recordó a Xena y eso también puso sus nervios de punta. Todavía estaba de luto por la ausencia de Xena, era como un agujero en su corazón. —Saludos, ancianos. —Eroan se aproximó a la larga y ovalada mesa de roble. —El impacto de tu llegada nos ha afectado gratamente —dijo Anye—. Y estamos honrados de tenerte entre nosotros. —Usaba vestido gris claro y llevaba un pequeño tatuaje céltico en su cuello, de la misma forma en que a muchos de los habitantes de la aldea les gustaba tatuarse. Poco después de que llegó, él le preguntó su significado y ella le lanzó una mirada que decía que no repitiera esa pregunta. Eroan asumió que el tatuaje era un recuerdo de una pérdida. Ahora que estaba de pie frente a ella, sus instintos gritaban por salir. Si estaban por pedirle que tomara un asiento en aquella mesa, temía que pudiera decir algo que haría que probablemente lo echaran de la casa de los ancianos y posiblemente también de Cheen. Xena soportaba sus malas palabras pero ahora era nuevo en Cheen, sus raíces apenas comenzaban a asentarse. Sabía que debía ser cuidadoso con sus palabras, pero ese no era su estilo. —Ashford debe saber del éxito de nuestras armas —espetó Eroan antes de que alguno de ellos pudiera revelar qué era lo que los tenía sonriendo tan a la ligera—. Me gustaría partir hoy y hablar de los detalles con ellos. —Sí, Curan nos hizo saber sobre tu insistencia en ese tema. Eroan tragó saliva y mantuvo sus ojos en los ancianos, evitando la furiosa presencia de Curan. Tal vez estaban por decirle que estaba expulsado de la Orden y debía presentarse en las costas mañana para su primer día en los botes, pescando. No creía que alimentar a la aldea fuera poco importante. Él le tenía el mayor respeto a todos y a cada uno de los suyos, pero él no era un pescador. La paciencia no era su mejor característica. —Nuestro mensajero acordó transmitir todos tus hallazgos a Ashford tan pronto como puedas enseñarle lo necesario… —continuó Anye. 47

—¿Su mensajero? Se escuchó el ruido de las patas de una silla arrastrándose por el suelo, eso llamó la atención de Eroan hacia la figura con cabello oscuro a la que solo le había dado un vistazo hacía un rato. La mirada del hombre se clavó en Eroan y bajó su barbilla, haciendo con esto que la vista de Eroan se fijara en los tatuajes tribales cerca de su cuello. El reconocimiento irrumpió brevemente en los pensamientos de Eroan. No había visto a Trey en… años. Pero no lo había olvidado. Trey era el tipo de hombre que difícilmente olvidarías. Se había cortado el cabello, así que incluso si lo tenía atado, la mayor parte caía sobre su rostro, enmarcando sus atractivas y distintivas facciones. También se había ganado una cicatriz y una mirada atormentada en sus ojos que no había estado en su juventud. Eran una maravilla que aún estuviera vivo. Los mensajeros de la aldea morían tan regularmente como los asesinos. La mente de Eroan dio un vuelco. Bajo la mirada, tratando de pensar cómo lidiar con esto. No había esperado que dijeran que sí y ciertamente no había esperado poner a Trey en peligro. Pero esto era lo que quería, ¿no? —Eso no será necesario —se escuchó decir y con ello vino la fuerza de saber que tenía razón. Murmullos de risas disimuladas sonaron alrededor de la sala. Eroan levantó su voz—. El tiempo que me tomaría decirle a Trey todo lo que he aprendido es un tiempo que sería mejor invertido viajando. —Ese es mi trabajo —dijo Trey, arrastrando las palabras, los ojos del elfo estaban llenos de confianza. Eroan lo ignoró. No iba a morir otro elfo a causa de sus ideas. Tenía que hacer esto solo. —Me iré hoy, con o sin sus bendiciones. Las risitas se transformaron en negaciones audibles. Era claro que a la gente de Cheen no les gustaba la idea de perder a alguien valioso. —Desde mi llegada, les he dado mucho —continuó, dirigiéndose a la sala y examinándolos a todos. Nye estaba allí, parado en el fondo, casi completamente escondido entre las sombras. Janna también, con Ross, su pareja, sentado a su lado, su mano estaba posada sobre su rodilla—. Es tiempo de que comparta el conocimiento con otros, salvando más vidas y difundiendo las herramientas que necesitamos para ganar esta guerra, no solo sobrevivirla. —Hagan silencio, por favor… —instó otro de los ancianos a la multitud. 48

Cuando cesó el parloteo, Eroan esperó el veredicto. No necesitaba sus bendiciones, pero prefería irse con ellas. Tal vez Anye lo sabía porque, cuando ella le devolvió la mirada, Eroan vio el momento en que cambiaba de opinión. Su rígida boca y sus fríos labios se volvieron más cálidos. —Está bien —respondió—. Ve, pero no lo harás solo. Alguien debe acompañarte. —No necesito… La mirada de Anye se afiló con rapidez. —Mientras seas un Asesino de la Orden, seguirás sus enseñanzas. Los asesinos siempre deben viajar en grupos de dos o más. O me equivoco, ¿Eroan? —Sí —respondió, sintiéndose como un elfo en camino de terminar su entrenamiento. —Yo iré con él. —La voz de Nye sonó desde el fondo de la sala. Eroan apretó los dientes. —¿Salvo que Eroan tenga alguna objeción? —Nye se acercó a la mesa, manteniendo una distancia respetable entre ellos. Solo eran dos asesinos de la Orden cumpliendo sus deberes. Eroan quería objetar con muchas ganas pero Nye era un asesino capaz y la regla de la Orden de viajar en grupos de más de dos existía por una razón. Sus oportunidades de llevar información a Ashford se multiplicaban si no estaba solo. Podía solicitar que fuera otro miembro de la Orden, pero Curan se negaría ya que Nye ya se había ofrecido como voluntario para el peligroso viaje. —No tengo objeción alguna —respondió. —Bien, entonces está resuelto. —Anye sonrió—. Se irán tan pronto estén listos. Que la luz de Alumn guíe sus caminos, asesinos. Nye salió justo detrás de Eroan. Llegó a mitad del camino por la aldea cuando se giró sobre sus talones. —No necesito una escolta, Nye. Tus talentos son mejor aprovechados aquí, manteniendo a la gente de Cheen con vida. Por Alumn… —Eroan retrocedió—. Ya terminamos, ¿por qué alargarlo de esta manera? —Unos pocos aldeanos los miraron, habiendo escuchado las palabras de Eroan. Nye guardó silencio por un momento. —¿Ya terminaste? Eroan se mordió la mejilla. Estaba lejos de haber terminado, pero nada que 49

dijera iba a cambiar nada. Nye era tan terco. —Esto no tiene nada que ver con nosotros —espetó Nye, acercándose—. Y tiene todo que ver con llevar tu información a Ashford. Si viajas solo, corres el riesgo de fallar y tú eres el único que cuenta con los conocimientos. Si no era yo, te habrías deshecho de cualquiera que se ofreciera como voluntario o te escaparías sin ellos para así poder continuar con tu lucha solo. —Nye se detuvo, esperando a que Eroan lo negara—. Piensas que puedes hacerlo todo por tu cuenta, pero no es así. Deja de ser tan terco y entiende mis razones. Estoy aquí para ayudarte a completar tu tarea. Nada más. Tú mismo lo dijiste, somos Asesinos de la Orden y eso debe ser primero. Yo soy capaz de cumplir con mi deber sin apegar mis emociones. Lo he hecho toda mi vida. Tenía razón. Eroan estaba equivocado por dudar de sus motivos y se equivocaba al pensar que podría hacer esto solo. Sin embargo, se seguía sintiendo como un error, pero Nye se había asegurado de que las opciones de Eroan fueran limitadas. —Partimos al anochecer.

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CAPÍTULO 5

LYSANDER Traducido por Romi Corrección final por Samn Lysander abrió un ojo. Había decidido dormir en su forma de dragón, más que nada porque no le habían dado una cama y el piso era condenadamente duro a menos que tuvieses escamas para soportar el peso. Chloe, caminaba de un lado a otro fuera de las rejas, mordiéndose el labio inferior. Él la miraba con los ojos entrecerrados. Se estaba mordiendo la uña del pulgar y luego arrancó un padrastro. Lysander podía oler su miedo. Era un aroma embriagador que le aceleraba el corazón, haciéndolo desear abalanzarse sobre ella y cazarla. Era la primera vez que sentía ese aroma en ella. No sintió su miedo en la playa. No había huido despavorida del almacén cuando lo vio transformarse por primera vez. ¿Qué la tenía tan asustada esta vez? Resopló por la nariz, haciéndole saber que estaba despierto. Chloe dio un brinquito que la sorprendió por una facción de segundo, el miedo estaba en todo su ser, en su cara, en sus ojos, en su espalda que siempre mantenía erguida. Sus instintos lo tentaban a arremeter y atacar. En este estado, Chloe lucía como una presa. Lysander sacudió la cabeza, calmando sus impulsos y emitió una vibración desde el fondo de su garganta. No era un gruñido. Era un sonido que se utilizaba con los más jóvenes de su especie, como una señal de alerta o una pequeña advertencia

para que no desobedecieran, nada agresivo en sí. Chloe se acercó a la jaula. Si dejaba salir su flama, probablemente podría expandirse lo suficiente para hacer estallar a Chloe antes de que llegara a la puerta. Estaría muerta en segundos. Estaba realmente asustada y no estaba pensando con claridad. Pero no le tenía miedo a él. Algo más la atormentaba. Lysander consideró cambiar, pero lo pensó mejor cuando los ojos de Chloe empezaron a vagar por su rostro distrayéndola de sus pensamientos. Su propio reflejo brillaba de color verde en ojos de Chloe. Escamas verdes, ojos verdes. El abanico de su amplia y puntiaguda corona. —Me entiendes estando así, ¿cierto? —preguntó. Él resopló de nuevo, fue un sonido suave proveniente desde su nariz que le agitó el cabello a Chloe e hizo que se asomara una sonrisa en sus labios. —¿Pero no puedes hablar? Rodó sus ojos y esto la hizo reír. Por supuesto que no podía hablar. Tenía una boca una lengua diseñada para desgarrar presas y aplastar huesos, no para pronunciar las complicadas palabras humanas. Mientras ella se reía de su propia idiotez, él estiró una de sus patas, cuyas garras brillaban y la plantó cerca de los barrotes. Sus garras delanteras, las más largas, tenían la mitad del tamaño del cuerpo de ella. Chloe miraba con ojos cautelosos aquel conjunto de armas letales. Pocos humanos habían llegado a estar tan cerca de un dragón y había vivido para contarlo. Cuando ella no se acercó, Lysander posó su cabeza junto a su pata e inclinó su hocico hacia la pequeña humana. Incluso con la cabeza así de encogida, Chloe no le llegaba ni al nivel de los ojos. —Tienes unos ojos hermosos —le dijo, cruzándose de brazos—. Pero si piensas que voy a acercarme aunque sea un poco solo porque pones esos ojos tristes, mejor piénsalo de nuevo, mon lézard. No podía estar seguro, pero estaba bastante convencido de que acababa de llamarlo reptil. Refunfuñó y sonrió, revelando sus filas resplandecientes de dientes devastadores. Fue un movimiento estúpido. Ella tragó saliva y retrocedió, emanando el aroma a miedo una vez más. Antes de perder su atención por completo, Lysander usó el cambio, invocando a su forma en humana y estrujando su enorme peso contra su corazón palpitante, 52

hacia un saco de carne de largas extremidades y revelando la ilusión de un hombre. Chole había apartado la mirada, como lo hacen la mayoría de los humanos frente a la intensidad de la magia. Lysander sujetó los barrotes. —Puedo ayudarte a detenerlo. —¿A quién? Lysander frunció el ceño ante su estúpida negación. —Ambos sabemos que Dokul vendrá pronto. No puedes detener a un dragón como él. Es uno de los antiguos, el primero en despertar del hielo. Yo apenas podría enfrentarlo, pero él me quiere. Así que déjame ir, lo alejaré de aquí y nadie morirá. Toda la calidez volvió a desaparecer del rostro de Chloe. —Si te dejo ir, nos matarás a todos por él, Lysander Bronce. —Empezó a pasearse por la habitación una vez más. —No soy un bronce. —No es lo que él dice. —Dokul está demente. —¿Y tú no? ¿Demente? Casi se echó a reír. Puede que de vez en cuando. —¿He lastimado a alguno de ustedes? —Porque has estado atrapado ahí —Señaló la jaula con un ademán. Esta humana era imposible, ¿cómo podía demostrar sus buenas intenciones? —Les di a la elfo en la playa, no ataqué a ninguno de los tuyos. Podría haber cambiado en esa playa y habría matado a muchos de ustedes. —No, no es cierto. Te dispararon. No querías arriesgarte a que la flecha se moviera hacia tu corazón. Sé como funciona… Lysander apretó el agarre en los barrotes. —Chloe, si quisiera lastimarte, lo habría hecho. Habían… ¿qué? ¿seis?, ¿ocho de tus hombres en ese túnel debajo de la guarida de los bronce? Podría haberme transformado y masacrado a cada uno de ellos y también a la elfo. Puede que sus pequeños cuchillos de diente de dragón les hubiesen ganado algo de tiempo pero el resultado habría sido el mismo. Les entregué a la elfo… —Una elfo inconsciente —lo interrumpió—. Hasta donde sé, estaba inconsciente a causa tuya y la llevaste a la playa para comértela. Su líder nos ordenó asesinarte, así que es claro que él pensó lo mismo. 53

Lysander hizo una mueca y se tomó un momento para controlar sus emociones, debía alejarlas de su rostro. —Eroan es un asesino, dudo mucho que les fuera a decir que me dejaran ir. Chloe se detuvo y frunció el ceño. —¿Cómo sabes su nombre? —Eroan Ilanea. Conozco su nombre porque lo salvé de la reina. ¿Viste sus espadas? —Ella entrecerró los ojos—. Solían ser mías. Gracias a mí es que sabe de los dientes de dragón. —Eso estaba un poco alejado de la verdad, pero técnicamente no era una mentira. —¿Y aun así dio la orden de matarte? No creo que alguien que te conozca y crea que seas bueno hubiera actuado así, ¿fue otro mal entendido? Lysander bajó la cabeza y la golpeó contra las rejas. —Maldita sea, humana, ¿no puedes creerme y ya? Dokul es… me quiere, pero no por las razones que crees. No soy un tipo de heredero importante. Me quiere por una fascinación repugnante que tiene y porque me escapo de su agarre cada vez que intenta poseerme. Si me encuentra, va a matarme. Chloe lo pensó, mordiendo su pulgar nuevamente. —Il est illusoire de s’imaginer que.1 No puedo dejarte ir. —¡Entonces todos morirán! —No, él vendrá y lo mataremos. —Dime que estás totalmente segura de eso, que no lo dudas ni por un segundo. Dime que tienen un plan que va más allá de los dientes de dragón, porque eso no será suficiente. Él no es como cualquier otro dragón, es una fuerza de la naturaleza. La tierra albergó a los tres primeros dragones por miles de años. Unas flechas sofisticadas no lo van a detener. Chloe sacudió su cabeza y se dirigió a la puerta. —No puedo liberarte, Lysander. —¡Claro que sí! —insistió—. ¡Te ayudaré a detenerlo! La puerta se cerró detrás de ella. Lysander golpeó los barrotes y gruñó ante el dolor que recorrió por su brazo. —¡Están cavando su propia tumba! —Sus gritos fueron un eco estridente. Chloe se había ido y junto a ella, se fue su última oportunidad y la de ellos, de sobrevivir a lo que estaba por llegar. 1

NT. Del francés original: «Sería estúpido creerte».

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CAPÍTULO 6

EROAN

Traducido por Viv_J Corrección final por Samn La lluvia llegó inmediatamente después de dejar Cheen y no se detuvo en los dos días en los que Nye y Eroan no dejaron de moverse. El viaje primero los llevó a la costa, donde una bahía dividía las colinas y luego, hacia arriba, a los páramos abiertos, hasta que finalmente bajaran de nuevo al valle que protegía Ashford. Encender una fogata fue casi imposible y cuando las llamas se encendían, no eran suficientes para cocinar. Los conejos eran abundantes, pero comerlos crudos no era tan apetitoso como asarlos. Eso dejaba como única opción la búsqueda de bayas de invierno y bellotas maduras. La lluvia implacable amortiguaba todo sonido que producían, pero también impedía escuchar a los dragones y a otros depredadores. La temperatura disminuyó a los dos días de iniciar el viaje, convirtiendo el suelo en hielo y las lluvias frescas en copos de nieve abundantes. Los primeros brotes de la primavera pronto desaparecieron bajo la nieve. Nye resguardaba la fogata, tratando que las llamas incrementaran. Sopló sus manos, intentando calentarlas. —Por esto no soy un mensajero. ¿Te imaginas vivir así? —Prefiero matar dragones. —Eroan se acurrucó contra un árbol, su aliento se volvía humo mientras escuchaba las quejas de Nye. Los árboles desnudos alcanzaban

el cielo hacia el interminable tono gris. El cielo era opaco como el suelo, desdibujándose donde uno empezaba y el otro terminaba. Las tormentas de nieve provenientes del este no eran raras, pero en este instante, a punto de terminar el invierno, significaba que los lobos estarían hambrientos, alerta y en busca de viajeros. El fuego, si Nye lo aumentaba lo suficiente, mantendría alejados a la mayoría de los depredadores. Nye se quejó en voz baja, diciendo que tenía los pies mojados. Apenas habían intercambiado un par de palabras y a Eroan no le molestaba, aunque había notado las largas miradas de Nye y se sorprendió a sí mismo haciendo lo mismo de vez en cuando. Durante la larga marcha a través del territorio, los pensamientos de Eroan habían vuelto a Nye, pensando si había sido impulsivo al rechazarlo. No era así. No, se preocupaba por Nye, se preocupaba por él de la misma manera en que se preocupaba por todos los elfos de la Orden. Nye era honorable, fuerte y valiente. No había razón alguna para dejar de amarlo y aun así, Eroan no podía darle más. Nye no era el problema, era él. Nye tenía razón. Eroan salió porque quería pelear. Siempre era el mismo sentimiento; desde que Curan lo encontró como un joven, empapado y solo, nacido de una tormenta, su único recuerdo era del salvaje ataque de un dragón que se llevó a sus padres. Tal vez por eso no sabía amar. Arruinó lo que tenía con Janna y ahora había hecho lo mismo con Nye. ¿O tal vez Alumn creía que no merecía encontrar el amor? Una ramita se rompió, haciendo que Eroan despejara sus sentidos. Los ojos se estrecharon y se alejó del árbol, ignorando la mirada preocupada de Nye y comenzó a moverse entre los árboles cubiertos de nieve. La capa de Eroan era para todo tipo de clima, era como una silueta grisácea y se mezclaba bien con el entorno, pero también lo hacía el pelaje de un lobo. Ningún dragón era de pies ligeros. El sonido tenía que ser el de un animal más grande. Se aventuró a través de los densos árboles hasta un arroyo donde una pequeña neblina de aire lo rodeaba, empañando su línea de visión. Un rastro de pequeñas huellas de botas llevaba a orilla del arroyo y luego descendía, deteniéndose detrás de un árbol. —Sal de ahí, Seraph. —Su suave susurro viajó hasta que el mudo silencio se lo tragó. —¿Cómo lo supiste? —Salió detrás del árbol, envuelta de la cabeza a los pies en una capa con capucha forrada de piel. Al igual que siempre, su espada estaba 56

envainada detrás de su espalda, su nariz era de un tono rosado y tenía los labios pálidos. Eroan sonrió. —No lo sabía, pero lo supuse hace un día, cuando noté que alguien había asustado a una manada de ciervos. Seraph salió dando pasos cortos, la nieve crujía bajo sus pies. —Sí, bueno, olvidaste esperarme. Era obvio que iba a seguirte. —¿Olvidé esperarte? —Arqueó una ceja. No tenía intención de esperarla, ni siquiera de decirle que iba a irse, sabiendo que esta situación ocurriría. Y de todos modos, sucedió. Ella le dio un suave golpecito en el brazo. —Donde tú vas, yo voy. Los dos somos altivos. —¿En serio? Seraph se encogió de hombros y retrocedió comenzando a seguir las huellas de Eroan hacia el humo deslizante que se elevaba del pequeño fuego de Nye. —De ninguna manera me quedaré en Cheen si no estás. —Se giró y unió ambos dedos meñiques de cada mano. —Somos así, ¿verdad? En la frontera bronce nos volvimos más unidos. No me digas que no es así o me sueltes alguna tontería sobre volver a Cheen por mi propia seguridad. —Se burló imitando la voz de Eroan, la que usaba para regañar a los jóvenes y tontos aprendices de asesino. —Bien. —Le dio una palmadita en la cabeza y se adelantó—. Vamos entonces, si puedes seguir el ritmo. —¡Ja!, ¿seguir el ritmo? Ya habría llegado si ustedes dos no me hubieran retrasado. Nye levantó la vista del fuego, con una amplia sonrisa. —Ya era hora de que dejaras de perder el tiempo en el bosque, Seraph. Ella frunció el ceño y luego miró a Eroan. —No estaba jugando. —Necesitas suavizar tus pasos —añadió él—. Para alguien tan pequeña, haces mucho ruido. Su ceño se endureció. Bajó las manos, señalando la nieve que se derretía en sus botas. —La nieve cruje. No tengo alas… 57

—No —dijo una nueva voz masculina—, pero yo sí. —Una alta figura emergió entre los árboles, su armadura era tan negra que parecía un agujero en la nieve. Las mangas del cuello y las muñecas estaban cubiertas de pelaje de lobo negro. Su largo cabello azabache completamente suelto, se abanicó sobre sus hombros, llegaba a la mitad de sus brazos. Akiem. Los instintos de Eroan rugieron a la superficie. Desenvainó su espada, arremetiendo en un instante y creando una barrera entre Akiem y Seraph. La última vez que lo habia visto, había ordenado su tortura. Viéndole aquí, ahora, con las manos levantadas y entrando en su campamento como si fuera perfectamente normal, invocó una terrible y salvaje imprudencia: Matar y proteger. Hizo una mueca amenazadora, mostrando todos sus dientes. —Acércate un paso más y te sacaré las vísceras justo aquí. Akiem arqueó su ceja izquierda. —Por favor, tus amenazas no valen nada. Incluso con la espada de mi hermano no podrías vencerme, elfo. —Gruñó la palabra elfo como si fuera un insulto. Sus ojos oscuros se movieron hacia algo detrás de Eroan, analizando a Nye y a Seraph. No podía estar solo. Akiem no era estúpido. Habría otros cerca. ¿Pero dónde? ¿En qué dirección? Eroan examinó el cielo. Las bajas nubes grises podían ocultar fácilmente a una armada de dragones. Su corazón retumbaba. Los recuerdos regresaron: Akiem ordenándole a Ojo Rojo que empezara a cortarlo y la agonía sofocante que siguió. Las palabras de Akiem habían dejado sus cicatrices. Se acercó. —No des un paso más, dragón —le advirtió Eroan. Akiem bajó sus manos y detuvo su caminata. —No estoy aquí para hacerte daño. —¿No? —gruñó Seraph, con la voz temblorosa—. ¡Destruiste mi hogar! ¡Me entregaste a los bronce! ¡Me acuerdo de ti! —Esquivó a Eroan, arremetiendo con un rugido, envuelto en fuego y furia. Eroan la atrapó por la cintura, deteniéndola entre sus brazos y sujetando su brazo carente de espada a su lado. Seraph luchó y pateó. 58

—Detente… —gruñó—. ¡Basta, Seraph! —¡Suéltame! —No puedes luchar contra él… no aquí. —Él quería hacerlo. El fuego en su sangre exigía venganza. Podía saborearla, como ácido en su lengua. Pero el riesgo era demasiado grande y su misión era demasiado importante. El dragón ya podía haberlos matado a todos, así que era claro que no los quería muertos. Iban a sobrevivir a esto. La fuerza de Seraph disminuyó. Aun así la mantuvo atrapada, la conocía demasiado bien para caer en su acto de sumisión. En el momento en que la soltara, ella se abalanzaría sobre Akiem. —Yo también te recuerdo —señaló Akiem—. La pequeña elfo rebelde al que el líder de los bronce le tomó cariño. Ya veo que escapaste de sus garras. Estoy intrigado en cuanto a cómo lo lograste. —¡No te diré ni mierda, monstruo! —Ambos tienen las espadas de mi hermano —murmuró Akiem, su sonrisa se hizo más pequeña—. Donde sea que vayas, elfo… —Su mirada se dirigió a Eroan—. Lysander te sigue. Así que dime, ¿dónde está? Eroan tragó saliva. ¿Era posible que Akiem no supiera que Lysander estaba muerto? —¿Por qué deberíamos decirte algo? Akiem tomó una larga bocanada de aire, sus fosas nasales se ensancharon. —Si no lo hacen, los aplastaré en un segundo. Aquí no hay cadáveres de dragones para que se escondan. Lo había sabido. Y los había dejado ir. No quería matarlos afuera de Cheen, quería respuestas. Pero en su forma de dragón no había funcionado. Y ahora estaba aquí, pareciendo un humano, aunque nunca podría imitarlos completamente. Su postura era demasiado tensa y su mirada nunca parpadeó. —Pues podríamos convertirte en uno. —Nye se acercó a Eroan. Akiem rio con ligereza. —Los elfos son realmente divertidos. —Observó la poca tierra que tenía bajo sus uñas y luego estiró sus dedos, ondéandolos, como Eroan había visto hacer a los dragones con sus garras—. Ya entiendo la razón de que Lysander mantuviera a Eroan como su mascota. —Su mirada se posó en él—. Acepto que eres bonito. Mi madre también lo notó. 59

Los recuerdos antiguos volvieron a la superficie, las viejas heridas se reabrieron. El sudor fresco humedeció la piel de Eroan. Un collar de cuero se cerró alrededor del cuello. Un cuchillo atravesó su pecho. —Lysander está muerto. La sonrisa de Akiem se desvaneció. —¿Cómo lo sabes? —Yo lo maté. El fuego púrpura destelló en sus ojos. —¿Cuándo? —Cuando la frontera bronce fue derrotada. En la playa… Seraph se tensó en los brazos de Eroan. Debió habérselo dicho antes, pero una parte de él esperaba no tener que hacerlo nunca. Akiem inclinó su cabeza, examinando a Eroan. —Eso fue hace meses. Lysander no está muerto. Fue capturado en esa playa. Tú estabas allí, elfo. Dime dónde está. Basta de mentir. —Un gruñido amenazador burbujeó de su forma dragón, era un sonido que ningún hombre podría hacer. —Está muerto. Yo… —Eroan detestó que se le quebrara la voz y el tartamudeo en sus palabras. Seraph luchó contra su agarre de nuevo y esta vez la dejó ir. Tropezó al alejarse de de Akiem y de él, hacia Nye. Eroan no podía mirarla, sabiendo el horror que vería en su cara—. Ordené que lo mataran —admitió. La confusión enturbió la expresión de Akiem—. Pensé que era solo otro dragón. Está muerto. Akiem suspiró con fuerza. —Te lo crees, pero te equivocas. Dokul no estaría destruyendo territorios enteros por todo el reino para encontrar a Lysander si su cuerpo hubiera sido encontrado en esa playa. Está vivo, elfo. Pero es claro que no me sirves para nada. —Akiem se dio la vuelta, su capa oscura ondeó en su espalda—. Lárgate de estas colinas antes del alba, es el momento en el que más me apetece devorar a un elfo. Seraph intentó acercarse y abrió la boca para escupir lo que probablemente sería un insulto. Pero Eroan la detuvo con un movimiento de su cabeza. —No. —Tenía más razones que cualquiera de ellos para querer a Akiem muerto y un día sucedería, pero no aquí. No estaban preparados e incrementar la ira de Akiem ya que se había decidido a irse, solo serviría para aniquilarlos a todos—. Deja que se vaya. Nuestra misión es primero. 60

—¡¿Dejar que se vaya?! ¿Quién demonios eres? ¡Porque no hay forma de que Eroan Ilanea habría dejado marchar a esa bestia! Eroan le dio una patada al fuego que se apagó instantáneamente bajo la capa de nieve. —Nos iremos ahora y seguiremos en marcha. —¡Él es el culpable del asesinato de Xena! —¡Lo sé! —bramó Eroan, tomando a Seraph por sorpresa. El miedo se mostró en sus ojos. Le temía a él. Volviendo a enfundar la espada en su espalda, se comenzó a alejar del campamento—. Nadie quiere a Akiem muerto más que yo. —¿Tú mataste a Lysander? —Sus palabras resonaron entre el silencio, atormentándolo. Apretó su capa con fuerza y se puso a caminar. —Cállate —le dijo Nye—. No atraigamos más bestias a nosotros. Seraph corrió hacia Eroan y se interpuso en su camino. —Respóndeme. Merezco saberlo. Él me salvó, Eroan. Y siguió salvándome a mí y a ti… te salvó, ¿y tú lo mataste? —Sus enormes ojos comenzaron a brillar. —Sí. Y no he pensado en otra cosa. Ahora sigamos. No pienso seguir hablando de esto. Hay que continuar… —¿Tú lo mataste? —Insistió con firmeza—. ¿Lo hiciste? —Le dio un empujón en el pecho que lo hizo retroceder—. Así que, ¿mataste al único dragón que nos ha ayudado? Un suspiro tembloroso derritió la rabia, dejándolo apático y desdichado. —Estabas inconsciente y junto a ti, capturaron a un dragón. Tenía una bolsa sobre su cabeza. —Por Alumn, recordó lo que sintió. La sofocante falta de aire, la desorientación—. No sabía quién era… hasta que dijiste que te había salvado. —Ese dolor tan profundo proveniente de su corazón, trató de aplastarlo—. Les dije que lo mataran. Y lo hicieron. —Mátenlo. Háganlo sufrir. —Entonces ¿lo que dijo el dragón podría ser verdad? —preguntó—. Podría estar vivo, ¿verdad? Los humanos podrían tenerlo cautivo. Eroan la empujó y siguió caminando, las botas crujieron en la nieve. —Eso no importa… Nuestro deber está aquí. Pero sí importaba. Podía sentir el pequeño parpadeo de esperanza iluminando la oscuridad en su interior. El terrible peso de la culpa disminuyó, lo suficiente para permitirle respirar con más facilidad. ¿Lysander podría estar vivo? Y si era cierto y 61

Akiem tenía razón en que Lysander estaba cautivo, Eroan sabía exactamente dónde encontrarlo. Había visto la jaula, una como ninguna otra. Del tamaño de un dragón y prácticamente lista. Pero ir Francia era un largo viaje al sur, en la dirección opuesta a Ashford. A sus espaldas, escuchó que Nye le decía a Seraph que se olvidara del tema, pero ella no obedeció. —Si Dokul lo encuentra —susurró Seraph—, lo matará y lo hará de una forma en que sufra… Hacen cosas, Eroan… cosas malas. —Sé muy bien lo que hacen —gruñó de nuevo, reviviendo el momento en que intentaron violarlo y que a veces se sentía como algo sucedido hacía muchísimo tiempo y a veces, como si hubiera sido ayer. La fuerza inquebrantable del bronce, la brutalidad de sus deseos, su hedor y sus manos ásperas poseyéndolo. Lysander también lo había salvado de ese destino. —Lo que los dragones se hagan entre sí no es de nuestra incumbencia —espetó Nye—. Mejor que se maten entre ellos que a nosotros. —¡Pero no lo conoces…! —Es un dragón. Le puso un collar a Eroan. Eso es todo lo que necesito saber. Eroan siguió caminando y se ajustó su capa, bloqueando el frío. Los escalofríos siguieron sumergiéndose en su ser y la espada en su espalda se hizo más pesada con cada paso. No fue Lysander quien le puso el collar, sino la reina, la dragona que Lysander había matado. A cada paso de la torre, Lysander había evitado lo peor. No estaba seguro de por qué, pero le debía mucho. Los elfos también le debían mucho. Eroan le debía todo. Protégelo, una vieja dragona le había dicho una vez. No te lo pedirá y luchará contra ti en cada momento, pero debes protegerlo. Él es el futuro. Eroan conocía su futuro, llegaría a Ashford, reuniría a más elfos y les brindará las armas propias para cada uno de ellos. Su futuro estaba por delante, no en su pasado.

El camino a Ashford pasó sin incidentes después de la aparición de Akiem. Eroan 62

retrocedió unas cuantas veces, asegurándose de que no los estaban rastreando. Tendría sentido que Akiem los dejara ir solo para seguirlos directamente a Ashford, pero el dragón no lo hizo. La falta de interés de Akiem en acabar con ellos probablemente significaba que tenía mayores problemas en los que mantenerse ocupado. Eventualmente, el clima se aclaró y la nieve se descongeló, dejándolos empapados hasta los huesos, congelados y doloridos. Nye estaba quejándose otra vez sobre cómo era necesario que una especie específica de elfos se dedicaran a ser mensajeros, cuando un silbato agudo hizo que Eroan se detuviera. Un grupo de altivos de Ashford apareció de la nada en una cañada a un lado del camino, vestían ropas perfectamente camufladas para no revelar su paradero. Eroan podría haber caminado justo al lado de ellos si no se hubieran dejado ver. —¿A qué vienen? —preguntó el elfo líder. Tenía las facciones endurecidas, las de alguien que había visto demasiados problemas en su vida. Su ondulante cabello pelirrojo estaba salpicado de canas, a Eroan le recordó a los bosques de otoño. —Estamos aquí para visitar la Alta Orden de Ashford. Mi nombre es Eroan Ilanea. Mis compañeros son Nye Cadogan y Seraph Brennan. Los ojos verdes del hombre se dirigieron a la espada de dragón en su espalda. Eroan desenfundó una de las dagas que había diseñado de la vaina de su cadera y la sostuvo, ofreciéndole el mango. La mirada escrutadora del guardia tomó la curva de la hoja y el filo dentado y luego, de manera igualmente crítica, pasó por encima de Nye y Seraph. —Soy el centinela Venali. Hemos oído hablar de tus logros, Eroan. Tú y tus compañeros son bienvenidos en Ashford. Síganos. —El guardia silbó y su grupo de elfos cerró filas detrás de ellos sin decir nada, escoltándolos por una ladera hacia lo que parecía ser un montículo de tierra cubierta de hierba. Eroan ya había estado aquí, hace mucho tiempo, cuando Xena decidió hacer que viera al resto de la sociedad de los elfos, probablemente para prepararlo para un asiento en el consejo de ancianos. El montículo albergaba una puerta oculta, una de varias entradas bien vigiladas al centro subterráneo de Ashford. En el exterior, Ashford no era más que un paisaje ondulado de hierba y tierra, con ocasionales agujeros extraños en ella, pero bajo la superficie de la tierra, palpitaba el corazón cavernoso de la sociedad élfica. —¿Qué es este lugar? —preguntó Seraph mientras bajaban por lo que parecía ser una escalera metálica excavada en la tierra. Donde el metal se había oxidado, 63

los trabajadores habían tapado los agujeros con madera. Extrañas costillas metálicas atravesaban las paredes de tierra. Eroan supuso que partes de las viejas paredes estaban hechas por el hombre. —Solía ser un lugar de encuentro para los humanos. —Eroan recordó las enseñanzas de Xena—. Un templo o algún tipo de área de reunión comunal donde comerciaban con bienes. Eso fue hace cientos de años y estaba sobre la tierra, como todos sus enormes asentamientos. El túnel se abrió en un vasto espacio abierto compuesto por muchas galerías en varios pisos. En el centro del atrio, un enorme árbol atravesaba el suelo y subía a los cielos hasta donde la luz fluía de un techo de cristal. Las motas de polvo flotaban en el aire como los copos de nieve y algunas mariposas invernales se movían y volaban entre las ramas en ciernes del árbol. Eroan notó que casi nada había cambiado mientras Nye y Seraph se acercaban a la barandilla de seguridad. Las vides y la flora todavía colgaban de los niveles más altos. El musgo cubría gran parte de las superficies, escondiendo lo que fuera que era la estructura detrás de esta. En una ocasión, se le dijo que cada nivel estaba repleto con cientos de personas, cada una visitaba las habitaciones internas para comprar bienes. Habían cientos de habitaciones en este lugar, algunas grandes, otras pequeñas. Por ello, la mayoría fue cerrada por los elfos y solo usaban un tercio del espacio excavado a lo largo de los años. —Por favor, síganos. —Venali los condujo a una entrada oficial donde se les preguntó sus nombres, su aldea y luego los dirigió por las pesadas puertas de hierro. Los altivos de Venali se alejaron—. ¿Ya has estado en Ashford? —le preguntó. —Sí —respondió Eroan—, hace muchas temporadas. —Encontrarás el ala residencial en el mismo lugar. Vayan directamente allí y se les asignará un alojamiento temporal para su estancia. Le informaré a la Orden de tu llegada. Y te convocarán a una audiencia en breve. Eroan asintió y llevó a Nye y a Seraph por la escalera de un piso a otro, cruzándose con muchos elfos. Algunos estaban marcados como los aldeanos de Cheen, otros tenían la piel más pálida, otros la piel más oscura y los ojos más estrechos. Pero todos llevaban capas de ropa que parecían indicar rangos importantes, como los ancianos de la aldea. Eroan deseaba haberle prestado más atención a Xena todos esos años. 64

—Nunca había visto algo así —susurró Seraph, con los ojos muy abiertos. Tomó la baranda del primer piso y se asomó por el atrio central y extendió su mano para alcanzar las ramas hasta donde habían entrado originalmente en los niveles superiores—. Es enorme. —Unos rayos de luz entraban directamente en el centro, haciendo que el árbol pareciera brillar. Los murmullos de los residentes que se ocupaban de sus asuntos mantenían la tranquilidad a raya, salpicados por las risas ocasionales. Los elfos iban de un lugar a otro u holgazaneaban en la luz del centro del atrio—. Es… mágico. Eroan se apoyó en la barandilla y se tomó unos momentos para admirar lo que los elfos de Ashford habían construido aquí. Había más de los que recordaba. Contó treinta de un vistazo, con muchos yendo y viniendo. Cazadores, ancianos, guardias, pero pocos niños. Este no era un lugar para los jóvenes. —Ese árbol debe tener cientos de años. ¿Cómo es que los dragones no han descubierto este lugar? —susurró Nye. —Solo los ancianos y mensajeros pueden entrar —explicó Eroan. —La ubicación exacta de Ashford se mantiene oculta a cualquiera que no necesite saberlo. —Ancianos, mensajeros y tú. —La boca de Nye se curvó en la forma de una sonrisa. —Xena me trajo aquí —respondió, tratando de insinuar que su entrada no tenía nada que ver con su reputación a pesar de saber que ningún elfo habría rechazado a Eroan. Sus habitaciones eran amplias y sin ventanas, con sencillas camas de campaña y sistemas de agua corriente, muy diferentes a las cabañas de sus aldeas. Seraph gritó emocionada y sumergió sus manos en un recipiente de agua caliente, luego se sentó en su cama y rebotó unas cuantas veces antes de arrojarse de espaldas a las limpias y esponjosas sábanas con un suspiro. —He muerto y he encontrado el edén de Alumn. Eroan sonrió ante su alegría. Él no habría cambiado una habitación de Ashford por su propia cabaña. Necesitaba la luz, la brisa y la tierra bajo sus pies. La mayoría de los elfos no se quedaban en Ashford por mucho tiempo, el centro era un sitio para los negocios, la creación de reglas y de las reuniones del consejo. Los elfos no fueron creados para esconderse bajo tierra, lo cual probablemente era la razón por la que ningún dragón había pensado en buscarlos aquí. 65

Después de dejar su capa mojada para que se limpiara y secara, así como tomar ropa fresca para cambiarse, fue convocado y lo llevaron a la cámara del consejo de la Alta Orden. Los tapices colgaban de las paredes, haciendo que la cámara de la Orden se sintiera pequeña a pesar de ser cuatro veces más grande que la casa de la Orden de Cheen. Los asesinos de la Orden lo saludaron como lo habían hecho los de Cheen, con alivio y respeto. Permitió que todos hablaran de cómo había crecido su propio mito, sonriendo ante sus saludos educados y sus deleites con su llegada. Una vez listos, contó al estrado de los ancianos el conocimiento que había obtenido de los humanos, sus ingenio y los diseños de las armas de dientes de dragón. Y las preguntas comenzaron a llegar. Querían detalles de su estancia con los humanos en el territorio llamado Francia, la extensión de la torre amatista, el número de dragones que había visto y los nombres de los que había conocido. La reunión se prolongó durante horas, hasta que la luz se desvaneció y las antorchas y velas se encendieron para ahuyentar a la noche. Debió suponer que esto sucedería, pero contar del tiempo que pasó en la torre lo dejó agotado y dejó los recuerdos frescos en su mente. Finalmente, la Orden lo despidió hasta la mañana y se fue mientras todos comenzaban a deliberar.. —Me preguntaba si te retendrían para siempre. —Nye se encontraba de pie contra la barandilla afuera de la habitación de Eroan, no temía caer a la planta baja detrás suyo. —También lo creí. —Entró en su habitación, dejando la puerta abierta detrás de él. Tal vez debería haber dejado que se cerrara, pero el agotamiento le nubló la mente. Estar a solas con los recuerdos tan cercanos, se sentía como una sentencia de muerte. Llenó la pequeña cuenca de la habitación con agua fría y metió ambas manos, luego se salpicó agua en la cara. Querían saberlo todo. Por eso hicieron muchas preguntas… tantas cosas que había tratado de olvidar. ¿Alguna vez podría deshacerse del horror causado por la torre? Una mano se posó en su espalda, entre sus hombros y Eroan luchó contra el impulso de alejarse del toque de Nye, él no sabía que su toque rozaba las cicatrices del látigo que había debajo. Los recuerdos estaban acercándose, amontonándose unos con otros. El sonido del látigo, ruidos que creía haber olvidado, resonaban de nuevo, haciendo que sus músculos temblaran. 66

—¿Querían saberlo todo? —preguntó Nye con suavidad. Quitó su mano, permitiendo que Eroan pudiera respirar finalmente y calmar sus nervios. Antes de la reina, había sido más fuerte que esto, mejor que esto. Nada le habría hecho temblar. Pero ahora… Se pasó una mano húmeda por la nuca, enfriando la piel enrojecida. —Todo. No le había contado a Nye ni la mitad de lo que le habían hecho, pero mucho de ello era obvio en las cicatrices que nunca se irían, por fuera y por dentro. —¿Les contaste? —Solo unos detalles. —Algunas cosas eran demasiado dolorosas para contarlas pero estaba seguro de que se leían entre sus palabras. —Se volverá más fácil. —Nye se apoyó en la pared y se cruzó de brazos—. Dale tiempo. Eroan sintió que su boca se curvaba en una sonrisa irónica. Xena había dicho lo mismo. Ahora estaba muerta. —Con el conocimiento que les acabo de dar, pueden crear una verdadera diferencia. —Se enderezó y se pasó una mano húmeda por el cabello, apartándolo de la cara. —Enviarán mensajeros a otras aldeas. La Orden tendrá un propósito de nuevo, pero esta vez será acabar con los dragones, para siempre. Ahora los elfos tienen armas… pero no los números y eso se puede hacer, solo si nos asociamos con los humanos. — Aún no había hablado de eso con los ancianos y probablemente se mostrarían reacios, pero era la única manera. Tenía que hacerles ver el potencial de trabajar con los humanos de nuevo, como lo habían hecho los elfos una vez. —Xena estaría orgullosa, ¿sabes? —dijo Nye—. Siempre lo estuvo, pero si viera todo lo que has logrado… Ella está con Alumn y te ve a ti. Entonces, ¿por qué seguía sintiéndose como un fracaso? —No es suficiente. —Solo tú lo crees. —Nye posó una suave mano en el hombro de Eroan—. No seas tan duro contigo mismo. La mirada de Nye estaba repleta de demasiada comprensión. Eroan había visto la misma mirada en el rostro de Xena, como si todo estaría bien si solo le daba tiempo, pero el tiempo no iba a cambiar su pasado, el tiempo no iba a arreglar el futuro. El tiempo no hacía nada si no había acción. Eroan necesitaba actuar. 67

Nye volvió su rostro hacia la puerta, contemplando la posibilidad de irse. No hace mucho tiempo, Eroan habría acercado a Nye y le habría besado en el cuello, justo donde no podía evitar ceder. Habrían caído el uno en el otro, en el lugar al que Eroan podría ir para olvidar. Tomó la mano de Nye de su hombro y la puso entre ellos, se aferró a ella, sin querer soltarla. Nye bajó la mirada hacia sus manos unidas. Su pelo oscuro cayó en su rostro, ocultando su expresión, luego sus dedos se deslizaron de los de Eroan y con una sonrisa miserable, Nye se fue. La puerta se cerró tras él con un clic concluyente. Era lo mejor, pero eso no lo hacía más fácil. Y ahora Eroan estaba solo con sus recuerdos. Se puso su capa, salió de su habitación y llamó a la puerta de Seraph. Respondió momentos después, con los adormecidos y bostezando. —¿Acabas de volver? —¿Caminarías conmigo? —Forzó una sonrisa y esperó que si la mantenía en su rostro el tiempo suficiente, se volvería genuina—. Te mostraré Ashford. Por la noche, la luz de la luna se filtra en el atrio. Es hermoso. Seraph comenzó a sonreír. —¡Sí! —Volvió a entrar y reapareció momentos después, con el pelo mojado y los ojos un poco más brillantes. Con ella a su lado, su parloteo lleno de asombro, los malos recuerdos finalmente se desvanecieron.

Las conversaciones no pararon durante días. Eroan esbozó los planos de las armas de ballesta y otros que había aprendido de los humanos. Se enviaron mensajeros. Un consejo de guerra iba a ser convocado en Ashford y Eroan estaría en ese consejo como miembro dirigente. Progreso. Se sentía bien, mejor que bien, se sentía correcto. Y aun así, no podía deshacerse de la sensación de que no era suficiente. La luz del sol entraba por el atrio y Eroan se tomaba unos momentos entre las reuniones para sentarse y absorber la luz entre unos pocos elfos que hacían lo mismo. Acostado entre las raíces, con las manos entrelazadas detrás de su cabeza, vio las motas de polvo flotar en la brisa. Debería sentirse en paz, pero algo inquietaba a su cuerpo y a su sangre. 68

Seraph se sentó a su lado, cruzándose de piernas. —¿Cómo va todo? —Bien. —Con el sol detrás de Seraph, su figura era apenas visible pero su sonrisa era inconfundible frente al resplandor. En lo que fuera que hubiera estado haciendo a escondidas, la mantenía feliz. Ella brilló en la cálida luz—. ¿Y tú? —Increíble. —Seraph señaló su oreja que carecía de una parte de su lóbulo—. Todos quieren saber cómo me hice esto y obviamente les dije que maté al dragón que lo hizo. Luego les conté que estuve en la frontera bronce cuando cayó y ahora, soy como… una especie de leyenda o algo así. Seraph Brennan —dijo con una voz eufórica—, compañera de Eroan Ilanea, Asesinos de Dragones. Eroan sonrió y cerró los ojos, disfrutando del calor. El consejo lo llamaría pronto. Solo necesitaba un momento en la luz para alimentar sus huesos y alejar la creciente sensación de inquietud. Cansancio, eso era todo. Pasaría. —¿Sabes…? —comenzó a decir Seraph, de una manera que le dijo que estaba a punto de pedir algo—. He oído que han recibido un nuevo mensaje de Francia. Eroan mantuvo los ojos cerrados. Su sonrisa vaciló. —El líder de los bronce se está acercando a la ubicación de Lysander. Los humanos tienen un plan para matarlo. El guardia con el que hablé no me dijo nada más. Sin embargo… puede que haya escuchado algo más. Los ancianos creen que el plan fracasará. Han tratado de advertirles que desistan. Y como siempre, los estúpidos humanos no están escuchando. —Dejó que sus palabras se adentraran un poco más y continuó—: Atrapará a Lysander. La respiración de Eroan se contrajo, a pesar de sus mejores esfuerzos para calmarse, su corazón traicionero trataba de adelantarse a sus pensamientos. —No hay nada que pueda hacer. —Sabes dónde está, ¿no? ¿Cómo lo sabía? Abrió un ojo para encontrarla mirándolo. —Tengo una buena idea, sí. Los humanos con los que me quedé, construyeron una jaula para contener a un dragón. —¿Y fueron los mismos humanos que derrotaron la frontera bronce contigo? Eroan asintió. —Si está vivo, está ahí. —¿Y vas a dejar que esa bestia lo encuentre? 69

Humedeció sus labios y cerró los ojos de nuevo para evitar que lo viera vacilar. —Estará donde pertenece, con su propia especie. —Eran sus palabras y sonaban como algo que debía decir, pero sabían amargas y totalmente incorrectas, como algo venenoso. Seraph hizo un sonido parecido a un resoplido molesto. —¿Su propia especie? Por lo que he oído sobre tu tiempo con él y por lo que yo misma he visto, me parece que Lysander no se parece en nada a los suyos. —Es un príncipe dragón, Seraph. Por lo que sabemos, lo que vimos fue un simple acto. —Seguían siendo sus palabras. Sus propias mentiras. —¿Y por qué lo haría? No fue un acto. Ni siquiera estaba seguro de por qué estaba diciendo estas cosas. Recordaba claramente al príncipe que había intentado que Eroan comiera, diciéndole que necesitaría su fuerza. El mismo príncipe borracho que apareció cuando Eroan estaba atado al muro de la reina, con los ojos repletos de dolor y necesidad. El príncipe que iba a ser entregado a los bronce en un extraño ritual de dragones. Uno que claramente no deseaba hacer. El príncipe tan vacío, deseó con tanta desesperación ya no estar solo. Eroan sabía exactamente lo que sentía. Podrías estar rodeado de gente y seguir estando solo. —Juró mantenerme a salvo y lo hizo, y no sabes cómo lo hizo, porque no te lo he dicho, pero deberías saber… —Seraph… —Se entregó al monstruoso dragón por mí. Las cosas que Dokul le haría… deseaba a Lysander con verdadera locura. No puedo dormir, Eroan. No puedo dejar de pensar en lo que le va a pasar. Tengo que hacer algo. Sabes cómo se siente, es algo que te persigue todo el tiempo. Es esa parte en tu interior que te dice qué es correcto. Esa parte me dice que se lo debo, que al menos debo intentarlo. Eroan se sentó y se llevó una pierna a su pecho. —No puedes irte. —La frontera bronce ha caído. ¿Qué tan difícil puede ser? Conozco el camino de vuelta. Encontraré un barco o algo… —Seraph, es demasiado peligroso. —Tú pudiste. Eroan hizo una mueca de dolor. 70

—Eso fue diferente. —¿Por qué? Porque no le importaba si vivía o moría, pero sí le importaba Seraph. —¿Qué vas a hacer si llegas allí? ¿Dejarlo salir de esa jaula? Los humanos no lo permitirán. Seraph frunció el ceño. —Ellos te escucharán. —Mi lugar está aquí. Estamos haciendo progresos. Pronto seremos capaces de atacar la torre de los… —Ven conmigo. —No puedo y tú tampoco puedes ir. Lo que sugieres es una locura. —No podía seguir escuchando estas tonterías. Se puso de pie. Ella parpadeó y lo siguió con la mirada—. No irás, Seraph. Dame tu palabra de que no lo harás. —Morirá —le dijo—. Sé que lo querías muerto en esa playa, pero vi la mirada en tu cara después de que Akiem te dijo que estaba vivo. Lysander es bueno. ¿Podrás vivir contigo mismo sabiendo que podrías haber hecho algo para salvarlo y no lo hiciste? Él es el futuro. Alumn, ¿por qué no podía olvidar las palabras de la vieja dragona? —Nunca lo quise muerto —admitió Eroan en voz baja—. Todo este tiempo pensé que lo había matado… y cuando Akiem dijo que estaba vivo… me sentí aliviado, sí. Pero eso es todo. —No era cierto. Las palabras de Akiem lo hicieron sentir más que aliviado, hizo que sintiera emociones que no se atrevía a examinar, el mismo sentimiento de inquietud que le molestaba incluso ahora. Sus manos se volvieron dos puños—. No puedes salvarlo. Y yo no puedo salvarlo. Somos Asesinos de la Orden. Ningún elfo ayudará a un dragón. —Apretó los dientes, escuchando sus propias palabras y odiándolas. —Tienes que hacer algo. No tiene a nadie más. —Ella también se puso de pie y lo miró fijamente, con la boca puesta en una línea firme y determinada—. Eres Eroan Ilanea. Eres el único que puede salvarlo. —¡No salvo a los dragones! Los mato. Y tú también. —Su voz destruyó la calma, callando la charla entre los otros individuos sentados a su alrededor y atrayendo sus miradas curiosas—. Olvídate de estas estupideces o le informaré a Curan de tu indiscreción y serás expulsado de la Orden. 71

En los feroces ojos de Seraph brillaron lágrimas no derramadas. El arrepentimiento se sintió como una piedra en sus entrañas. Se negó a sentir esa miserable sensación de vacío. Las tontas ideas de Seraph harían que ambos fueran reprendidos o algo peor. —¡Sabes que tengo razón! —le gritó—. ¡Tienes miedo! Eroan se alejó de ella y de la verdad en sus palabras. —¡Lo sientes, igual que yo! ¡Nunca te perdonarás por esto, Eroan! Sus palabras sonaron en sus oídos y en su profundidad, en las crudas heridas que había llevado con él desde que dejó la torre de la reina y a Lysander para morir. Él era Eroan Ilanea, Asesino de la Orden. Él salvaba elfos, no a dragones. Lysander, dondequiera que estuviera, estaba solo.

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CAPÍTULO 7

LYSANDER Traducido por albasr11 Corrección final por Samn Gritos y el aceitoso olor a humo despertaron a Lysander de un sueño profundo y sin sueños. Parpadeó, abriendo sus ojos de dragón y los entrecerró hacia un banco de niebla que ondulaba hacia el almacén. No era niebla, comprendió y su corazón se contrajo. Era humo. Los drakon estaban aquí. En su forma de dragón, se lanzó a sí mismo contra los barrotes, haciendo que la estructura de la jaula se tambaleara, pero resistió. Una y otra vez, se estrelló contra ellas hasta que sus costillas le dolieron del impacto y el humo fue demasiado abundante como para ver a través de él. Entonces el rugido de un dragón destrozó la noche, llamando a las profundidades del alma de Lysander. Era un rugido de victoria, tan estruendoso que sacudió el piso y las paredes del almacén. Dokul. Dioses no… Lysander se transformó en humano, esperando que esa forma fuera más útil si un humano llegaba primero. Chloe. Necesitaba que Chloe viniera. Ella vendría con las llaves y lo dejaría salir. Ella era lista. Estupida también, pero inteligente. Ella sabía que él era su única esperanza de sobrevivir a esto. —¡Oigan! —Se aferró a los barrotes—. ¡Oigan!

Nadie vino. Los gritos se desvanecieron hasta que todo lo que podía escuchar era el fuego ardiendo y devorando todo a su paso. Entonces Chloe entró, tambaleándose y con su rifle en mano. —¡Déjame salir ahora, Chloe! —Empujó una mano entre los barrotes—. ¡Rápido! Ella se tambaleó, su respiración era agitada y estaba a medio camino hacia la jaula cuando una enorme figura emergió de las ondulantes nubes de humo. Dokul parecía más grande por la iluminación trasera de las llamas agitadas. Sus hombros anchos cargaban su volumen muscular. Su rostro desdeñaba su victoria. Como cada vez que Lysander lo había visto, usaba una hombrera de bronce, el resto superior de su cuerpo y cabeza era piel desnuda, sin cabello o vello y resplandecía a la luz del fuego. Una cicatriz pálida le sonrió desde su cuello en donde Seraph lo había cortado. —Retrocede o mataré a Lysander —tartamudeó Chloe, avanzando unos cuantos pasos. Apuntó el rifle hacia Lysander. Lysander apretaba los barrotes con desesperación. —Déjame salir. —Debía estar calmado y seguro, si la presionaba mucho, ella huiría. Chloe lo miró, sus ojos estaban abiertos de par en par por el pánico. Déjame salir, trató de expresar con sus ojos. Aún puedes sobrevivir pero debes dejarme salir ahora. La risa frondosa de Dokul inundó el almacén. Se acercó, sus botas hicieron eco contra el suelo. Los adornos de metal sujetos a su cinturón repiquetearon como campanas. —Esa pequeña arma tuya no matará a Lysander de la misma manera en la que no me pudo detener a mí. La mirada de Dokul cayó sobre Lysander. Los ojos del hombre se oscurecieron. Su lengua rosada humedeció sus labios. El peso de su deseo era una cosa insoportable y visceral, y fue claramente visible el contorno de su enorme erección que luchaba por salir de sus pantalones. Lysander rechinó sus dientes. El asco comenzó a subir por su garganta. —Chloe, abre esta puerta. Todavía puedes sobrevivir. Ella apuntó el rifle hacía Dokul y disparó. La bala lo golpeó en el costado de su pecho y salió por su espalda. Dokul apenas y perdió la velocidad de sus pasos. La 74

sangre escurría del hoyo de la bala y el hombre solo sonrió. La instó con un gesto de sus dedos. —Intentalo otra vez. —¡Chloe, maldita sea! —Lysander estrelló sus manos contra los barrotes—. ¡Déjame salir! Chloe dejó caer el arma y hurgó entre sus bolsillos, yendo hacia la puerta de la jaula. Las llaves brillaron en sus dedos. Estaba tan cerca. A segundos. Solo segundos. Examinó cada llave, buscando la correcta. Se cayeron de entre sus dedos, repiqueteando en el suelo. La sonrisa de Dokul creció. Chloe murmuró algo en su propio idioma, fueron palabras que no entendió. Probablemente fue una plegaria, al dios que ella veneraba. Sería mejor que respondiera. Dokul se acercó más. Él la mataría y después a Lysander. —Apresúrate —siseó Lysander. Chloe recogió las llaves y buscó la correcta, sus manos no paraban de temblar. Sus dedos se cerraron sobre una llave que él reconoció. Y ella la sostuvo. Sus ojos se encontraron con los de Lysander. Dokul se lanzó contra ella, aplastándola contra los barrotes. Chloe gritó, sus ojos eran salvajes y escrutadores. Lysander no podía hacer nada salvo mirar. Dokul la agarró por detrás del cuello y la sujetó debajo de él. Tiró de su cabeza hacia un costado y la mordió, sus dientes desgarraron su cuello, ahogando sus gritos. Lysander retrocedió hasta que chocó contra la parte trasera de la jaula. Estaría muerta en minutos. Si tenía suerte, Dokul la mataría rápido. La sangre fluía libremente de entre los dientes de Dokul y hacia abajo, sobre el hombro de Chloe, empapando su blusa. Dokul levantó su rostro y sujetó a Lysander con su mirada mientras los espasmos de Chloe iban disminuyendo. El hijo de su perra progenie se restregó contra ella, sus ojos amenazaron a los de Lysander. Solo cuando Chloe dejó de luchar liberó sus dientes de su cuello y la lanzó hacia un lado. La mordida había sido con un propósito, uno que los dragones asociaban como una proclamación de dominación sexual. Y esto estaba dirigido hacia Lysander. No se la había follado. También estaba guardando eso para Lysander. Chloe jadeó donde había caído en el suelo, su inestable respiración salía 75

rápidamente, pero con fuerza. Eso era bueno. Si se quedaba callada, podría sobrevivir. —Destrocé al mundo buscándote. —Dokul sumergió la llave en el candado de la jaula—. Y aquí estás—. Los mecanismos hicieron un ruido sordo y la puerta se abrió. Lysander miró el pequeño espacio hacia la libertad, pero duró solo unos momentos antes de que la corpulencia de Dokul inundara su vista. El hombre tomó la puerta y la cerró de un portazo detrás de él, encerrándose con él. Levantó las llaves, sabiendo que la única oportunidad de Lysander era recuperarlas y las metió en el bolsillo de sus pantalones a un lado de su visiblr pene abultado. Había sido demasiado pedir que Mirann fuera quien lo encontrara primero. —Y aquí estuve todo el tiempo… —Lysander comenzó a rodearlo yendo hacia la izquierda y Dokul lo siguió, su pecho subía y bajaba con rapidez. Riachuelos de sudor corrían por el pecho del hombre. Lysander no podía escapar de su intenso hedor a sudor y metal, y ahora, de sexo. Antes, Lysander podría haber fingido atracción y podría haber lidiado con un poco de sexo rudo, pero no ahora, no de esta manera. ¿La cruda y terrible necesidad en sus ojos? Era de un dragón. Dokul apenas conservaba la cordura humana. Lysander curvó sus manos en puños. Si tan solo Chloe le hubiera creído… Y ahora no había manera de escapar lo que estaba por venir. Dokul bajó su mano y acarició su pene, sus pupilas doradas se ensancharon mientras se masturbaba sobre la tela. —¿Me la vas a poner fácil, príncipe, o vas a ser por las malas? Por el rabillo del ojo, Lysander detectó a Chloe arrastrándose lejos de ellos con lentitud, dejando un rastro de sangre detrás de ella. Sí. Vete, corre, sobrevive carajo. Alguien tenía que hacerlo. La mano de Dokul estaba funcionando. Tal vez el macho se sobreexcitaría y terminaría las cosas sin que Lysander resultara involucrado. Caminaron en círculos hasta quedar frente a la puerta de la jaula. Lysander le dio un tirón. No se movió. No le sorprendió, considerando su racha de suerte. —¿Así que viniste hasta acá para que viera cómo te masturbas? —He esperado mucho tiempo por esto. —Dokul dió un paso a la derecha, deteniendo su caminata en círculos y atrapando a Lysander en una esquina. —No puedes escapar. Eres mío. —Su musculatura arremetió. Lysander se agachó y se alejó de los barrotes, evadiendo fácilmente el pesado 76

ataque de Dokul. El macho gruñó y chocó, lanzándose hacia él otra vez. —Entre más trates de escapar, más te deseo, Lysander Bronce. —Acerca de ese nombre… Dokul se abalanzó hacia la derecha. Lysander fingió ir a la izquierda, luego retrocedió, haciendo que Dokul se desbalancera y quedara frente al puñetazo que Lysander plantó en su quijada. Fue un golpe certero y fuerte, si se podía basar en la réplica del dolor que estalló en su brazo. El problema era que golpear a Dokul era como tratar de derribar a una montaña y el bruto le devolvió el golpe, fue un puñetazo en el costado de Lysander, lo que hizo que de un momento a otro, todo el aire en sus pulmones saliera en una rafaga. Puntos negros nadaron en la visión de Lysander. Los dedos ásperos de Dokul se cerraron alrededor de su cuello y la mano libre quedó sobre la cintura de Lysander, tirando desesperadamente de su cinturón. La cabeza de Lysander daba vueltas, sus pulmones ardían rogando por aire. Estaba pasando. Carajo, estaba pasando… después de todo, después de tantos años de luchar contra él. Dokul empujó la cara de Lysander contra los barrotes y gruñó junto a su oreja. Su erección, tan dura como una roca se restregó contra su trasero. Con demasiadas prendas entre ellos, Lysander tendría tiempo de detenerlo si solo pudiera respirar otra vez. Se concentró, inhalando, exhalando, mientras que las duras manos de Dokul peleaban contra su cinturón y sus pantalones. Desmayarse no lo salvaría de su ataque de lujuria, se despertaría con Dokul sobre él, dentro de él. Los puntos negros comenzaron a aclararse, sus pulmones se volvieron a inflar, su cuerpo volvió a reaccionar. Aún había tiempo. Los dientes salvajes de Dokul se hundieron en su cuello. Dejó salir un grito involuntario y se aferró a los barrotes. Los dientes se hundieron más profundo. Lysander intentó apartarlo, pero Dokul era enorme, demasiado pesado y con los dientes sobre su cuello, el severo movimiento hizo que la mordida de Dokul se clavara aún más. La sangre comenzó a fluir y un enfermo y tortuoso presentimiento de su derrota comenzó a descender por su garganta. Los gruñidos de Dokul se volvieron más guturales y de repente sus intentos desesperados de quitarle la ropa de Lysander dieron fruto. Su cinturón y los pantalones cayeron sobre sus caderas. El aire frío lo golpeó en la parte trasera de sus muslos y con ello llegó la conmoción de la realidad. 77

La mano del hombre desapareció, su cuerpo aflojó la presión. Lysander se encorvó, dejó caer la cabeza hacia atrás y se estrelló contra algo. El dolor comenzó a fluir. Dokul lo retuvo contra sus hombros. El duro empujón del pene de Dokul se hundió entre el trasero y muslos de Lysander, la bruta urgencia del hombre era la única cosa que lo salvaba de la penetración. Lysander gruñó entre dientes. Sus pensamientos se arremolinaban sin parar, convocó a la magia que liberaría a su verdadera forma y dejó que todo su poder fluyera en su interior, liberando la transformación en un estallido repentino y furioso que lo desgarró y a la vez, rehizo a dragón. Dokul debió de haber reconocido las señales en el segundo en que Lysander invocó a la magia y el líder de los bronce respondió del mismo modo. A mitad del cambio, Lysander saboreó el sabor del metal y las magias ancestrales.Un peso sofocante lo empujó por detrás y otro aplastó su pecho hasta que comenzó a pensar que todos sus huesos se harían añicos al mismo tiempo. Y entonces los barrotes de la raula explotaron, haciendo que cayera en el almacén junto con Dokul detrás de él, sus movimientos eran borrones de alas y garras. Lysander giró, plegó su ala buena y embistió contra el enorme centro del bronce, chocando contra el pecho de la bestia y continuó atacando, haciéndolo estrellarse contra una pared, lanzándolo afuera al mundo de humo y fuego y donde los cuerpos estaban quemándose. Ladrillos y polvo se hundieron en sus escamas. No podía bajar la guardia, ni por un segundo. La enorme forma de dragón de Dokul se aferró en la tierra en busca de agarre, sus garras se enterraron en grandes surcos de tierra. Comenzó a revolcarse, intentando girar y lo logró, su cola se azotó en el suelo como un látigo. Lysander atacó su cuello, pero su mordida fue demasiado lenta y se cerró con un retumbante chasquido. Había fallado. El peso montañoso de Dokul golpeó el ala rota de Lysander. Una agonía inimaginable estalló en el costado de Lysander, enterrándolo momentáneamente en la nada y en ningún lado, haciendo que soltara un rugido desgarrador. Necesitaba volver esto a su favor, contraatacar, concentrarse, pero las patas delanteras de Dokul descendieron, agarrándolo por el cuello y sujetándolo contra el suelo. El aire se atascó en la garganta de Lysander. El fuego luchaba, atrapado debajo del peso de Dokul. Gruñó y sus dientes se abrían en vano, tratando de morder y desgarrar el agarre del 78

dragón más pesado. Dokul extendió sus grandes alas, elevó su cabeza y soltó un estremecedor bramido hacia el cielo. El dolor crepitó y chasqueó en la columna de Lysander. Se retorció y luchó bruscamente, tratando de aferrarse a la tierra, para poder apoyarse y hacer retroceder a Dokul, pero el bronce era un peso aplastante en su cuello, que amenazaba con ahogar su consciencia. El peso asfixiante de Dokul cambió, posándose entre las alas de Lysander y el pie de en su cuello fue reemplazado por una fila de dientes penetrantes. Cada uno de esos dientes se hundió entre sus escamas, sumergiéndose en la carne de Lysander. Si hacía un movimiento equivocado, la mordida de Dokul le arrancaría la garganta. Atrapado y derrotado, los pensamientos llenos de pánico de Lysander dieron vueltas en su cabeza, buscando una manera de salir, de escapar. Esto no podía pasar. No había pasado toda una vida luchando para que Dokul ganara en este instante. La agonía y presión se extendieron hacia la parte trasera de Lysander, debajo de su cola, un miembro duro y tortuoso estaba forzando su entrada en su interior. Lysander trabó su mandíbula y apretó los dientes tan fuerte que el dolor en su cabeza casi superó el dolor que sentía por debajo. Unos gruñidos involuntarios borbotearon en su pecho, pero con su garganta atrapada, no podía soltar el alarido de dolor. Sus garras delanteras se hundieron en la tierra, enterrándose profundamente mientras Dokul comenzaba a moverse en un ritmo enfermizo y continuo. Los rápidos gruñidos de la bestia inundaron la cabeza de Lysander, insistiendo en entrar a sus pensamientos, al igual que el resto de su ser. El tormento lo quebró por dentro hasta que su mundo entero se convirtió en el peso de Dokul, sus gruñidos y la agonía que brindaba con cada empujón. Sin embargo, en su interior y por encima de todo, un nuevo fuego hecho de odio quemaba, era un fuego tan frenético que podría haber quemado el mundo entero.

La enorme progenie de los bronce abandonó su guarida y ahora se refugiaban cruzando el cauce del océano por los campos del norte de Francia. Habían creado un cráter enorme solamente excavando, formaron un nido y aunque estaba expuesto a 79

los elementos invernales, no parecía molestarles. Los bronces resistían absolutamente todo. Se acurrucaban, follaban y molestaban el uno al otro en espacios reducidos, como los animales que eran. Y ahora Lysander estaba entre ellos, sus escalas verdes se perdían entre sus tonos dorados. También odiaba eso, que él era gema y ellos metal. Una vez, Carline le había dicho que sus escamas verdes eran raras, una anormalidad en la genética de los dragones. Y él se había reído de sus palabras, como el fenómeno que siempre fue. Atrapado en el nido, a veces se preguntaba qué había sido de ella; la vieja sabia que siempre había estado ahí para él. También pensaba en Amalia, la hermana que amó. Su muerte había sido inevitable. Al igual que la suya. Se preguntó por Mirann y por qué no estaba aquí. Tal vez se había quedado atrás, o tal vez Dokul la había matado. Pensó en Akiem, solo, en el trono de su madre. Akiem lo quería muerto, pero no pudo odiarlo por eso… por querer sobrevivir en un mundo donde los enemigos eran asesinados o follados hasta la sumisión. Dokul caminó lentamente entrando al nido y toda su progenie se puso boca arriba, exponiendo sus barrigas, mordisqueando y chasqueando sus dientes, mostrándolos como sonrisas extrañas y nerviosas. Lysander se quedó invomil y esperó por el peso que se posicionaría en su espalda, por los dientes en su garganta, por su brusco pene y cuando sucedió, alejó su mente de ese lugar, a un lugar muy lejano, a otro tiempo, cuando había volado sobre el dosel del bosque en un sueño que se sentía como la libertad.

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CAPÍTULO 8

EROAN

Traducido por Steph M Corregido por Samn El consejo de guerra estaba conformado por asesinos de todos los territorios, elegidos por los ancianos de sus aldeas y enviados a Ashford, y Eroan estaba entre ellos. En los días que siguieron, hablaron de cómo las armas estaban siendo probadas con los diseños de dientes de dragón que Eroan brindó. Rápidamente, los días se convirtieron en semanas. —Me temo que es lo único que podemos hacer. —Los otros alrededor de la mesa asintieron estando de acuerdo con Alador, el hombre que había hablado. Era un elfo tan viejo como el roble, tan viejo como ningún otro elfo que Eroan hubiera conocido. Más viejo que Xena y probablemente así de sabio. Llevaba recogido su cabello grisáceo como el pelaje de un lobo en una apretada cola de caballo y vestía una pesada capa gris con capucha. Cuando caminó hacia el árbol en el atrio central para bañarse en la luz, los demás inclinaron la cabeza con respeto. No hablaba mucho, pero lo que decía siempre era conciso y generalmente correcto. Los elfos a su alrededor murmuraron y propusieron algunos planes. No es suficiente, pensó Eroan. Las armas, el escaso éxito. Ellos no eran suficiente para hacer una diferencia genuina. Derrotar a los dragones nunca había sido suficiente. Y nada de lo que hubieran dicho o hecho, habría suavizado el abismo afilado de los pensamientos de Eroan. Unos que Seraph se había encargado de hacer más profundos, 81

eran pensamientos que le decían que su lugar ya no estaba allí, entre ellos, sino en otra parte, en una tierra muy lejana, más allá del cauce del océano. —Eroan… ¿qué sugieres? —preguntó Alador. Su voz lo sacó de sus pensamientos y parpadeó hacia los rostros que buscaban una respuesta, pensó en sus siguientes palabras y se puso de pie. —No sirve de nada atacar la torre sin una fuerza sustancial junto a nosotros. El número de drakon son casi inmensurables. Cuando ataquemos, lo haremos con todo lo que tenemos. Y hasta ese entonces, me ofrezco como voluntario para regresar a Francia y reunir a los humanos. Sin ellos, no ganaremos. Se sorprendió al notar que ninguno perdió la compostura como lo habrían hecho los aldeanos de Cheen. Sin embargo, los elfos de la Orden lo miraron con severidad. Eran elfos que habían entrenado para morir por su causa, elfos que vivían y respiraban el arte de la violencia contra los drakon. El silencio era tan denso que era casi agonizante. Alador lo rompió, su voz se transformó en un tranquilo gruñido profundo. —La última vez que confiamos en los humanos, lo perdimos todo. —Es cierto, pero eso fue hace muchas generaciones. Los humanos ahora reconocen su error. Me uní a ellos en la frontera bronce y el muro cayó. Somos más fuertes juntos. —Su error hizo a los dragones más fuertes. En caso de que hayas olvidado tus lecciones, Eroan, o tal vez eres demasiado joven para preocuparte por nuestro pasado ancestral, pero los humanos desataron su bomba nuclear en los dragones, causando esta mutación de gemas con la que luchamos hoy. Los dragones gema no habrían existido si no fuera por su prisa por arrojar más combustible al fuego. Sus inventos, sus herramientas, sus métodos… nosotros no somos así. Alador miró fijamente a Eroan hasta el punto en el que se preguntó si existía otra razón en el rechazo del anciano más que la terquedad. —¿Qué otra opción tenemos? —preguntó Eroan. —Podríamos atacar en grupos más pequeños y liquidar a los dragones uno por uno —propuso una voz femenina. —¿Y perder el elemento sorpresa? —cuestionó Eroan y luego miró las caras sombrías que lo rodeaban. —Y sobrevivir. —Los ojos de Alador eran fríos e inexpresivos. Y para Eroan, fue

un reflejo de su mirada. Este anciano no sería convencido tan fácilmente. —Con el apoyo de los humanos reforzando nuestros grupos, podremos cambiar el rumbo de esta guerra. —Los humanos nos aseguraron la victoria una vez. —Alador inhaló y suspiró lentamente—. Y luego nos abandonaron en este lado del cauce. Miles de los nuestros murieron. Ellos son responsables por más muertes élficas que cualquier dragón desde entonces. Eroan lo comprendió; él había estado ahí. La profundidad constante en la mirada de Alador, la forma tranquila e inexpresiva en la que hablaba. Se estaba conteniendo porque había sido testigo de la infame batalla que había dividido a los elfos de los humanos. Los elfos podían vivir por muchos inviernos, siempre y cuando, el hilo de sus vidas no se cortaran de forma prematura. Para Alador, la traición humana no era una historia antigua, era su vida. Por Alumn, él era tan viejo como el árbol de Ashford, tal vez tan viejo como el árbol conmemorativo de Cheen. Por un pequeño momento, la duda atacó la determinación de Eroan. Si Alador creía que él estaba cometiendo un error, entonces tal vez tenía razón. Pero había visto a los humanos pelear. Eran ingeniosos y tan valientes como cualquier elfo. Poco a poco, los murmullos de acuerdo se hicieron más fuertes. Eroan los estaba perdiendo. —He trabajado con ellos. Algunos todavía son imprudentes, pero otros son honorables y valientes. Sería estúpido si negáramos su ayuda cuando nuestros números son tan pocos… —Apreciamos tu propuesta —Alador lo interrumpió—. Pero la decisión debe ser grupal. La votación fracasó. Eroan sabía que lo haría. La grieta entre los elfos y los humanos aún permanecía y tomaría más que la victoria en la frontera bronce para sanarla. Se retiró de la junta y regresó a su habitación. Después de guardar su equipo de viaje, armas y capa, llamó a la puerta de al lado que pertenecía a Nye. Cuando abrió la puerta, estaba sin camisa y parpadeando con los ojos cansados por el sueño. —¿Qué sucede? —dijo, pasándose una mano por el cabello. Eroan se quedó sin palabras por un momento, su mente recordó con desesperación todas las veces que se había despertado con Nye junto a él luciendo igual de desaliñado y cómo habían compartido esas mañanas somnolientas. 83

—Es tarde… no me di cuenta… —Había estado tan inmerso en la reunión de la Orden que no se había detenido a pensar en los aspectos prácticos de partir por la noche. Nye se pasó una mano por la cara, notando la capa y la bolsa de Eroan. —¿Qué pasó? —Nada. Ese es el problema. Me voy. Puedes quedarte… —¿Ahora? —Nye se apartó de la puerta, se puso una camisa y recogió su bolso—. ¿Por qué ahora? La puerta de la habitación de al lado hizo un crujido cuando se abrió y apareció Seraph, ya con su capa y botas. Había vuelto a escucharlos. Eroan le lanzó una sonrisa de agradecimiento. Ella se ajustó su bolso y la espada, y le devolvió la sonrisa. —Necesitamos ayuda —les dijo a ambos—, tanto si la Orden lo admite o no. Y tengo algunas… ideas. Pero primero, volveremos a Cheen. Nye se puso su capa y se sacó el cabello del cuello. Todavía lucía adormilado y ligeramente aturdido. —¿Los humanos? —adivinó Nye. —¿Vas a ir a Francia? —El tono de Seraph se elevó, mostrando su entusiasmo. —Sí. —¿Por Lysander? —No es por él… Nye frunció el ceño. —¿Pero lo intentarás? —insistió. —¿El príncipe? —Nye hizo una mueca, arrojando su bolso sobre su hombro—. Seraph, tu fascinación con este dragón es perturbadora. Es un asunto que discutiré con Curan a nuestro regreso. He oído que no es raro que las víctimas se encariñen con sus captores… —Nye guardó silencio ante la mirada de Eroan—. Es decir… si lo mencionas de nuevo —se retractó—. Si no, lo olvidaré por completo. Seraph miró a Eroan, esperando su respuesta. Cuando Nye se adelantó, Eroan asintió, de una forma breve pero segura. Y la esperanza iluminó la cara de Seraph y luego le dio un codazo. —¿Irás por Lysander? —le preguntó. Ella lo conocía demasiado bien. —Nunca me perdonaría si no lo hiciera. 84

CAPÍTULO 9

EROAN

Traducido por Stefani Corrección final por Samn Diez días después, Eroan dejó a Nye y a Seraph en Cheen, y se fue sigilosamente en la oscuridad de la noche para evitar que alguno de los dos insistiera en acompañarlo a Francia. Aún era probable que ambos intentaran seguirlo, por lo que se aseguró de enlodar sus huellas y viajar por la noche, sin descanso, hasta que llegó a la muralla abandonada de los bronce. Expuesta al ambiente y sin dragones en sus agujeros, el nido de los bronce y sus almenas circundantes se habían deteriorado. Eroan había esperado encontrar una resistencia, pero los cielos estaban despejados y los dragones se habían ido. Encontró un bote abandonado en la costa que le proporcionó los medios para remar casi cincuenta kilómetros de orilla a orilla. El viaje de vuelta a Francia fue mucho más fácil de lo que esperaba, pero esa facilidad le ponía los nervios de punta. No había habido respuesta alguna al último mensaje enviado al territorio humano y tampoco había dragones en la frontera. Las señales no auguraban nada bueno y mientras Eroan recorría los últimos kilómetros hasta el puesto fronterizo de Chloe, quedó claro por qué. El acre olor a ceniza en el aire fue el primer indicio de que algo no estaba bien y mientras se acercaba, el contorno de las construcciones derruidas y montones de escombros contó el resto de la historia. Eroan había esperado un par de pérdidas humanas desde el ataque a la frontera, pero no una devastación completa.

Caminando a través de los escombros vio huesos chamuscados y algunas cosas más. No había cuerpos enteros. El fuego había sido tan ardiente que las llamas habían devorado la mayoría de lo que quedaba. O quizá los dragones lo habían hecho. Dentro del almacén, donde esperaba encontrar la jaula del tamaño de un dragón, yacían barras de hierro destrozadas y esparcidas por el suelo. El ángulo en el que estaban sugería que la jaula se había hecho pedazos desde el interior. Eroan caminó entre los escombros, haciendo a un lado los restos del techo caído. El otro extremo del almacén estaba completamente abierto, con el techo y las paredes derrumbadas. Sus ojos se quedaron observando las manchas oscuras que marcaban el suelo. Sangre. Algo terrible había pasado aquí. Las evidencias giraron en su mente. El dragón que habían encerrado en la jaula se había transformado y escapado, arrasando con todo el puesto fronterizo de los humanos, matando a docenas, quizá más. Quizá a todos. ¿Lysander había hecho todo esto? Eroan tragó, saboreando ceniza en su garganta. Hubo muchas ocasiones en la torre donde habría matado gustoso a cada dragón con el que se hubiera cruzado. Había matado a muchos de manera voluntaria y despiadada en su escape. ¿Podía culpar a Lysander por hacer lo mismo con sus captores humanos? Una parte de él no lo creía, pero ¿qué tan bien conocía a Lysander? Habían compartido poco más que momentos fugaces llenos de riesgo. Había utilizado al príncipe a propósito, para llegar a la reina. ¿Quién podría decir que los motivos de Lysander para liberar a Eroan no habían sido igualmente egoístas? ¿Que tal si Lysander sí era un dragón y Eroan se había creído todo el acto y ahora estaba aquí, a cientos de kilómetros lejos de su hogar y su gente, todo por una corazonada? Unos cuervos graznaron fuera del almacén. Abriendo la puerta con lentitud, desenvainó la espada de dragón y miró hacia afuera. Una mujer humana vagaba por el camino que discurría entre las construcciones abandonadas. Su cabello era más corto de lo que recordaba y cuando ella volteó su cabeza hacia los campos, Eroan divisó un vendaje que rodeaba una parte de su cuello. Chloe. Eroan observó el panorama que estaba a sus espaldas, esperando ver a su equipo aparecer. Nadie apareció. Chloe tropezó y casi cayó. Abriendo la puerta por completo, Eroan silbó. 86

Chloe levantó la mirada hacia él. Su rostro estaba cubierto de hollín y polvo, por lo que no pudo determinar su expresión. Eroan envainó su espada y se acercó. —¿Chloe? ¿Qué pasó aquí? Su rostro se contorsionó y casi pierde el equilibrio. Él la sostuvo de rodillas en el suelo, aferrándola con fuerza mientras temblaba y lloraba. —Bronces… —respondió—. Fueron bronces…

—Lamento que tuvieras que venir por nada. —Chloe miraba al suelo mientras mordisqueaba su hueso de pollo asado, su rostro era iluminado solo por la luz de la fogata. La misma luz que hacía a las sombras bailar en las paredes de la construcción abandonada en la que se habían refugiado. Un hilo perezoso de humo se elevó de la fogata hacia el cielo y salió por el enorme agujero en el techo. —Siento haber llegado muy tarde —le respondió, queriendo decir más pero incapaz de encontrar las palabras. Jugueteó con los restos de su pollo asado en el trozo de pizarra que estaba usando como plato. No tenía hambre. El tiempo que había estado en Ashford había sido necesario, pero si tan solo se hubiera ido unas semanas antes podría haber estado aquí, podría haber tratado de salvarlos. La inquietud, la necesidad de irse: Alumn le había mostrado que su lugar estaba en otro lado y él había ignorado el llamado. Chloe tiró sus huesos al fuego y lo miró. Sus lágrimas se habían secado, pero las huellas todavía eran visibles contra el hollín. —No se puede salvar a todos. —Eso no me impediría intentarlo. Ella sonrió ante su rebeldía, aunque había poco por lo que estar felices. —No hay nada que pudieras haber hecho. El líder de los bronce era… —Su mirada se perdió en un recuerdo—. Todo lo que le disparamos solo… —Se agarró ambas manos—: rebotaba. Era… le tempête. —Se detuvo e intentó encontrar una palabra que él entendiera—. Una tempestad. Eroan no habló. Habiendo estado a merced de los bronce, podía imaginar fácilmente cómo era enfrentarse a una bestia como Dokul. Los bronce eran más grandes 87

que los amatistas y también más pesados. Eran más lentos, pero lo compensaban con sus corazas más resistentes. Antes del ataque en la playa, Eroan nunca había matado uno. Lo de la playa había sido exitoso solo porque habían atacado a los bronce desprevenidos. ¿Enfrentar a una armada de bronces completamente transformados? El resultado solo sería uno. Era un milagro que Chloe hubiera sobrevivido. —Él hizo esto, —Tiró del cuello de su camiseta, exponiendo la venda—. Y habría hecho más si Lysander no hubiera estado allí. Eroan tragó lentamente su bocado de pollo. Y el alimento pasó como una roca por su garganta. Había esperado para preguntar por Lysander, pero el momento indicado lo había eludido. Una parte de él no quería saber qué había pasado, temiendo lo peor. Y si no se enteraba, entonces seguiría teniendo esperanzas. Las siguientes palabras de Chloe podrían acabar con esa esperanza. —Lo que le hizo a Lysander fue peor —susurró. Los instintos de Eroan se volvieron un nudo. —¿Por qué no mataste a Lysander ese día en la playa? —No estaba seguro de si pudo contener el temblor en su voz. Ella lo miró con los ojos abiertos en sorpresa. —Vi una oportunidad. No tenía idea de que… tú y él eran amigos. ¿Amigos? Eroan no creía que fueran eso, pero había pasado tanto tiempo en que no había pensado en Lysander y lo hizo a propósito, que sus propios sentimientos hacia el dragón eran un problema que no se atrevía a resolver. —¿Cómo podía saber? Tú… —Movió su mano hacia él—, tú eres tú y él es un dragón. Él era el único dragón con forma humana y mi única oportunidad de capturar a uno. —Su tono de voz se agudizó, amenazando en caer en la angustia—. Si hubiera sabido que él no era como el resto, no lo habría… —Está bien. El error fue mío ese día, no tuyo. —Mátenlo. Háganlo sufrir—. ¿Qué pasó con Dokul? Su mirada cambió otra vez, volviéndose vidriosa. —Debí soltarlo. Él me dijo… No creí las cosas que decía. Los dragones siempre mienten. Son monstruos. Confiar en él habría sido tonto… —Se calló. Eroan dejó que ordenara sus pensamientos—. Los bronce lo querían. Y yo… yo… —Su voz se quebró. Cada pausa, cada irregularidad en su voz, clavaba un remordimiento nuevo en él, haciendo que Eroan se estremeciera. 88

—Ahora era un bronce, Lysander Bronce, así que asumimos que eso significaba que eran familia… que era parte de un nido, que se preocupaban por él y que era por eso que el líder lo buscaba. —Se rio. El sonido corto y lacerante resonó en las paredes, pero no había humor en él. Eroan no podía culparla por tener a Lysander encerrado en una jaula, o por lo que había pasado después. —Los dragones no se preocupan como lo hacemos nosotros —susurró Eroan—. ¿Qué le hizo Dokul? —Él t-trató de violarlo, dentro de la jaula. Lysander luchó, pero… No había salida. Mon dieu!,1 no pude ayudarlo… —Chloe se apartó parte de su cabello con sus dedos temblorosos—. Nunca antes había visto algo tan salvaje, ni siquiera de ellos. Ambos se volvieron dragones en la jaula. Y rompieron los barrotes. C’est horrible… vicieux.2 Destrozaron la mitad del almacén y… Eroan cerró sus ojos. Este era el momento donde ella le diría que Lysander estaba muerto, que Eroan había llegado demasiado tarde. Lo sabía, por dentro ya lo sabía… —Dokul consiguió lo que quería, lo inmovilizó y… él trató de luchar, pero el bronce era… —Negó con la cabeza—. C’est un démon inarrêtable avec le visage de la mort.3 Y cuando terminó, Dokul se lo llevó. Sus palabras se hundieron como un ancla en la mente de Eroan. —¿Lysander está vivo? —Oui. Un silencio se asentó sobre los pensamientos de Eroan, paralizándolos. Él sabía lo que pasaría si Dokul capturaba a Lysander. Seraph ya se lo había dicho. Él había sido víctima de la brutalidad de los bronce. Todo este tiempo, había sabido el destino de Lysander… y había esperado, al tratar de convencer a los elfos de hacer lo correcto; al tratar de convencerse a sí mismo que estaba haciendo lo correcto. —¿Dónde están los bronces ahora? ¿Lo sabes? —Su voz sonaba distante, como si le perteneciera a alguien más. Un odio helado crepitaba y siseaba por su mente. Lysander había sufrido abuso toda su vida. Eroan lo sabía por todo lo que había presenciado en la torre y ahora, a pesar de que Elisandra estaba muerta, nada había 1 NT. Del francés original, «¡Cielo santo!» 2 NT. Del francés original, «¡Fue horrible… una crueldad!» 3 NT. Del francés original, «Era un demonio imparable, en su mirada se podía ver a la muerte»

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cambiado. Porque nadie me ha liberado. —Sé dónde están, no puedes no verlos en el día, son como un enjambre de avispas desde lejos. Pero en cuanto al paradero de Lysander… estaba herido… sangrando. Ellos se comen a los débiles… —Chloe tragó saliva—. Me sigo diciendo a mí misma que sigue siendo un dragón, que lo que vi es normal para ellos. Todos son iguales, ¿no? —No. —La ira rodeó los bordes de su respuesta. Chloe sorbió por su nariz y levantó la mirada, fijando sus ojos en él. —Una vez me dijiste que un dragón te ayudó. Era él, ¿verdad? —Lysander me ayudó a mí y a otros de innumerables formas. —Eroan dejó el plato al lado de sus botas y extendiendo el brazo por encima del hombro, sacó su espada de dragón—. Esta espada es… era suya. Los ojos de Chloe se llenaron de lágrimas. Murmuró algo en su idioma, palabras que él no entendía, pero cuando sus lágrimas cayeron, no necesitó entender las palabras. —Él dijo que lo conocías. Le dije que era un mentiroso… pero todo lo que dijo era verdad. Fui tan estúpida. Me rogó que lo liberara. «Es un dragón», me repetía a mí misma, es un dragón y por eso, no debía confiar en él. —Se secó las lágrimas—. Eroan, en la playa, ¿ordenaste matarlo? —Fue un error. —Las palabras le sabían sucias—. No me malentiendas. Mataré a cualquier dragón que pueda, pero no a él. —Oírlo en voz alta… era lo correcto, justo como Seraph le había dicho que sonaría. Había sido un imbécil por ignorar su instinto, por ignorar cómo se sentía cuando pensaba en Lysander. Quizá todavía quería creer que los sentimientos que tenía por el dragón no eran reales, pero en el fondo, se lo debía a Lysander más que nada. Tan pronto como había dado la información en Ashford debió haber dado media vuelta y dirigirse a Francia, ahorrando semanas, salvando gente y quizá, también a Lysander de Dokul. Pero esto no había terminado. Encontraría el nido, a Lysander y lo ayudaría de cualquier manera… Su parte interna en la que confiaba ahora sabía con certeza, que salvar al príncipe era lo correcto. —Encontramos a Gabe, mi padre, en la playa —continuó Chloe—, sobrevivió por un poco de tiempo… —sonrió con cariño, recordándolo—. En sus últimos momentos habló de ti. Dijo que cambiarías ambos bandos. 90

Los recuerdos de su padre también eran cálidos para él. El anciano humano había sido de mente más abierta que la mayoría de los elfos. —Lo he intentado pero el cambio no es fácil… —Siento que no pueda ser de más ayuda —se lamentó Chloe—. Todos fueron asesinados, yo solo sobreviví porque Dokul obtuvo lo que quería. Ahora que ya no estamos, los puestos fronterizos restantes moverán sus operaciones, para que no se vean comprometidos. Te llevaría con ellos, pero no sé cómo encontrarlos. Encontrar humanos que pelearan junto a los elfos sería una tarea para otro momento. Tenía un dragón que salvar. —Mañana, al amanecer, ¿me llevarías a ver el nido de los bronce? —Oui, pero no puedes acercarte sin que te vean. Encontraría una manera, no se iría de Francia hasta que estuviera hecho.

Las vastas llanuras de hierba ondulada hacían que la armada de los bronce fuera fácil de detectar. Una ráfaga repentina levantó las puntas de la hierba hacia el lugar donde Eroan y Chloe se habían escondido, en la pendiente de un antiguo camino, alejando su olor lejos de la horda. Las aves graznaban en algún lugar cercano, pero la mayoría de los sonidos eran rugidos y alaridos provenientes de los dragones. Chloe le pasó sus binoculares a Eroan. Este se apoyó sobre sus codos y observó a través del ingenioso artilugio que dejaba ver más cerca a los dragones. —¿Los ves? —le preguntó Chloe. Los veía. Docenas de bronce. Algunos en el cielo, algunos peleando por el cadáver de algo que había muerto hace un tiempo y ya no se parecía a aquello que había sido. Otros yacían ocultos en un nido, eran conjuntos de cabezas y colas y ocasionales alas que se desplegaban. Entre trozos de escombros metálicos, aparecían dientes y brillaban escamas. El nido en sí, parecía un lugar caótico y anárquico. Había demasiados como para hacer un ataque directo. —No veo a Lysander —añadió Chloe. Eroan examinó la masa de bestias. Sus colores variaban de marrón a oro deslucido y cualquier tono intermedio. Las escamas verdes de Lysander habrían sido reconocibles al instante. 91

No estaba allí —No. —Pero sí que vio al dragón más grande que jamás había visto. Al menos el doble de tamaño que los exiguos, la criatura levantó su cabeza desde lo más profundo del nido y bostezó ampliamente, sus fauces abiertas eran lo suficientemente grandes como para tragar una de las máquinas con ruedas de los humanos. Eroan solo había visto a Dokul en su forma humana, pero no tenía duda de que esa masa absoluta de músculo era el líder de los bronce—. Pero veo a su líder. Chloe se paralizó. Eroan le volvió a pasar los binoculares y ahora, observó a los dragones más pequeños ir y venir, como manchas en el cielo. —Lysander no está entre ellos —dijo Eroan. Ella levantó los binoculares y volvió a mirar. —No está muerto. Ya habríamos visto el cuerpo. —¿Sabes si entierran a sus muertos, cómo algunos amatistas hacen? —No lo creo, pero nunca hemos visto el interior de su madriguera y yo no los he visto reunirse tan abiertamente como para saber de sus costumbres internas. —Tal vez escapó. Chloe bajó el artilugio y se volteó para mirarlo. —¿Has visto su ala? Eroan bajó la mirada. Las probabilidades de que Lysander escapara eran casi nulas. —¿Tal vez se transformó y escapó sin que se dieran cuenta? —Es… posible. Pero improbable, finalizó la frase con las palabras no dichas. —Vete, no sirve de nada que estemos los dos aquí. Los vigilaré un poco más. —Me voy a quedar. —Le volvió a pasar los binoculares—. No tengo otro lugar al que ir. Eroan observó sus idas y venidas hasta que el cuerpo le dolió de estar tanto tiempo acostado en el suelo y la luz había menguado por detrás de las colinas lejanas. El crepúsculo vio al gran bronce salir del nido y alejar el sueño para luego extender sus alas y volar a los cielos, empequeñeciendo a todos los que ya estaban allí. Se dirigió al norte y solo cuando se perdió de vista, Eroan volvió a respirar. Le dio un codazo a la adormecida Chloe para despertarla. Ella se sobresaltó y 92

se frotó los ojos. —¿Algo? Eroan negó con la cabeza. Había notado ciclos en sus movimientos. Nunca estaban solos y preferían volar en armadas de tres o cuatro. Las bestias más pequeñas y exiguos hacían la mayor parte de la caza de pescados o ganado, mientras que los bronce más grandes parecían preferir descansar y holgazanear. El anochecer podría hacer que se comportaran de manera diferente. Pero si Lysander hubiera estado aquí, ya lo habrían visto. No tenía sentido quedarse más tiempo. —No está aquí. Deberíamos irnos. —Espera… pásame eso. —Chloe le arrebató los binoculares y lo sostuvo, ajustando su visión—. Ahí… ¡Mira! Eroan sujetó los binoculares otra vez, pero solo vio la misma masa de dragones que antes. —¿Qué estoy buscando? —Espera… mira en lo profundo del nido. Un destello de verde entre el oro. Eroan ajustó los binoculares, enfocándose hacia la parte trasera del nido, donde uno de los bronce parecía estar atrapado en una pelea. La bestia se agitó y batió las alas, claramente molesto y allí, en frente de todo, casi completamente oculto por el alboroto, estaba una masa de escamas de un verde vidrioso. El dragón yacía abajo en el nido, casi enterrado. —Alumn… —susurró Eroan. —¿Es él? —No sabría decirlo. —El bronce gruñía y lanzaba dentadas, molestando al resto de la progenie, pero el esmeralda yacía inmóvil. Tenía sus fauces abiertas, con los dientes descubiertos en una clara señal de amenaza. Si Eroan pudiera ver su ala, entonces lo sabría. Más peleas empezaron hasta que el nido entero se alteró. La mitad de ellos decidieron volar, bloqueando la vista de Eroan por unos minutos. Una vez que los dragones se dispersaron, vio por qué los bronce se habían ido. El esmeralda había atacado al alborotador y lo había clavado bajo sus garras, muerto o moribundo. El hocico y los dientes del esmeralda brillaban de sangre. Y Eroan vio el ala, estaba sujeta a su costado, contraída a lo largo de su ramificación principal. 93

—Es él. —Nunca había esperado que la vista de un dragón lo golpeara en el pecho de la forma en la que lo hacía al mirar a Lysander. Lo observó por un momento, lo vio custodiar a su presa como un trofeo para alejar a los otros. Los exiguos resoplaron y gruñeron a su alrededor, pero no se aventuraron a acercarse. Lysander era un superviviente. »¿Todavía quedan algunos de tus vehículos mecánicos? —le preguntó. —Dokul los quemó todos. —¿Explosivos? —Algunos, pero no muchos, no los suficientes como para causarles un daño real. ¿Por qué? —Necesitamos una distracción. Algo que los tente a irse. El líder de los bronce planeó y descendió cerca, dispersando a su progenie del camino. La poca luz que quedaba destellaba en las escamas del macho, cegando a Eroan brevemente. Cuando volvió a mirar, Lysander tenía la cabeza baja, sus fauces abiertas parecían estar resguardando a su presa, pero la posición era claramente sumisa. El labio superior de Dokul se onduló y aunque Eroan no pudo oír el gruñido, podía imaginarlo con facilidad. El bronce echó la cabeza hacia atrás, desnudando todos sus dientes y entonces hundió la cabeza, arrancó el cadáver del agarre de Lysander y lo arrojó lejos del nido. Lysander lanzó dentadas contra la bestia, pero sus ataques no eran más que advertencias. El bronce se colocó junto a Lysander, bloqueando por completo la visión de Eroan. La unión no pareció recíproco. ¿Y si él quiere estar ahí? —No lo dudarías si hubieras visto el miedo en su rostro como lo vi yo —dijo Chloe, claramente viéndolo dudar—. Preferiría estar muerto que con ellos. —Si estamos equivocados, estamos muertos. Chloe tomó una profunda bocanada de aire. —Si lo hubiera escuchado y lo hubiera dejado libre, probablemente mis amigos seguirían con vida. Déjame ayudarte a salvarlo.

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CAPÍTULO 10

LYSANDER

Traducido por Steph M Corrección final por Samn Ser follado por Dokul era una cosa, pero que los demás decidieran que él era una presa fácil era diferente, Lysander les recordó exactamente cómo lidiaba con los dragones que olvidaban su lugar. Podría haber sido la perra de Dokul, pero seguía siendo el príncipe amatista. Por supuesto, matar a un bronce solo era un berrinche a los ojos de Dokul. El líder de los bronce se entusiasmaba con el asesinato y al ver a los suyos muertos, o con cualquier otra cosa violenta y demente que presenciara. Si Lysander no actuaba, los exiguos lo joderían. Pero cuando actuaba, Dokul lo follaba. El ensangrentado y odioso sabor aceitoso del líder se había arraigado firmemente en la garganta de Lysander. No podía moverse por sentirlo cerca, eso lo asfixiaba. El bronce estaba en todas partes, dentro de la cabeza de Lysander, en sus pensamientos, en su cuerpo. Sabía que lo que le esperaba era malo, pero la realidad de ello era una maldita pesadilla interminable. Cuando Dokul se iba, los demás se acercaban, esperando a que se manifestara una debilidad, a que Lysander bajara la cabeza y dejara que lo poseyeran. Nunca podía descansar. Día y noche, resistía, hasta que todo se desdibujó en un largo y odioso sueño salpicado por las duras palabras de su madre: Crees que conoces el salvajismo. No tienes ni idea. La perra había estado en lo correcto.

Nunca se había rendido, nunca había dejado que nada lo venciera. Había sobrevivido a Elisandra, había sobrevivido a los intentos de asesinato, había sobrevivido a todo lo que podían hacer los amatistas, pero incluso lo peor no se comparaba con esto. Ahora no podía ceder ante Dokul. Sin embargo, la lucha por su cuerpo era interminable y ¿la lucha que estaba en su cabeza? Esa pelea que temía estar perdiendo. Alejaba sus pensamientos y se lo hacía quedarse muy quieto e insensible, como una piedra. No había ningún otro lugar adonde ir más que dentro de sí mismo, pero no podría sobrevivir allí para siempre. Un bruto bronce exiguo con una corona dañada se le acercó. Cada vez que Dokul se iba, este hacía un movimiento. El enano había retrocedido después de que Lysander matara a otros, pero ahora estaba de regreso, tanteando los límites de la visión de Lysander, tratando de ubicarse en su retaguardia mientras creía que Lysander estaba dosificado. Un gruñido de advertencia trató de burbujear en la garganta de Lysander. Lo apaciguó y se quedó callado. Era claro que era hora de recordarles cómo se había convertido en el líder de la armada de los amatistas. Ciertamente no fue por permitir que los exiguos se lo follaran cuando quisieran. Corona Rota se escabulló lejos del campo de visión de Lysander, aunque todavía podía ver la cola del macho, presionada hacia abajo y metida entre sus parientes adormilados para camuflarse. El labio de Lysander tembló, los instintos lucharon contra su control. El exiguo arremetió, una pata con garras aterrizó entre las alas de Lysander, sus mandíbulas abiertas apuntaron directamente a la garganta de Lysander. La rabia aumentó y se quebró, haciendo que los músculos adoloridos de Lysander se movieran. Rodó, exponiendo su vientre a las garras de Corona Rota en un movimiento que ningún dragón en su sano juicio ejecutaría voluntariamente y usó la breve sorpresa del exiguo para cerrar sus dientes alrededor del hocico de la bestia y morder. Las garras rastrillaron el vientre de Lysander. Y Lysander hundió los dientes con más fuerza, utilizando los músculos de la parte posterior de la mandíbula para contraer la boca y aplastar la nariz del enano, un hueso rompiéndose a la vez. El fuego se filtró entre los dientes del exiguo, chisporroteando contra la lengua de Lysander. El exiguo se movió, gruñó y arañó en su pánico para liberarse, y todo lo que logró fue darle mejor agarre a los dientes curvos de Lysander. Más y más profundo, Lysander destruyó, hasta que el exiguo dejó de luchar por completo. 96

No había terminado. Los otros estaban despiertos, docenas de pares de ojos dorados se enfocaron en Lysander, para follar o para matar. Sisearon y escupieron su disgusto porque uno de los suyos fue asesinado por un amatista. Lysander se giró, dejando caer el cuerpo jadeante de Corona Rota entre él y ellos, luego plantó un pie en la parte inferior de la espalda, apretó sus mandíbulas alrededor de un ala y la desgarró, con el sonido de carne siendo desmembrada y huesos siendo separados, acompañándolo. El exiguo podría haber gritado si sus partes bucales no se hubieran arruinado demasiado como para vocalizar el sonido. Los ruidos de la mutilación que provocó enviaron a la mitad de la progenie a alejarse. Lysander no había terminado. Enganchó sus garras en el vientre de la criatura y cortó, derramando el pestilente y caliente interior de la bestia entre todos. Los exiguos que quedaban, rugieron y soltaron alaridos, irguiéndose, temerosos y enojados. Lysander finalmente dejó que su gruñido se liberara y luego hundió los dientes en la garganta de Corona Rota y desgarró la columna de músculos y tendones. Dokul aprobaría el baño de sangre en el que ahora rondaban. Ese descubrimiento agrió la victoria y enfureció sus pensamientos. Quizá podría matarlos a todos y entonces, vería cómo reaccionaba Dokul. Se abalanzó sobre el más cercano en el nido y lo ahuyentó al prado. Luego a otro, cuando este intentó atacarlo. La mayoría comenzó a volar, donde él no pudo alcanzarlos. Extendió su única ala buena de todos modos y chasqueó su mandíbula mientras lo acosaban desde los cielos. Sus alaridos y llamadas inundaron su cabeza, mandando su mente a la locura. El fuego se agitó en la parte baja de su garganta. Fuego, odio y repugnancia, y con ello, llegó el furioso poder crudo que había sentido al matar a Elisandra. Lo iluminaba por dentro, lo hacía arder como si él fuera el fuego. Liberó la llama, avivándola a lo largo y ancho, encendiendo la hierba y creando cortinas de bruma de calor y humo en el aire. Lysander no escuchó ni olió a Dokul hasta que fue demasiado tarde. Vio el destello de alas doradas a través del fuego y se volvió demasiado tarde para defenderse de las garras y los dientes que se hundieron en su espalda, desprendiendo escamas y 97

pellizcando su columna. Entonces el líder comenzó a asfixiarlo, con las alas extendidas y enterrando a Lysander debajo de su peso. La ira y el poder chisporrotearon y huyeron, su lucha finalizó. Y así, la pesadilla comenzaba de nuevo. No supo cuánto duró esta vez. Las horas no pasaban como solían hacerlo. Cuando sonó una explosión, Lysander se perdió en ese lugar donde el dolor no podía tocarlo. Sintió el temblor del suelo y el estallido de luz, pero lo ignoró hasta que Dokul se movió de su lado y bramó una alarma que envió a la progenie hacia el cielo. Y luego, el líder también se fue y durante unos maravillosos segundos, pudo respirar mejor. Hasta que los exiguos restantes comenzaron a acercarse.  

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CAPÍTULO 11

EROAN

Traducido por Steph M Corrección final por Samn Cuando detonó el explosivo de Chloe, el sonido retumbó a través de las llanuras, tal como ella le había dicho que lo haría. Eroan yacía agachado sobre la hierba alta, tan cerca cómo se atrevía a llegar al nido y observó con los binoculares cómo los dragones irrumpían en el cielo. La cabeza de Dokul apareció sobre el borde del cráter, luego sus alas se extendieron, abarcando todo el nido y se lanzó a los cielos. Eroan se puso de pie y atravesó la hierba alta, con el corazón latiendo con fuerza. La luz del atardecer lo mantendría en la sombra hasta los últimos quemados y humeantes cien metros. Las llamadas de los dragones sonaron por encima y detrás de él, hacia el puesto fronterizo de Chloe. A estas alturas estaría a salvo, escondida. Pero no tenía mucho tiempo antes de que el nido regresara. Esto es una locura, se quejó su voz de la duda. Estaba claro que estaba loco porque ningún elfo en su sano juicio haría lo que estaba a punto de hacer. La hierba alta terminaba abruptamente en mechones chamuscados. La enorme masa de escamas verdes de Lysander ahora era claramente visible en el nido, rodeado por cuatro bronces salvajes. Eroan apretó los dientes y apretó la espada de dragón a su lado.

Es una locura. Había venido hasta aquí. No se iría hasta que estuviera hecho. Salió disparado de la hierba y corrió por la tierra ennegrecida. Ceniza y brasas humeaban a su alrededor. Un dragón, uno que no había visto o que no había estado ahí momentos antes, se acercó al galope con los ojos dorados fijos en Eroan. Eroan corrió con más fuerza, con los pulmones en llamas y las piernas palpitando. Estos eran sus últimos momentos con vida o los momentos más estúpidos de su vida. Tal vez ambos. La cresta alrededor del nido estaba a unos pasos más adelante. Las mandíbulas del dragón se cerraron a centímetros detrás de él, tan fuerte y tan cerca, que un rayo de adrenalina se disparó por las venas de Eroan. Saltó sobre el borde del nido y derrapó dentro del pozo, aterrizando en cuclillas, inmovilizado bajo las repentinas miradas conjuntas de cuatro dragones. Había esperado que fueran menos, pero había matado a más en el pasado, solo que no a todos a la vez. O por sí solo. Es una locura. Se enderezó, con la sangre en llamas y la mente enfocada. Vivió para poder matar a estos monstruos y ninguno se le escaparía hoy. —Mi nombre es Eroan Ilanea. —Flexionó su agarre en la espada, se tragó el nudo asfixiante cubierto de ceniza en su garganta y entrecerró los ojos—. Y ese dragón esmeralda es mío.  

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CAPÍTULO 12

LYSANDER

Traducido por Steph M Corrección final por Samn Lysander escuchó unas palabras. No tenían sentido, sobre todo porque venían de un elfo alto y furioso, pero no importaba, todos los dragones le habían dado la espalda y ese sería su último error. Soltó las riendas de su rabia y atacó. El primero cayó después de que un rápido mordisco en el cuello le cortara la columna. El segundo arremetió sobre él como un borrón de movimiento: eran mandíbulas chasqueando y garras desgarrando, pero como era el más pequeño de la progenie, Lysander le hundió los dientes con facilidad y lo degolló, arrojándolo fuera del nido. La tercera, una hembra, se movía demasiado rápido para ser una bronce. Lysander la atrapó por el ala, atravesando la membrana y su destino se acabó en sus mandíbulas impacientes. Cayó, temblando. El cuarto parecía estar distraído con el elfo. Era toda la vacilación que necesitaba para abalanzarse sobre su espalda y hundirse en el punto blando detrás de su corona, dejándolo paralizado y en su camino, a la muerte. No vio al quinto hasta que estuvo casi sobre el elfo. El elfo de cabello rubio que empuñaba una espada se apartó del camino recibiendo un gran golpe, atrapó a la bestia con un corte directo de su espada, una espada que hizo sonar un recuerdo en la mente de Lysander, pero no había tiempo para pensar en ello. El quinto dragón atacó sin pensarlo, acercándose al elfo para darle una mordida mortal, pero Lysander

giró la cabeza y se estrelló contra el bronce, provocando que se revolcara sobre la hierba quemada. Nubes de polvo y cenizas se elevaron hacia el cielo, oscureciendo la vista de la progenie que estaba de regreso. Jadeando y enloquecido por las muertes, esperó a que más dragones salieran de las nubes de polvo. Pero no vino ninguno. La llamada del más cercano todavía estaba a kilómetro y medio de distancia, lo que indicó que no volverían hasta dentro de unos minutos. Estaba solo por primera vez en lo que parecía una eternidad. No, no estaba solo. Giró la cabeza y le enseñó los dientes al elfo, emitiendo una leve advertencia en su garganta. La pequeña criatura lo miró, con espada en mano y sus ojos celestes abiertos de par en par. Había una presa.

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CAPÍTULO 13

EROAN

Traducido por Romi Corregido por Ella R Corrección final por Samn De cerca y como dragón, Lysander era todo lo que la vida de entrenamiento de Eroan exigía matar y cuando los ojos verdes de Lysander se posaron sobre él, entrecerrándose como rendijas y por un terrible y asfixiante momento, el corazón de Eroan se detuvo. Había cometido un terrible error. Lo que fuera que quedase de Lysander detrás de esos ojos de dragón, no reconocía a Eroan o no le importaba. Después de todo, estos serían los últimos momentos de Eroan. Bajó su espada, con el corazón hundiéndose. Alumn, llegué demasiado tarde. Un gruñido tembló por el pecho de la bestia y atravesó su largo cuello hasta llegar a sus fauces contraídas. Era una advertencia. Una amenaza. En cualquier segundo se abalanzaría sobre Eroan y todo habría terminado. Entonces, ¿cuál era el propósito de todo si este era el final? La gente que había perdido, las batallas que había luchado, sobrevivir a los dragones cuando era niño y también de adulto… todo, ¿para qué? —Transfórmate —le dijo Eroan con voz firme. Esto no terminaría así. Lysander bajó su cabeza. Sus labios se retorcieron, el gruñido creció de forma mortífera.

—¡Transfórmate ahora! Los chillidos de los dragones cruzaron las llanuras. Los bronce estarían allí en cualquier momento y todo estaría perdido. Tenía que llegar a Lysander ahora. La bestia frotó su barbilla contra el suelo, acercando su hocico al alcance de Eroan. Todo lo que podía ver era la enorme cabeza de Lysander. Su piel era nudosa y áspera, su dentadura era larga y brillante y su corona de hueso era perfecta para un príncipe. El corazón de Eroan latía demasiado fuerte y rápido. Debería correr, pero su mundo entero se había reducido a este momento. Enfocado en esos ojos verdes como gemas. El olor a sangre de dragón quemaba su garganta. Era un hedor que conocía demasiado bien. Pero no retrocedería. No cedería. No había llegado hasta aquí para rendirse. Hasta que esté hecho. Su hocico estaba muy cerca, el frenético corazón de Eroan despertaría los instintos depredadores de la criatura. Cerró los ojos por un instante. Alumn, guíame. El hocico de Lysander chocó contra el pecho de Eroan, haciéndolo retroceder un paso. Eroan abrió sus ojos. Dientes. Hileras de dientes, cada uno de ellos medía la mitad de la estatura de Eroan y eran capaces de partirlo en dos. Lysander resopló, rodeándolo de aire cálido. El mensaje era claro: Retrocede. Pero fue Lysander quien retrocedió, su mirada estaba fija en Eroan. Eroan le gruñó. —Tú sabes quién soy. —Levantó su mano libre, todavía sostenía su espada en la otra y la estiró con dedos temblorosos. La capa de escamas en la nariz de Lysander brillaba como si estuviese húmeda y fría, pero cuando sus dedos las tocaron, eran ásperas, estaban secas y curiosamente cálidas. Extendió su tacto, absorbiendo la calidez y la sensación de este dragón debajo de su mano. Los ojos de Lysander se iluminaron de un momento a otro. Se sobresaltó y retrocedió, levantó su cabeza como si fuera a huir o atacar. El fuego se encendió detrás de las escamas de su garganta, iluminando la hoguera. El contacto físico lo había asustado. El corazón de Eroan vaciló. —¡Me conoces, dragón! —gritó, con el mismo tono de voz que usaba con los elfos jóvenes y rebeldes—. ¡Escúchame! ¡Te estoy liberando! La luz estalló, luminosa y cálida, cegando los ojos de Eroan. Se tambaleó y 104

cuando el destello se desvaneció, Lysander estaba de rodillas en su forma humana, con la cabeza encorvada y sus hombros temblaban con cada uno de sus intentos por respirar. Trató de levantarse, apoyó uno de sus pies en el suelo, pero tropezó y cayó sobre sus manos. Su cabello largo anudado cayó sobre su rostro, su camisa estaba desgarrada, sucia y hecha jirones. Los dragones volvieron a chillar. Se estaban acercando. Lysander se estremeció y levantó su cabeza lentamente, sus ojos verdes se nublaron con agonía y su rostro se contrajo en una mueca. —¿Eroan? Eroan corrió hacia él y lo ayudó a ponerse de pie, soportando todo su peso. El débil agarre de Lysander rodeó la cintura de Eroan con delicadeza y se aferró a él. —No hay… salida —dijo Lysander con un gruñido quebrado y tortuoso, no se parecía en nada a la voz que Eroan recordaba. —Sujétame. No mires atrás. Te tengo. El cuerpo de Lysander se hizo más pesado y sus pasos más erráticos. Eroan hacía todo lo posible para que Lysander siguiera avanzando, si los atrapaban ahora, no habría nada más que pudiese hacer para salvarlo o a sí mismo. Alumn si aún queda algo de esperanza en este mundo, ayúdame a salvar a este dragón. Los chillidos de los dragones se escuchaban más fuerte, acercándose, acelerando su paso. Las nubes de ceniza arrojadas por la batalla comenzaron a asentarse. Un paso. Después otro. Estaban siguiendo el camino que había marcado antes a través de la hierba. Solo necesitaban algo de esperanza y un poco de suerte. ¿No era ya el momento para que Alumn lo favoreciera con una oportunidad? —Solo unos pasos más… —susurró. Podía hacer esto, tenía que hacerlo. Lysander gruñó algo como respuesta, sus palabras eran indescifrables. En medio de la hierba, Eroan dirigió a Lysander hacia una pequeña cresta en el suelo, y lo puso de rodillas. Las pestañas del dragón se movían frenéticas, pero mantenía la mirada perdida y su mente fija en otro lugar. —Lysander… debes agacharte… Un bronce chilló en el cielo. El sonido hizo retroceder a Lysander, quien de repente comenzó a luchar y empujar a Eroan. Él lo tomó del brazo, tratando de 105

mantenerlo bajo control. Lysander se liberó de su agarre y se alejó de él. Eroan sujetó su muñeca, pero Lysander tiró de ella; poniéndose de pie de un salto, empezó a correr a través de la hierba. Eroan salió disparado tras de él, lo embistió por la espalda y lo derribó con fuerza contra el suelo. Lysander se retorcía debajo de su cuerpo, intentando apartarse de las manos de Eroan y tratando de empujarlo. Sus ojos estaban abiertos de par en par y el terror que los inundaban, impedían que lo reconociera. —Detente… —Eroan lo sujetó de ambas muñecas contra el suelo. Lysander logró liberar su brazo derecho. Un puño tembloroso golpeó a Eroan en la mandíbula. Eroan volvió a sujetar ese brazo y se acercó más a Lysander, de modo que todo lo que Lysander pudiese ver fuera su rostro. Únicamente eso. No a los dragones. Solo a él. Respirando con fuerza, mantuvo a Lysander inmovilizado—. Necesito que dejes de pelear conmigo. Jadeando y con el pecho agitado, Lysander le devolvió la mirada hasta que, segundo a segundo, la locura que nublaba sus ojos se desvaneció. —¿Eroan? —murmulló. —¿Vas a correr? Parecía que los labios de Lysander trababan de decir algo, pero fallaron. —Mantén la cabeza abajo. —Eroan se relajó y tomó la mano de Lysander poniéndolo de cuclillas—. Y sígueme, ¿puedes hacerlo? Lysander lo siguió, aún con la respiración agitada y al borde del pánico, pero estaba aquí, en este momento y estaba pensando, no corriendo. Eroan tomó la plataforma de madera que había usado antes para ocultar el agujero cavado en el suelo y lo movió. —Vamos a entrar. Estaremos a salvo. ¿Entiendes? La mirada de Lysander comenzó a asustarse, sus fosas nasales se dilataron y Eroan se preguntó si se convertiría en un dragón, allí mismo. Agarró la mandíbula del príncipe con firmeza y la inmovilizó, obligándolo a ver solo a Eroan. —Créeme. No dejaré nada te suceda. Los ojos de Lysander se pusieron vidriosos, su enfoque cambió, su mente comenzó a nublarse. Estaba entrando en shock. Soltando una grosería, Eroan tiró de Lysander más de cerca, luchando para entrar junto con él en el hueco que estaba en la tierra y tiró de la plataforma sobre ellos, sumiéndolos a la oscuridad. 106

Los dragones rugían y chillaban, pero entre todos los rugidos, los del líder de los bronce que estremecían el suelo eran los más fuertes y enviaban escalofríos a través del cuerpo de Lysander. Eroan abrazó a Lysander, arropando al príncipe debajo de su barbilla, tan cerca que el temblor de Lysander se convirtió en el suyo. Si pudiese haber compartido su sufrimiento, lo habría hecho, pero ahora, todo lo que podía hacer era sujetarlo y esperar que eso fuera suficiente.

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CAPÍTULO 14

LYSANDER

Traducido por Romi Corregido por Samn El elfo olía a libertad, a bosque, a cosas buenas. No olía a dragón. Lysander se aferró a él con la yema de sus dedos, no con sus garras; a él no quería lastimarlo, e inhaló el aroma a elfo. Los brazos fuertes de Eroan se cerraron alrededor de su cuerpo y no lo dejarían ir. Confiaba en eso, confiaba en él. Cuando el temblor comenzó, esos brazos lo abrazaron con más fuerza y Lysander lo atrajo aún más cerca, queriendo ocultarse en la seguridad de este lugar y nunca irse. —Te tengo. —Esa voz resonó alrededor de ese lugar silencioso y cerrado. Esas dos simples palabras lo destrozaron, dejándolo completamente vulnerable. Y por primera vez, en un largo tiempo, vivir no dolía.

CAPÍTULO 15

EROAN

Traducido por Albasr11 Corregido por Ella R Corrección final por Samn Al inicio del día, cuando el amanecer era una insinuación en el horizonte y la noche estaba en su punto más frío, Eroan se movió a otro agujero en la tierra. Su escape no podía ser apresurado. Dokul buscaría a lo largo y ancho a Lysander, olvidando darle un vistazo más de cerca a su nido… o eso esperaba Eroan. Otras pocas horas después, cambiaron a otro agujero en el suelo, alejándose cada vez más de su frontera hacia una arboleda y luego descendieron, adentrándose en lo más profundo hacia el valle escondido que Chloe le había mostrado. Aún no estaban a salvo, pero con cada hora que pasaba, sus oportunidades aumentaban. Lysander no había hablado desde que salieron del nido. Ahora se encontraba sentado y recargado contra una roca, en la orilla de un pequeño y balbuceante riachuelo. Sus prendas rasgadas colgaban de su cuerpo, su piel tenía un tono grisáceo y sus mejillas lucían demacradas. Unos nudos apelmazados enredaban su cabello oscuro y se amontonaban en su costado derecho. El aroma a sangre infectada permanecía en él, pero cuando Eroan le sugirió revisar la herida, Lysander no había respondido y acercarse sin su permiso ya había desencadenado que luchara o intentara huir más de una vez.

—Necesitamos seguir moviéndonos. —Eroan tomó una enorme hoja de laurel y la metió al riachuelo, ahuecando agua en el interior y se la ofreció a Lysander. Lysander parpadeó, mirando hacia la hoja. —Bebe. Y parpadeó otra vez. Tragó saliva, mojó sus labios agrietados y solo en ese momento, notó a Eroan. Su expresión se quebró por un momento, retorciéndose en confusión. —Bebe —volvió a insistir Eroan. Lysander tomó la hoja que le ofrecía, olfateó el agua, sus ojos estaban atentos ante cualquier truco. Eroan asintió, animándolo a beber. La manera en que Lysander se movía, sus ojos moviéndose frenéticos y su cuerpo incómodo como si no cupiera en su propia carne, demostraba que la parte dragón de Lysander permanecía acechando. Aceptando que Eroan no estaba a punto de envenenarlo, levantó la hoja y tragó, derramando agua sobre las esquinas de su boca y por su barbilla. Se limpió los rastros de agua con su mano, manchándose de tierra. —He… er… —Su voz fue un gruñido. Lysander tosió y se aclaró la garganta—. He sido… dragón por tanto tiempo… hablar… —Su voz se quebró. Hizo una mueca—. Me cuesta… mucho acostumbrarse. —No necesitas explicarme. —Eroan volvió a llenar la hoja, se la dio y observó mientras Lysander bebía con ansias. Volvió a extender su mano para tomar la hoja, pero Lysander tenía el cuerpo tenso y lo miraba fijamente con su entrecejo fruncido cubierto de lodo. —Tenemos que seguir moviéndonos —explicó Eroan—. Hay que adentrarnos en lo profundo del valle. Hay una granja en ruinas. Chloe nos encontrará ahí. —¿Chloe? —preguntó Lysander, su rostro mostraba confusión. —La humana… De repente, Lysander se puso de pie y tambaleante, se dirigió hacia los árboles. Chocó contra un árbol, se cayó y luego vomitó el agua. Sus dedos se sujetaron a la corteza de un árbol mientras se volvían blancos. Eroan esperó. Había visto elfos profundamente traumatizados. Apresurarlo no le haría ningún bien, pero tenían que seguir moviéndose. Cuando las arcadas de Lysander se detuvieron, Eroan caminó a su alrededor y se aproximó por el frente. Despacio y con mucho cuidado, puso una mano en el hombro de Lysander. Unos 110

temblores hacían que todo su cuerpo se estremeciera. Lysander sujetó su costado donde unas manchas húmedas de sangre cubrían su camisa sucia. —Déjame ayudarte. Lysander le dio una mirada furiosa. Eroan retiró su mano, esperando que se transformara en cualquier momento. —Sigamos moviéndonos. —Lysander se arrastró hasta ponerse en pie. Logró dar otros tres pasos antes de desmayarse cayendo de cara en la tierra.

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CAPÍTULO 16

LYSANDER

Traducido por Astrid L Corregido por Samn La sensación de unas manos ásperas y cálidas que vagaban sobre la herida dolorosa y sensible a su costado, junto al eco de una voz profunda y familiar, devolvieron la conciencia de Lysander de un lugar completamente oscuro y frío. La voz iba y venía tal como el oleaje del mar. Sabía que debía prestar atención a las palabras, seguramente eran importantes, pero no podía mantenerse consciente por tanto tiempo para lograrlo. Cuando por fin despertó y parpadeó, se encontraba en una habitación que no reconocía. Muros de piedra, un techo, una fogata. ¿Esto era real? Pieza por pieza fue uniendo cada uno de sus pensamientos desorientados. ¿Estaba en la torre? Al intentar sentarse, la herida en su costado cobró vida de nuevo, provocando que se dejara caer una vez más en la cama. Tanteando con sus dedos, sintió la textura de la gasa y un vendaje pegados a su costado, en el lugar de los cortes profundos que uno de los exiguos le había provocado. Ni siquiera podía recordar quién fue el responsable. Todos se habían convertido en una larga cadena de dragones que había matado o había intentado matar. Todos excepto por el peor de ellos. Los recuerdos de Dokul provocaron que su boca se volviera una mueca. Movió su lengua, la sintió reseca y tragó. Mierda, ¿por cuánto tiempo había estado inconsciente? Pasando una mano sobre sus ojos, intentó recordar y ordenar el desastre mental de

los últimos días. Algo sobre ser enterrado vivo y escuchar la misma voz… —¿Agua? Lysander saltó. Maldita sea, Eroan estaba aquí. El estúpido, testarudo e insufrible elfo en realidad estaba aquí. No lo había imaginado. La herida le gritaba que parara de moverse. Hizo una mueca de dolor y entrecerró los ojos en dirección al elfo sobre el que había estado pensando. Eroan se notaba bastante cómodo parado al lado de la cama, con un vaso en su mano, cabello rubio y largo, cuidadosamente recogido en una coleta que descansaba sobre su hombro y vistiendo prendas de viajero de matices terrosos. —¿Cuánto tiempo llevas parado ahí? —preguntó con voz ronca. Tuvo que volver a parpadear para asegurarse que Eroan no desaparecería. Y cuando no lo hizo, Lysander se apoyó sobre su hombro y tomó el vaso. La boca del elfo se curvó hacia un lado. —No mucho. El agua descendió de forma agradable, dejando un camino fresco y limpio durante todo su recorrido directo hacia su estómago. Tuvo el presentimiento de que pronto desearía que hubiera sido vino, pero el agua funcionaría por ahora, aunque no ayudaría mucho a los recuerdos que habitaban el fondo de sus pensamientos, intentando salir a la vista. Eroan movió una silla y se sentó. Se inclinó, descansando sus antebrazos sobre sus muslos. Ahora los pensamientos de Lysander empezaron a tomar forma, podía ver que la ropa de Eroan estaba rasgada y marcada en ciertos lugares, y lo similares que eran los rasguños que el elfo tenía en su barbilla y mandíbula. El polvo y la tierra oscurecía su rostro en ciertos lugares. Parecía que no era tan invencible a todo. ¿Cómo había llegado aquí? —¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? —Lysander dejó el vaso en el suelo e intentó moverse. La herida volvió a arder, derribándolo en la cama—. Maldición… —Vas y vienes. Dos días. Parpadeó y de la nada, Eroan apareció de pie sobre él, su rostro era visible solo por la luz de las candelas. Se agachó y tocó la gaza. El pecho de Lysander se estremeció con algo parecido al miedo mientras los dedos del elfo rozaban ligeramente la parte baja de su abdomen y despegaba las esquinas pegajosas del vendaje. Las cejas de Eroan se unieron ligeramente, creando una pequeña e imperfecta 113

arruga. —No te voy a lastimar. —Lo sé. —Había respondido demasiado rápido. Era una mentira. Él sí estaba asustado. Era horrible el miedo que le retorcía los intestinos, era algo que nunca había sentido antes. Si Eroan detectó la mentira, no reaccionó a ella y Lysander se resignó a recostarse y dejarlo hacer lo que quisiera. En la condición que estaba, no podía pelear contra nadie aunque quisiera. —La herida estaba infectada —explicó Eroan—. Si no la hubiéramos tratado pronto, te habría matado. Lysander soltó un profundo suspiro. Típico, luego de haber sobrevivido a todo esto, algo insignificante sería lo que lo mataría. —Es más fácil cuidarte cuando estás inconsciente —agregó Eroan, su tono se hizo más suave. ¿Acaso había una sonrisa en los labios del elfo? ¿Por qué diablos estaba aquí en esta choza a cientos de kilómetros de distancia de su hogar después de haber dado la orden de asesinar a Lysander? ¿De qué se trataba todo esto? ¿Era solo un rescate o algo más? Una pequeña parte de su orgullo, o los pocos pedazos que le quedaban de sobra, le exigían que apartara al elfo y sanara sus heridas él solo, pero se dio cuenta, en ese momento silencioso, que no le importaban las verdaderas intenciones de Eroan. Estar aquí era mejor que cualquier otro lugar en el que había estado en meses. Por ahora, este lugar era seguro y se sentía bien tener un lugar en el que podía cerrar sus ojos y descansar por un rato, sabiendo que no tendría que luchar por su vida cuando despertara. Cuando volvió a ver la habitación, la luz había cambiado y la candela se había derretido otro centímetro. La silla todavía estaba al lado de la cama, pero Eroan no. Observó el asiento vacío, los pensamientos comenzaron a girar en su cabeza y volvió a tocar su costado. Esta vez, la herida no protestó. Se levantó, usando sus brazos para impulsarse, en lugar de su abdomen y logró sentarse. La habitación dio vueltas, su visión se nubló mientras su cuerpo luchaba contra él para volver a recostarse y dormir, pero dos días de descanso eran suficientes. Dokul se estaba acercando y un antiguo refugio como este llamaría la atención del dragón en cualquier momento. Lysander encontró sus botas y se las puso sin provocarse más daño, luego hizo 114

un valiente intento por llegar a la puerta. Le tomó unos cuantos momentos procesar la pequeña escena con la que se encontró: Eroan estaba parado junto al fuego y su brazo estaba apoyado sobre la chimenea mientras hablaba en voz baja con Chloe, la humana. Ella estaba sentada en un sillón lleno de agujeros que derrochaba todo su contenido espumoso sobre el suelo. Se veían… cómodos. Incluso contentos. Eran amigos. ¿O algo más? Eroan levantó la vista, la preocupación cubrió sus ojos pero su rostro mostraba enfado. —No deberías estar levantado. Por su tono, era obvio que estaba acostumbrado a hablar y que los demás le obedecieran. —Sí, ya sé. —Lysander se apoyó contra el marco de la puerta esperando no revelar que sentía que estaba a punto de desmayarse—. Gracias. A ambos. Pero deben dejarme. Cuando Dokul los encuentre, los matará. Chloe no dejaba de morderse las uñas y volteó su rostro hacia la luz de la fogata. Lysander se dio cuenta que había visto lo que Dokul le había hecho a él. Quizá ella también lo había presenciado y ahora, lo había perdido todo. Carajo, él se lo advirtió. Eroan elevó ambas cejas, incrédulo. Aunque Lysander no comprendió la razón. —No me metí en un nido de bronces solo para tener que abandonarte ahora —respondió el elfo, su tono se volvió más autoritario. Lysander sintió que una sonrisa se formaba en sus labios. Eroan era un imbécil al comenzar a discutir con él. —Lo que hiciste es el colmo de la estupidez. Es un puto milagro que no los hayan asesinado. —Le dije que era una locura —comentó Chloe—. Pero él es Eroan Ilanea. Creo que no sabe escuchar a nadie más que a su propio ego. Eroan inclinó la cabeza y observó la fogata, el hueco de sus mejillas se iluminó con la luz del fuego. —¿Por qué lo hiciste? —Lysander necesitaba saberlo. Su existencia nunca le importó a nada ni a nadie, jamás. Era un instrumento, un objeto para negociar, una propiedad de intercambio. Existía una razón por la que Eroan había arriesgado su vida y no tenía nada que ver con liberarlo, no podía ser posible. Ninguna criatura era así de noble. ¿Qué quería Eroan? 115

Chloe levantó la vista, claramente también esperando una respuesta. —Tú ordenaste que me mataran —espetó Lysander—. ¿Te arrepentiste? El estremecimiento que recorrió el cuerpo de Eroan fue real e hizo que su boca se retorciera, revelando, por un momento, un vistazo de esos afilados dientes de elfo. —Háganlo sufrir. —Lysander escupió las palabras de su boca—. Lo escuché todo. —Se separó del marco de la puerta y se sorprendió al darse cuenta que podía mantenerse de pie el tiempo suficiente para llegar a una mesa y utilizarla como soporte y quedarse quieto—. ¿Y bien? ¿Se ablandó tu corazón? Porque desde mi perspectiva, nada de esto tiene sentido. Los elfos no salvan a los dragones. Un pequeño tic apareció en el ojo de Eroan, como si las palabras en verdad lo afectaran y Lysander comenzó a volverse loco al preguntarse por qué. —Nosotros tres podemos cambiar las cosas —respondió finalmente—. Una humana, un elfo y un dragón. Estamos juntos en esta habitación, hablando. Esto es el cambio, justo aquí. Tenemos una oportunidad. Claro. Eso tenía que ser. ¿Acaso no lo entendía? Carajo, era demasiado noble para pensar en algo más que en su honrada misión de su bendita Alumn. Por supuesto que era algo razonable como intentar hacer la paz o salvar al maldito mundo mediante la unión. Lysander se dirigió hacia una vieja y podrida silla y rezó porque no se rompiera cuando se sentara en ella. Una nube de polvo se levantó al sentarse. Tosió e hizo una mueca de dolor. Su costado dolía. Todo le dolía. Pero su maldito corazón era lo que más dolía. Dulces estrellas, ¿en qué estaba pensando? Que Eroan había venido aquí por la única razón de salvarlo porque a él… ¿qué? ¿le gustaba Lysander? Podía escuchar la risa de su madre y presionó una mano fría contra su frente ardiente. Eroan había ordenado que lo mataran. Tenía que olvidarse de esa loca fantasía suya, en donde Lysander creía que Eroan sentía algo más por él que solo odio. —Los dragones no negociarán contigo, si eso es lo que esperas. Los humanos lo intentaron hace mucho tiempo. El primer linaje de metales devoraron a todos los negociadores. —Bajó la mirada y enterró sus dedos en su cabello, tirando con fuerza de los nudos. También apestaba: a tierra y sangre y algo peor. En nombre de los Primeros, era un maldito desastre. —Estoy de acuerdo con el dragón —dijo Chloe. 116

Lysander hizo un ademán en su dirección. —La humana entiende lo que digo. —Mientras ellos estaban aquí, charlando, Dokul se estaba acercando y podría atacarlos en cualquier momento. Chloe estuvo a punto de morir la primera vez que escapó de él y Eroan… que se fuera a la mierda por siquiera estar aquí. Lysander no podría concentrarse en otra cosa que no fuera él. Todos sus pensamientos huían en dirección al elfo que estaba parado al otro lado de la habitación, seguía siendo tan fuerte y orgulloso, como si la misma muerte no pudiera tocarlo. Pero lo haría. Si Dokul los encontraba, sabiendo que había sido Eroan quien se llevó a Lysander… quebraría a Eroan de una manera que solo los bronce conocían, con dientes, garras y sangre. —… ¿Lysander? Levantó la vista en dirección a dos rostros que esperaban una respuesta a una pregunta que él no había escuchado. Eroan debería estar con su gente y Chloe con la suya. Y Lysander… él no tenía a nadie y con una sola ala funcionando, no tenía una oportunidad de sobrevivir en la naturaleza. Akiem debió haberlo matado cuando cayeron de la torre. —No sé qué quieren de mí. —La respuesta estaba dirigida a ambos pero su vista se posó en Eroan, como si tuviera una fuerza mágica dentro de sí. Incluso teniendo el peso de las semanas de viaje, Eroan todavía se veía como un sueño imposible. El arete en lo alto de su oreja afilada relucía en un tono verde. Era algo nuevo desde la última vez que lo había visto. Los pensamientos de Lysander regresaron a esos últimos momentos. No a la playa, esa vez no contaba; su cabeza había estado cubierta y solo había escuchado la cruel voz de Eroan dando la orden de su ejecución. Si no antes, cuando Eroan se encontraba amarrado a la cama de Elisandra y la boca de Lysander se movía en las partes de su cuerpo que estaban tan duras y al mismo tiempo suaves. No te disculpes. Todo era mentira. Eroan había querido escapar. Lo demás fueron sus propios deseos. Mucho tiempo había pasado y ninguno había respondido. Eroan se arrodilló a atizar el fuego, era claro que sus pensamientos estaban en otro lado. Tal vez ninguno sabía por qué necesitaban a Lysander. ¿Cómo podría ser útil si estaba roto en pedazos? 117

—¿Crees ser capaz de caminar? —preguntó Chloe. —Quizá. —Bien. Seguiremos. Existen otros escondites iguales a este y con más suministros médicos, tenemos analgésicos que podrían ser necesarios. No sé qué efectos tendrán en un dragón, pero ahí estará, si se necesitara. —Lysander asintió en forma de agradecimiento y rascó su barbilla rasposa. Lo que necesitaba era un baño, luego un gran lote de medicamentos y un lugar oscuro para lamer todo el dolor que existía en su cuerpo. Chloe pasó al lado de él y salió de la habitación. En el silencio que le precedió, Eroan atizó el fuego con un palo, moviendo los trozos más grandes, las cenizas brincaron. Y ahora Eroan se irá, pensó Lysander. Había venido con una gran idea de unir a las tres razas junto a una guerrera y un príncipe amatista. En su lugar, encontró a un príncipe roto y a una guerrera sin sus guerreros. Si se quedaba con Lysander, moriría. —Aquí no hay nada para ti —murmuró Lysander—. Regresa con tu gente, Eroan Ilanea. La garganta de Eroan se contrajo al tragar. Arrojó el palo hacia el fuego y se dirigió hacia la puerta, deteniéndose al lado de Lysander. Lysander mantuvo sus ojos en las llamas, negándose a ver la cara de arrepentimiento de Eroan. Pero sentía su cercanía como una amenaza sangrienta y con ello apareció el recuerdo de su cautiverio en un lugar frío y oscuro, de ser enterrado bajo tierra. El olor de la naturaleza inundó su cabeza, el aroma a pino y todo lo relacionado con Eroan y el sonoro latido del corazón fuerte y firme del elfo. Por todas las estrellas, quería que ese lugar fuera real. Una mano se posó repentinamente sobre el hombro de Lysander y le dio un pequeño apretón que lo dejó sin aliento. —No permitas que te rompan, príncipe. —Y entonces Eroan también desapareció, dejando a Lysander solo mientras veía la luz del fuego extinguirse.

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CAPÍTULO 17

EROAN

Traducido por M Corregido por Ella R Corrección final por Samn Los días eran más largos, las nubes cada vez más delgadas y con cada anochecer, Lysander era capaz de caminar más lejos entre descansos. Fiel a su palabra, los escondites de Chloe ofrecieron seguridad, calor y un lugar para comer el conejo y el faisán que capturaron durante el día. Los llamados de dragones se volvieron menos y lejanos hasta que se detuvieron todos al mismo tiempo. —He estado pensando —comenzó a decir Chloe, recogiendo su chaqueta del suelo y sacudiendo cualquier rastro de arena y musgo. Detrás de ella, un río poco profundo fluía a través del arroyo. La luz del sol brillaba en su superficie, haciendo que el agua brillara. Eroan dio una rápida mirada a los alrededores desde su ventajosa posición encima de un rocoso nacimiento y aprovechaba para bañarse con los rayos del sol. Ambos se encontraban bien escondidos en la cima y sus voces no eran escuchadas más allá del flujo del agua. —Ayer, pasamos por unos rastros de un campamento —continúo Chloe—. Y mi gente está cerca. Quiero adelantarme y encontrarlos, pero… —Se puso la chaqueta y buscó a tientas los botones. Eroan sabía lo que diría. Su gente probablemente le daría la bienvenida, con

algo de recelo, pero no a un dragón. —Está bien. —La voz grave de Lysander atrajo la atención de Eroan. Se encontraba apoyado contra unas grandes rocas cercanas—. No espero caridad de los humanos. —Había atado su cabello en un chongo despeinado y largos mechones negros caían a los lados. La cálida brisa hacía que acariciaran su quijada ensombrecida. Su apariencia descuidada daba un enorme contraste con el aspecto que Eroan recordaba que mostraba en la torre, con su ropa fina y su seria y cuidadosa imagen que nunca daba un traspié. No portaba tales apariencias aquí afuera, ahora dejaba a Chloe ver la solemne aceptación en su rostro. Los ojos de Chloe decían «lo siento», pero Lysander tenía su vista fija en un objeto con el que jugueteaba entre sus manos, probablemente era una roca que había recogido del suelo. Guardó el objeto misterioso en su bolsillo e irguió su postura. —Ambos ya hicieron demasiado. Chloe recogió su mochila y la colocó sobre su espalda. —Pero no fue suficiente, ¿o sí…? Lysander se encogió de hombros con el peso del pasado entre ellos. Le dio una mirada cautelosa, la misma que había usado en Eroan cuando no le había gustado lo que había oído. —¿Qué quieres que diga? —Preguntaré si nos aceptan a todos… Lysander soltó una carcajada. —Dada mi experiencia con humanos en el pasado, lo dudo mucho. Ella le dirigió un respetuoso asentimiento a Eroan. —¿Tú vendrás conmigo? Eroan dirigió su mirada río arriba. Aquí no hay nada para ti. Lysander no sabía que sus palabras habían corrompido sus dudas y las había expuesto a la cruda realidad. Debería ir con ella para ayudarla a reunir a los humanos, compartir conocimientos y tácticas y llevarlas de vuelta a los elfos. Eran más fuertes juntos. Levantó su rostro hacia el sol. Cada despertar en su vida había sido dedicado a una cosa: destruir dragones. Su objetivo había sido la reina. Ahora que estaba muerta, su propósito aún estaba claro. Seguir asesinando hasta que no quedaran 120

más dragones que ensangrentaran su espada. Era el deber de un asesino. Su deber. El deseo era una melodía en su sangre. Eso era él. Eroan Ilanea, la debilidad de los dragones. La respuesta a la pregunta de Chloe era simple. —Puedo acercarme a ellos primero, si eso prefieres —le dijo—. Esperen aquí unos días y yo regresaré con su respuesta. Aquí no hay nada para ti. —Muy bien —accedió—. Esperaré por su respuesta. Dos días. Chloe suspiró, claramente aliviada y se acercó hacia donde se encontraba Lysander, extendiendo su mano. —Hiciste lo que ningún otro dragón hizo. Me hiciste ver a tu especie como algo más que solo monstruos. Lysander se irguió y miró la mano que le ofrecía, luego la tomó y le dio un firme apretón, pero cuando ella trató de retirarla, la sostuvo y le habló en voz baja. —Tus monstruos son reales y yo soy uno de ellos. —Su amplia sonrisa y el repentino brillo en sus ojos la sobresaltaron lo suficiente como para alejar su mano de un tirón y retroceder rápidamente, se despidió de Eroan con un asentimiento y se marchó río arriba hasta que su figura desapareció entre los árboles. —¿Por qué la asustaste? —preguntó Eroan. Habían viajado juntos por dos semanas y en todo ese tiempo, Lysander había sido la pura imagen de la amabilidad con Chloe, incluso cauteloso con la humana. No había dado señales de amenaza, ni nada que lo sugiriera. Todo lo contrario, había sido un modelo de la paciencia, incluso sumiso de una forma preocupante. Hasta ahora. Eroan tenía su propia teoría, pero quería escuchar la verdad de Lysander. El dragón estrechó su mirada ante la luz irregular que despedía el agua. —Eso la mantendrá viva. Siempre protegiendo a otros. Y aun así nadie lo había protegido a él. Eroan examinó a este hombre en la brillante luz del día. Cualquier signo de su oscura experiencia se había desvanecido de su exterior. Había parchado y limpiado su ropa durante el camino, le volvían a quedar cómodamente alrededor de sus anchos hombros y poderosos brazos. Si algo había cambiado en él eran los bordes afilados de su mirada y el tono cortante en sus palabras. Su sonrisa, que antes solía aparecer fácilmente, ahora era algo casi imposible. El bronce lo había dañado, tanto que era obvio, pero, ¿qué tan profundas eran las grietas? 121

Eroan se bajó de la roca de un salto y recogió la rama de un avellano de casi un metro de largo, probablemente arrastrada por el río durante las últimas lluvias. Rompió las ramitas que sobresalían y la arrojó a Lysander sin dar una advertencia. El dragón la atrapó en el aire y arqueó una ceja. —¿Cómo están tus heridas? —preguntó Eroan. Lysander movió su hombro derecho, estirando su costado herido. —Mejor. Eroan enterró su espada de dragón en la tierra, recogió una segunda rama más larga y la rompió con la planta de su pie. Ahora que la rama era más corta, la levantó con ambas manos, probando su peso y le dio un par de giros de una mano a la otra. —¿Eso crees? Recobrando toda su atención, Lysander se deshizo de su chaqueta y la tiró al suelo, volvió a reforzar su agarre en la rama de avellano, afianzando sus dedos alrededor del tallo. —¿Las reglas? —El que sangre primero. La ceja del dragón se curvó de nuevo y mostró una sonrisa ladeada. —¿Estás seguro que quieres probarme? La última vez que peleamos, pateé tu… Eroan embistió con rapidez, balanceando la rama por debajo para obtener un amplio arco inclinado ascendente que, de haberlo golpeado, se hubiera roto contra la parte inferior de la quijada de Lysander y probablemente habría finalizado la batalla antes de que comenzara. Pero Lysander era rápido y Eroan no lo había olvidado, y mientras el dragón parecía girar su cuerpo lejos del ataque, él atacó con su propia rama hacia abajo, utilizando ambas manos y bloqueando el ataque de Eroan con un sonoro crac que mantuvo su arma inmóvil. Los ojos del dragón se habían vuelto más oscuros y se mantuvieron fijos en Eroan por unos momentos en donde el único sonido fue el burbujear del río y la respiración de ambos. —¿Te rindes? —Hiciste una mueca de dolor. —Eroan se alejó, dando un paso atrás—. Aún no estás bien. —No es cierto, elfo. El sol me dio en los ojos. —Tal vez otro día. —Eroan le dio la espalda manteniendo sus orejas erguidas. El 122

torpe caminar del dragón lo delató. Eroan giró, bloqueando la estocada de Lysander y luego usó su propio ataque para empujar el tallo contra el muslo de Lysander. Si hubiera apuntado con el fin de lastimarlo, le habría apuñalado en donde sabía que el príncipe estaba herido y no habría fallado, pero el choque en su muslo fue suficiente para sacarle un siseo de entre sus dientes y forzarlo a dar un paso atrás. Lysander giró la rama y comenzó a rodearlo, su sonrisa se hizo más grande. —¿No te gusta que te digan que no, príncipe? —inquirió Eroan. —Solo estoy calentando. Ha pasado un tiempo desde que use una rama para golpear a un elfo. Eroan entrecerró los ojos. ¿Con que así sería? Tal vez no volvería a ir tan despacio contra el príncipe. —He querido preguntarte… ¿a cuántos elfos has asesinado personalmente? La boca de Lysander dio un respingo. —Bueno, si continúas mandándolos a las murallas de mi torre a jugar, los números pronto incrementarán. ¿A cuántos dragones has asesinado tú? Eroan mantuvo su rostro inexpresivo. —No los cuento. Un dragón muerto es algo bueno. —Tenemos esa creencia en común. —La oscura risa de Lysander tiró del peligroso hilo de deseo que Eroan había estado negando dentro de sí desde que vio al príncipe dormir y sanar, desde que había lavado la herida en el costado de Lysander y con suavidad, había recorrido sus musculosos abdominales con sus dedos, tocando lo prohibido en secreto. Había comenzado como algo insignificante, como pura curiosidad. Lysander había estado frío y con fiebre, y Eroan solo había pretendido limpiarlo y curar su herida. Pero lo que sintió mientras veía dormir al príncipe fue más que curiosidad. Tocarlo había sido una atracción visceral, una profunda necesidad y una estupefacta atracción que le había robado el aliento. Y había estado mal, él lo sabía, no solo porque Lysander no estaba consciente, sino porque se había sentido tan bien negarse a sí mismo tal perverso deseo. El mismo parpadeante deleite acortaba sus respiraciones en este momento: lo prohibido, lo equivocado. Había echado raíz en él cuando la reina lo había mantenido amarrado y la astuta boca de Lysander había trabajado para convertirlo en una criatura jadeante de necesidad. Esa raíz perversa seguía enroscada en su interior, creciendo, alargándose y convirtiéndose en algo más, queriendo algo más. Lysander era el enemigo. Y Eroan nunca había querido tocar, 123

probar y explorar a alguien tanto como lo deseaba con él. Aquí no hay nada para ti. Pero tales deseos no podían hacerse realidad. Canalizó su necesidad en otro lugar, en este momento. Era tan bueno como cualquier otro y podría ser el último si los humanos le daban la bienvenida. Lysander atacó girando sobre su propio pie y balanceándose en el aire, descendiendo la rama como una cuchilla. El corazón de Eroan titubeó, su adrenalina se disparó en el último segundo, conduciéndolo a apartarse. Chasqueó su arma en un contraataque, bloqueando un segundo golpe desde arriba, pero estaba desbalanceado y la playa era rocosa. Se tropezó. La rama de Lysander se rompió al chocar contra su hombro, asestando el golpe. Eroan retrocedió, manteniendo distancia y espacio entre ellos para traer el arma devuelta a su control. La sonrisa entreabierta de Lysander era igual a la que los dragones mostraban antes de matar. Apenas y le dio tiempo suficiente a Eroan para recuperar el aliento y balancear la rama en un innecesario movimiento ostentoso, uno del cual Eroan tomó ventaja para apuñalar al príncipe en el estómago y patearlo con fuerza, haciendo que se tropezara. Pero Lysander era del tipo que no dejaría que un pequeño tropezón le hiciera caer. Tomó el desbalance a su favor, embistió con un golpe bajo y balanceó el tallo del avellano hacia la rodilla que equilibraba a Eroan. Eroan cayó, clavó la rama en la playa y gateó rápidamente hasta que se dio cuenta que su rama ya no estaba, Lysander se la había arrebatado. De repente, Eroan se encontró sobre su espalda, mirando el largo del tallo de avellano que estaba presionado contra su garganta y los ojos del dragón llenos de astucia y deleite. —Aún soy asombroso, elfo. La batalla había durado segundos. Pero no había terminado. Eroan rio. —Fui suave contigo. —Ese fue tu error. —La mirada de Lysander descendió y la rama cambió, moviéndose lejos de la garganta de Eroan mientras la atención del príncipe viajaba hacia abajo, al fuerte pecho de Eroan. Eroan esperó, absorbiendo la cálida mirada en los ojos de Lysander como si se bañara en el sol. Luego, cuando estaba seguro de que el dragón estaba completamente 124

distraído, tomó la punta de la rama de Lysander y le dio un empujón, asestando la empuñadura en su nariz. La sangre comenzó a fluir. Lysander bramó una grosería y retrocedió en un tambaleo, perdiendo su rama en el agarre de Eroan. Sus manos cayeron a su nariz destrozada. —¡Sangdos dioges, elmfo! —Miró a Eroan y escupió sangre sobre las rocas. —El que sangre primero —le recordó Eroan, volviendo a ponerse de pie. La mirada entrecerrada de Lysander se movió a la derecha a la roca en la que Eroan había estado descansando antes y a la espada. El pecho de Eroan se contrajo. No se atrevería… Lysander se lanzó hacia la espada. Eroan atacó, el peligro se volvió repentinamente inminente y Lysander tuvo la espada en sus manos. La balanceó, cortó la rama en un parpadeó y arrinconó a Eroan contra la roca con la punta de la cuchilla hacia él. Los ojos verdes del príncipe habían perdido todo el brillo de diversión. No había nada más que frialdad y despiadado control. Eroan levantó sus manos y se recargó contra la roca. Aun así, la espada acortó la distancia. Su filo se apretó contra su cuello, amenazando con cortarlo. Lysander cambió su agarre, levantando su codo e inclinándose aún más. La sangre descendía por su nariz, rodeando su boca y bajando por su barbilla. Detrás de la humedad escarlata, se asomaron unos dientes blancos. —¿Por qué estás aquí? —preguntó Lysander, acercándose más. Ya habían estado así antes. Hacía meses. En la habitación de la reina. La atención de Eroan había estado en asesinar a la reina. Ahora… ahora no sabía por qué razón estaba peleando o porqué estaba ahí, no realmente. Desde que la frontera bronce cayó, había estado perdido. —Dímelo —gruñó el príncipe dragón. Su muslo chocó contra el de Eroan, entonces la firmeza de sus caderas lo aprisionaron hasta que no hubo nada más entre ellos que la espada y la sangre. Una pequeña gota descendió como un cosquilleo por el cuello de Eroan. —Que hayas venido aquí… —Lysander inclinó su cabeza, atrayendo su barbilla sobre la espada, su cara estaba a centímetros de la de Eroan—, no tiene sentido. Eroan apretó sus dientes. La respuesta era una que no podía decir, una que no entendía, pero Lysander tenía razón, no tenía sentido. 125

—¿Por qué? —bramó Lysander. Eroan probó la sangre en el aire, sujeto como estaba, sofocado por el dragón, todas las partes de su mente que estaban enterradas comenzaron a volver, perturbando el pasado, trayendo de vuelta los horrores de su tiempo en la torre de vuelta a la superficie. Pero el calor que recorrió sus venas no tenía nada que ver con el miedo o la ira y cuando Lysander desenfundó sus dientes en un gruñido de advertencia, Eroan abrió sus labios necesitando más aire. Cuando Lysander inclinó su cabeza y acarició su mejilla contra la de Eroan, perdió el control de sus pensamientos con la poderosa sensación de tenerlo tan cerca. La sangrienta boca de Lysander rozó la mejilla de Eroan y descendió aún más, acariciando el contorno de su boca. —¿Qué quieres de mí?

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CAPÍTULO 18

LYSANDER

Traducido por Achilles Corregido por Samn Poseer, tomar, morder, follar. Cada necesidad latía al ritmo de su corazón. Poseer, tomar, morder, follar. El dragón estaba demasiado cerca de la superficie, enturbiando sus pensamientos. Y el elfo estaba haciendo todo mal. Incluso ahora, todavía luchaba, su maldito silencio era como un rayo que embestía cada vez más profundo, conduciendo a Lysander hacia la locura. Su propia sangre empapó su lengua. El olor se mezclaba con el chorrito de sangre que descendía por el cuello de Eroan, hacia su desordenado cabello rubio trenzado en un hombro. Inclinando la cabeza, inhaló su aroma, atrayendo a Eroan profundamente a sus sentidos donde la sensación de él chisporroteó, conduciendo a su excitado pene rápidamente hacia una dolorosa erección. La espada entre ellos fue lo único que le impidió actuar sobre las rabiosas necesidades que lo destrozaban. Poseer. Tomar. Morder. Follar. Empujó sus caderas, mordiéndose el labio mientras la presión se frotaba de la manera adecuada. Sin la espada entre ellos, esto no habría sido tan civilizado. El cuerpo duro y poderoso de Eroan comenzó a temblar y Lysander hizo todo lo que pudo para no lanzar la espada y follarlo, lo quisiera o no. Se dio cuenta que era una locura. Una peligrosa locura. Él no era Dokul. No era su madre.

No era un degenerado bronce que tomaba lo que quería como un animal rabioso. Oh, pero podría serlo. Quizá debería estarlo. ¿Acaso no le había sucedido todo lo malo porque había luchado contra su naturaleza? ¿Y si cedía… si dejaba de luchar… y se convertía en lo que todos esperaban que fuera? Su boca estaba en la mandíbula de Eroan, justo debajo de su oreja. Si apartaba la espada, podría hundir sus dientes y poseerlo, hacer lo que su cuerpo deseaba tan desesperadamente. Poseer. El río de sangre Tomar. La furia anhelante. Morder. El alma en agonía. Follar. Las demandas de sus instintos. Convertirse en lo que nunca había sido, convertirse en un dragón en todos los sentidos. Pero la espada estaba allí… una espada que alguna vez había sido suya. Una de las dos que había creado del cadáver de su hermana. Una hermana, tan ligera, tan llena de esperanza. Amalia. Unas espadas que había tenido en su poder constantemente, espadas que había guardado para recordarle cómo podía ser, cómo debería ser, que no importaba el peso de la oscuridad que lo abrumara, nunca podría dejar que lo asfixiara. Por Amalia, por su propia alma, si es que tenía tal cosa. Rompió los grilletes forjados de deseo y se alejó de Eroan, arrojando la espada a la roca. Esta traqueteó y rebotó, haciendo sonar una alarma. Necesitaba moverse, escapar, matar, follar, hacer algo para no volverse loco. Antes, habría subido a los cielos, batiendo sus alas y volaría hasta que no quedara nada de locura que lo persiguiera. El único escape era el bosque. Salió de la playa dudando ante el ruido que llegó detrás de él. —¡No me sigas, elfo! Te mataré si lo haces. No miró para saber si Eroan le hizo caso. La advertencia era suficiente y lo decía en serio. Tropezó, en dirección hacia los árboles, donde el aire era más fresco y la luz del sol, fugaz. Se dejó caer contra un árbol, gruñó de dolor. Sus músculos y su 128

sangre hirvieron. Quería salir de su piel, moverse y rugir al mundo. ¿Qué le había hecho Dokul? Pero no todo era culpa de Dokul. Antes… hubo ocasiones en las que había necesitado la liberación o temía en lo que podría haberse convertido sin ella. Con Mirann, la había follado porque la habría matado si no lo hubiera hecho. Había matado a Elisandra y en ese momento, no había reconocido quién era. Dejó caer su mano y ahuecó su implacable erección, jadeando cuando el deseo inundó su ingle y vació sus pensamientos de toda la mierda. Con los ojos cerrados, el sabor de la sangre en su lengua y la imagen de Eroan firmemente alojada en su mente, liberó su miserable miembro y lo rodeó con su mano. Carajo. Necesitaba que la locura se rompiera, para que lo liberara y finalmente pudiera pensar. Rápidamente comenzó a salir precum, aliviando sus esfuerzos por aprovechar el placer. Solo hazlo. Poseer. Tomar. Morder. Follar. Santas estrellas, las cosas serían mucho más fáciles si él fuera como el resto de su puta progenie amatista. Pero no quería ser como ellos… Recordó su boca en el pene sedoso de Eroan, se imaginó al elfo arqueándose debajo de él, hundiendo su pene más profundamente en la garganta de Lysander y recordó el sabor de su necesidad. La lujuria se tensó hasta el punto de ruptura y Lysander se imaginó estando en el río, cómo habría sujetado al elfo y follado con él de todas las formas posibles, haciéndolo correrse y pidiendo más a gritos. El placer se acumuló en sus momentos finales, la mano de Lysander se movió con más y más fuerza, hasta el punto del dolor. Y luego unas oleadas de éxtasis alucinantes estallaron por su columna vertebral, derramando brotes de esperma caliente en el suelo del bosque. Poseer. Su pene palpitó. Tomar. Su corazón latía con fuerza. Morder. Sus caderas no dejaban de temblar. Follar. Su mente se aclaró, dejándolo en la realidad de lo cerca que había estado de destruir la única cosa en este miserable mundo que amaba. Eroan Ilanea.

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Chloe regresó un día después y habló con Eroan junto al río donde el sonido de la corriente ahogaba sus voces. Lysander se recostó en una roca bronceada por el sol, resignándose al hecho de que Eroan se iría con ella, como debería hacer, especialmente después de que Lysander había mandado a la mierda su no tan amigable sesión de entrenamiento el día anterior. Al menos Eroan no lo había visto masturbarse en el bosque como un bronce salvaje. La ansiedad mordía sus nervios y con ella, el latido de su corazón, como el pánico, comenzaron a crecer. Conocía las señales. Pelear o volar. Desde Dokul, todo su cuerpo había sido un traicionero naufragio de enfermedad, duda, debilidad y un montón de otras cosas con las que había lidiado una vez bebiendo una gran cantidad de vino o aguamiel, no era quisquilloso. Crees que conoces el salvajismo. No tienes ni idea. Una nube avanzaba pesadamente frente al sol, enfriando el aire primaveral. Lysander volvió la cabeza y vio a un elfo y una humana discutir su futuro. No estaba tan mal. Había otros dragones en esta tierra. De vez en cuando había captado su ligero aroma en la brisa. Olían diferente a los amatista y a los bronce. Pero no lo suficientemente cerca como para preocupar a esos dos. ¿Quizá estos dragones estarían dispuestos a aceptar a un príncipe amatista perdido? O tal vez podría fingir ser un exiguo y esconderse entre los rangos de trabajo. Era más fácil decirlo que hacerlo con escamas tan verdes como la hierba. En este momento, no tenía muchas otras opciones. Chloe y Eroan se abrazaron y el corazón marchito de Lysander dio un vuelco. Esto sería todo, se irían juntos y tal vez algún día ella haría algo además darle esa mirada que a veces le dirigía a Eroan cuando él no estaba prestando atención. Maldita sea, Lysander bien sabía que probablemente le daba la misma mirada a Eroan con la misma frecuencia. Observó a la guerrera humana alejarse mientras que Eroan se quedaba atrás. Sin duda la seguiría más tarde. Los humanos serían tontos si lo rechazaban. Eroan se giró y Lysander fingió estar absorto mirando los cielos mientras notaba la aproximación de Eroan sobre las rocas por el rabillo del ojo. Lysander admiró descaradamente la vista que probablemente nunca volvería a ver después de hoy. El elfo se movió como si supiera que su cuerpo era un arma y que cada centímetro de él podía matar. Ayer se había portado bien con Lysander, antes de que las cosas… se 130

complicaran. Ese había sido su error. Nadie podía ser suave con un dragón porque atacaría y te comería. Cuando la nube se despejó y la luz del sol volvió a entrar en el arroyo, ese mismo resplandor iluminó el cabello casi blanco de Eroan trenzado en una cola gruesa, había un par de mechones sueltos aquí y allá. Sus ojos azules eran penetrantes y brillaban con inteligencia. Lysander iba a extrañar esa vista. —¿Cuándo te vas a su campamento? —Movió su cabeza y observó a Eroan levantar la espada de dragón, admirando la dura línea de sus muslos, caderas y trasero debajo de sus pantalones ajustados. —No iré. —Eroan pateó tierra sobre la fogata, sofocando las llamas. ¿No se iría? No podía ser porque los humanos se habrían negado. —Deberías ir con ella. Eroan se enderezó y miró hacia el bosque. —Sí, creo que sí —respondió simplemente. Y con eso, se internó en el bosque por el camino por el que habían llegado hace unos días. Lysander se dejó caer de la roca y frunció el ceño ante la visión del elfo alejándose, con la espada sujeta contra su espalda y la trenza balanceándose. —¿Vienes, príncipe? Lysander mantuvo el paso firme. ¿Entonces Eroan no lo iba a dejar? Eso no significaba nada, solo que Lysander era valioso de alguna manera. Finalmente, alcanzando el trote de las piernas largas de Eroan, mantuvo su voz plana y preguntó: —¿A dónde vamos? ¿Con tu gente? —Soltó una risa ante tal locura. Como era de esperar, Eroan no respondió, simplemente siguió adelante, caminando silenciosamente sobre las raíces nudosas y zigzagueando entre los árboles. —¿A dónde vamos? —preguntó Lysander, el silencio lo estaba matando. —¿Puedes entrar a la torre amatista? —Eroan lo miró de reojo, arqueando una ceja. Parecía ser más una obviedad que una pregunta. —¿Quieres decir vivo o muerto? Porque a mi hermano probablemente no le importaría de ninguna manera. —Hay túneles, ¿verdad? Los que encontramos siempre estaban bien custodiados. No pudimos penetrarlos. —Pasó por encima del tronco de un árbol caído, completamente familiarizado con el terreno—. Pero tú podrías. 131

Lysander trepó sobre el tronco cubierto de musgo, tratando de descifrar las palabras de Eroan. La torre estaba plagada de túneles de los viejos tiempos, cuando se encontraba en el corazón de una gran ciudad humana. Esos viejos cimientos todavía estaban debajo de la superficie. La mayoría fueron cerrados, pero algunos permanecieron. Él los había usado un par de veces al visitar a unos cuantos exiguos en busca de alivio. ¿Podría entrar ahora sin ser visto? —Quizá. Eroan se detuvo, mantuvo una bota apoyada en la raíz de un árbol y vaciló. Cuando lo miró, la determinación parpadeó en sus ojos. —Supongo que tu hermano es ahora el rey amatista. —Lo es —confirmó Lysander, preguntándose hacia dónde se dirigía esta conversación—. Al menos por derecho del linaje. —La progenie amatista necesitaría más convencimiento para que Akiem siguiera siendo rey. Incluso existía la posibilidad de peleas dentro del nido, provocadas por otros amatistas fuertes que creían que podían quitarle el mando a Akiem. Lysander podía nombrar a unos candidatos de armadas que él había entrenado y que eran lo suficientemente fuertes como para enfrentar a Akiem… pero no ganarían. Su hermano no era débil. —¿Y qué piensas de eso? —Eroan lo mencionó como si fuera una pregunta simple y requiriera una respuesta igual, pero nada dentro de la progenie amatista había sido simple y los sentimientos de Lysander hacia su hermano no eran la excepción. —¿Por qué? —preguntó. —¿Te preocupas por él? Su propia carcajada lo sorprendió y un grupo de cuervos que estaban descansando en las ramas huyeron asustados y graznando. ¿Preocuparse? —¿Acaso no viste cómo vivía? —La seca acidez de su tono también fue una sorpresa, aunque no debía ser así. La expresión de Eroan no cambió. Simplemente esperó a que las emociones de Lysander se calmaran y elevó su mentón. —¿Eres leal a la corona? —¿Leal a la corona? —Un gruñido burbujeó a través de sus palabras—. Soy príncipe de sangre, pero no de corazón, eso es todo. ¿Y si me preocupo por mi hermano? —Se pasó una mano por la barbilla. ¿Por qué hacer estas preguntas ahora? ¿Qué esperaba lograr?—. Tenía una hermana. Una verdadera hermana de la misma 132

nidada de huevos, no solo una hermana de cría donde crecemos todos juntos. —Apoyó un hombro contra el árbol más cercano y miró a través de sus ramas de puntas verdes. Una ardilla saltó a lo largo de una rama y se perdió de vista—. Si no luchas con los amatistas para mantener tu cabeza por encima de la mierda, te ahogarás en ella. Ella luchó y de alguna manera, conservó su espíritu. Los ojos de Eroan se suavizaron. Movió la espada, acomodándola entre los hombros para que volviera a su lugar. La mirada de Lysander cayó a la curva de la espada, hecha de un diente de Amalia, y luego la apartó. Decirle a Eroan por qué esas espadas habían significado tanto para él ahora parecía inútil. Además, este elfo orgulloso y terco usaba bien su arma. Parecía adecuado que él la tuviera. Amalia lo habría aprobado. —Akiem la quería, creo. Al menos, tanto como es capaz de amar. Ambos solían jugar… incluso solía reír mucho en ese entonces. —Lysander hizo caso omiso de su propia frase. Eroan no quería saber cómo Amalia y Akiem habían pasado los días y las noches juntos. A él probablemente le parecía normal tener una hermana a quien amar—. ¿Tienes familia, hermanos o padres? El silencio de Eroan duró tanto que pareció que no respondería. —No. Cierto, Eroan le había dicho antes que los asesinos de la Orden no tenían contacto con sus seres queridos con el objetivo de poder dirigirse voluntariamente a la muerte. —Tenía una familia —agregó Eroan—. Recuerdo la risa de mi madre. Y un hermano menor que llevaba en brazos… pero nuestra casa fue destruida. Solo yo sobreviví. Mi pueblo, mi gente, ahora son mi familia. Por la forma en que habló, Lysander sintió que se trataba de información que Eroan no ofrecía fácilmente. Y la resguardó como una gema preciosa. No costaba mucho imaginar lo que había destruido a la familia del joven Eroan. Al joven y huérfano Eroan, quien había sobrevivido y prosperado entre los de su propia especie. Lysander envidiaba a los elfos y sus feroces instintos protectores. ¿Qué se sentiría estar rodeado por personas que te quieren y se preocupan por ti? —Mi madre comenzó a creer que Amalia era la favorita de Akiem —continuó Lysander—. Ella planeaba que Amalia siguiera el linaje amatista, pero ella no se sometió. Elisandra la lisió, le aplastó la pierna delantera y la exilió. Fue una sentencia 133

de muerte. Igual que mi ala. —Lysander esperó al estremecimiento de Eroan, pero no se produjo ninguno. En cambio, escuchó, atento y sin inmutarse—. Me encontré con su cadáver semanas después mientras patrullaba. Su muerte, más que todas las otras cosas con las que lidiamos, rompió a Akiem. Eroan procesó la información, su mente audaz probablemente la dobló y almacenó para su uso posterior. No había olvidado que este elfo había hecho de su vida el propósito de matar dragones. En el pasado, Lysander también le había contado muchas cosas a Eroan. No le habían importado las consecuencias entonces y ahora menos. —Me preguntaste si me preocupo por mi hermano. No es tan simple. A los dragones no se preocupan. Pensamos por etapas, en cómo podría usar a esta criatura a mi favor. No quiero matar a Akiem, pero él sí me mataría. Debe hacerlo, si quiere que el nido lo respete. Por eso dejó la torre y llegó a la frontera bronce. —Te está buscando —le dijo Eroan—. Pudo rastrearme y a Seraph también. Exigió saber dónde te retuvieron los humanos… —¿No le dijiste? La ceja izquierda de Eroan se arqueó todavía más. —En ese momento creí que estabas muerto. —Cierto, ordenaste que me mataran. Y ahí estaba de nuevo, esa mueca de dolor y un pequeño tic en su mejilla. Era un claro indicio de que podía lastimar al elfo. Lysander sonrió al verlo. Eroan no era tan invencible como creía. —¿Seraph está viva? —Eroan asintió y Lysander suspiró, aliviado—. Ella me agrada. Su espíritu es tan… —¿Me ayudarás a poner fin a esta guerra? Lysander casi soltó una carcajada. Tosió y apretó los dientes. ¿Este elfo había perdido la razón? —¿Cómo lo harás? Hay mil dragones en esa torre e innumerables otros en territorios cercanos. Bestias salvajes e inconmensurables en el norte. Cientos de miles en tierras iguales a esta. —Y yo tengo a su príncipe justo aquí. Definitivamente había perdido la razón. —Teniendo en cuenta el problemita que es Akiem, mi progenie nunca me ha 134

visto como una figura de autoridad. Tú viste cómo era mi vida con Elisandra. Pero Eroan no se rendiría tan fácilmente. Tenía esa misma determinación de piedra que lo había ayudado a sobrevivir meses de tortura. —Tú dirigías a sus armadas en la batalla —repuso—. Tu reputación como su luchador más fuerte aún sigue invicta. —Eso es diferente. —Lysander se apartó del árbol—. Eran tiempos diferentes. Yo era diferente… —Eroan, ¿por qué no lo entendía? ¿Acaso no recordaba que Elisandra lo había vendido a los bronce como un animal para que se reprodujera? No era el mismo príncipe amatista que había luchado contra Eroan fuera de la puerta de Elisandra. Dokul lo había aplastado en el suelo como un maldito clavo cuando atravesaba una tabla. Cualquier autoridad que hubiera tenido se había esfumado hace mucho. E incluso pensar en enfrentarse a su nido tras lo ocurrido, le daba ganas de vomitar el desayuno de bayas y pescado. —Es una oportunidad —insistió Eroan—. Lo que es más de lo que tenemos ahora. Entonces, ¿me ayudarás? Lysander negó con la cabeza, siendo más un reflejo que una respuesta, pero Eroan no había terminado. —La dragona Carline dijo que tú eras el futuro. Ella me dijo que te protegiera. Yo pensaba que estaba chiflada, pero tu camino continúa cruzándose con el mío, una y otra vez. Alumn sabrá sus razones y me niego a seguir ignorando las señales. —Alumn, ¿eh? —Lysander deseó sentir esa misma fe hacia alguien—. ¿Carline te dijo que soy el futuro? —La vieja dragona había dicho puras tonterías durante toda su vida. Palabrerías sobre el potencial y el destino. Siendo sincero, él llegó a creer que todo era una mierda y que solo lo estaba molestando porque no tenía nada mejor que hacer. —Vuelve conmigo —le rogó Eroan. Lysander hizo una mueca por el molesto agujero de preocupación que sentía en su pecho. Esto era una locura. —Tu gente me matará tan pronto me vea. Tu amiga que estaba en el bosque, ¿la recuerdas? Me habría matado si Elisandra no… ya sabes… se la hubiera comido. —Lo recuerdo muy bien, dragón. —Eroan apartó la mirada—. Si mi gente quiere que vuelva, primero tendrán que escucharme. No digo que será fácil. No lo será. Pero son personas razonables. 135

¿Por qué el repentino interés? Llevaban semanas caminando y ahora, de repente, ¿volverían sobre sus pasos? —¿Qué te dijo Chloe ¡Ahí! Un destello curioso regresó a sus ojos. Frustración, ira, Lysander no estaba seguro. —Los humanos están dispersos —respondió Eroan—. Cualquier oportunidad de crear una fuerza de resistencia está a meses de distancia. Ya estoy harto de esperar a que otros decidan cuándo morimos y para qué. Tengo una oportunidad aquí y ahora… —Fijó su mirada audaz en Lysander—. Tú. Lysander se atrevió a fijar su vista por un largo rato en esos intensos ojos de elfo, luego parpadeó y apartó la mirada. —¿Quieres usarme para llevar a tus guerreros a la torre? ¿Eso es lo que me estás pidiendo? —Estoy pidiendo tu ayuda para evitar que tu especie elimine a los elfos y humanos de este mundo. Será tu elección interpretarlo como gustes. Al decirlo así, lo hacía sonar como una especie de profecía del destino, como si realmente pudieran cambiar al mundo, solo ellos dos. Ahora entendía por qué los elfos lo seguían. Podría haberle dicho a Lysander que se diera la vuelta y cerrara los ojos, y él lo habría considerado. El elfo tenía una forma de ser que inspiraba a otros a actuar, les hacía querer seguir su ejemplo. —Lo harás con o sin mí, ¿no es cierto? Si llevaras a tus altivos, o como sea que le llamen a sus armadas, hasta la torre, los guardias los atraparán y matarán a todos. Lo sé porque los entrené para hacer exactamente eso. Eroan no respondió, pero algo parecido a la admisión le hizo apartar la mirada. Y ahora Lysander podía ver por qué lo habían expulsado de los infames asesinos de la Orden. Eroan haría lo que fuera necesario para ganar. Sacrificaría hasta lo imposible sin importarle el costo e iría a los confines del mundo mientras los demás se quedaban por el miedo. Lysander rio entre dientes, comenzando a caminar otra vez y dejando a Eroan detrás de él. —¿Alguna vez dejarás de subestimar a la muerte, Eroan Ilanea? —Soy un Asesino de la Orden, la muerte es mi vida. —Su respuesta se sintió muy cercana a él. 136

Por supuesto que lo era. —Carajo, elfo, harás que me maten. —¿Me ayudarás? La idea de decir que sí animó a su corazón apesadumbrado. No podía recordar la última vez que había tenido una respuesta tan clara en su mente y una decisión tan acertada. —¿Quieres que cancele todos mis deberes de mi agenda obviamente ocupada para ayudarte a detener la guerra? —Por todos los cielos, príncipe, si tienes algo mejor qué hacer, vete y hazlo — le dijo y su voz suave y burlona, alimentó una línea directa a esa parte salvaje del cerebro de Lysander que tanto deseaba pasar cada hora que le quedaba de vida con alguien que había pasado toda su existencia perfeccionando sus habilidades para matar a dragones como él. Esa misma persona lo había abrazado en un momento en el que no necesitó nada más para sentirse seguro. —Te ayudaré. —Lo dijo y supo de inmediato que era la decisión correcta. Carline, dondequiera que estuviera esa vieja bruja, se estaría riendo a carcajadas del príncipe amatista que estaba a punto de seguir el loco plan de un elfo para poner fin a una guerra interminable—. No se me ocurre otra cosa que prefiera hacer. —Ni a otra persona con quien prefiera estar. Estaba bastante seguro que esta decisión haría que lo mataran, pero no había nada ni nadie más por quien moriría con gusto.

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CAPÍTULO 19

EROAN

Traducido por Achilles Corregido por Ella R Corrección final por Samn Las grandes olas tronaron contra las sobresalientes rocas costeras. Cruzando la extensión de agua de aspecto furioso, la tierra de Eroan chocaba en el horizonte. Había viajado por una distancia parecida un par de veces, pero en bote. Y aquí no había botes. Solo unos escombros que tal vez serían suficientes para hacer una balsa, pero eso llevaría demasiado tiempo. —¿Puedes volar, elfo? —Lysander sonrió, aparentemente divertido por el tramo de agua que impedía que siguieran su camino. —¿Y tú? Lysander soltó una suave risa y el sonido suave y ondulante desencadenó una pequeña cascada de aleteos en el vientre de Eroan, era el tipo de reacción que llevaba a distracciones errantes y pensamientos prohibidos. Entonces haría una balsa. Pero no esta noche, el cielo era de un tono sangre. Solo quedaban unas pocas horas de luz del día y era mejor aprovechar el tiempo para hacer un campamento. —Sabes… —Lysander se rascó la nariz y le dio a Eroan una mirada perversa que decía que no le gustaría lo que estaría por decir—. Puedo nadar. Y morir.

—Son millas de distancia —espetó Eroan—. Tener que nadarlo casi me mata. Lysander puso los ojos en blanco. —Obviamente no como hombre… Oh. Era probable que los dragones pudieran flotar y dado lo que había presenciado del físico de Lysander como dragón, tenía la fuerza. —¿Y cómo se supone que voy a cruzarlo yo? —¿Quieres que te lo deletree? —Lysander se agachó y recogió una piedrita, arrojándola después hacia las agitadas olas—. Supongo que nos tomará unas horas del amparo de la oscuridad. Si te subes detrás de mi cresta, estarás protegido de las olas. Intentaré… —Haré una balsa —lo interrumpió. Sería más fácil que… lo que sugirió Lysander. Solo tomaría juntar unas pocas tablas y algunas redes desenredadas de pesca. Todo lo que necesitaba estaba aquí. Comenzó a buscar los escombros entre las rocas e ignoró a su corazón palpitante. —¿Tienes miedo de acercarte a un dragón sin apuñalar tu espada en él? Las palabras detuvieron en seco a Eroan. Se giró y vio a Lysander lanzando más piedritas al oleaje burbujeante de forma calmada. —Y tengo mis razones. Lysander le lanzó una mirada juguetona, del tipo que anhelaba seguir probando su suerte. —No muerdo. A menudo. —Se enderezó y se sacudió la arena de las manos—. Si hubiera querido comerte… —Su boca reprimió una sonrisa—. Lo habría hecho en el nido cuando no estaba en mi sano juicio. En ese momento, te veías exquisito. ¿Miedo? Eroan ajustó la espada en su espalda. No tenía miedo, sino un saludable deseo de seguir con vida, provocado por la mirada curiosa y juguetona en los ojos de Lysander que hizo que Eroan se preguntara si estaba a punto de arrepentirse de aceptar su oferta. —¿Puedes nadar esa distancia? —La costa opuesta estaba muy lejos y el agua era traicionera. —¿Acaso dudas de mi palabra? No, solo de mi propia cordura. —Y se supone que solo deba… ¿trepar? —Haces que esto sea más difícil de lo necesario. —La sonrisa de Lysander le 139

daba la bienvenida al peligro—. Estamos perdiendo el tiempo. Di que sí y cambiaré. Lysander no era un dragón pequeño. Desde lo sucedido en el nido de los bronce, Eroan no había parado de soñar con el momento en que estuvo de pie frente a Lysander como dragón, con la mano extendida sobre su nariz y viendo de frente la conmoción en el rostro de su criatura interior. —¿Estás seguro que quieres hacerlo? —El toque había sacado a Lysander de la locura asesina que se había apoderado de él. ¿Y si se volvía salvaje a la mitad del camino por el canal? ¿Y si decidía que ya no le gustaba que un elfo se aferrara a su nuca? —Siempre y cuando no tomes esa espada y me la claves en el cráneo, sí. Si quieres confiar en mí, debes confiar en todo lo que soy. Soy un dragón, eso nunca va a cambiar. ¿Tengo tu palabra de que no me apuñalarás, elfo? Detrás de la corona estaba el punto más vulnerable del dragón. Uno que Eroan había explotado innumerables veces. Le había enseñado lo mismo a docenas de elfos. Y ahora estaba a punto de subirse a un dragón y permitir que lo llevara a través de una enorme extensión de agua durante un par de horas. En la oscuridad. Sin barco ni nada que lo ayudara a flotar. Si Lysander se volvía contra él, estaría en el lugar más ventajoso para asegurarse que su muerte no fuera tan cruel. Eroan recordó una historia de cuando era joven. Un zorro y un escorpión querían cruzar un río. El escorpión pica al zorro a medio camino y ambos mueren. Eroan le había dicho a Curan que la historia era terrible. Pero ahora tenía mucho sentido, aunque no estaba seguro de qué bestia era Lysander. El escorpión, quien los condenaría a ambos porque estaba en su naturaleza matar, o el zorro que confió en un asesino. Quizá ambos eran escorpiones. En cuyo caso, esto no terminaría bien. Todo se reducía a una sola cosa: la confianza. Si iba a confiar en Lysander para ayudar a su gente, entonces tendría que confiar en él por completo, no solo como hombre, sino también como dragón. Este cruce era el momento perfecto para poner a prueba esa confianza. —Está bien. No te apuñalaré, siempre y cuando no trates de matarme —aceptó Eroan—. Cambia entonces, dragón y hagamos esto. No estaba preparado para la explosión de poder que vino después. Ningún humano o elfo podría estarlo. La combinación de la luz, la presión repentina contra sus oídos y el crepitar de energía erizó el vello de su cuello y brazos, y el escalofrío 140

que recorrió su columna vertebral. La llamaban magia, pero nunca se podía explicar por completo. Simplemente existía, como el calor del sol que alimentaba el alma de Eroan o el cambio de estaciones. Y luego, por supuesto, la bestia se alzó sobre él. Las escamas de Lysander parecían casi negras ante la luz desvaneciente, pero sus ojos reflejaron el resplandor tenue y lo refractaron, haciéndolos brillar en verde. Eroan resistió el impulso de blandir su espada. Solo es un dragón. Había visto muchos de ellos. La reina lo había cargado entre sus garras. Él había matado a docenas. Y este era Lysander, el príncipe que lo había protegido, incluso si ahora se parecía a la pesadilla de todos los elfos. Lentamente, Lysander bajó la cabeza, plantando suavemente su barbilla bigotuda sobre las piedritas y resopló por la nariz, indicando que estaba listo. Eroan había escalado colinas más pequeñas que esta. La corona a la que se suponía que se iba a sujetar, era una cresta de hueso puntiagudo que brotaba de su cuerpo con una apariencia aterradora. La de Lysander era una de las más impresionantes que había visto. La parte de atrás, además de ser el punto más vulnerable, también era el más protegido, al menos por delante y por ambos lados. Lysander resopló de nuevo y arrastró su vientre más abajo, sobre la arena, tratando de hacerse más pequeño. Eroan agradeció el esfuerzo, pero la idea de escalar un dragón no se volvió menos abrumadora. Caminó a lo largo del hocico de Lysander, pasó junto al enorme ojo verde esmeralda con su pupila ancha y oscura que seguía todos sus movimientos, y se detuvo detrás de la curva de su mandíbula. La cresta de hueso seguía el ángulo de la mandíbula hacia arriba y sus puntas se hacían progresivamente más grandes a medida que subían. Eran solo unas horas. ¿Qué tan malo podría ser? Tocó una escama del doble del tamaño de su mano y el calor empapó su palma. Presionó su otra mano y su toque acarició la superficie escamada a propósito, notando las protuberancias y las secciones lisas y pulidas. Un profundo estruendo comenzó a surgir de algún lugar dentro del cuerpo de Lysander. No era un gruñido, sino un sonido más suave. ¿Un ronroneo? Una pequeña sonrisa se formó en la boca de Eroan. A Lysander le gustaba que lo tocaran y tenía que admitirlo, el enrejado de escamas era fascinante de cerca y el golpe sordo del enorme corazón de un dragón latía como el tambor de una aldea de elfos. 141

Lysander refunfuñó para recordarle que se diera prisa. Eroan se sujetó de la punta más baja y subió, una punta de la cresta a la vez, por la cabeza del dragón hasta llegar a sentarse a horcajadas sobre su ancho cuello. Cuando Lysander se levantó, el estómago de Eroan se hundió, el movimiento y la altura fueron demasiado repentinos y le recordó que los elfos no estaban destinados a montar dragones. Se sujetó con fuerza, aferrándose contra las escamas más pequeñas detrás de la corona y escuchó el estallido de las olas y el enorme latido del corazón de la bestia mientras Lysander se lanzaba al agua. El agua salada le cayó en la cara y las manos, entumeciendo su agarre. Su agarre se volvió más fuerte, contrayendo su cuerpo contra la parte trasera de la cresta de hueso. Si sobrevivía a esto, Seraph nunca le creería.

El cruce del canal fue relativamente sencillo, además de algunas olas rebeldes que casi lo habían tumbado, y los resoplidos y movimientos de Lysander para mantenerlo equilibrado. Lysander había sido el modelo de buen comportamiento. No fue necesario apuñalarlo. Pero escalar los acantilados debajo de la abandonada frontera bronce había sido un desafío completamente diferente. Debilitado por el viaje interminable, escalar el acantilado dejó el cuerpo de Eroan dolorido y Lysander, ahora de vuelta como hombre, no paraba de temblar. Las llamadas de dragones salpicaron la noche, manteniéndolos en movimiento, hasta que la cálida luz del amanecer se filtró a través de los árboles de hojas verdes y las llamadas se redujeron a solo uno o dos aullidos distantes. Lysander todavía temblaba, a pesar del calor de la mañana. Se la pasaba observando los cielos a través de las hojas ondulantes. Eroan se sintió avergonzado por tardar demasiado en comprender por qué Lysander se había quedado callado. No tenía nada que ver con el frío sino con los dragones que estaban en el cielo. Este era territorio de los bronce. Algunos probablemente se habían quedado, o quizá habían regresado desde que Eroan se había llevado a Lysander de su nido. De cualquier manera, Lysander no tenía frío, estaba aterrorizado. Frente a él se abría un hueco donde había caído un enorme roble, perforando 142

el suelo. Eroan lo reconoció como el campamento temporal que él y Seraph habían usado antes de que comenzara el invierno. El círculo de rocas que marcaba la fogata todavía estaba en su lugar y donde Eroan recordó cruelmente cómo sollozó en los brazos de Seraph al escuchar que su hogar se había ido y cómo había ordenado la muerte del dragón que ahora se estremecía a su lado. —Descansemos aquí. —¿Por qué desperdiciar la buena luz del día? —murmuró Lysander, pero no levantó la vista. No apartó la mirada del frío anillo de piedras, como si pudiera ver la historia que ocultaba. Su cabello se había vuelto a escapar del nudo y caía hacia adelante. Eroan luchó contra el impulso de acariciar esos mechones, de decirle que estaba a salvo aquí, que su promesa de protegerlo era en serio. —Podemos descansar un rato —dijo en su lugar. Al darse cuenta que Lysander no discutió y se dejó caer dentro del hueco, acomodándose contra la orilla, validó las preocupaciones de Eroan. Lysander estiró una pierna y dejó caer la cabeza hacia atrás, pero mantuvo los brazos alrededor de sí, cerrando los ojos. Las arduas últimas semanas se dejaron ver en las curvaturas de la boca de Lysander y la permanente arruga en su frente, pero debajo de la suciedad y el ceño fruncido, el príncipe todavía estaba ahí. En algún lado. Ya no sonreía tan fácilmente como antes, pero las que dejaba deslumbrar eran reales, a diferencia de las que le había mostrado a Eroan en la torre. Y sus ojos, cuando estaban abiertos, mostraban una fragilidad que no había estado allí anteriormente, como si estuviera caminando por el fino filo de una espada. Eroan había visto cada señal cuando Lysander lo había inmovilizado contra la roca. Se necesitaría mucho tiempo para que sanara y no sería fácil. Las palabras de Xena le recordaron una época en la que él había sufrido. Cuando vivía comportándose volátil y atormentado por la culpa incluso si Eroan no había visto las señales en sí mismo, pero ahora las veía en Lysander. Los labios de Lysander se separaron. Su respiración se hizo más profunda, como si estuviera durmiendo. La mirada de Eroan recorrió esa boca inteligente, recordando una vez más cómo la lengua y los labios de Lysander habían despertado los deseos más oscuros de Eroan en el peor de los tiempos. Un corto y repentino dardo de lujuria cortó esos pensamientos. —Voy a buscar algo de comida —dijo, sin saber si Lysander estaba despierto 143

para escucharlo. No habría lugar para pensamientos lujuriosos una vez que estuviera en casa. Los elfos no querían lo mismo que Eroan. Ellos no se sentían excitados al ser inmovilizados y amenazados por un dragón. En cuanto al resto de los pensamientos de Eroan… ¿quizá era obra de Elisandra o lo que sobraba de su poder de su tiempo en la torre? Tenía que serlo. No había otra explicación, mas que aquella que jamás podría admitir: que tal vez, sentía algo más por Lysander que por cualquier otro elfo. El hambre le anudaba el vientre. Desenfundó su espada y fue en busca de una presa.

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CAPÍTULO 20

LYSANDER

Traducido por Achilles Corregido por Samn El sol era cálido, el bosque estaba tranquilo, la brisa estaba repleta de aromas primaverales y no se escuchaba un solo rugido de dragón, los escalofríos de Lysander se calmaron. Había desestimado las miradas preocupadas de Eroan, diciéndole que era el cansancio de la travesía, pero el temblor no había comenzado hasta que había visto a los dragones en el cielo. Antes no les tenía miedo. Ni siquiera después del apareamiento o cuando Miriann le jodió la mente. Pero ahora… el terror se aferraba a su corazón y lo empapaba de sudor frío. Nadie quería tener miedo, ni sentir que su cuerpo los traicionaba y Lysander siempre lo había escondido, controlado y usado. Cualquier señal de miedo lo habría matado tiempo atrás, si lo hubiera permitido. Pero eso fue antes de estar enjaulado, antes de Dokul. Todavía podía saborear al bastardo en lo hondo de su garganta y si dejaba que los recuerdos lo arañaran, la bestia de bronce estaría dentro de él nuevamente. Tragó saliva. Se le revolvió el estómago y se le hizo agua la boca. Los escalofríos comenzaron de nuevo. ¿Terminaría alguna vez? ¿Quizá la gente de Eroan sería más amable? No podrían ser peores. Pero no se haría ilusiones. No le darían la bienvenida con los brazos abiertos. De hecho, el optimismo de Eroan parecía demasiado entusiasta. Tal vez los elfos sentían una

esperanza inherente, pero Lysander había vivido el tiempo suficiente para que su esperanza se le acabara a golpes. El hecho era que Lysander había matado a elfos. A demasiados. Y a los que no había matado, se los había entregado a Elisandra como sus juguetes. Matar asesinos, proteger a la reina, reunir a las armadas, esas eran las cosas en las que se había destacado. O Eroan lo había olvidado o se estaba engañando a sí mismo. Un olor almizclado le hizo cosquillas en la nariz. Abrió los ojos y olfateó el aire, separando los labios para llevar el sabor a través de su lengua. Lobo. Se puso en pie de un salto y se sumergió en la maleza tras Eroan.

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CAPÍTULO 21

EROAN

Traducido por Achilles Corregido por Ella R Corrección final por Samn El ciervo tenía la cabeza inclinada mientras masticaba delicadamente la hierba suave y el musgo entre los árboles. Sería suficiente carne para llenar el estómago de Eroan y Lysander para el largo viaje de regreso a Cheen. Aún no sabía cómo cocinaría la carne, pero se ocuparía de ese problema después de matarlo. Agachado y con la capucha levantada, esperó a que el ciervo se acercara. Sus orejas se movieron y un delicado casco se hundió en el musgo, avanzando lentamente un paso a la vez. De vez en cuando alzaba la cabeza y miraba a su alrededor, su mala visión nunca notó la forma inmóvil de Eroan. Se había acercado a favor del viento, evitando que su olor, una mezcla de elfo, sal marina, sudor y suciedad, lo delatara. Janna ya lo habría atrapado y matado, pero Eroan nunca sido tan paciente para crear un largo acecho. El ciervo se sobresaltó, moviendo la cabeza hacia arriba. Otro soltó un bramido y el ciervo se escabulló entre los arbustos como una flecha. Eroan bajó la cabeza. No habría ciervo para cenar. Un gruñido retumbante sonó un segundo antes de que un gran peso se estrellara contra su espalda. Su mejilla fue la primera en golpear el suelo. La grava se le clavó en la piel, raspándola. Intentó levantarse. Unos dientes se clavaron alrededor de la

parte posterior de su cuello. Estiró su mano en dirección hacia la criatura que estaba en su espalda, hundiendo sus dedos en un pelaje áspero. El lobo movió su cuerpo con brutalidad, tratando de matar a Eroan, pero la capucha que tenía entre sus colmillos se aflojó y pudo liberarse, comenzando a retroceder. El enorme lobo mordió su capucha, haciéndola trizas debajo de sus patas. Un nuevo par de ojos amarillos surgió de la oscuridad detrás de su compañero de manada. Este tenía la cabeza gacha, lo estaba acechando. Podía lidiar con un lobo, pero no con dos. Su espada resplandeció en la tierra entre él y ellos. Se había caído de su espalda cuando el lobo lo atacó. Podía elegir ir por la espada y luchar o correr hacia un árbol y esperar que lo pudiera trepar antes que los lobos le pisaran los talones. El primer lobo soltó a su presa hecha de piel y volvió su atención a Eroan. Detrás de los agudos oídos de Eroan se escuchó un suave crujido. Tres lobos. Y ahora no tenía otra opción. Se lanzó hacia adelante y agarró la espada, levantó la mirada y notó al lobo que corría en su dirección, entonces arremetió con su espada, apuñalando a la bestia en el vientre. El animal dejó escapar un gemido, enroscó su cuerpo y gruñó ante el ataque de la espada. Eroan sacó la espada y giró su cuerpo, directo a la mira de otro. Entonces llegó un gruñido diferente, era más profundo que el balbuceo de un lobo y lleno de amenaza. El lobo que miraba a Eroan se puso de cuclillas, aplastó las orejas contra la cabeza y mostró el cambio de sus ojos a un color blanco. Eroan siguió su mirada. Lysander emergió entre la maleza, con ojos feroces. Los gruñidos del dragón siguieron retumbando, no por el hombre que parecía ser, sino por su verdadera forma, mucho más grande que los lobos y el claro. Los lobos gimieron bajo el peso de la presencia de Lysander y abandonaron a su compañero de manada sangrante. Eroan se frotó la parte magullada de su cuello y se puso de pie. No le había arrancado su piel, había tenido suerte de que su capucha, que ahora se encontraba destruida, hubiera recibido la peor parte del mordisco. Lysander tenía la vista fija en la prenda y en el lobo muerto a su lado, con las manos apretadas y temblando a los costados. —Gracias. 148

Lysander se estremeció, despertando de los pensamientos que lo mantenían atrapado. Su mirada fría y seria hizo que Eroan se preguntara si la amenaza no se había ido, simplemente se había hecho más grande. Entonces Lysander se acercó, cruzando el pequeño claro en unos pocos pasos y acelerando el corazón de Eroan. Retrocedió un paso. Luego otro. Un chorrito de sangre le hizo cosquillas en la mejilla. Se lo quitó con el dorso de la mano. Lysander siguió el movimiento, luego la mano del hombre se rodeó el cuello magullado de Eroan y de repente, casi sin poder respirar, la boca tibia de Lysander atrapó la de Eroan, su lengua se introdujo en él, tomando lo que no se le había concedido. El fuego estalló dentro de su pecho, uno que era alimentado por furiosa lujuria y miedo, con una repentina y aterradora necesidad tan visceral, que el entrenamiento de toda su vida tomó el mando. Interpuso sus manos entre ambos y empujó con fuerza, haciendo que Lysander retrocediera. Asombrado, Eroan sintió el sabor del dragón en su lengua, como antes había pasado, cuando la presencia de un dragón fue lo único que pudo saborear, ver y oler. Pero ahora, el disgusto avivó el fuego en el interior y eso no fue todo. Su cuerpo reaccionó de otras formas, respondiendo a Lysander como el fuego alimentado por combustible. La mirada de Lysander ardía con sus propias llamas furiosas. Este no era el príncipe debilitado, ni tampoco el bromista y de lengua afilada que encontraba graciosa su miserable vida. Lysander se volvió a acercar, sujetando a Eroan por el cuello y uniendo sus cuerpos. El pecho de Eroan golpeó contra el de Lysander. Eroan gruñó y apartó la cabeza. Lysander movió su cuerpo y la resistencia de Eroan se detuvo. Él no quería… no podía desear esto. Los dedos de Lysander rodearon la garganta de Eroan. La espalda de Eroan chocó contra la corteza dura y áspera del árbol, deteniendo su retroceso y de repente, Lysander acercó su presencia por completo, igual que antes, solo que ahora no había una espada entre ellos que lo detuviera, solo estaban los dedos de Lysander que mantenían su duro agarre alrededor del cuello y su pierna en medio de las de Eroan, su pecho era un muro impenetrable. La áspera mandíbula de Lysander arañó la mejilla raspada de Eroan, sus labios 149

rozaron la oreja de Eroan. —Si quieres detenerme, usa la espada en tu otra mano. —Sus palabras fueron un susurro y la mente de Eroan pasó por alto la razón de detener esto solo por la oscura idea de necesitar más—. Me odias, ¿verdad? Solo me estás usando. Soy una forma de venganza por todo lo que mi progenie te hizo. Matamos a tu familia y te torturamos. Entonces úsame, Eroan, maldita sea. —Bajó su mano y rodeó la ingle de Eroan—. Esto dice que quieres. La yema del pulgar de Lysander presionó su cuerpo, chocando contra la erección dolorosamente notable de Eroan. Sus dedos se hundieron más abajo, asentándose cerca de los testículos de Eroan, y la rabiosa lujuria surgió a través de todo su cuerpo, canalizándose directamente hacia donde las manos de Lysander lo tenían sujeto, por el cuello y su pene. Los labios de Lysander rozaron la esquina su boca y Eroan enfrentó esa irritante pregunta, necesitando su respuesta. De dondequiera que hubiera llegado la furia de Lysander y fuera lo que fuera lo que la había causado, Eroan reconoció la necesidad detrás de todo. Él había sentido lo mismo con bastante frecuencia. La necesidad de enfurecerse con el mundo, de luchar porque la otra alternativa sería derrumbarse en la tierra y dejar que el mundo se enfurezca contra ti. Lysander mordió su labio y Eroan trató de sellar el beso, pero Lysander lo detuvo. Su boca lo estaba tentando. Sacó la lengua, saboreándolo. La suave e íntima humedad hizo latir la erección de Eroan, sus negaciones se esfumaron mientras sus caderas comenzaban a inclinarse e impulsaban su pene con más fuerza contra la mano obstinadamente inmóvil de Lysander. Las cálidas respiraciones de Lysander calentaron el cuello de Eroan, donde la sangre palpitaba cerca de la superficie de su piel. Tan mal como era esto, todo el cuerpo de Eroan ansiaba ser tocado y poseído por él, como lo había hecho en la torre de la reina. Nunca había querido que alguien lo controlara así. Una locura repentina lo estaba sofocando y le había robado todo pensamiento razonable. Él siempre había tenido el control. Siempre. Pero estando aquí, Lysander lo tenía atrapado, convirtiendo lo que debió ser miedo en un anhelo feroz. —Si vas a follarme, dragón, entonces hazlo —espetó, mostrando sus dientes afilados. Lysander soltó el cuello de Eroan, su mano tomó los dedos de Eroan y los guió 150

hacia la parte dura que estaba atrapada dentro de los pantalones de Lysander. Eroan moldeó sus dedos alrededor de su erección tanto como la tela lo permitía. Los ojos del dragón se encendieron, más combustible avivó el fuego. Los gruñidos bajos y ronroneantes de Lysander temblaron a través de Eroan, encendiendo la lujuria que había trabajado tan duro para negar. Eroan comenzó a caer más y más rápido hacia la locura. Con su mano libre, agarró la áspera mandíbula de Lysander y atacó su boca con un beso tan voraz que dolió. Sus afilados dientes se interpusieron en el camino y Lysander aceptó el ataque, devolviéndolo de la misma manera. Eroan quería desnudar a este hombre y probar cada centímetro prohibido de él. Lo quería ahora, todo de él, completamente todo. Rasgó la ropa de Lysander, necesitando sentir su piel cálida y suave, pero de repente, Lysander le agarró ambas manos, levantándolas sobre la cabeza de Eroan y sujetó sus muñecas al árbol. Atrapado, Eroan soltó un gruñido de frustración por no tener el control y luego la lengua de Lysander comenzó a lamer su cuello, haciéndolo olvidar cuánto quería tocarlo y se permitió simplemente sentir. La mano libre de Lysander acarició la erección de Eroan, pero nada de eso fue suficiente para apagar el fuego entre ellos. —Más duro —exigió Eroan, capturando la mirada del dragón con la suya—. Tómame. Hazlo ahora.

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CAPÍTULO 22

LYSANDER

Traducido por Freya Corregido por Samn El deseo desenfrenado condujo los pensamientos de Lysander al borde de un precipicio y cuando Eroan lo miró a los ojos y salió la feroz demanda como un gruñido de su boca, esto era todo lo que lo detenía de ponerlo boca abajo y comenzar a follarlo desenfrenadamente contra un árbol. El elfo era una tentación excitante y retorcida. Su boca era cruel y el fuego en sus ojos parecía ser un tormento personal diseñado especialmente para Lysander. Poseer a Eroan sería capturar a una fuerza salvaje, una por la que Lysander haría lo que fuera. La parte primitiva de sí mismo quería inundarlo y follarlo hasta el fin del mundo, pero tenía miedo de cuán lejos iría, temía lastimarlo, o algo peor. —¡Que Alumn te maldiga, dragón! —Eroan se arqueó, entregándose a la mano de Lysander. Sus palabras tuvieron un vínculo directo con el miembro de Lysander y cada maldita cosa que decía le hacía tensarse y excitarse, necesitando ser saciado. Su ira ardía con tanta fuerza en los ojos del elfo y danzaba a lo largo de la cruel curvatura de sus labios, Lysander quería lamer esa ira de su tembloroso y escultural cuerpo. Esto no lo tenía planeado, pero los lobos, el temor de que hubiera llegado demasiado tarde y comprender que un día Eroan no sobreviviría, había encendido ese interruptor que le decía que las reglas, el miedo, lo que estaba mal y lo que estaba bien,

todo podía irse al carajo. Y entonces Eroan se había resistido, apartando y empujando a Lysander, negando la verdad que vivía y se alimentaba de ellos; provocando que Lysander perdiera la razón. Incluso ahora, atrapado debajo de su cuerpo, Eroan no paraba de ser el terco enigma de las negaciones. Lucharía hasta su último momento, pero su cuerpo no mentía. El miembro duro de Eroan que se frotaba contra la palma de Lysander, no mentía. Quería esto, ser tomado, ser poseído. A Eroan le gustaba. Lysander había visto esa chispa de fuego cuando Eroan estuvo atado a la cama de Elisandra. Oh, pero esta vez, esa chispa era una llamarada. Incontrolable y libre y mierda, estaba demasiado hambriento. Desde el cielo se escuchó el rugido de un dragón. Y las aves volaron, asustadas. Y toda la lujuria, la necesidad y el deleite, se desvanecieron de Lysander, dando paso a un miedo repentino y escalofriante. La conmoción de escuchar el llamado y lo que le provocó, lo aturdió hasta los huesos. Soltó las muñecas de Eroan, retrocedió y se tropezó, la lujuria fue reemplazada por un frío repentino y enfermizo. El cambio casi tomó control de su cuerpo, en ese mismo lugar, como un débil exiguo incapaz de controlarse a sí mismo. Eroan dijo algo, pero de repente todo lo que Lysander podía oír era la risa estruendosa de Dokul junto a la seductora melodía de la voz de su madre. El dragón en los cielos dejó salir otro rugido, se estaba acercando y Lysander se arrodilló, necesitando hacerse más pequeño, para someterse. No era Dokul. Lo sabía. El rugido era de un bronce, mas no el del jefe, pero al miedo no le importaba. Ahora lo poseía. Los dedos de Eroan se cerraron alrededor del bíceps de Lysander. El olor a elfo calentó su mente rota, guiándolo lejos de la niebla. Sus ojos se dirigieron a Eroan, hacia la lástima que había en sus ojos y sintió que la vergüenza se deslizaba bajo su piel. —¿Puedes moverte? —susurró Eroan. El bronce estaba cerca. El movimiento de sus alas se escuchaba por encima de ellos. Los bronce los habían encontrado, eso era lo que decían sus aleteos. Dokul los estaba alcanzando. Eroan moriría y sería culpa de Lysander. —Lysander… —La boca de Eroan rozó su oreja, la forma suave en que dijo su nombre lo trajo de vuelta del lugar resonante en su cabeza—. Vuelve conmigo — 153

susurró Eroan. La cálida mano del elfo acarició el cuello de Lysander y sus labios rozaron su mejilla—. No me iré sin ti.

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CAPÍTULO 23

EROAN

Traducido por Freya Corregido por Ella R Corrección final por Samn Después del incidente con los lobos y más tarde, cuando los bronce casi los habían encontrado, Lysander se había mantenido alejado. Ahora, Eroan se presentaba ante los ancianos de Cheen, pero ya no estaba seguro que esto fuera lo correcto. Lysander estaba a salvo lejos de Cheen y esperando su regreso, pero traerlo aquí después de todo lo que le había sucedido podría ser demasiado pronto. —Es bueno verte de regreso, Eroan —lo saludó Anye. Él asintió amablemente. Siendo la última en llegar, se sentó a la cabeza de la mesa—. ¿Qué es tan urgente que no pudo esperar a que te instalaras antes de convocar a esta reunión? Había llegado hacía menos de una hora y acudió directamente a los ancianos, evadiendo las peticiones de Curan de ser informado primero. El líder de la Orden ahora se sentaba a la derecha, entre las docenas de sus altivos. Ni estaba Nye, ni Seraph. Probablemente estarían de guardia. —Traigo noticias de los humanos y una oportunidad. Rápidamente, les contó cómo los bronce habían acabado con un gran número de vidas humanas, pero les dijo que se recuperarían a tiempo y luego esperaron a que les presentara la verdadera razón de su regreso tras su marcha hacía dos meses. —Tengo a Lysander Amatista a mi cuidado.

Varios jadeos inundaron el salón. Todos conocían ese nombre. Lysander Amatista había causado la muerte de sus seres queridos. El hijo menor de la reina tenía una reputación. Aunque se retorcía conforme pasaba del elfo a elfo. Eroan los dejó hablar y quejarse, recordándose que la primera vez que vio a Lysander, habría dado lo que fuera para clavar una espada a través de su corazón. No debía olvidar que su gente se sentía de la misma manera. —¡Silencio! —ordenó Anye, silenciando a todos en el salón y luego posó su mirada en Eroan—. ¿A tu cuidado? Eroan, ¿por favor podrías explicarte? —Sé que lo encontrarán difícil de creer… —Les contó todo lo que se atrevió a decir. Algunas partes Curan las sabía, con demasiado detalle, a decir verdad, pero el líder de la Orden permaneció en silencio. Eroan les contó cómo Lysander le ayudó a escapar de la torre y lo mantuvo con vida en repetidas ocasiones desde entonces. —Él no es como los demás —resonó la voz de Seraph desde el fondo de la habitación. Eroan no la había visto entrar, pero ahora la encontró en medio de la turba enojada y asintió en agradecimiento. Ella inclinó la barbilla en respuesta—. Me mantuvo a salvo de los bronce —añadió—. Él es la razón por la que hoy estoy aquí. —Tal parece que este dragón es aficionado a salvar elfos —observó Anye, sin un ápice de simpatía—. Tan convincente como suena todo, él sigue siendo un príncipe amatista. Sus motivos probablemente son poco bondadosos. Si tan solo hubiera visto a Lysander salvar a Eroan de los apetitos sexuales de los bronce o las incontables veces en las que había ayudado de alguna u otra manera. Chloe había entrado en razón, pero solo después de que fue demasiado tarde. Eroan empezó a temer que decirles que Lysander era bueno no sería suficiente, pero era todo lo que Eroan podía darles. Eso y la verdad. —Yo no maté a la reina de los dragones, pero estuve presente. —La multitud volvió a murmurar. Soltó un suspiro, la verdad finalmente era libre—: Lysander le rompió el cuello. Los murmullos se convirtieron en un alboroto que los ancianos tardaron demasiado tiempo en controlar nuevamente. —¿Y qué estás sugiriendo, Eroan? —Anye finalmente se dirigió hacia él. —No tiene ningún aprecio por los de su propia especie. Nos ayudará a combatirlos —La multitud explotó, pero no en júbilo. Miedo. Eroan les había traído a un dragón, uno lo suficientemente fuerte como para matar a su reina. Esto no estaba 156

funcionando. Eroan captó la sagaz mirada de Curan antes de abandonar a los elfos a su arrebato desenfrenado. No era común que su gente se dejara llevar por el miedo, pero un dragón que desafiaba todo lo que creían conocer, era suficiente. Eroan se detuvo en un pequeño pozo de agua, observando despreocupadamente a los pequeños elfos jugar bajo el sol. Cuando lo notaron, se atemorizaron. Había olvidado que estaba cubierto de lodo por su larga caminata. Sus grandes ojos lo observaron acercarse al pozo. Se agachó, tomó un poco de agua y la vertió sobre su rostro y hasta su cuello, entonces lanzó el resto sobre ellos, provocando ataques de risas de los pequeños. —¡Más! —chillaron—. ¡Más, más! Tomó más agua en sus dos manos y la esparció sobre los niños que brincaban y bailaban sobre el lodo. Eran jóvenes, de tan solo unos cuantos años. A su edad, supuso que debió haber sido como ellos, creyendo que nada podría lastimarlo. Hasta que un día todo cambió. Esperaba que estos pequeños nunca tuvieran que sufrir lo mismo que él. —Cuando escuché que había un alboroto en el salón —dijo Janna, distrayéndolo del juego—, debí haberme imaginado que estarías en medio de ello. Eroan se levantó. —Janna, te ves… bien. Su cabello teñido de verde estaba más oscuro y su vientre más redondeado, no cabía duda que estaba en camino de formar una familia. Todavía portaba el arco sobre su hombro. Estar embarazada no detendría su cacería. —Te abrazaría, pero apestas y esto… —Palmeó su vientre con cariño—. Se interpone. Sostuvo su rostro y la besó ligeramente en la frente antes de retroceder rápidamente. —Felicitaciones. —Sus mejillas se ruborizaron. Debió decirlo hace meses, debió haber dicho muchas cosas—. ¿Un bebé de verano? —Lo será. —Lo miró y el mismo cariño lo contagió al verla segura. Removió su cabello y él aprovechó la oportunidad para golpear ligeramente su oreja. Janna le dio un manotazo riendo y Eroan también sonrió, hasta que vislumbró a Ross pretendiendo no estar observándolos casualmente desde su puesto de centinela en la puerta. La 157

mirada en el rostro del hombre era más letal que la del grupo de pescadores—. Patea —continuó—. Es fuerte. Definitivamente es una niña. —Me alegro por ti. —Eroan retrocedió un poco, dejando un par de metros de espacio entre él y Janna, no fuera que Ross decidiera poner un poco de presión tras su fulminante mirada. —Así que, ¿ahora en qué problema te metiste? —Lo usual… —respondió evasivo, pero cuando su sonrisa fue disminuyendo, supuso que ya había escuchado lo necesario. —¿El dragón está por aquí? —le preguntó. No le respondió. Janna no era una asesina, pero bien pudo serlo. Y aunque le había contado del príncipe que lo había ayudado, no conocía la historia completa. Cada uno de los elfos aquí presentes querían a Lysander muerto. La preocupación volvió a atormentarlo. Había pensado en el futuro cuando le pidió ayuda a Lysander, pero al hacerlo, había olvidado considerar su rol en todo esto. El riesgo para él era grande, quizá demasiado. —No es malo, Janna. Salvó a Seraph sin ningún otro motivo más que porque era lo correcto. Ella analizó su expresión y asintió. —Te creo, pero hay otros que… se preocupan de que hayas estado solo por demasiado tiempo. —No lo traería aquí si no creyera que nos protegerá. —Lo sé. —Bajó la mirada y se mordió el labio. Eroan observó a Ross acercándose. —La forma en que dejé las cosas entre nosotros —dijo apresuradamente—. Estuvo mal lo que hice. —A decir verdad, no había tenido intención alguna de regresar de Francia y su tiempo juntos aquella noche antes de su partida, había sido más un regalo de despedida para ella. Janna alzó la mirada, su pequeña sonrisa era genuina. —Siempre he sabido quién eres, Eroan Ilanea y nunca soñaría con cambiarte. Ahora deja de preocuparte por mí y ve a molestar un poco más a los ancianos. No han tenido tanta diversión en años. Cuando fue llamado de vuelta al salón, solo quedaban Anye y Curan. Eroan les contó su plan de utilizar el conocimiento de Lysander para entrar más 158

profundo que nunca en la torre y atacar desde dentro, arremetiendo directamente en su corazón: Akiem. Cuando terminó, la expresión de Anye se había vuelto severa y una vena pulsaba en el cuello de Curan. —Él no es como los demás —añadió Eroan, suavemente, esperando darles el empujón de confianza que necesitaban. —¿Quieres que arriesguemos a todos nuestros altivos por la palabra de un dragón? —cuestionó Curan con una voz preocupantemente calmada. —Sí. —Vas demasiado lejos, Eroan. —Su voz estaba temblando. La cicatriz en su mejilla se encendió de rubor rojo. —Puede ser, pero si podemos derrotar a la torre y seguimos empleando la ballesta, las tierras del sur pertenecerán nuevamente a los elfos. ¿Eso no vale el riesgo? Anye colocó sus manos juntas sobre la mesa y observó al líder de su Orden. Curan negó con la cabeza firmemente. Ella suspiró. —Eroan, por favor discúlpanos. Te haremos saber de nuestra decisión tan pronto sea. —Deben saber que si no lo admiten bajo mi cuidado, entonces no regresaré a la Orden. Anye fracasó al esconder su asombro, pero fue Curan el que respondió. —Quizá eso sea lo mejor.

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CAPÍTULO 24

LYSANDER

Traducido por Freya Corregido por Samn Eroan regresó en medio de la oscuridad con un trozo de cuerda y una bolsa de arpillera. La última vez que tuvo una bolsa sobre su cabeza, casi fue ejecutado. —¿En serio? —No lo decidí yo. —Al menos Eroan lucía arrepentido. Lysander extendió sus muñecas. —Tú sabes que puedo romper esa cuerda en un pestañeo. —Podía pensar en un uso mucho mejor para la cuerda e imaginó enredarla alrededor de las muñecas de Eroan mientras yacía debajo de él, vulnerable, desnudo y anhelante. Solo que junto a ese pensamiento vino el recuerdo de Eroan acorralado contra un árbol y la espectacular forma en que perdió la maldita razón justo después. Eroan amarró los bordes de la cuerda alrededor de sus muñecas. Lysander aprovechó el tiempo para estudiar su rostro. Sus cejas fruncidas y la mirada distante no fueron una presencia inspiradora. Las entrañas de Lysander se contrajeron. —En una escala del uno al diez, ¿cuántas ganas tiene tu gente de matarme? El diez siendo que les gustaría destriparme y colgar mi cadáver en la punta del árbol más grande que tengan y el uno siendo que nos sentemos alrededor de una fogata bebiendo leche tibia. Eroan se tomó demasiado tiempo para pensarlo. Apretó la cuerda con fuerza.

Sus ligeras pestañas se elevaron, enmarcando sus ojos azules. —Ocho. —Oh, ocho. Encantador. ¿Y supongo que los únicos que no me quieren muerto son Seraph y tú? —Algo así. Eroan abrió la bolsa y la llevó hacia la cabeza de Lysander, acercándose. —Espera… —El corazón de Lysander se detuvo por un momento. Eroan titubeó, con la bolsa todavía levantada. Lysander se mordió el labio inferior. Los ojos de Eroan, salpicados de plata en la luz tenue, siguieron el movimiento—. La última vez que tuve una bolsa sobre mi cabeza dijiste… De repente, la boca de Eroan estaba sobre la suya, el beso fue lento y tranquilo, como una canción, como un lento día de verano y Lysander olvidó su pregunta, lo olvidó todo y se deleitó en la dulzura del elfo y en su provocadora lengua. Tenía las manos atadas, de lo contrario estaría tocándolo ahora mismo. Desde el incidente de hace unos días, cuando Eroan había deseado a Lysander con tanta claridad, él se había mantenido distante. Pero ahora, este provocador y pequeño beso reavivó los galopantes sentimientos de Lysander nuevamente, y lo llenó de alivio al saber que Eroan sí lo deseaba. Entonces la bolsa descendió con una rápida maniobra y todo lo que pudo ver fue la oscuridad sombría. —Por los dioses, elfo, eres un cruel fastidio. —Cállate y camina, dragón. —El humor sobrepasó su orden. Y el maltrecho corazón de Lysander se hundió.

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CAPÍTULO 25

EROAN

Traducido por Andrea A Corregido por Ella R Corrección final por Samn Eroan tiró de la cuerda amarrada en las muñecas de Lysander en dirección a las filas de elfos reunidos. Todos yacían separados delante de él y cerrándose detrás, estaban demasiado asustados como para acercarse, pero tenían la suficiente curiosidad para no perderse la oportunidad de ver al príncipe dragón. Algunos murmullos se escuchaban entre la multitud, pero sus palabras se perdían por el sonido de las antorchas parpadeantes. La mayoría estaba en silencio, lo que parecía peor. Eroan dirigió a Lysander a la tienda de comida y planeaba amarrarlo dentro, como había acordado con los ancianos. Con cada paso, rezaba a Alumn para que su gente entendiera, que no juzgaran al príncipe perdido por su nombre y lo hicieran por sus actos desinteresados. Pero había tantos cuyos ojos gritaban venganza. Y sus hermanos y hermanas asesinos, que lo observaban desde las sombras, serían los más complicados de persuadir. Una vez dentro de la tienda, Eroan amarró solo una de las muñecas de Lysander a una columna estructural y le quitó la bolsa. Lysander humedeció sus labios y recorrió a Eroan con una mirada que luego se dirigió a los asesinos detrás de él. La mandíbula del príncipe se contrajo y Eroan supuso que había visto en la mirada de los elfos la misma sed de venganza que él

reconoció durante todo el recorrido. Lysander tiró de la soga y miró a Eroan otra vez, inquisitivo. —Confío en ti. Eroan tragó saliva. Había cometido tantos errores antes y rezó por que no estuviera haciendo otro. —Es solo temporal. La atención de Lysander se desvió hacia la organizada pila de ropa limpia, el cubo de agua potable y otro cubo para que pudiera hacer sus necesidades. La tienda de alimentos no era una mazmorra en lo alto de una torre sin ventanas y la cuerda no eran esposas; sin embargo, la repugnante injusticia que Eroan había sentido durante el camino le invadió en ese momento. Solo es temporal. Girándose, se encontró con la mirada de los otros dos guardias y asintió. Los conocía bien, al igual que conocía a la mayoría de la Orden de Cheen. Eran más que capaces de asesinar a un dragón restringido antes de que pudiera cambiar. Una daga lanzada a su garganta lo haría. —Él es un invitado y será tratado como tal. Esto es una formalidad. Ambos asintieron manteniendo sus ojos al frente y sus rostros indiferentes. Eroan debía convencer a su gente de la lealtad de Lysander y rápido. La vida del príncipe dependía de ello.

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CAPÍTULO 26

LYSANDER

Traducido por Andrea A Corregido por Samn Eroan salió de la tienda de alimentos sin mirar atrás. Confiaba en Eroan… por ser exactamente quien era: un asesino de la Orden que lo necesitaba para aniquilar a los drakon. Lysander tomó un paño y agua para limpiarse la suciedad de su rostro y cuello, al menos, lo más que pudo sin tener que desvestirse. Los dos elfos guardias lo miraban. Una mujer y un hombre. Parecían estatuas de piedra en contraste con la pared, unas dagas de diente de dragón colgaban de sus caderas y hombros. Su bienvenida fue decididamente fría, supuso que no podía culparlos por ello. Ellos eran los que se estaban arriesgando. Él podría cambiar y destruir la mitad de su pueblo antes que algún suertudo pudiera matarlo con sus brillantes espadas de diente de dragón. La bolsa sobre su cabeza también fue un desperdicio de tiempo. Podía oler el océano y el bosque. No le tomaría mucho orientarse si tenía una clara vista sobre los árboles. Además, no podría pasarse la noche y el día despierto, también se encontraría vulnerable en algunos momentos. Quizá Eroan no lo quería muerto, pero basándose en la mirada de esos dos guardias, el resto de ellos definitivamente sí. Los guardias cambiaron de turno durante la noche. Lysander descansaba con su espalda apoyada a la viga, medio alerta a esos asesinos de dragones que lo observaban. En algún momento cerca del amanecer, la puerta crujió y un elfo familiar

apareció, con una sonrisa contenta en su rostro alegre. Lysander parpadeó hasta alejar el cansancio y se puso de pie, teniendo cuidado con la soga que lo mantenía atado al poste. Seraph cambió de un pie a otro, mirando de Lysander a los guardias. —Hola —murmuró, dejando que una cálida sonrisa apareciera en su cara. Ella se veía mucho mejor desde la última vez que había cargado su cuerpo inconsciente, alejándola de Dokul. Ella saltó y Lysander se preparó para una la estocada de una daga en su estómago o en su garganta. En su lugar, ella chocó contra él, le rodeó el cuello con los brazos y lo aprisionó en un abrazo de cuerpo completo. —Eh, ¿nos estamos abrazando…? Está bien. —Sus músculos se relajaron y lentamente rodeó su espalda con su brazo libre, acercándola más a él. Dioses, era tan pequeña. La mirada de los guardias ardió a lo lejos. Lysander levantó su dedo medio y el hombre a la derecha le mostró sus colmillos de forma silenciosa. Seraph lo abrazó con más fuerza. —Estás vivo… Era tan pequeña, pero estaba repleta de fuego. Olía a bosque, como Eroan y por unos momentos se permitió la calidez de ser sostenido por alguien que no tenía motivos ocultos, solo bondad. —¿Esta vez no me vas a morder? —se quejó soltando una risita. Seraph lo soltó, acomodando su ropa para recuperar la compostura. Sus ojos eran como los de Eroan, de pupilas enormes, sus pestañas oscuras y amplias. Su cara todavía era un poco redonda. —Creí… creí que habías muerto —sollozó y parpadeó en dirección al techo, tratando de alejar las lágrimas. —Este parece ser un tema común entre los elfos. Creen que estoy muerto o me quieren muerto. Seraph miró a los estoicos guardias. —No hablan mucho —añadió Lysander. Sonriendo con torpeza, algo de su dureza élfica regresó a ella, los guardias debieron haberle recordado su puesto y sus responsabilidades. —Tu cabello creció. 165

—Igual que el tuyo. —Lysander retrocedió y se apoyó en el poste, aliviando el tirón de la cuerda en su muñeca. —Lo estoy dejando crecer para molestar a Curan. —Comenzó a acariciar los mechones de su cabello oscuro—. Nuestro líder de la Orden… dice que me parezco mucho a Eroan. Lysander también lo creía. —Quizá si hubiera más elfos como Eroan, la guerra podría haber terminado antes de que comenzara. —Sussuaves palabras fueron un golpe fuerte y la sonrisa de Seraph desapareció. —Lo siento… por todo. —Señaló al balde y la ropa—. Tienen miedo. Les dije que no debían estarlo. —Está bien. Es cálido y seco. Es todo un lujo comparado a los últimos lugares donde me alojé. Ella se acercó, claramente queriendo moverse otra vez. —Si hubiera sabido antes que te mantenían cautivo, yo misma te habría buscado. Eroan me detuvo… —Seraph tiró de su manga y frunció el ceño en dirección a sus pies. —Entonces te detuvo. —Intentó no pensar demasiado en eso. Eroan probablemente había intentado proteger a Seraph. ¿Y qué podría haber hecho ella? Los bronce la habrían matado al momento de verla o algo peor. Eroan hizo lo correcto al detenerla. Pero ¿Eroan habría llegado antes? Podía ser, pero no lo hizo. Su lugar era con su gente. Era un milagro que siquiera estuviera aquí. —Dijo que podrías ayudarnos. ¿Es cierto? Lysander volvió su mirada hacia el poste y suspiró, de pronto se sintió cansado por todo esto. Más jaulas. Más preguntas. Él estaba aquí por elección propia. Se sentía como si eso fuera suficiente, pero comprendió que no era así. —Si me dejan. —Lo escuché en la sala, hablando con los ancianos. —Seraph bajó la voz—. Trata de convencerlos para que no tengas que estar atado, pero Curan es… él… eh… —Apartó la mirada—, Eroan le contó algunas cosas de antes y piensa que ustedes… ya sabes… —Seraph hizo un extraño movimiento con sus manos—… están juntos. Por su tono extraño, supuso que con algunas cosas de antes se refería a las malas experiencias que sucedieron durante la estadía de Eroan en la torre. Este Curan 166

sería al que tendría que convencer si Lysander tenía alguna oportunidad de sobrevivir aquí. —Eroan los convencerá. Anye le tiene cariño, como Xena solía hacerlo. Lo resolverá, así no tendrás que estar atado por más tiempo. Seraph parecía confiada, pero era claro que adoraba la tierra por la que Eroan caminaba. La delataba su rostro, cada pizca de admiración, cada miedo y preocupación. Su honestidad fue un cambio refrescante para las tantas mentiras y engaños en lo que Lysander había crecido. Su presencia hacía toda la diferencia en el mundo. —Es bueno verte de nuevo, Seraph. —A ti también, dragón. Y gracias… por todo lo que hiciste. Era curioso, como un simple gracias de corazón podía hacerte sentir por dentro. Ella sobrevivió. Hizo algo bueno con su vida. Casi hizo que todo el dolor y sufrimiento valieran la pena. La puerta se abrió y un elfo vestido de pies a cabeza en negro apareció, su comportamiento era firme e implacable. Inmediatamente, Seraph se enderezó en su sitio, irguiendo su barbilla. —No deberías estar aquí. —la reprendió el elfo oscuro. —Nye, solo estaba… —Te toca estar de guardia. Ella asintió rápidamente y se apresuró a salir de la tienda. —Seraph. —Su tono la obligó a detenerse—. Si te vuelvo a encontrar aquí, le diré a Curan y serás expulsada de la Orden. —Sí, sassa. —Hizo una pequeña inclinación, salió por la puerta y la cerró gentilmente detrás de sí. Los dos guardias saludaron a Nye con movimientos cortos y apretaron sus mandíbulas. Ese elfo tenía autoridad. Era respetado y su palabra tenía peso. Su figura representaba mucho su rol como asesino, cabello oscuro, ropas oscuras, ojos oscuros, incluso su piel tenía un tono más oscuro de la que había visto en otros elfos. Era un poco más bajo y delgado a comparación de otros, pero lo que no tenía de altura, lo reemplazaba con actitud. Nye lo estudió con una calculadora frialdad. Lo que sea que pensara, lo mantenía alejado de su rostro y se dirigió a los guardias con una sola mirada. —Salgan. 167

—Debe haber dos de nosotros en todo momento. Eso lo ordenó Curan —replicó el guardia de la derecha. Nye no respondió, así que su rango no era tan alto como el del famoso Curan. Se quedó de pie durante unos minutos, acercándose a Lysander y cuidando mantener cierta distancia entre ambos. —¿Amatista? En su tono había disgusto, pero más que ello, también apareció un poco de ira. El hecho de que Lysander estuviera aquí parecía que era un tanto personal para él. —Tu reina, tu madre, puso un collar en Eroan. Lysander pensó en todas las posibles respuestas y negativas, y prefirió quedarse en silencio. Todavía no estaba seguro de quién era este elfo o qué quería. Nye se acercó aún más, entró fácilmente en la zona de alcance del príncipe. Eroan tuvo la misma mirada cuando conoció a Lysander por primera vez, encadenado a un muro del calabozo: desafío, fuerza y un odio tan puro que corría como sangre por sus venas. Eroan podría haberlo matado sin problemas en ese entonces. La colección de armas atadas en los muslos y pantorrillas de este elfo podría clavarse rápidamente al corazón de un dragón. —Las cicatrices en su espalda… son cicatrices de un látigo. —El labio superior del elfo tembló—. Las cosas que le hiciste. —Sus ojos se estrecharon—: Eres un animal. Un fuerte puñetazo lo golpeó con fuerza y rapidez. El dolor se expandió en la quijada de Lysander, pero fue la sorpresa del golpe lo que lo hizo sorprenderse. En ningún momento había transmitido su intención de atacar. Nye era un luchador hábil. Lysander tragó, probando su sangre. El puño de Nye se cerró en su camisa y lo empujó, obligándolo a retroceder hacia la viga. El beso frío de una espada tocó la garganta de Lysander, congelándolo al instante. —Podría cortarte y dejarte sangrando. Nadie te salvaría y para cuando Eroan se enterara, ya estarías muerto. Los elfos detrás de él los observaban, sus rostros eran inexpresivos. Si Lysander moría aquí, probablemente les dirían a sus ancianos cómo había arremetido contra ellos y que Nye solo se estaba defendiendo. Podría cambiar, pero eso arruinaría todos los esfuerzos de Eroan. Se mantuvo quieto, cuidando manejar su respiración. Nada de lo que dijera podría detener al elfo si realmente lo quería muerto. 168

La sangre se acumuló en su boca. Volvió a tragar. En otro momento y en otro lugar, esto ya habría terminado, pero ese tiempo no era aquí ni ahora. La meta de Eroan, su sueño, valía demasiado para tirar todo por la borda. Nye se inclinó tan cerca que pudo ver sus ojos negros brillar. —No vales la pena. —Escupió y su cálida saliva aterrizó en la boca y barbilla de Lysander, Lysander se mantuvo quieto, calmado. Tal vez debía sentir algo, cualquier cosa, ¿quizá incluso miedo? Nye finalmente se alejó y se dirigió a la puerta, azotándola con fuerza detrás de él. Lysander pasó una mano por su cara, quitándose la saliva. Los dos guardias finalmente estaban sonriendo.

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CAPÍTULO 27

EROAN

Traducido por Andrea A Corregido por Ella R Corrección final por Samn —Los dragones están coordinando sus ataques como nunca lo habíamos visto. —La mensajera de Ashford había llegado hace unos minutos, convocando una reunión en la sala de la Orden. Respiraba con dificultad y estaba sucia, parecía que no se había detenido ni una sola noche durante el viaje—. Recorren los bosques de forma sistemática y arrasan con todos los pueblos que encuentran. La Alta Orden de Ashford envió a varios elfos a las poblaciones restantes para reforzar sus defensas. Están avisando a los demás pueblos para que estén preparados. Eroan la escuchó, sentado al lado de Curan. Los ataques de ahora eran extrañamente meticulosos para ser obra de los amatista, pero no sorprendente. Tenían un nuevo rey, uno que debía probarse a sí mismo. La mensajera reveló el número de fallecidos. Eran demasiados. Elisandra nunca se había preocupado en atacar de forma organizada. La mayoría de las veces, parecía feliz de ignorar a los elfos. Pero estaba claro que Akiem no era su madre. La mensajera se fue y Eroan escuchó los murmullos preocupados de los ancianos. Estaban decidiendo disminuir las cacerías. La comida quedaría racionalizada. Serían prisioneros en sus propios dominios y esperaban que Akiem se olvidara de ellos tarde

o temprano. Estaban cometiendo el mismo error que mató a tantos en el pasado. Parecían conejos asustados escondiéndose en sus madrigueras. —Deberíamos prepararnos para asaltar la torre —los interrumpió Eroan—, como lo sugerí. —Las preparaciones tomarán mucho tiempo —replicó Curan. Se inclinó, apoyando un brazo en la mesa y esperó a que los ojos de todos estuvieran sobre él—. El nuevo rey de los dragones está buscando a Lysander. El miedo recorrió la espina dorsal de Eroan. Curan quería a Lysander fuera de aquí. —No lo sabemos con certeza. Es igual de probable que nos esté cazando como una señal de control sobre el territorio. El ceño fruncido de Curan ensombreció su rostro. Apretó sus labios y finalmente miró a Eroan. —Akiem apareció en tu camino hacia Ashford. Olvidaste decírmelo cuando te pregunté por los detalles de tu excursión. ¿Por qué? Eroan mantuvo la mirada a Curan mientras el pánico palpitaba dentro de sí. Si no hubiera mantenido en secreto la aparición de Akiem, Curan habría pensado que quería volver a Francia para buscar a Lysander. —No pensé que fuera importante. —¿No lo creíste? Y ahora hay otros cincuenta elfos asesinados mientras él continúa buscando al príncipe que trajiste al corazón de nuestra aldea. Las severas miradas furiosas de una docena de elfos perforaron su cuerpo. —Traje a Lysander por una razón. —Aquellos que miraban su discusión probablemente sabían del pasado de Eroan, de las cosas que sucedieron en la torre y con ese conocimiento vino una opresión en su pecho. Esas miradas lo estaban juzgando, creían que los estaba poniendo en riesgo—. Él sabe todo sobre la torre amatista, cosas que nunca habríamos obtenido de no ser por él. —¿Dónde está ese conocimiento? Ha pasado un día, ¿qué tienes de él? Eroan humedeció sus labios y miró a Anye. —No le puedo pedir que nos ayude si está atado a un poste. —¿Y por qué tendrías que pedírselo? —Esa pregunta vino de Nye, quien estaba sentado al final de la mesa—. Ellos te torturaron, deberíamos hacerle lo mismo. Y obtener todas las respuestas que necesitamos en el proceso. 171

Se escucharon unos susurros de acuerdo, que comenzaron a aumentar su volumen. Sintió que iba a vomitar. ¿Acaso eran animales? ¿Dónde estaba su honor? ¿Dónde quedó su compasión? Estos no eran los elfos por los que fue entrenado para proteger. —¡No! —Golpeó con su puño contra la mesa, silenciando sus inútiles murmullos—. No —dijo otra vez, más calmado—. No somos como ellos. Nosotros no torturamos a nadie. —El hecho sigue siendo el mismo —intercedió Curan—, no tenemos tiempo para crear un ejército y atacar la torre antes que más aldeanos mueran. Eroan pasó su lengua por sus dientes y tragó saliva. Habrían tenido más tiempo si Curan lo hubiera escuchado desde el principio. —Tenemos lo que el rey quiere —continuó Curan—. No tenemos que atacar la torre, ni arriesgar cientos de vidas. Solo debemos usar a su hermano como carnada y llevar a Akiem a una emboscada. Eroan cerró sus ojos y volvió a sentarse en la silla mientras los demás hablaban y decidían el destino del dragón que estaba atado en la tienda de comida. Su corazón latía débilmente, su instinto le decía que esto estaba mal. No llevó a Lysander para que fuera utilizado como una pieza de intercambio como lo había sido durante toda su vida. Lo llevó como un invitado, como alguien que podría ayudarlos y protegerlos. Se suponía que debían trabajar unidos. Observó a todos en la mesa, a los rostros de su gente mientras discutían sobre si debían entregar al dragón o torturarlo. El corazón de Eroan se hundió. Creyó que sería diferente, que ellos verían las ventajas de contar con Lysander como aliado, pero todo lo que veían era a un dragón. Se levantó y se fue, ignorando los llamados para que regresara. No podía hacerlo, no podía usar a Lysander. Sus pies lo llevaron a la tienda, pero se quedó afuera, atrapado entre su deber y lo que su corazón le decía que tenía que hacer. Un asesino de la Orden hacía más que matar. Esto no era sobre sacrificar a un dragón y salvar la vida de los elfos, ellos solo querían deshacerse de él y se estaban aferrando a cualquier cosa para que sucediera. Lysander moriría por culpa de su ignorancia. Entró a la tienda y les ordenó a los guardias que salieran. —Debe haber dos guardias todo el tiempo —espetó uno de ellos. Eroan estrechó sus ojos. 172

—¿Quién fue el que les dio esas espadas que tienen envainadas? ¿Quién les enseñó cómo construir y utilizar la ballesta? —Vacilaron, mirándose entre ellos—. Largo. —bramó Eroan—. Puedo lidiar con un dragón. Finalmente se fueron, cerrando la puerta firmemente detrás de ellos. Lysander estaba junto a la viga con el ceño fruncido. Había un nuevo hematoma ennegrecido bajo su mejilla. Alguien lo había golpeado. El miedo, la furia e injusticia estallaron dentro de sí. Caminó hacia Lysander, ignorando los enormes ojos del príncipe y lo besó de una forma que hizo desaparecer su preocupación. Lysander se movió en sintonía, aceptando su boca y respondiendo como fuego a la leña, y Eroan supo en ese momento, que nunca permitiría que utilizaran a Lysander como su gente quería hacer. Él merecía más que esto. Merecía ser escuchado, ser visto por quien realmente es y no por lo que era. Y también supo que traerlo aquí había sido un error.

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CAPÍTULO 28

LYSANDER

Traducido por alba sr11 Corregido por Samn La soga en su muñeca se retorció, tensando su agarre mientras Eroan se alejaba y Lysander trataba de seguirlo. Sus labios cosquillearon, todavía podía sentir el beso, permaneciendo como una promesa sin cumplir. Eroan acarició su boca, su mirada estaba sobre el suelo, sus pestañas eran suaves y bajas, y Lysander deseó en silencio que levantara la mirada, para que lo viera y pudiera leer la verdad en los ojos de Eroan. Una chispa peligrosamente esperanzadora hizo trastabillar a su corazón. Humedeció sus labios, probando la dulzura de Eroan. —¿Qué es lo que sucede entre nosotros? Eroan levantó la mirada, pero la tristeza en sus ojos hizo que Lysander deseara no haber preguntado. Algo había sucedido. Algo malo que llevó a Eroan hasta aquí, de esta manera. No quería saberlo, no soportaría el terrible suceso que vendría, aún si todavía no sabía qué sería. —Bésame otra vez. Y Eroan lo hizo, moviéndose como el asesino que era, atacando la boca de Lysander con la suya. Eroan era omnipresente, empujando su cuerpo contra sí, cálido, fuerte y vivaz. Se presionó contra él, su pecho contra el suyo, cadera contra cadera y se movió, estimulando su dura erección de una manera que forzó a Lysander a

apartarse y quedarse sin aliento. La lengua del elfo se movió sobre su barbilla, luego su boca selló el beso y deambuló sobre la sensible columna de su cuello; todo ese tiempo se movió contra Lysander, llevándolo al punto del deseo sin sentido. El pene de Lysander ansiaba ser tocado y mientras la ingle de Eroan lo estimulaba, el placer comenzó a chispear. Siseó entre dientes. Quería someterlo, morderlo, probarlo, hasta que todo lo que estuviera a su alrededor, fuera Eroan. —Me vuelves loco —jadeó. Y la boca de Eroan volvió a aprisionarlo, besándolo como si no pudiera tener suficiente. Pero redujo la velocidad rápidamente y la duda enfrió el deseo de Lysander. No podía soportarlo, tener a este hombre y luego dejarlo ir. Esto lo rompería como nada lo había hecho antes. Tocó el rostro de Eroan, odiando su tensa mirada, como si Eroan le hubiera fallado o se sintiera derrotado. El mundo trataría de quitarle a Eroan. Lysander lo sabía, lo había sabido todo ese tiempo. Eroan era demasiado bueno para que él lo mereciera, igual que un maravilloso sueño que no podía recordar. Pero dulces estrellas, lo deseaba aquí y ahora. El mundo podía irse al carajo. Solo esta vez quería sentir algo que fuera real, porque lo vio reflejado en Eroan, el calor, el deseo, la necesidad, lo era todo y no podía dejarlo pasar. —¿Algún día podrás amar a alguien tan roto como yo? Las ásperas manos de Eroan se aferraron rápidamente al rostro de Lysander, sus ojos ardían y sus labios se separaron. —Eres una luz en la oscuridad, un diamante en bruto. Después de todo lo que has pasado y lo que sobreviviste a manos de tu especie, aún sonríes. Eres amable y valiente y compasivo. No creo que yo habría sido el mismo si hubiera sufrido lo mismo que tú. Te admiro. Por eso y por muchas cosas más, príncipe. No estás roto. Eres el más fuerte de nosotros. —Eroan, qué… Eroan se tensó y le tomó un minuto a Lysander darse cuenta que alguien más había hablado, alguien que los había visto de esta manera, tal vez había escuchado las palabras de Eroan. Palabras preciosas a las que Lysander se aferró y guardó en su corazón, negándose a que alguien más se las robara. Lentamente, las manos de Eroan lo soltaron y se giró para ver a un elfo desconocido de pie en la entrada, flanqueado por los dos guardias que Eroan había 175

ahuyentado minutos antes. Una cicatriz recorría la mejilla del elfo. —Curan… —Eroan trató de hablar, su tono ya era una súplica. El elfo mayor desenfundó dos espadas de las vainas en sus muslos. Los guardias detrás de él hicieron lo mismo. —¿Escogerías la vida de este dragón sobre las de tu propia gente? Los instintos protectores de Lysander estallaron repentinamente. No les permitiría que hirieran a Eroan. Eroan levantó sus manos y se apartó hacia un lado, atrayendo a los tres asesinos lejos de Lysander. —No es necesario hacer esto. —El Eroan que conocía, el elfo que crié, nunca abandonó la torre de la reina. La serenidad de Eroan se hizo añicos y Lysander sintió ese golpe como si hubiera sido para él. Curan significaba más para Eroan que los otros. —Curan, si me escucharas… —Te gustó lo que te hicieron… eso es lo que me dijiste. ¿Y ahora esto? —Levantó la punta de su espada hacia Lysander—. ¡¿Los dragones te dejaron ir para que pudieras infiltrarte, lo trajeras aquí y lo liberaras entre nosotros?! Las palabras le dolieron a Eroan, cada una provocó una mueca de dolor. Los instintos protectores de Lysander sobrepasaron sus pensamientos. Apretó el puño y tiró de la cuerda con fuerza, haciendo que crujiera. Pero el ruido atrajo los ojos de Eroan. Él negó con la cabeza, advirtiéndole que no hiciera nada. ¿Cómo podría hacerlo? Tal vez Eroan no entendía la gravedad de esto, pero Lysander sí. Se habían puesto en contra de él. En contra de los dos. Los elfos no eran tan diferentes de los dragones. —Eres uno de ellos, no uno de nosotros. —Curan le dio una señal a los guardias—. Encárguense del dragón. —¡Espera! ¿Qué vas a hacer con él? —exigió Eroan. —Un intercambio de paz. Los elfos ya no morirán más. —No… Curan. ¡No!… No puedes entregarlo… Curan lo atacó, pero todo lo que Lysander pudo ver fue a Eroan esquivando la primera cuchillada de las dagas antes que los dos guardias le bloquearan la vista. Uno golpeó la cabeza de Lysander con la agarradera de su daga. Sus oídos comenzaron a zumbar. Un fuerte puñetazo aterrizó en su estómago. Ambos golpes aterrizaron con 176

fuerza y certeza. Lysander cayó ante los golpes y dejó que sucediera, peleando contra la urgencia de cambiar y destrozarlos a todos en pedazos, porque Eroan estaba ahí… y si se convertía en dragón, los mataría a todos.

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CAPÍTULO 29

EROAN

Traducido por Karla G Corregido por Samn Curnan se acercó a él con la despiadada eficiencia de un asesino que ha vivido demasiado tiempo. Eroan esquivó las espadas en la primera embestida, pero sin su arma, dejada en su cabaña, su única arma fue la daga,desenvainada de su muslo. —Curan, espe… Curan atacó de nuevo. La decisión indudable ardió en sus ojos. Eroan retrocedió, lejos del alcance de Curan. Su espalda chocó contra una pared. A la derecha de Eroan, los guardias golpeaban a Lysander. Recibiendo un puñetazo en la cara y otro en el estómago. Se dobló, los golpes aterrizaron sobre él una y otra vez. Lysander escupió sangre. Iba a cambiar. En cualquier momento los rodearía un enorme dragón en la tienda de comestibles. El dolor se extendió por el brazo de Eroan. Levantó su daga que chocó con uno de los filos de Curan, dejando su costado vulnerable al golpe mortal. Curan vaciló, siendo quien decidiría entre la vida y la muerte de Eroan, y entonces le dio un puñetazo a su mandíbula. La sangre estalló dentro de la boca de Eroan. Su cráneo retumbó. Entonces Curan apareció sobre él, su espada quedó presionada contra la garganta de Eroan, dejándolo inmóvil. —Eras un hijo para mí. —Curan sujetó la camisa de Eroan y tiró de él hacía sí—.

Lo tenías todo y lo tiraste por un dragón. —Sus palabras rugieron con furia y sus ojos brillaron al humedecerse—. Te está usando para llegar a nosotros. ¿Cómo es que no lo ves? Eroan escuchó sus palabras, pero Curan estaba equivocado. Los guardias dejaron a Lysander arrodillado, no se había liberado. Podía matar a todos los presentes y reducir la aldea en pedazos, pero no lo haría porque era mejor hombre que cualquiera de ellos. Uno de los asesinos clavó su espada en el muslo de Lysander. Él gruñó y el corazón de Eroan se rompió. Esto estaba mal. Luchó contra el agarre de Curan, pero el líder mayor lo inmovilizó. —Curan, yo no soy tu enemigo. Suelta a Lysander antes de que sea demasiado tarde. La expresión del elfo mayor lentamente se vino abajo. —Eroan Ilanea está muerto para mí. Te desconozco. La mano de Curan golpeó su frente con fuerza, haciendo que su cabeza cayera. Un destello de dolor lo cegó por un momento hasta que comenzó a perder la conciencia, dentro de un mundo repleto de oscuridad y frialdad.

El estómago de Eroan se sentía revuelto. Su cabeza le dolía, sintiéndose caliente y pesada. Tocó su nuca con mucho cuidado y sintió un suave hematoma, luego acarició su mandíbula lastimada. Los golpes de Curan eran increíblemente fuertes. Era obvio que no había dejado de entrenar. La soga que solía atar la muñeca de Lysander ahora rodeaba las de Eroan, sujetándolo al mismo poste, solo que Lysander no estaba por ningún lado. Con su lengua, saboreó el agrio sabor en su boca. Curan bien pudo matarlo. Si Eroan estuviera en su lugar, protegiendo a su aldea, habría matado a la amenaza. Eroan se puso de pie y tiró de la cuerda, intentando moverse en diferentes ángulos con el objetivo de poder liberar sus muñecas. Cuando eso no funcionó, intentó con la fuerza bruta y se apoyó contra el poste, tirando con toda la fuerza de tensión posible, tratando que la cuerda comenzara a deshilacharse. Solo dos tiras muy delgadas se soltaron, nada más. 179

—¡Oigan! —gritó y se calló intentando escuchar alguna respuesta proveniente de afuera de la tienda. Tal vez no había nadie o quizá les ordenaron a todos que ignoraran sus gritos. La furia recorrió sus venas, consumiendo los escalofriantes recuerdos de la última vez que estuvo cautivo. Nunca creyó que Curan sería capaz de hacerle esto. Volvió a jalar de las cuerdas, tirando de ellas una y otra vez con desesperación, trató de romperla con los dientes. La soga se deshilachó un poco más y quizá podría liberarse si lo seguía intentando… en una semana. Lysander no tenía tanto tiempo. Eroan confió en esta gente, los amó igual que a los suyos y ellos lo habían defraudado, esto probaba que no eran mejores que los dragones amatista contra los que luchaban. Cobardes. Todos eran unos cobardes. Giró la cuerda y la rodeó utilizando su codo, apoyó una bota en el poste y tiró con fuerza. Sus muñecas ardieron por el violento ataque y unos cortes aparecieron en su piel. La sangre comenzó a fluir. El poste no se movió y tras soltar un grito de frustración, soltó la cuerda y se dejó caer contra la viga. No se podía quedar atado de esta manera, no al igual que antes, aunque esa vez fueron grilletes los que rodearon sus muñecas. Esto era diferente. Y no duraría mucho. La puerta crujió al abrirse. Eroan se giró, protegiéndose los ojos de las nubes de polvo iluminadas por el sol. Si era Curan, se abalanzaría sobre él, exigiendo que lo liberara. Eroan era un asesino de la Orden, no se le podía mantener así. Los elfos no actuaban de esta manera. Pero no era Curan. Janna dejó la puerta abierta y caminó un par de pasos dentro de la habitación antes de encontrarse con su mirada. Sus ojos brillaron, con los bordes enrojecidos. Al verlo, sus labios se torcieron y se contrajeron, como si luchara por contener todas las cosas que quería decir. No fue su intención lastimarla. Ni a nadie. Todo lo que hizo, lo había hecho para protegerlos. —Janna, por favor… tienes que convencer a Curan de que me deje ir. Ha perdido la razón. No hice nada malo. No puedo… no puedo quedarme así. —Le mostró la cuerda que rodeaba sus muñecas ensangrentadas—. No puede hacerme esto. Dile que venga, que escuche. 180

Janna se mordió el labio y apoyó la mano en su vientre. —Estás aquí por el acuerdo unánime de todos los ancianos. Eroan se enderezó. Eso no podía ser cierto. ¿Todos habían acordado mantenerlo aquí, encerrado como un animal? —¿Quién te lo dijo? —Yo estaba ahí, Eroan. Fue una votación. —¿Una votación? ¿Sobre qué? —Te quedarás aquí hasta que el dragón se haya ido y entonces serás… exiliado. Eroan retrocedió, la palabra fue tan dura como una bofetada en la cara. —No… —¿Exiliado? ¿Después de todo lo que había hecho por ellos?—. ¿Por qué…? No lo… no lo entiendo. ¿Qué hice que estuvo tan mal? Una sola lágrima cayó del rostro de Janna. —Curan te vio con el dragón. —Su labio tembló, como si las simples palabras le disgustaran—. Lo vio todo. Eroan cerró los ojos. Lo vio todo. Las palabras esperanzadoras que había compartido con Lysander. Palabras brillantes, palabras honestas. ¿Qué había de malo en eso? Todo su mundo se había hecho pedazos. —No es lo que él cree. —Pero lo era. Cuando salió de la sala del consejo, había planeado liberar a Lysander, pero solo quería un momento entre ellos, algo a lo que pudiera aferrarse y el beso… el beso había sido todo. Cubrió sus ojos cerrados con una mano y trató de calmar su respiración, pero las cuerdas, la oscuridad y todo por lo que había luchado le habían dado la espalda. Estaba volviendo a caer, rompiéndose por dentro como antes. —Janna… me conoces. Lo que sea que haya dicho Curan, está equivocado… —Dice que el dragón te ha hechizado con su magia, como lo hacían con los humanos y que te obligó… a amarlo. ¿Es cierto? Se rio. No pudo evitarlo. Entonces la risa se volvió más fría y vio que el rostro de su amiga se entristecía y no le importó. —Lo único que ha hecho Lysander es actuar correctamente. —Su voz se quebró. —Ha matado a docenas de los nuestros —le dijo en voz baja. Pero ahora era diferente. ¿Por qué nadie lo entendía? —Él es el único que se atreve a luchar por lo que es correcto y no paran de 181

castigarlo por ello. Lo traje aquí creyendo que podría mostrarles que es diferente y ninguno de ustedes me escuchó. Creen que es un monstruo. —¡Es un monstruo! —No —sollozó, la desesperación lo estaba ahogando y no le importaba—. No es más monstruo de lo que yo soy. —Es cierto —susurró—. Te está controlando de alguna forma. Eroan gruñó. —¡Carajo, no es así! Su madre… solía tener poderes, pero Lysander no. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? ¿Por qué no me escuchas? Hemos sido amigos toda la vida, ¿y de repente no confías en mi palabra.?¿Qué hice para que me odiaras tanto? Su mano tocó su vientre y sus lágrimas comenzaron a caer sin resistencia. —Vine a despedirme. —Se volvió hacia la puerta. —No, espera… ¡espera! Janna… solo… —La observó quedarse imóvil, mirando la puerta y queriendo estar en cualquier otro lugar menos con él—. Solo dime, por favor… ¿Dónde está Lysander? ¿A dónde lo llevaron? ¿Está vivo? Janna cerró los ojos. —Lo llevaron a la desembocadura del río. Lo dejarán allí para que su especie se lo lleve y luego los dragones nos dejarán en paz. Su corazón se sobresaltó. —Eso no funcionará. —Ya es muy tarde para detenerlo. —Cerró la puerta detrás de ella. —¡Janna! ¡Espera! —Tiró de la cuerda, soltando un quejido de dolor cuando las cortadas en carne viva volvieron a abrirse—. ¡Janna, trae a Curan! ¡Necesito ver a Curan! —Akiem no solo se llevaría a Lysander y daría por terminado el asunto. Y si Curan estaba convencido de eso, era un tonto. E incluso si Curan estuviera preparando una emboscada, como Eroan supuso, sin los elfos suficientes, eso no funcionaría. Todo lo que estaban haciendo era exponerse a sí mismos y a Cheen. Akiem era demasiado inteligente para creer en el intercambio. Cheen sufriría las consecuencias. Todos los elfos sufrirían. Y todo porque no confiaban en un dragón que podría salvarlos a todos. Gritó hasta que su garganta se quedó ronca y tiró de la cuerda hasta que la soga se cubrió de sangre y aun así, nadie vino. 182

CAPÍTULO 30

LYSANDER

Traducido por Karla G. Corregido por Samn Le ataron las manos a la espalda y los tobillos tenían una atadura floja, ellos creían que unas cuerdas podrían detenerlo. Era una suposición estúpida, pero Lysander dejó que lo creyeran. Su cabeza se volvió a cubrir con una bolsa mientras lo arrastraban por un camino desigual. El olor salado del lodo húmedo y descubierto se hizo más fuerte. Los lejanos cantos de las aves marinas le recordaron las veces que había volado a lo largo de la costa y sobre las corrientes cálidas que llegaban en espiral desde las cálidas aguas costeras. Ese viejo dolor familiar regresó, la lamentable pérdida de no poder volver a volar. Para evitar que la desesperación se hundiera en sus huesos, recordó el beso de Eroan en la tienda de la cabaña. Un beso de verdad. No fue forzado, ni arrebatado, sino totalmente a voluntad. Se hundió en el recuerdo de los labios de Eroan entre los suyos, su boca anhelante, uniéndose a la suya y cómo cada maldita prueba por la que habían pasado, de repente parecía valer la pena. Ese beso provocó una locura diferente, una buena, que de hecho, se había deslizado justo debajo de todas las defensas de Lysander y atacó a la parte de él que mantenía tan bien escondida que llegó a preguntarse si todavía se encontraba allí: su corazón. —Sigue moviéndote, dragón… Algo contundente y frío lo golpeó en la espalda, sacándolo de sus recuerdos. Se

tragó un gruñido. Lo estaban llevando a un lugar cercano al mar. Un intercambio por la paz. Quizá eso funcionaba con los elfos, pero no con los dragones. Probablemente estaban cayendo en una trampa. Trató de decírselo al líder, Curan y recibió una patada rápida en las costillas como agradecimiento, luego le metieron un trapo en la boca y le volcaron la bolsa sobre la cabeza. Todo esto estaba comenzando a sentirse inquietantemente familiar. Aunque ahora no escuchaba ninguna llamada de dragón , tal vez esto era otra parte del plan. Unas manos tiraron de él y lo arrastraron por un barranco. Resbaló y cayó contra el lodo húmedo y suave. Uno de los elfos soltó una grosería. —Esto sería más fácil si pudiera ver —refunfuñó Lysander a través de la mordaza. Nadie lo escuchó. Lo tiraron sobre unas duras tablas de madera y lo llevaron a lo largo de la superficie irregular. —Llévalo hasta el borde —dijo Curan—. Observa los cielos. Si llega algún dragón que no sea negro, retírate de inmediato. Unas manos lo arrastraron. Tenía una docena de preguntas en los labios. Algunos comentarios también, que probablemente le regalarían otro puñetazo en el estómago. Empezaba a preguntarse si, igual que él, Eroan tampoco era como su gente. Le quitaron la bolsa de la cabeza y arrancaron la mordaza de su boca, dejando rastros de pelusa e hilos atrás. Escupió y miró a la luz del sol. Las aves marinas se arremolinaban en el cielo, pero no los dragones. El elfo de cabello oscuro que golpeó primero a Lysander, lo miró. —Escuché que los dragones no permiten la debilidad dentro de sus nidos. Tal vez tengamos suerte y te maten aquí mismo. —Solo eres un peón, elfo —gruñó. El otro elfo presente era el mayor y canoso con la cicatriz. Curan. Se pararon al borde de un muelle de madera diseñado para flotar cuando la marea subiera. Como el río estaba lejos de la desembocadura, las tablas se asentaban en el lodo y condujeron a un camino de regreso a la orilla de la desembocadura donde el bosque brindaba mucha cobertura. No podía verlos, pero ahí atrás habría elfos, camuflados de sus simples ojos. —Si esperas reunirte con mi hermano… Curan asintió y el puño de Nye encontró un nuevo hogar en las entrañas de 184

Lysander; se dobló en dos, luego su mano lo agarró por el cabello y tiró de él. —No tienes voz en nada de esto. Los nervios de Lysander se crisparon. Fue un error. Akiem nunca negociaba. —Los. Matará. A. Todos. Nye le dio otro puñetazo y le sacó el aire, haciéndolo caer sobre de rodillas. Volvió a saborear la sangre, probablemente por los cortes en el interior de las mejillas provocados por la paliza anterior que le habían dado. Escupió en el lodo. —No tienen idea de con quién están lidiando. Este trato parece ser un acto desesperado. Va a utilizarlos… Nye tiró de su cabello, arqueando el cuerpo de Lysander. —He matado dragones toda mi vida. Conozco al monstruo al que nos enfrentamos. Una nube negra cubrió el sol, tapando la cálida luz y le provocó un repentino escalofrío. Lysander la vio por encima del hombro de Nye y se dio cuenta, con un sobresalto, que no era una nube. Akiem llegó a contracorriente, casi en completo silencio y oscureció el cielo sobre ellos, sus alas enormes aletearon en el aire, azotando el agua salada. Su presencia los hacía ver muy pequeños, como unas miserables hormigas enfrentando a un dios. A la luz del día, las escamas de obsidiana de Akiem absorbieron la luz. No reflejaba la luz. Ninguna luz podía tocarlo. Los ojos dorados de Akiem escudriñaron la línea de árboles en busca de la trampa. Por supuesto que habría una. Las palabras de Nye se lo dieron a entender. Pero Akiem no había sobrevivido tanto tiempo por confiar en los elfos. O en cualquiera, si era sincero. Su mirada penetrante se posó en Lysander y el ángulo del batir de sus alas cambió, creando un arremolinado frenesí mientras comenzaba a aterrizar en el lodo. Cuando tocó tierra, el cambió lo atravesó, el humo negro lo rodeó y consumió, hasta que un hombre salió de la tormenta mágica y las chispas hicieron temblar su cuerpo. Tenía cabello negro, largo y liso que caía sobre sus hombros, no tenía ni un solo mechón fuera de lugar. Su rostro era anguloso y pálido, y sus ojos oscuros. Una fina cadena con incrustaciones de joyas yacía en la parte baja de su frente, era una corona sutil y un recordatorio de a quién habían convocado estos estúpidos elfos. Lysander, quien seguía arrodillado, con las manos y los tobillos atados, respiró pesadamente por la nariz y trató de estabilizar su corazón acelerado. Durante el 185

tiempo que estuvieron separados, Akiem había cambiado de manera sutil. Había un par de líneas extras entre sus cejas, lo que hizo que su rostro pareciera más afilado. Se parecía mucho a su madre, a decir verdad, Lysander casi podía sentirla entre ellos y el resplandor de sus ojos atravesando las capas de su armadura. —Hermano —le dijo Akiem, mirándolo, hundido hasta los tobillos en el lodo y sin siquiera importarle. Lysander se volvió muy consciente de su estado, atado y repleto de golpes. Ser derrotado por los elfos era un golpe bajo, incluso para él. Nye lo agarró del brazo y tiró de él para que se pusiera de pie, y eso también le recordó a Lysander de su aparente debilidad. Se preguntó si Akiem podría oler a Dokul en él. Quería que la próxima vez que viera a su hermano se notara orgulloso, como lo había hecho en el nido de los bronce, pero ahora había llegado el momento y sus instintos solo querían obligarlo a caer y rodar, exponiendo su vientre y cuello al rey. Eso también era obra de Dokul. El hijo de puta lo había quebrado. —Llévatelo y déjanos en paz —espetó Curan, con un tono usualmente elevado. Akiem movió su mirada lentamente hacia el elfo y luego hacia Nye. —Elfo, ¿lo golpeaste? —preguntó, presintiendo algo de hostilidad. —Se resistió —respondió Nye. La ceja oscura de Akiem se arqueó. Era obvio que mentía. Si Lysander se hubiera resistido, no habrían estado aquí haciendo un intercambio. Para demostrarlo, Lysander tiró de la cuerda que le ataba las muñecas. La soga gimió, estalló y cayó en el suelo del muelle. Después rompió la cuerda que rodeaba sus tobillos. Fueron demasiado valientes al intentar ocultar su sorpresa y fallar. Lysander miró al elfo mayor por el rabillo del ojo, esperando que entendiera que él dejó que lo golpearan y lo que eso significaba. —¿Por qué no luchaste contra ellos? —Akiem le preguntó a Lysander—. Bien pudiste romper esas ataduras desde hace horas. Akiem no lo entendería. Nunca lo había hecho. —Ya me cansé de pelear. Ambos elfos se movieron nerviosamente, sintiendo que habían sido engañados. Lysander quería decirles que le creyeran, al igual que lo intentó con Chloe. Ella lo entendió demasiado tarde y no pudo salvar a su gente, pero estos elfos aún tenían una oportunidad. 186

—Déjalos ir, Akiem. Su hermano resopló suavemente y extendió ambas manos. —¿Ves algún grillete? Son libres de hacer lo que quieran. El malestar se arrastró por su columna vertebral. Algo más iba a suceder. Akiem nunca vendría solo. Sabía que los elfos iban armados y que vinieron listos para luchar. Si los dragones no estaban en el cielo, entonces tenían que estar en el bosque, acercándose por detrás. —¿Ves algún dragón? —Su hermano sonrió con una fría sonrisa de reptil y el corazón de Lysander se contrajo. Todos morirían y nada cambiaría. Tenía que detener esto antes que comenzara. Al acercarse al borde del muelle, se encontró casi a la par con Akiem. Habían tenido sus diferencias, pero así eran los dragones. Luchar o morir. Akiem solo era otro sobreviviente. —Si no les haces daño y me someteré en todos los sentidos. —El labio superior de Akiem se crispó—. Déjalos vivir hoy y haré todo lo que me ordenes, hermano. Y te apoyaré en todo lo que decidas, como rey. —Cuando los ojos de Akiem se estrecharon, Lysander supo que estaba atravesando la armadura de su hermano. Pero no fue suficiente. El malestar había vuelto, cubriendo la garganta de Lysander. Se arrodilló e inclinó la cabeza—. Serás mi rey. Solo deja que se vayan. Esperaba que el líder de la Orden, Curan, escuchara cada palabra y entendiera el sacrificio detrás de ellas. Probablemente no comprendería lo que Lysander estaba haciendo, no por un tiempo, pero algún día, pronto, lo recordaría y tal vez, eso sería suficiente. Akiem posó su mano suavemente sobre la cabeza de Lysander. El alivio avivó su corazón. Los elfos vivirían para luchar otro día. Hasta que su hermano se agachó y susurró: —Pero yo ya soy tu rey y ellos ya están muertos.

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CAPÍTULO 31

EROAN

Traducido por Hècate Corregido por Ella R Corrección final por Samn La voz furiosa de Seraph discutiendo afuera de la cabaña lo puso alerta, alejándolo de su malestar. No podía descifrar las frases completas, pero parecía que le ordenaba a los guardias que se fueran. Arrastrándose hasta ponerse de pie, Eroan observó la puerta y esperó. Curan nunca le hubiese permitido estar aquí. Se estaba arriesgando demasiado. Él le diría que se fuera. Seraph todavía podía tener un futuro prometedor en la Orden pero no si se asociaba con él… con un traidor. La puerta se abrió y Seraph entró dando zancadas, su espada enfundada en su espalda y con su gemela en la mano. —Tienes que llegar a la desembocadura. —En segundos, cortó la soga con su espada, liberándolo de la atadura. Después tomó las cuerdas sobrantes de sus muñecas y gentilmente usó la punta afilada de su espada para quitarlas, liberando al fin, a sus ensangrentadas y doloridas muñecas—. Llevaron a Lysander a Akiem. Todos están ahí ahora mismo, las ballestas apuntan al cielo. Tan pronto como Akiem se lleve a Lysander, les dispararán a ambos. Eroan se masajeó sus muñecas lastimadas y tomó su espalda que Seraph le tendió, agradecido por sentir su tranquilizador peso. —Gracias… no lo olvidaré. Ella asintió, sus ojos se estrecharon.

—Ve a salvarlo, Eroan. Así como él nos salvó. Salió corriendo de la tienda de comestibles, giró hacia el bosque y se sumergió entre los arbustos. Sálvalo. Así como él nos salvó. Los segundos corrían al igual que él y temió, con cada latido de su corazón, que llegaría demasiado tarde.

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CAPÍTULO 32

LYSANDER

Traducido por Hècate Corregido por Samn Ellos ya están muertos… Cualquier tratado que Akiem hubiese hecho con los elfos, era una mentira. Su hermano era un depredador. Las palabras no significaban nada. Los tratos con los elfos no significaban nada porque los elfos no eran nada. Lysander levantó su rostro y Akiem pasó sus dedos cálidos y ásperos por debajo de su mejilla, el toque fue curiosamente ligero. La mirada en sus ojos podría haberse malinterpretado por su compasión fraternal, pero Lysander sabía lo que realmente era: pena. —Huyan —dijo Lysander. Akiem parpadeó. Las palabras no eran para él. Lysander se giró rápidamente hacia Curan. —¡Huyan ahora! Los elfos retrocedieron, pero no se alejaron. ¿Por qué no estaban corriendo? Estúpidos y tercos elfos. —¡Huyan, maldita sea! Él los tiene donde los quería. ¡Váyanse ahora o mueran! De forma silenciosa, ambos colocaron sus ojos en el cielo y a su alrededor, no había señal de dragones, no tenían razón para huir. Lysander sintió que se hundía en el mismo entendimiento que tuvo con Chloe. Akiem tenía razón. Ellos ya estaban

muertos. Lysander no tenía idea de cómo los mataría su hermano, pero Akiem rara vez fallaba. La risa de Akiem fue intensa, oscuramente seductora y se volvió más profunda y exquisita, mientras Lysander mientras retrocedía entre el lodo. —Tú siempre arruinas mis juegos, hermano. —Los dientes de Akiem rechinaron los unos con los otros. El lodo a ambos lados del muelle burbujeó y tembló, y el miedo aterrizó en el cuerpo de Lysander al comprender el juego de su hermano. De la nada, montañas de lodo comenzaron a elevarse de la desembocadura. Unas alas se extendieron y se elevaron unas enormes cabezas, los picos de las coronas aparecieron y se revelaron unos ojos parpadeantes entre todo el camuflaje. La armada amatista estuvo allí todo el tiempo, enterrada en el lodo de la desembocadura. —¡Huyan! —bramó Lysander. Nye y Curan corrieron por el muelle, pero mientras su armada salía expuesta del lodo, Akiem ya había cambiado. Su repentina forma de dragón aplastó un pie en medio de los elfos y el muelle, rompiendo la pasarela y deteniendo su retirada. Akiem bajó la cabeza, empequeñeciendo sus ojos dorados directo a sus presas y rugió con tanto poder que hizo temblar al mundo hasta ponerlo de rodillas. Curan y Nye derraparon por el lodo hasta detenerse y desenfundaron sus minúsculos cuchillos como si creyeran que en serio tenían una oportunidad. Lysander corrió hacia ellos. Si se interponía entre ellos, Akiem podría dudar en atacar. La cola de Akiem se movió de lado a lado y chocó contra los dos elfos, tirándolos de la pasarela y provocando que aterrizaran entre el lodo y directamente, en la asfixiante y agitada masa de dragones emergentes.

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CAPÍTULO 33

EROAN

Traducido por daemon250398 Corregido por Ella R Corrección final por Samn El bosque tembló bajo el peso de un poderoso rugido. Eroan escuchó a los suyos gritando órdenes. Llegó demasiado tarde. Los dragones estaban aquí. A través de los árboles que tenía delante, montículos cubiertos de lodo parecían surgir de la desembocadura y cobrar vida ante sus ojos. Y entre las alas cubiertas de lodo, brillaron las escamas de color negro mate de Akiem. —¡Bajen las ballestas! —gritaron los elfos. —¡Apunten hacia abajo ahora! ¡Abajo! ¡No a los cielos! Eroan se detuvo, jadeante y contempló la caótica escena. Las ballestas no estaban alineadas. Examinó el área en busca de Curan o cualquier signo de liderazgo, pero nadie parecía estar dirigiendo el ataque. —¿Dónde está Curan? —preguntó al operador de la ballesta más cercano. El tipo lo ignoró, consumido por el esfuerzo de intentar reducir el ángulo de la enorme arma. —¡Fuego! ¡Fuego! —Los gritos rebotaron entre la línea de posición. Algunos soltaron sus enormes flechas, pero su puntería estaba terriblemente mal organizada. Las flechas volaron sin alcanzar sus objetivos. Y ahora estaban expuestos. Los dragones se volvieron hacia la línea de árboles, directo a los elfos ocultos.

—¡Asesinos! —gritó Eroan—. ¡Apunten al rey, a la bestia negra! ¡Únicamente a él! —Atacar a Akiem era la única oportunidad que tenían. Si lograban derribarlo, los demás se alejarían—. ¡Los que no manejan las ballestas, pónganse en posición! —Corrió por delante de las ballestas, con los elfos en fila detrás de él—. ¡Protejan las líneas de ballestas! Los dragones atacaron contra la línea de árboles, oleadas de dientes y garras se acercaron más y los asesinos de Eroan rugieron en dirección a su fin.

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CAPÍTULO 34

LYSANDER

Traducido por daemon250398 Corregido por Samn Enormes flechas se arquearon a través de los cielos y se clavaron en el lodo. Algunas encontraron sus objetivos en las escamas de los dragones, pero no muchas, y ahora los dragones se volvieron hacia los elfos, con la intención de hacerlos salir de los árboles. Los gritos empezaron a llegar. Más flechas volaron. El fuego de los dragones pronto ametrallaría esos árboles. Los elfos morirían. ¿Por qué nadie lo escuchó? Lysander volvió su atención a Akiem. Detenerlo pararía el asalto. Akiem no le prestó atención a los elfos del muelle. Halló a uno que había aterrizado en el lodo y comenzó a avanzar hacia él con pasos pesados, los ojos del dragón se quedaron fijos en el hombre tambaleante y seujeto al costado del otro. Caminando entre el lodo, Lysander se acercó con cautela. Las flechas aterrizaron en el lodo a ambos lados suyos. Salpicaduras heladas cayeron en su rostro, nublando su visión. Los gritos confirmaron lo que sabía que ahora era inevitable. Todos estaban muertos, solo que todavía no lo sabían. Pero si podía detener a Akiem, existía la posibilidad de que la armada se retirara. Akiem rodeó al elfo cubierto de lodo con su cuerpo encorvado, miró a su pequeña presa intentar luchar. El elfo tropezó y cayó hacia adelante. Al girar su rostro, su cicatriz blanca lo identificó como Curan. No era coincidencia que Akiem hubiera

escogido al líder para torturarlo personalmente. El elfo de piel más oscura, Nye, le lanzó una daga a Lysander, pero con el lodo succionando sus piernas, el ataque del elfo se quedó corto. Un gruñido surgió de su interior. Lysander permitió que saliera, advirtiendo al elfo que se alejara. —Si te interpones en mi camino, tu Curan muere. —Señaló al juego del gato y el ratón—. Vuelve con tus elfos entre los árboles, ayúdalos a sobrevivir. No puedes hacer nada más aquí. —Puedo matarte —jadeó el elfo con un odio perverso, sus ojos ardieron a través de la máscara de lodo. —Hoy no. ¡Ahora vete! —Lysander avanzó, escuchando el pobre intento de Nye de apuñalarlo por la espalda, pero cuando no pasó nada, siguió moviéndose, arañando el lodo y acercándose más. Los gruñidos de Akiem ahogaron el sonido de los elfos moribundos. Gruñó, el fuego en su interior se avivó y luego aplastó al elfo con su pata, hundiéndolo en el lodo. La mano del líder de la Orden se movió con desesperación, buscando algo a lo que aferrarse. —¡Akiem, detente! —Tenía que llamar la atención de su hermano—. ¡Para ya! Detente y me aseguraré que tus armadas no se revelen contra ti. Pero si lo matas, haré que cada amatista se vuelva en tu contra. Tu reinado siempre será frágil. ¿Es eso lo que quieres? El dragón resopló y levantó su pata, pero no por sumisión. Ahora tenía a Lysander en la mira. Peor aún, esos ojos dorados decían: Te mataré ahora mismo. Lysander buscó alguna señal de que el elfo estuviera vivo, vio que sus dedos se contrajeron y temió lo peor. Pasara lo que pasara ahora, había hecho todo lo posible para salvar a Curan. Ahora tenía que salvarse a sí mismo. El cambio lo atravesó y comenzó a crecer, llenándolo hasta que se convirtió en una masa de rabia sobrecalentada e instinto primitivo. Plantó su postura de cuatro patas sobre el elfo caído y con toda la furia de su interior, alimentó el fuego en lo hondo de su garganta, incrementando las llamas hasta que el calor latió como un segundo corazón, tan hirviente y poderoso que no podía contenerse. Akiem arremetió y Lysander desató el fuego.

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CAPÍTULO 35

EROAN

Traducido por Steph M Corregido por Ella R Corrección final por Samn Un tono anaranjado se derramó sobre los árboles caídos y los cuerpos destrozados. Los dragones abrieron enormes agujeros en el bosque, a través de la línea de ataque de los elfos y ahora su fuego calentaba el aire, incendiando los árboles restantes. Eroan se agachó para protegerse del calor y se volvió hacia la fuente de las llamas. Lysander. Estaba luchando contra Akiem. El rey dragón estaba distraído y de espaldas, exponiendo su lomo y corona a la línea de elfos. —¡FUEGO! —gritó Eroan—. ¡Disparen al rey, ya! Las ballestas soltaron sus flechas fabricadas de dientes de dragón. Emprendieron el vuelo, arqueándose hasta el cielo y luego convergiendo contra la cabeza de la bestia negra. Muere, escoria. Las flechas se hundieron en su cuello y la bestia gimió, pero ninguna se hundió en la coronilla. —¡VUELVAN A CARGAR! Una pared de escamas y garras se estrelló contra la línea de defensa. De un momento a otro, Eroan quedó boca abajo en el suelo, los oídos le zumbaban, su

cuerpo se convirtió en una masa palpitante de dolor. Se movió a tientas por la hierba, gateó y rodó sobre su espalda. Un amatista estaba sobre él, sus ojos se redujeron a rendijas y se clavaron en Eroan. Echó la cabeza hacia atrás e hinchó su garganta de modo que las escamas de la parte inferior de su cuello comenzaron a brillar más y más. Eroan se removió debajo de la bestia, agachándose bajo su pecho y empujó la espada hacia arriba, a través de las escamas de la bestia, adentrándose en las costillas, hasta la empuñadura y luego lanzó cada gramo de fuerza para sacar la hoja. Una de sus patas perdió el equilibrio. Eroan rodó, escapando por poco. De repente, Nye apareció, en lo alto del cuello de la criatura, sus cuchillos destellaron mientras se hundían detrás de la cresta del dragón. El dragón se retorció, puso los ojos en blanco y cayó con un ruido sordo que hizo temblar el suelo, arrojando nubes de tierra y escombros. Nye emergió de entre el desastre y tomó la mano errante de Eroan, ayudándolo a ponerse de pie. —Tienen a Curan. Eroan lo escuchó, pero la devastación que se extendía por todas direcciones hizo que sus pensamientos se hicieran trizas. Las ballestas se hacían añicos. Elfos muertos yacían entre enormes dragones caídos. Por Alumn, esto nunca debió haber sucedido. Había tantos muertos… —Se acabó. Nye bloqueó su visión de la devastación. Lodo y sangre manchaban su rostro y sus ojos tenían un brillo angustiado. —No ha terminado. Tenemos que salvar a Curan. —¡Vuelvan a la base! —gritó Eroan a quiefuera que quedara en pie, su voz se quebró a mitad de la orden. Los que aún estaban vivos hicieron eco de la orden de retirada a través de las filas de elfos. Todavía no regresarían a Cheen. Era demasiado peligroso. En cambio, se dispersarían, desviarían a los dragones con su olor y solo regresarían a casa una vez que fuese seguro. Cheen estaría a salvo. Pero las pérdidas eran devastadoras. Los dragones, tal vez sintiendo su victoria, se habían alejado y ahora parecían reunirse entre el lodo, alrededor de Lysander y Akiem. —Él está ahí fuera, Eroan. —Nye señaló a través de los árboles en llamas—. 197

Tenemos que ayudarlo. Eroan envainó su espada. —Esperaremos. —¡No, tenemos que ayudarlo ahora! Al menos doce dragones rodeaban la desembocadura. No habría forma de atravesarlos. Lo más probable era que Curan ya estaba muerto. —Es un suicidio. La boca de Nye tembló con un gruñido. —Eso nunca te detuvo. Es Curan, Eroan. No podemos abandonarlo. Las últimas palabras de Curan resonaron en la mente de Eroan. Eroan Ilanea está muerto para mí. —Su destino está en las manos de Alumn.

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CAPÍTULO 36

LYSANDER

Traducido por Steph M Corregido por Samn Los dragones amatista comenzaron a acercarse por todos lados. Eran menos de los que habían llegado con Akiem, pero suficientes como para causarle un grave daño. Akiem no había quedado ileso. Un corte en su pierna trasera rezumaba con sangre oscura. No sería suficiente para detenerlo, solo para enfurecerlo. Lysander caminó en círculo, manteniendo al elfo caído debajo de sí. Vivo o muerto, no importaba, tenía que mantener a este elfo, a su líder, a salvo. Chasqueó los dientes hacia cualquier amatista que se atreviera a acercarse demasiado, igual que con los bronce. Pero su misma progenie se movía de diferente manera. Eran más ágiles y escurridizos, arqueaban sus largos cuellos, azotaban sus largas y afiladas colas con púas y jugueteaban con la promesa de lanzar su fuego púrpura que ardía en sus gargantas. Y entonces Akiem se interpuso frente a todos, mirando a Lysander en una postura dominante. Recordó el plan de Eroan sobre infiltrarse en el dominio de los amatista y la mirada de odio en sus ojos cuando habló sobre Akiem. Eroan no solo quería que desaparecieran los amatista, quería a Akiem muerto. ¿No sería de más ayuda para los elfos si él se encontraba en el interior de la torre? Eso era mejor a que su vida terminara aquí, muerto entre el lodo. A regañadientes, con el fuego todavía rugiendo en su garganta, dejó caer la

cabeza, exponiendo el punto vulnerable detrás de su corona. Sometiéndose. No debió sentirse tan mal. Después de lo sucedido con Dokul, esto era solo un juego, pero aun así lo destrozaba. Sin embargo, si se sometía ahora mismo, lo salvaría. Akiem necesitaba tener total autoridad. Necesitaba que Lysander se inclinara. Akiem lo mordió. Sus dientes, largos y duros se hundieron en el cuello de Lysander a solo centímetros por debajo del punto blando detrás de su corona, pero lo suficientemente cerca para que Lysander no pudiera evitar aullar de miedo. Las poderosas mandíbulas de Akiem se retorcieron, forzando a Lysander a ponerse de lado, aplastando su ala mala debajo de él y exponiendo su vientre. Akiem extendió sus anchas alas negras, todavía teniendo a Lysander entre sus mandíbulas y así, emprendió el vuelo. La armada amatista los siguió, inundando el cielo de alas, sacudiendo su camuflaje de lodo y dejando atrás un paisaje lleno de heridos y muertos.

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CAPÍTULO 37

EROAN

Traducido por Steph M Corregido por Samn La pelea causó un gran maremoto y todo quedó cubierto de lodo, dejando solo una parte del muelle expuesto. A Eroan le dolían los dedos, estaban entumecidos y helados por desenterrar a los muertos. Sin decir palabra, él y Nye sacaron los cuerpos de los elfos del agua, a la relativa seguridad de la seca orilla para que al menos el río no se llevara sus restos. Sus familias vendrían por ellos, una vez que fuese seguro. La ropa fría y húmeda se le pegaba, repleta de lodo, pero la furia hirviente lo mantenía caliente. Había pasado demasiadas horas de su vida recolectando a los muertos y llevando noticias espantosas a demasiados seres queridos. Esta matanza podría haberse evitado. Moviéndose entre el agua que le llegaba hasta los muslos y el lodo que lo succionaba, todo lo alentaba a detenerse. Le dolían los huesos. Su alma también. Nye jadeó y se tambaleó hacia adelante, directo a un trozo de madera a la deriva atrapado en una montaña de lodo. El trozo de madera atorado se movió, temblando. Eroan corrió hacia él. Curan estaba medio enterrado, pero lo suficiente expuesto para que Nye intentara desesperadamente detener la herida que se desangraba en su estómago. Su sangre espesa, casi negra, se mezclaba con agua sucia y se escurría entre los dedos de Nye. La mayor parte del torso de Curan era una masa desgarrada de carne y hueso.

No iba a sobrevivir. Curan levantó una mano pálida y temblorosa. Eroan la tomó de forma instintiva, arrodillándose a su lado. Su mano estaba helada. —¿Eroan…? —La sangre goteaba de la comisura de la boca de Curan, el color era tan brillante contra su piel blanquecina. —No hables. —Eroan intentó sonreír, para ofrecerle algo de consuelo y fracasó. Los viejos ojos de Curan estaban llenos de lágrimas. Sabía que se estaba muriendo—. No estás solo, sassa. Su rostro se contrajo de dolor. Su mano apretó la de Eroan pero sus ojos comenzaron a cerrarse, dirigiéndose a la deriva. —… Lo siento… mucho… —No hables. —Lo siento mucho… hijo. La visión de Eroan se nubló. El dolor desgarró su pecho, tratando de arrancarle el corazón. Acunó la cabeza de Curan en su mano y apoyó su frente suavemente contra la suya, estaba tan cerca que casi podía ver su alma en lo profundo de sus ojos abiertos y agonizantes. —Ve en paz, Curan. No hay nada que perdonar. —Estaba… equivocado… —susurró Curan—, sobre tu dragón. Eroan cerró los ojos con fuerza. Sus lágrimas cayeron silenciosas e incontrolables. —Tienes que guiarlos. —Curan cambió su agarre de la mano de Eroan a su brazo y tiró de él, repentinamente feroz ante su convicción—. Llévalos a la victoria. Ellos te seguirán, Eroan. Siempre fuiste tú. —Sus dedos temblorosos y cubiertos de lodo tomaron el rostro de Eroan, manchando sus lágrimas. El viejo asesino sonrió. Su temblor se disipó—. Xena me dijo una vez… que tú nos salvarías a todos. —Sí… —Quería decir más, pero las palabras se atascaron en su garganta. Los ojos de Curan se opacaron. Su agarre se resbaló y cayó. —No —susurró Nye. El mundo cambió a su alrededor, la desesperación se apoderó de él. Hijo. Pasando una mano por el rostro de Curan, le cerró los ojos y recostó a la única familia que realmente había tenido, hasta finalmente presionar su frente contra la de Curan. 202

—Que la luz de Alumn te guíe por siempre…

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CAPÍTULO 38

LYSANDER

Traducido por Eileen Corregido por Samn En la torre nada había cambiado. Aunque no había esperado que lo hiciera, pero tuvo la absurda esperanza de que el reinado de Akiem fuese diferente al de Elisandra. Su habitación estaba fría, cubierta de polvo y telarañas. Se quedó mirando al vacío, preguntándose a dónde se habría ido el Lysander que una vez vivió en este lugar, porque ya no se sentía como él. Aquella criatura que había andado por la vida dando tropezones medio borracho, bajo el yugo de su madre; enfurecido con el mundo, esperando que este cambiara para él. Elisandra había estado en lo cierto, no había conocido la crueldad, no había sabido nada en lo absoluto. Estaba vivo, al menos ese era un punto a su favor. Pero, ¿en qué punto sobrevivir se convirtió en una tortura tan grande? Un golpe hizo resonar la puerta a sus espaldas. —Akiem lo verá en la sala del trono —le dijo un desconocido. Lysander asintió, excusando al exiguo por donde vino y lo siguió momentos más tarde hacia la sala del trono atiborrada de punta a punta de súbditos amatista. Un grupo de mujeres amatista descansaban alrededor del antiguo trono de la reina, con Akiem siendo el centro de su atención. El harén no le servía, como habrían hecho con Elisandra, pero verlo en el lugar de su madre, llevando la misma sonrisa socarrona; hizo que se detuviera en seco. Aparentemente, era bueno ser rey.

Mientras se acercó por el pasillo principal, el parloteo de la sala disminuyó. Se detuvo frente a Akiem, el silencio se volvió repentinamente sofocante. Akiem se inclinó y movió su mano en dirección del suelo. —Arrodíllate, hermano. La parte trasera del cuello le cosquilleó, la ansiedad aún seguía presente. A no ser que quisiera desafiar el reinado de su hermano, no tenía más opción que hacer lo que se le ordenara. Esto no era diferente a la forma en que se sometió a él en la desembocadura del río. Se arrodilló con lentitud. Los segundos pasaron. Lysander levantó la mirada y vio a su hermano sonriéndole justo como Elisandra solía hacerlo. Los nervios se agitaron en su estómago. —Hueles a mierda de bronce. Lysander apretó la mandíbula para retener las palabras que no podía decir. —¿Hay alguna razón por la que me tengas arrodillado? —Cuando Akiem no respondió, su insolencia salió a flote—. ¿O tal vez te gustaría que te la chupara, hermano? Por los viejos tiempos. Un peligroso nervio tiró de la rígida boca de Akiem. Ahora Lysander estaba sonriendo. Nunca habían hablado sobre la época en la que Akiem había deseado el afecto de su hermano de una manera que ni su santísima madre habría aprobado. Fue casi una rebelión compartida, una manera de burlar el poder que Elisandra tenía sobre ellos, o tal vez Akiem sintió curiosidad por los hombres. Y le gustaban. Akiem siempre había sido mejor que él al ocultar sus deseos. —Átenlo —ordenó. Los guardias se apresuraron a sujetarle los brazos. Lysander les gruñó, eran hombres que conocía, hombres a los que había entrenado y con quienes luchó lado a lado. No podía pelear contra una torre repleta de dragones. Como era de esperarse, unas cadenas repiquetearon contra el suelo de piedra. Cerraron los grilletes en su lugar perteneciente, colocando las muñecas de Lysander detrás de su espalda. —Será mejor que las hayan cerrado bien —advirtió Lysander—. Me escapé de unas iguales durante el apareamiento de los bronce. —Ah, lo sé… —La melosa voz de Mirann se escuchó entre el alboroto de la multitud. Un guardia tiró de su cabeza, así que Lysander no tuvo más opción que ver a la maldita perra pintada de dorado que caminaba lentamente en su dirección, pasándose 205

un látigo de nueve colas entre las manos. Había pasado mucho tiempo y su presencia aquí fue tan inesperada que por un breve momento olvidó los grilletes; los amatista la observaron y Lysander se olvidó de su hermano hasta que este se apartó del trono y le dio un puñetazo en las costillas. El aire se le escapó de los pulmones y un frío entumecimiento se esparció por su cuerpo. —Por abandonar a los amatista —bramó Akiem. Pero no fue un puñetazo… Lysander bajó la mirada y encontró la empuñadura de un cuchillo sobresaliéndole del pecho. No podía ser cierto. ¿Por qué lo apuñalaría…? ¿A qué se refería con abandonar a los amatista? Dioses, dolía. —Esto debería dificultar que cambies de forma… —Mirann se arrodilló frente a él y usó el extremo del látigo para girar su rostro y susurrar en su oído—: Cambia y ese cuchillo podría clavarse a tu corazón, mascota mía y no queremos que eso pase. Su cabeza palpitaba, como si hubiera bebido demasiadas botellas de vino. No, esto no podía estar pasando, no era justo. Akiem era duro, pero no de esta manera… Esto era obra de Mirann. De principio a fin. Quizá era su venganza por la caída del nido de los bronce. No estaba seguro y ahora sus pensamientos comenzaron a ablandarse, escapándose de sus dedos. En cualquier momento perdería el conocimiento y entonces quedaría a merced de Mirann. Este no era el plan. No se suponía que Akiem le hiciera esto. El poder se retorció bajo su piel, tratando de liberarse. —Mirann, no hay nada que puedas hacer que tu desgraciado padre no me haya hecho ya —masculló, perdiendo el agarré que tenía sobre la realidad. Los ojos dorados de Mirann destellaron como piscinas de mineral de oro tratando de atraerlo. —Reto aceptado, Lysander Bronce. —Llévatelo a lo más profundo de la torre —ordenó Akiem—. Haz lo que te plazca con él, y corre la voz entre mis reinos que no tengo hermano. La amarga traición lanzó adrenalina a través de sus venas. —¡Hijo de perra! —Forcejeó contra el agarre que lo mantenía preso. El dolor se extendió por su pecho, incendiando dentro de sí una parte vital de su cuerpo, debilitándolo—. ¡Te serviré! ¡No necesitas hacer esto! El rugido de Akiem retumbó por toda la habitación 206

—Eres simpatizante de los elfos. Eres una criatura débil y rota. —Akiem volvió a sentarse en el trono y permitió que los miembros de su harén se acercaran—. Pero lo peor de todo, es que asesinaste a la reina Elisandra. Agradece que Mirann peleara por tu vida. Porque eres repudiado por los amatista. Mi plan era dejar que te pudrieras en los calabozos de esta torre por el resto de tu miserable existencia. Los guardias lo devolvieron al pasillo, arrastrándolo cuando empezó a patalear y mientras Mirann dirigía el camino como una serpiente dorada deslizándose a través de los amatista. Lysander luchó tanto como pudo soportar, incluso se las arregló para soltarse del agarre, pero siempre terminaba topándose con una guardia de exiguos enojados. Les enseñó los dientes, gruñéndoles de forma amenazante, pero los guardias lo volvían a sujetar, arrastrándolo hacia los confines más profundos de la torre. Lo arrojaron dentro de una celda extrañamente similar a la de Eroan. El pánico se aferró en su corazón junto con la daga que le machacaba los huesos de las costillas, dejándolo sin aliento. Las cadenas traquetearon, pero no logró ponerse de pie, se quedó mirando fijamente el piso, negándose a permitir que el agudo dolor de cabeza y pecho lo derrotaran. —Manténganlo quieto. Su voz lo trajo de vuelta a la habitación. Esa voz tan dulce como la miel. Unas manos lo sostenían de los hombros, manteniéndolo quieto. Soltó una sarta de gruñidos como advertencia. —Tóquenme y los mataré a todos, cabrones. —Ya, ya… pequeña mascota. —Mirann levantó un objeto cilíndrico y transparente, casi del mismo tamaño de su pulgar, con una aguja a un extremo y una palanca en el otro. El objeto tenía un líquido sucio y marrón en su interior—. Esto mejorará todo. Nunca antes había visto un artefacto como ese. Mirann apuntó la aguja hacia arriba y empujó la palanca, una gota salió de la punta. Las manos sobre sus hombros lo inmovilizaron y Lysander les gruñó entre dientes a los exiguos. —¿Creen que me han sometido? No tienen ni la más puta idea de quién soy. Háganme algo y los perseguiré a todos, mataré a su progenie y los haré observar. Un puño lo golpeó en el ojo derecho, reabriéndole las heridas que le hicieron los elfos. —¡Dije que lo mantengan quieto! —chilló Mirann. Una mano le sostuvo firmemente la mandíbula, haciendo que su cabeza quedara 207

completamente inmóvil, mientras unos dedos se clavaban en sus hombros. Mirann se acercó, con el objeto con aguja en mano. —Me perteneces ahora, Lysander Bronce. —Presionó la punta de la aguja contra su cuello. Le atravesó la piel, y una fría y extraña sensación se esparció dentro de sus venas, viajando por su pecho, descendiendo por el brazo y asentándose en el estómago—. Y teniéndote bajo mi control… —susurró, acariciando su mejilla con su helado dedo—. Pronto todos los amatista estarán bajo mi poder. La sensación helada le paralizó el corazón, provocando espasmos en sus músculos y haciendo que colapsara antes de siquiera tocar el piso.

Soñó en plata y bronce, con sangre fluyendo de su boca y unas frías manos que le quemaron la piel. Despertarse era peor. Los temblores no se detenían. Lo que fuese que Mirann había inyectado sus venas, trataba de comérselo desde adentro. Tiritó, febril en la oscuridad, escuchaba la risa de su madre y las palabras de Akiem una y otra vez… una criatura débil y rota. No era cierto. No lo era. Pero las palabras martillaban su cabeza, una y otra vez, haciendo que su armadura se dañara. Entonces, más de la porquería venenosa era introducida en sus venas, dejándolo jadeante e ido; acurrucándose para entrar en calor. Oh, mi niño… ¿qué te han hecho? Reconoció la voz como la de alguien que debía conocer, alguien importante que siempre estuvo a su lado, pero al buscar en la oscuridad, se daba cuenta que estaba solo. No permitas que te rompan. Escuchó a Eroan y sollozó con fuerza, clavando sus dedos en la suciedad incrustada en el suelo. Otras personas aparecieron en la habitación, a unas las conocía y a otras no. Parecían fantasmas y no estaba seguro si eran reales o imaginarios. Amalia apareció, su risa fue la luz que se dedicó a perseguir. Entonces Mirann reemplazó su lugar, sus manos entrando entre sus muslos a la fuerza y alrededor de su garganta. Le susurraba cosas, cosas que no comprendía del todo, sobre él siendo esmeralda, sobre el poder y control, y cosas que no entendía. 208

No quería estar en este lugar. Quería estar volando muy alto, lejos de la oscuridad y el dolor. Quería sentir el calor de cierto elfo escurridizo bajo sus manos y ver su delicada sonrisa de nuevo. El sueño de Eroan fue reemplazado con Mirann, su cuerpo aplastaba sus caderas y sus manos se sujetaban a su pecho. Empezó a abrir los ojos, la realidad arrastró su pesado cuerpo de vuelta a la superficie. La fría piedra lastimaba sus hombros y caderas, cada movimiento de Mirann lo clavaba más profundo al suelo. Su boca se clavó salvajemente sobre la suya, despertándolo por completo y de repente, lo sintió todo. Su miembro dentro de ella, montándolo, el cuerpo de Lysander era un instrumento bajo el de Mirann. Con las manos aún atadas, todo lo que podía hacer era retorcerse y girar, pero el esfuerzo lo debilitó y lo dejó mareado. Mirann volvió a montarlo, esta vez le puso las manos sobre la garganta. Igual que su cabroncísimo padre… El frío le cubrió la piel y lo heló completamente, llevándolo a un lugar lejano. Dejó que la perra lo tuviera por ahora, la haría pagar por todo… tan pronto como… pudiera volver en sí y lograra detener el terrible dolor en su corazón. —Me reverenciarás. Te someterás a mí por completo y también lo hará tu patético hermano. —Le mostró la aguja y la sacudió—. Di que eres mío. Lysander le enseñó los dientes. —Saca… el cuchillo. —Aún le sobresalía del pecho, palpitando fuertemente como un segundo corazón, matándolo con cada hora que pasaba. O tal vez el culpable era el veneno de Mirann. —Ay, no, no, no… —Mirann se enderezó sobre él, usaba un vestido oxidado de bronce y todo su cuerpo era visible debajo de él. Lo tocó por todas partes, incluso en el interior—. Dime que eres mío. —No le pertenezco a nadie. —El apareamiento… ¿lo recuerdas? Ahora eres mi esmeralda, para hacer lo que me plazca. Dokul no debió someterte, pero no importa. Ahora te tengo. Su cabeza era un revoltijo de cristales rotos. Todo olía a metal y sangre. Tenía el estómago revuelto, y el cuerpo debilitado y roto. —Tal vez un poco más de esto te ayudará a darte por vencido. —Sentándose a horcajadas sobre él, se inclinó para suministrarle aún más veneno. Lysander tragó, respirando el aroma similar a la sangre proveniente de ella, permitiendo que lo llenara 209

de ira y entonces, cuando la aguja le atravesó la piel, tiró de su cabeza con fuerza, golpeando a Mirann en las partes blandas y duras de su rostro. Soltó un grito de dolor, pero en vez de retroceder, le hundió los dientes en el cuello de Lysander con fuerza. Él se quedó inmóvil, el dragón dentro de sí quedó totalmente doblegado en segundos. Y entonces Mirann le clavó la aguja en el muslo y el ciclo empezó una vez más.

—Arréglalo. Alguien más apareció. Olía como a leña quemada y aguamiel, le recordó a cuando era pequeño, y tenía el cuerpo adolorido y lastimado por otra pelea. Lysander comenzó a temblar. No más… no podía soportar más veneno en las venas ni las manos de Mirann sobre él. —No me es útil de esta manera. —Sus botas resonaron sobre el suelo de piedra hasta que el sonido se desvaneció. La puerta de la habitación se cerró de golpe. Ya no más… Que esto se detenga. Una mano le tocó su hombro sensible. Con los brazos aún atados a su espalda, ese pequeño toque ardió. Lysander se apartó, ocultándose en una esquina. —Escúchame… escucha… Eres un sobreviviente. Parpadeó, preguntándose si la mujer de cabello gris que iba vestida de cocinera era real. Por supuesto que la conocía. Siempre aparecía cada vez que Akiem y él tenían una pelea. Siempre lista para curarles las heridas. —¿Carline? —preguntó con voz ronca. —Sí, mi querido niño… —Nuevamente reposó su mano sobre su hombro y esta vez permitió mover su cuerpo hacia ella, dejando que se acercara y lo abrazara—. Está bien. Ya casi termina. —… duele. —Lo sé. Debes ser fuerte. Vas a sobrevivir a esto. Quería acurrucarse en su regazo y esconderse allí, deseaba cambiar y esconderse bajo sus alas, pero cambiar sería peor. El cuchillo estaba muy cerca del corazón. 210

—Está en mi cabeza, ella y… Madre. Haz que se detenga, Carline. Saca el cuchillo o húndelo. No importa. Solo haz que se detenga. —Escúchame y hazlo bien, Lysander. —Sus manos cálidas y sanadoras le tocaron el rostro, esa calidez lo invadió, llegando hasta los huesos y ahuyentando el dolor—. No eres como ellos. Nunca lo fuiste, y tampoco eres un error. Eres la respuesta a todo. —Lysander cerró los ojos. La mano de Carline le acariciaba la cabeza. —… débil. —Roto. —No… —le dijo con voz dulce—. No. Tú eres el más fuerte de todos. Los temblores se adueñaron de su cuerpo nuevamente, dejándolo sin aliento. —No p-puedo. La puerta se abrió de golpe. —¡Suficiente! —espetó Mirann—. ¡Largo! —Apartó a Carline de su lado y llevó a la vieja dragona hacia la entrada a empujones. —Nunca debió ser de esta manera —gruñó Carline—. Él será tu fin. El fin de todos nosotros. Mirann soltó una carcajada. —¿Eso será nuestro fin? —Apuntó en su dirección y Lysander comenzó a temblar de nuevo—. Su mente es mía y lo que sobre también. —Estás jugando con fuego, bronce. ¿Tu padre sabe lo que le estás haciendo? Él es chapado a la antigua. No permitirá… —Lárgate, vieja bruja. Carline le dio una larga y significativa mirada, probablemente tratando de comunicarle algo, pero Lysander falló en entenderlo. Después de su partida, se quedó mirando la puerta abierta. La libertad nunca se sintió tan lejana. La silueta de Mirann creció hasta que se convirtió en su mundo entero. Se puso de cuclillas para mirarlo a los ojos. —¿Te sientes mejor, mascota? Lysander humedeció sus labios resecos. —Saca… el cuchillo. —Hmm… —Mirann acunó su rostro. Su mano se sintió tibia contra su piel ardiente—. ¿Listo para dejar de luchar contra mí? Pensar se sentía como rebuscar dentro de vidrios rotos. —Deja de drogarme… déjame pensar. 211

Meciéndose sobre sus rodillas, Mirann se inclinó y le mordió el labio. —O tal vez ya es hora de cambiar la táctica. —Se movió tan rápido que le nubló la vista. Pero vio el látigo y su sonrisa. Se movió demasiado tarde y no pudo evitar el terrible daño de las nueve colas. La agonía le desgarró el rostro y el cuello. Jadeó, el dolor fue muy fuerte y veloz para permitirle procesarlo. —Tú. —Volvió el dolor. Su cuerpo no paraba de gritar—. Eres. —Otra vez, la cólera y el poder lo atravesaron, consumiendo el veneno—. Mío. —Y otra vez. La necesidad de transformarse surgió. La muerte sería una liberación. El dragón dentro de sí tomó fuerza, revitalizado por el toque sanador de Carline. Tomó el poder bruto, sopesó su fuerza, lo usó y lo canalizó; vertiendo aquella crueldad dentro de sus brazos y tirando de los grilletes que tenía en las muñecas. El eslabón se rompió y las muñecas se separaron. Lysander extendió su mano y tiró de las tiras del látigo antes de que pudieran golpearlo de nuevo. Mirann gritó encolerizada. Con su mano libre, extrajo el mango del cuchillo y este salió con un sonido húmedo. Libertad. Mirann lo atacó, sofocándolo. El artefacto con aguja apareció frente a él, pero Lysander sujetó su rostro entre sus manos. La aguja se introdujo contra su hombro, el veneno comenzó a fluir, pero ya era demasiado tarde. Con la mente serena, golpeó el cráneo de Mirann contra la pared. Una. Dos veces. El hueso crujió. Unos escalofríos lo atravesaron. El repulsivo veneno trataba de adueñarse de él, pero ahora estaba de pie, el cambio lo controlaba, pero solo prestando fuerza para pelear. Se tambaleó, la habitación se movió y lanzó a Mirann contra una pila formada de sus necesidades. Mirann jadeó. Movió los dedos y parpadeó. No estaba muerta. La quería muerta. Levantando el látigo, la rodeó y observó mientras ella se retorcía de dolor. Levantó sus ojos dorados y fijó su mirada en él. Una gélida calma lo envolvió en la nada y dejó caer las colas del látigo con un terrible chasquido. Mirann se sobresaltó, aún con vida, murmurando e implorando clemencia. Bien. 212

Balanceó el látigo una y otra vez, necesitando hacer polvo su existencia. Gimió. Otra vez. El látigo la golpeó, desgarrando y derramando sangre a través de las tiras del vestido metálico que llevaba. Otra vez, las colas chasquearon, rompiendo su armadura en pedacitos con cada golpe. La sangre fluyó y encharcó el suelo, y aún no era suficiente, nunca lo sería. Otra vez, la golpeó, rugiendo para sacar todo su dolor, hasta que los sonidos que emitió dejaron de ser humanos. Lysander volvió en sí, extrañamente calmado y se sentó a un lado de los miserables restos de Mirann. El aire apestaba a sangre y excremento, probablemente debió importarle estar cubierto por todo eso, pero su mente estaba en paz, como nunca lo había estado antes. Mirann no estaba muerta. La muerte sería una liberación y no se la había ganado. Sufriría, al igual que él. Pero primero, tenía un mensaje que enviar. Se levantó del suelo, tomó el empapado látigo y lo puso en su cinturón, sus dedos estaban resbaladizos por la sangre, luego levantó el inerte cuerpo del piso, lo colocó en su hombro y abandonó la habitación.

Unas voces resonaron del interior del salón de banquetes. Sus pies lo llevaron a través de las entrañas de la torre, directo a los sonidos de la reunión. Los exiguos se apartaban de su camino o se encogían de miedo, esperando no ser vistos. Pero Lysander los veía. A cada uno de ellos y los marcó en su mente. Nunca olvidaría su traición. O ninguno se había atrevido a adelantarse y decirle a Akiem, o a su hermano no le había importado, porque cuando entró a la habitación cargando el cuerpo de Mirann, tomó unos minutos para que la ola de conmoción surgiera entre la gente. Akiem estaba sentado en la mesa donde su madre solía hacerlo, con una copa en mano, mantenía una postura relajada frente a un gran festín dispuesto ante él. Cuando lo vio, la sonrisa despreocupada y encantadora que llevaba se congeló. Nadie se atrevió a interponerse en su camino. No estaba seguro de lo que habría sido capaz de hacerles si lo hubieran hecho. Se detuvo a un lado de la mesa, apestando y empapado de sangre, respirando fuertemente por la nariz. Mira muy bien, hermano. 213

Y así lo hizo, siendo cuidadoso de no mostrar ninguna reacción, pero el silencio fue suficiente. Akiem lo vio. A su verdadero yo: la bestia en la que se había convertido gracias a los años de tortura mental. Lysander agarró el peso muerto de Mirann y la arrojó sobre la mesa, haciendo caer platos de comida. Sus brazos cayeron inertes y sus dedos rotos quedaron cerca del regazo de Akiem. —¿Crees que puedes deshacerte de mí tan fácilmente, hermano? —Descubrió los dientes y rugió como nunca. El veneno aún quemaba dentro de sus venas, pero también lo hacía la inminente transformación, ambos fusionándose en un poder ardiente y devastador. Era más que su forma humana y más que el dragón contenido en su interior. En este momento, se sintió capaz de capturar el sol en sus manos y bebérselo. Por primera vez en su vida, era él quien estaba a cargo. Sabiendo que su hermano no haría una mierda en su contra, se giró para apreciar la habitación. Cientos de su progenie le devolvían la mirada. El miedo colectivo le hacía cosquillas en la lengua. Y extendió sus brazos y permitió que le dieran un buen vistazo a su príncipe cubierto de sangre y porquería. Siempre se habían regocijado de su fracaso, así que, ¿por qué no también de su victoria? —Si algún cabrón piensa tan siquiera en retarme, les haré lo mismo que le hice a esta perra bronce. —Su voz resonó a través de toda la habitación, inundando el gran silencio—. Mírenme de mala manera y les arrancaré sus malditas alas y me las comeré. —¿Está muerta? —preguntó su hermano finalmente, atrayendo su mirada hacia él. Sus músculos se tensaron, el dragón dentro de sí estiró las garras. —¿Te asusta lo que los bronce harían si lo estuviera? Su hermano se sonrojó. Su cuerpo seguía recostado sobre el trono, frotando su pulgar y el índice, pensando. Ah, con que sí lo estaba. Lysander acababa de comenzar la guerra que Akiem junto con su madre habían tratado de evitar. Guerra. Carajo, Lysander ansiaba que llegara. No descansaría hasta que el último de los bronce fuera erradicado de la tierra. Y luego iría por los amatista y cualquier otro dragón que se atreviera a interponerse en su camino. Tomando la suave y calva cabeza de Mirann, se inclinó y sostuvo la mirada de su hermano, entonces lamió el cuello de la perra, probando la sangre cobriza. 214

Goteó de su lengua y la limpió de su barbilla. La furia de la mirada de su hermano no disminuyó. El mensaje que Lysander dio era claro. No me subestimes, hermano. Lysander plantó una bota sobre la banca y se subió a la mesa. Todos los ojos de la élite amatista estaban sobre él. Los líderes de las armadas que había entrenado y dirigido en batalla contra los dragones del norte, a los que alguna vez había llamado amigos. Le habían dado la espalda tan pronto Elisandra hizo clara sus intenciones, pero ella ya no estaba y Lysander sí. Sonrió ampliamente y levantó ambos brazos. —¡Todo puto bronce que se meta con los amatista sufrirá! La celebración estalló en estruendos, el deseo de sangre se mostró en los ojos de su progenie. Se bajó de la mesa y le lanzó una sonrisa a su hermano. —La armada siempre fue mía. Akiem se abalanzó sobre la mesa y lo sujetó de la muñeca. —Arrodíllate ante mí, ahora. Claro, porque necesitaban ver que Lysander lo seguiría como un buen niño. Se soltó del agarre de su hermano, dejando manchas de sangre sobre sus pulcros dedos. —Ayúdame a asesinar a cada maldito bronce y me arrodillaré. Por ahora —le respondió. Akiem miró a su alrededor, la lealtad de su gente sería igualada con la fuerza del mejor dragón de la habitación. Podría transformarse y retar a su hermano aquí y ahora, pero hacer tal cosa sería una señal de debilidad. Akiem tenía su orgullo. Asintió a regañadientes, lo suficiente para que solo Lysander lo pudiera ver. Lysander levantó la mano de Akiem, dirigiéndose al frenesí de dragones. —¡Su rey! —Se arrodilló en la banca e inclinó la cabeza, escuchando el interminable resonar de los gritos. Un escalofrío lo atravesó. El cuerpo de Mirann se nubló ante sus ojos. Luchando contra las ondas de debilidad, tomó su muñeca y tiró de ella, lanzando su frío cuerpo de la mesa al suelo. —Exiguos, es toda suya. Se olvidó de ella mientras cada exiguo corría hacia ella como una manada de lobos hambrientos y entonces, se deslizó entre la multitud. Les permitió que pasaran sus ávidas manos por sus brazos, embadurnando la sangre de Mirann en todas partes. 215

—Tú… —le ladró a un exiguo anonadado que estaba por dejar la habitación—. Un baño, en mi habitación. Ahora. —El sirviente corrió a obedecer sus órdenes. Logró dar unos cuantos pasos más antes de chocar contra la pared que estaba afuera del salón. La vista le dio vueltas, haciéndose doble. El poder, la droga, el abuso, todo conspiraba para ponerlo de rodillas. Se forzó a seguir adelante, pidiéndole a sus pies que cooperaran. Un paso después del otro. Podía hacerlo. Solo tenía que estar consciente hasta que llegara a su habitación. Los temblores habían regresado, haciendo que sus manos no dejaran de moverse y el malestar enviaba ondas de calor y frío por toda su piel. Por primera vez, agradeció la oscura frialdad de su habitación. En la ventana, tocó a tientas el cerrojo y lo abrió, dejando entrar la fría ráfaga de viento, el aire fresco lo rodeó por completo. No permitas que te rompan. Agachó la cabeza y cerró los ojos, tratando de controlar las ganas de vomitar y a su mente de romperse en mil pedazos. Lo que sentía era miedo. No de ellos, ni de Mirann, o de la droga, mucho menos de su hermano y tal vez ni siquiera de Dokul, ya no. Nada de eso podría lastimarlo. Tenía miedo de sí mismo, de lo que se estaba convirtiendo… y en lo que se tendría que convertir para sobrevivir a la guerra que estaba por venir.

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CAPÍTULO 39

EROAN

Traducido por Astrid L Corregido por Ella R Corrección final por Samn —Los amatista están más activos que nunca —señaló Eroan, dirigiéndose a los cuarenta asesinos reunidos alrededor de la mesa del consejo de Cheen. Después de enviar mensajeros a las aldeas cercanas con un llamado a las armas, más asesinos llegaban a diario. Las filas de la Orden crecieron a tal punto que habían superado la capacidad del salón de la Orden y tuvieron que adaptar el salón principal de la aldea. A pesar de que la mayoría de los rostros presentes eran jóvenes, cada uno era un asesino de dragones capacitado, muchos contaban con dígitos dobles en asesinatos—. Aunque su atención parece estar enfocada en la vigilancia, no estoy convencido de que nos hayan olvidado ni lo que sucedió en la desembocadura hace un mes. Nuestras fuerzas deben estar listas. No podemos esperar. Esperar nos cuesta vidas. Es hora de actuar. El mensajero de Cheen ingresó al salón, recién llegado de su viaje, a juzgar por su apariencia andrajosa. Se dirigió directo a Eroan, que estaba en la cabeza de la mesa y sacó una nota de su abrigo. —Trey —lo saludó Eroan, tomando la nota. Los dedos del hombre rozaron los de él y Eroan divisó la expresión de sus ojos—. ¿Puedes reunirte conmigo después de esta reunión? —preguntó, rompiendo el sello de cera de la nota. —Por supuesto.

—Primero descansa… —La orden de Eroan se desvaneció mientras leía las palabras escritas. Cincuenta Dos días Chloe Los humanos habían respondido a su llamado. El corazón de Eroan se contrajo. Dobló la nota y se dirigió a los asesinos que lo miraban, esperando sus palabras. Seraph estaba aquí, esperando tan pacientemente como los demás y Nye se encontraba al otro lado de la mesa. Con su último aliento, Curan le había dicho que los dirigiera y eso era exactamente lo que iba a hacer. —Trey, ¿qué tal eres con las espadas de dragón? —Yo… eh… —carraspeó y evitó la mirada de Eroan, viendo a los otros asesinos—. Me las arreglo. —Habla con Nye. Te necesito en la Orden. Todo está sucediendo muy rápido y necesitamos más asesinos. Trey parpadeó y se aclaró la garganta. —Soy mejor mensajero que asesino. Eroan casi sonrió. —Veamos si Nye puede cambiar eso. Trey era un buen mensajero, pero para sobrevivir las largas caminatas de aldea a aldea solo, hacía mucho más que arreglárselas con un cuchillo. Nye vería de lo que estaba hecho el mensajero. —Nombra a tu sucesor y dile que venga a buscarme. Necesito enviar un mensaje a Ashford. El resto de ustedes… —Miró a los asesinos en turno, el orgullo incitó su corazón—. Cuando no estén de guardia, entrenen. Se forjan espadas todos los días y Janna está trabajando en flechas con puntas de dientes y arcos para todos ustedes. —¿Tienes un plan para atacar la torre? —preguntó Nye. —Estoy trabajando en ello. Hizo que el grupo se retirara y llevó a Trey a un lado del pasillo. La vida en la aldea bullía a su alrededor, la increíble normalidad a la luz del sol de primavera. —Sé que no quieres hacerlo, pero necesito a individuos fuertes y capaces en la Orden. 218

—¿Es el único lugar en el que me necesitas? —bromeó el mensajero. Oh, Eroan no había olvidado ninguno de los otros talentos de Trey y podría perderse felizmente en las promesas que sus seductores ojos proponían. Tomando en cuenta la sincera expresión en el rostro del mensajero, él no se opondría si decidieran crear más recuerdos justo como los que formaron hace unos años. Antes de Lysander, Eroan habría caído en la tentación. —Esto no es un asunto personal —respondió Eroan, tragándose sus verdaderos pensamientos—. Necesito personas como tú para atacar la torre. La despreocupada sonrisa de Trey se esfumó. —Lo sé. No siento nada más que respeto por ti y por todo lo que has hecho por Cheen. Será un honor blandir una espada y pelear a tu lado. —Gracias —le dijo, apretando su hombro—. Cuando estés listo, ve a ver a Nye, pero te advierto, no te la pondrá fácil. Trey rio. —No esperaría nada menos de la Orden. El plan estaba en marcha, pero una semillita de duda hacía que Eroan se preguntara si todo iba muy rápido. ¿Humanos trabajando con elfos? Eso no había sucedido en siglos y con buena razón. Pero el pasado ya no existía. Tenían que ver hacia el futuro. Curan quería que Eroan liderara y eso haría. En su cabaña, se vistió con un traje más oscuro de camuflaje y cuero, tomó su espada y catalejo y salió mientras el sol seguía visible en el cielo. El camino que tomó lo podría cruzar con los ojos cerrados. Lo había recorrido tantas veces durante las últimas semanas que ya había pisoteado toda la maleza. La tierra ascendió y los árboles disminuyeron hasta que emergió en la orilla del bosque en donde árboles caídos marcaban el límite con los otros dominios. Acomodándose en su rincón usual en medio de dos árboles caídos, levantó su catalejo y miró hacia la torre que estaba a lo lejos. No estaba tan cerca como para poder divisar algún detalle, pero había visto suficiente para reconocer varios patrones en las armadas que entraban y salían de los dominios de la torre. Bajó su catalejo, tomó la pequeña pieza de madera y su cuchillo para tallar de donde los escondía a diario y empezó a esculpir, levantando la mirada de vez en cuando cada vez que algún llamado de dragón cruzaba a lo largo del prado y luego los veía volar más y más alto en el cielo. 219

El sol comenzó a ponerse cuando escuchó una suave presión de peso contra la tierra en la frontera de árboles detrás de él. —Seraph… —dijo. —Demonios —se quejó y luego se agachó junto al tronco, a su derecha—. ¿Cómo es que puedes escucharme? —A mí no me falta la mitad de una oreja. Frunciendo el ceño, tocó la punta de su oreja, la que tenía su único arete. —No seas cruel. Eroan soltó una pequeña risita y le dio su catalejo. —¿Algún cambio? —Observó a través del catalejo, tal como hacía cada vez desde el primer día que lo había perseguido hasta ese lugar. —No. —Siguió tallando la madera—. Y no me gusta. —Me di cuenta en la reunión. Eroan resopló y retiró unos pedacitos de madera de la cabeza de la criatura que acababa de esculpir. Sus alas necesitaban más detalle, no se parecían a las reales y la corona necesitaba más detalle, pero eso lo haría al final. La pequeña figura de dragón tallada permanecía perfectamente quieta en su palma. Diminuta, en realidad. Había empezado a esculpirla para darle a su mano y mente algo más en lo que enfocarse mientras veía a los dragones. —¿Qué decía la nota? —preguntó Seraph. —Los refuerzos humanos están cerca. Ella bajó el catalejo. —Eso es bueno. Él asintió. —¿O no? —Sí. Seraph lo miró fijamente, intentando descifrar la verdad. —Pero algo te molesta. —Una gran cantidad de cosas me molestan. —Colocó la figura del dragón en el suelo y tomó el catalejo de las manos de Seraph para volver a enfocarse en la torre—. Necesito entrar ahí. —Los elfos que entran ahí no salen… aparte de ti, supongo. Algo increíblemente malo sucedía detrás de los muros de esa torre. Los dragones 220

siempre habían volado en dirección a las lejanías, pero últimamente se mantenían cerca y cada vez más y más volaban en el cielo, como si estuvieran inquietos. ¿Estaban planeando algo? Akiem había dejado de atacar las aldeas de los elfos. ¿Por qué? ¿Qué estaba planeando? Dudaba que el rey hubiera olvidado lo ocurrido en la desembocadura. Seraph arrancó musgo del tronco podrido. —Los demás creen que vienes aquí para verificar si hay algún cambio. —Eso hago. Seraph arqueó ambas cejas. —Maldito. Mentiroso. Estás buscando a… —Bajó su tono de voz y susurró—: Lysander. —Como si el nombre fuera una vulgaridad. Entre elfos, lo era. No importaba cuántas veces Eroan argumentara que Lysander no tuvo nada que ver con la masacre en la desembocadura, sino que quedó atrapado a mitad de ella, ellos seguían culpando al príncipe. Eroan había dejado de defender su inocencia, consciente de su nueva y frágil posición entre su especie. Ellos nunca entenderían que un dragón podría ser algo más que un asesino de elfos, pero quizá no necesitaba que lo entendieran. Necesitaba a su gente unida, no preocupándose sobre si su líder estaba involucrado con el enemigo. Pero Seraph era diferente. Ella conocía a Lysander y lo entendía. —No hay nada que puedas hacer —le dijo. Eroan bajó el catalejo y dejó caer su cabeza. Si no hubiera convencido a Lysander de ir a su campamento, atado de muñecas, nada de ese desastre habría sucedido. E incluso peor, el recuerdo de la esperanza en el rostro de Lysander y su convicción en que tal vez juntos, realmente podrían hacer alguna diferencia. Y todo lo que Eroan logró hacer fue devolverlo a las garras de su hermano. Y ahora estaba en esa torre, en el mismo lugar donde estuvo desde un principio. —Me preocupo por él, Seraph —admitió—. ¿Cómo es que alguien puede sobrevivir lo que él ha sufrido sin quebrarse? Descansando en el suelo, Seraph recostó su barbilla sobre sus brazos. —Si alguien puede hacerlo, es él. Pero ¿por cuánto tiempo? —Tiene que haber una forma de enviar un mensaje adentro… o algo. Necesito saber si está… solo necesito saber. —Eroan pudo escuchar el dolor en su voz y no le 221

importó. Si Seraph no sabía que sus sentimientos iban más allá de la necesidad de hacer lo correcto, entonces no había prestado atención y ella siempre había sido la más atenta en las lecciones. Seraph suspiró y acarició su cabello. —No puedes dejar que los otros sepan lo que sientes. Curan supo lo necesario para llegar a exiliarse y escapó de su destino solo porque Nye atestiguó las últimas palabras de Curan. —No sé lo que siento por él. —¿No lo sabes? —Seraph rio—. Típico. Eroan Ilanea. No puede ver lo que está justo frente a sus ojos. —Recuérdame por qué me agradas. —Porque soy la segunda elfo más ruda en Cheen —respondió con voz socarrona. —Nye no te daría la razón. Seraph volvió a reír y se volvió a sumir en sus pensamientos. En realidad, se sentía aterrorizado por la insaciable necesidad de estar cerca de Lysander. Ni siquiera estaba seguro de en qué momento se volvió algo tan vital o si acaso era real. Se sentía real. Y como la decisión correcta, el extraño y primitivo deseo de proteger al príncipe. Después de salvarlo de los bronce y sentir los interminables temblores de su cuerpo, mientras lo rodeaba con sus brazos, ahí fue cuando supo con indudable certeza, que haría lo que fuera para mantener a Lysander a salvo. Alumn se avergonzaría de él. ¿Qué clase de elfo sacrificaría todo por un dragón? Los extraños sentimientos que tenía Lysander no tenían sentido y rompían todas las reglas, sin embargo, Eroan no podía evitar que su corazón se acelerara cuando recordaba su último beso en la cabaña de comida. Lysander viéndose completamente dispuesto y sincero, y tan vulnerable. —Ningún elfo puede entrar a esa torre y vivir —mencionó Seraph—. Cualquier cosa más grande que un pájaro se lo comerán, especialmente si son elfos. Eroan levantó la vista hacia los pájaros que volaban por el cielo pálido, sin ser molestados por los dragones. —Me dijiste una vez que la pareja de Janna, ¿Rowan?… ¿Ray? Ella soltó una risita. —¡Como si no supieras su nombre! Es Ross. —¿Él entrena halcones? —preguntó, pensando en voz alta. 222

Seraph arqueó una ceja. —Sí, así es, los usa para pescar. —¿Están bien entrenados? —Supongo… —respondió, siguiendo la dirección de la mirada de Eroan, hacia la torre.

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CAPÍTULO 40

LYSANDER

Traducido por albasr11 Corregido por Samn Todo lo que hacía era impulsado por la inercia, redoblando la brutalidad para compensar ser mitad dragón. Elisandra lo habría despreciado, sin importar en lo que se hubiera convertido y el odio en los ojos de Akiem se había solidificado, convirtiéndose en algo visceral entre ellos. Akiem era el rey, pero Lysander tenía el control de sus armadas y sería así hasta que pudiera someterlos usando el terror, pero con cada noche que pasaba y mientras Akiem volaba hacia el cielo, Lysander solo podía mirar, destinado a nunca estar entre ellos, o entre nadie. La soledad lo estaba matando. Y en esa soledad, su mente comenzó a hacerse pedazos. Mientras la torre temblaba con los rugidos de los dragones, Lysander descendió a las cocinas y se encontró con Carline sentada junto a la ventana, mirando a través del sucio cristal. —Me preguntaba cuándo vendrías a mí, niño —le dijo acariciando las arrugas de su mandil—. Escuché que te encargaste de la bronce. Su cálido tono contradecía el borde helado de sus palabras. Ella nunca había aprobado los métodos de Elisandra y ahora esos métodos eran de Lysander. Su decepción era tan evidente, que casi la podía saborear. —Mirann sigue viva —mencionó—. La tienen en el nido de los exiguos, probablemente le hacen lo que el líder de los bronce me hizo a mí. —Comenzó a

deambular por la habitación, sin prestarle atención a nada en particular, su mente solo era un lugar oscuro y hambriento—. Solía preguntarme si Elisandra alguna vez fue buena, igual que Amalia. Pero ahora sé que Madre siempre tuvo oscuridad en su interior y la pudrió de adentro hacia afuera. Cuando los humanos detonaron su monstruosa arma sobre nuestros ancestros y el polvo mortal llovió de los cielos, su veneno retorció sus peores metales en nosotros… y nos creó… corruptos. —Mi linaje también es corrupto, soy una cosa retorcida y repugnante que no debería de existir—. Luché por tanto tiempo para mantenerlo a raya… pero ya me cansé. La vieja dragona suspiró. —Esto no se suponía que pasaría así. Ya lo había dicho antes. Varias veces. Era la misma tontería que había parloteado por años. —¿Cómo se supone que deberían ser las cosas exactamente? Sabía que no contestaría. Nunca lo había hecho. Lysander se acercó, viendo el momento en que sus cejas pobladas se estrecharon y sus ojos revelaron un nuevo temor. A él. —Lo que está hecho está hecho. —Sonaba cruel, igual que su madre, pero no le importó en lo absoluto—. Carline. —Su mirada se fijó en el rostro de Lysander—. Necesito volar otra vez. Ella negó con la cabeza. —Lysander… —No me digas que no es posible. —Lo intenté… —¡No intentaste lo suficiente! —En menos de un segundo, su mano estaba rodeando su cuello y apretaba su garganta. Carline abrió la boca, su miedo era tan evidente que podría tener forma física—. Me está matando por dentro. No sabes cómo se siente. Sus ojos se nublaron. —Supongo… que no. Algo dentro de su mente se liberó y Lysander se vio a sí mismo preparándose para asfixiar a una vieja dragona, una curandera, una de las pocas personas en el mundo que lo había ayudado. La conmoción de sus propias acciones hizo que entrara en razón. Miró sus manos, las manos de un asesino. Había golpeado a Mirann hasta 225

convertirla en un irreconocible desastre sangriento y habría hecho algo peor si no la hubiera entregado a los exiguos. Incluso castigó a otros exiguos e hizo que rogaran por su vida. Poseer, tomar, morder, follar. ¿Quién era él? Se tambaleó hacia atrás hasta chocar contra una encimera de la cocina. —Estoy perdiendo mi puta mente. —Había dos partes de él. El viejo Lysander y el nuevo. El príncipe ebrio se había ido para siempre. Este nuevo lado de él gobernaba con dientes y garras de hierro. Carline acarició su cuello y se levantó de su silla. —¿Perdiéndola? —gruñó—. No. Estás permitiendo que otros te la quiten. —¿Permitiendo? —Nunca debió haber venido—. He luchado contra todos y ya me cansé. Me cansé de luchar por algo que nunca podré ganar. Así que ahora soy como ellos. Y como no puedo volar, tengo que ser peor que ellos. Ayer… —Tragó saliva para inundar la grieta en su voz—. Ayer castigué a un exiguo dándole latigazos. Ni siquiera recuerdo cuando murió exactamente, solo que cuando lo maté, no sentí nada… —Seguía sin sentir nada y eso parecía malo. Amalia se habría sentido asqueada—. Necesito volar otra vez. No puedo ser esta cosa y no poder volar. Me estoy convirtiendo en Madre. —Ser capaz de volar otra vez no va a cambiar tu naturaleza. Solo tú puedes hacer eso. Pero no podía. Ya no más. Con un gruñido, se dirigió hacia la puerta. —Nada puede cambiar mi naturaleza, anciana. Fue un error venir. —¿Y si hubiera una manera de que pudieras volar de nuevo, príncipe? Lysander se detuvo en la puerta, su fuerte agarre sujetó el marco de la puerta. —¿Recordaste una tan de repente? —Cuando ella no contestó de inmediato, se dio la vuelta. Carline solo lo miraba, era imagen de la paciencia—. ¿Cómo? —El precio es alto. Tal vez demasiado alto. Te puede costar la única cosa que amas en este mundo. Su corazón palpitó más fuerte. Lo pagaría. Pagaría cualquier cosa por poder volar en el cielo, para liderar a las armadas, por ver el mundo desplazarse debajo de sus alas antes de quemarlo todo. Además, él no sentía amor por nada, así que el precio era nada. —Dímelo. 226

El ancestral conocimiento destelló en los ojos de Carline. —El ojo de amatista de tu madre.

Dejar ciega a Elisandra de un ojo era de sus recuerdos favoritos. Lo había castigado por semanas después de eso, pero lo había valido. Cuando Lysander se recuperó, ella tenía una amatista en lugar de su ojo de carne y sangre. Aunque al estar envuelto en su propio dolor, no le había prestado atención. De acuerdo con Carline, la amatista no solo era una piedra preciosa sino que contenía la pieza clave para arreglar su ala. Y ella sabía dónde estaba. Demasiado lejos de su alcance, lejos del alcance de cualquiera en la torre. Pero Lysander sabía cómo obtenerla. Y Carline tuvo razón, el precio era alto. El amanecer inundó la torre de luz a través de cada ventana abierta por la que pasaba mientras regresaba a sus aposentos, sus pensamientos eran un revoltijo de posibilidades. Un halcón chilló en su dirección desde el pie de su cama. No lo había visto al estar tan inmerso en sus pensamientos, pero ahora le era imposible ignorarlo, sus plumas eran rojas y tenía una postura orgullosa. Aleteó un poco mientras lo miraba, como si se burlara de su tamaño. Lysander se acercó un poco y el ave se movió, girando su cabeza para mirarlo con un ojo amarillo. —Tranquilo… Se acercó más y el halcón abrió sus alas, haciéndose más grande y entonces lo vio, ahí amarrado a su pierna, estaba un pequeño rollo de papel. Una nota. Con mucho cuidado, Lysander se sacó la chaqueta, la sujetó con ambas manos y se acercó un poco más. Antes de que el ave pudiera tomar vuelo, le lanzó la chaqueta. La criatura se transformó en una bola de plumas graznante y aleteante. Lysander agarró su pata con garras, arrancó la nota y entonces lo dejó ir. El halcon aleteó por la habitación y finalmente se posó en el respaldo de una silla, fulminando a Lysander con la mirada, casi como si intentara descubrir la mejor manera de comérselo. —Eres valiente por venir aquí, ave. —Lysander rompió el sello de la nota y una elegante y fluida caligrafía guiaron sus ojos a través del papel. 227

¿Reúnete conmigo? Al anochecer en el roble caído. —Eroan. Lo leyó otra vez, para estar seguro y luego volteó el papel, buscando el truco, la mentira. El dulce olor de madera cortada y agujas de pino flotó del papel, calmando sus pensamientos, recordádole los días en los que viajó en el bosque, detrás o a un lado de Eroan, mirándolo trabajar a través de la maleza, perfectamente a gusto en lo salvaje. Sabía a qué roble se refería, era el mismo en el cual se habían detenido en su camino de regreso de la costa. El mismo en el que los lobos habían emboscado a Eroan. Se deslizó del borde de la cama y se desplomó en el suelo. El camino hacia la aldea de Eroan se sentía como algo que había pasado hacía siglos. La última vez que lo había visto, Curan lo había noqueado y sucedió el enfrentamiento en la desembocadura. Eroan estaba vivo. Estaba bien. Levantó el papel hacia su nariz e inhaló profundamente. ¿Y si era una trampa? El pensamiento apagó su humor. Los elfos seguramente querían atraer a Lysander. Tal vez habían escuchado de su más reciente reputación como el despiadado comandante de la armada de Akiem. —¿Es una trampa, ave? —Él o ella, no tenía manera de descubrir si era un halcón macho o hembra, agitó sus plumas, aparentemente se sentía cómodo en donde estaba. El papel tenía el aroma de Eroan por todos lados. Si fuera una trampa, entonces él estaba involucrado en ella, voluntariamente o involuntariamente. Solo había una manera de saberlo. Se puso de pie y se detuvo en la ventana. Las nubes aparecieron y nublaron el día, pero logró ver la línea de árboles más allá del páramo. Eroan estaba ahí afuera, en algún lado. A caballo podría llegar al roble caído antes del anochecer. Un toque en la puerta anunció la llegada de un exiguo. —La guardia del amanecer ha regresado. Una armada de bronces se aproximan por la costa. Estarán aquí a la puesta de sol. 228

Al anochecer en el roble caído. Justo cuando los bronce llegarían. Dokul estaría entre ellos. Saboreó bilis en su garganta al recordar el aroma de los bronce. Soltó una grosería. ¿Acaso nada podía salir como lo planeaba? No podía irse. Tenía que estar en la torre con su armada atada en una larga correa, tenía que estar junto a los amatistas cuando Dokul llegara o todo esto habría sido por nada. La venganza estaba a su alcance. Estrujó la nota con su puño tembloroso, luego extendió su brazo sobre la cornisa de la ventana y la dejó caer. —Señor, hay un halcón… justo ahí. —Lo noté. —Lysander le lanzó al exiguo una sonrisa forzada—. ¿Y mi desayuno?

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CAPÍTULO 41

EROAN

Traducido por Hècate Corregido por Samn El crepúsculo cayó más temprano en el bosque donde las sombras eran abundantes y largas. Unas pocas estrellas oportunas empezaron a centellear por encima de las bamboleantes ramas y las ondeantes hojas. Eroan bajó su mirada hacia la pequeña fogata, sintiéndose como un tonto. Probablemente habían asesinado al halcón o lo hubiesen interceptado, en tal caso, la nota sobre el roble caído no significaría nada para nadie. O Lysander podría no estar en la torre, o había recibido la nota y escogió no ir. Existían cientos de razones por las cuales Eroan estaba solo en este momento, pero la última dolería más si fuera cierta. Y después de que su gente se hubiese puesto en contra de ambos, lo más coherente que Lysander debería hacer sería no venir a esta reunión. Eso sería lo mejor. Un elfo y un dragón, era algo imposible. Se puso de pie y pateó el fuego, aniquilando sus restos y evitar que la madera lo avivara nuevamente. Los humanos pronto llegarían a Cheen. Si se apresuraba… —¿Y ahora cómo nos mantendremos calientes? Eroan desenfundó su espada en segundos y su mirada se concentró en la figura encapuchada antes de reconocer la profunda y áspera voz de Lysander. —Llegas tarde —lo reprendió. Lysander derrapó hasta la depresión creada por las raíces del roble y bajó su

capucha. —Es un largo viaje. Lo que significaba que había dejado a su caballo en alguna parte lejana del campamento. Eroan se preguntó si no habría visto algún lobo hasta que vio a Lysander agacharse, sacó un encendedor de su bolsillo y comenzó a reavivar el fuego. Solo tomó un par de chispas del encendedor y la madera caliente comenzó a incendiarse otra vez. Lysander levantó la vista, notando la mirada inquisitiva en los ojos de Eroan. —No iba a cambiar solo para encender tu insignificante fuego, elfo. —¿Lo guardaste? —preguntó Eroan, volviendo a enfundar su espada en su armadura que terminó dejando apoyada junto a las raíces que salían del roble caído. Recordó que Lysander siempre llevaba algo en su mano y lo notó en el riachuelo en Francia, no paraba de girarlo una y otra vez. Creyó que era una piedra. Pero Lysander había conservado el encendedor todo este tiempo. —No siempre es conveniente convertirse en un dragón de trece toneladas solo para tener que asar un par de conejos. —Lysander utilizó el seco humor que solía enfatizar su humor para ocultar todas sus heridas. El encendedor significaba algo más. La herramienta existía en la vida de ambos desde que Eroan se la había robado a los bronce. Y que Lysander, siendo un dragón que podía crear fuego propio, lo hubiera conservado todo este tiempo… significaba algo para él. Eroan rodeó la fogata y se arremangó las mangas para absorber la calidez y la luz. No dejó de mirar a Lysander por un solo momento. Había algo diferente en él, era un cambio que mantenía alerta sus instintos. El dragón mostraba una inusual quietud, era otro rasgo severo que había robado la luz de sus ojos. El corazón de Eroan latió más rápido. Había jurado protegerlo y falló. —Elfo, si sigues mirándome así, actuaré con la misma promesa que muestran tus ojos. El pecho de Eroan se contrajo brevemente ante el acento depredador de sus palabras. Estuvo a punto de sentarse frente a él y al fuego, pero ahora no estaba tan seguro. Mantenerse de pie le brindaba una oportunidad más rápida de reaccionar, si tenía que hacerlo. —El elfo en la desembocadura… ¿sobrevivió? —Lysander tomó una ramita para 231

juguetear con el fuego. —No. —Eroan luchó para contener el recuerdo de Curan desangrándose en el lodo. Muchos elfos habían muerto ese día. También muchos dragones, pero no demasiados. Y por suerte, tampoco este dragón. —Lo siento… intenté detenerlo… —Lysander pellizcó el puente de su nariz e hizo una mueca ante un dolor invisible—. Intenté advertirle. Los elfos son demasiado tercos para su propio bien. —En sus últimos momentos admitió que se había equivocado… sobre ti. —Lo hizo, ¿eh? —Siguió jugueteando con el fuego, perdido en sus pensamientos—. Parece que esa lección siempre la entienden cuando es demasiado tarde. Ante la luz del fuego, el rostro de Lysander adquirió una nueva sombra amenazadora. Eroan buscó por el brillo que adquiría cuando bromeaba y que le fascinaba enormemente, o el tono burlón de sus palabras, pero no estaban. Quería ir hacia él, sentarse a su lado y escuchar todo lo que quisiese decir y lo que no, pero la insistente duda lo mantuvo firme en el lado opuesto del fuego. Incluso cuando Eroan estuvo encadenado, no había existido este abismo entre ellos. —¿Por qué me pediste que viniera aquí ? —preguntó Lysander. ¿Por qué lo había hecho? Tenía una docena de razones que podía decir; para obtener información, para saber de algún camino que lo dejara entrar a la torre, para saber si Lysander todavía estaba de su lado. Pero más que todo eso, necesitaba saber que seguía vivo y bien. Lysander estaba vivo, pero claramente no estaba bien. —Te lo pregunté una vez y lo estoy preguntando otra vez… —le dijo, cuando Eroan se tardó demasiado en responder—: ¿Qué es lo que sucede entre nosotros? La dureza con la que habló expuso los propios miedos de Eroan. Ignoró la pregunta, con otra. —¿Conoces túneles en desuso o que no vigilen? La boca de Lysander se curvó hacia un lado. Arrojó la ramita al fuego y observó cómo se consumía hasta que se rompió. Entonces esos oscuros ojos delineados por el fuego se dirigieron hacia Eroan. —¿Eso es todo lo que quieres de mí? No, no lo era. Ni siquiera era la verdadera razón por la que Eroan estaba aquí. —Lysander, esto… nosotros. —Sintió que se ahogaba con su propia respiración—. Lo que yo quiero no tiene cabida en este mundo. No puede ser así. 232

—¿Y qué es lo que quieres? —Desabrochó su capa, retirándola de sus hombros, la dejó caer al suelo y se puso de pie, rodeando el fuego y llevando consigo un manto de oscuridad, como si fuera un cazador y Eroan su presa. Pero Eroan nunca había sido una presa y no tenía intención de que eso sucediera ahora. Eroan se movió hacia él, sorprendiendo a Lysander a tal grado que hizo que se detuviera y en ese momento de completa confusión, Eroan enterró sus dedos en el cabello de Lysander, acunó su cabeza entre sus manos y lo besó de una forma que explicaba todo lo que las palabras por sí solas no podían.

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CAPÍTULO 42

LYSANDER

Traducido por Hècate Corregido por Samn Los instintos exigían que se apartara, pero entonces Eroan lo acercó y la boca del elfo poseyó la suya, y lo único que Lysander pudo pensar fue cuán tibios y suaves eran esos labios. Quería más. Muchísimo más. Tanto su asombro como su confusión se convirtieron en una intensa necesidad de tomar y poseer. Aferró sus manos entre el cabello de Eroan, lo sujetó con fuerza y atacó la boca de Eroan, hundiendo su lengua y tomando todo lo que quería. La lujuria lo estimuló. Cuando Eroan arqueó su cuerpo hacia sí, dándole todo lo que recibía, Lysander hundió su mano por debajo de la sólida espalda del elfo y tiró de él. Su cuerpo era duro y de músculos bien definidos, su fuerza masculina exigía ser tocado y ser sometido de rodillas mientras saboreaba su esencia. Los dedos de Lysander lo acunaron, poseyéndolo. Sus cálidas y ligeras manos rodearon el cuello de Lysander, sujetándolo firmemente mientras él lo sostenía contra su pecho y sus dedos se enredaban en sus mechones de cabello, haciéndole cosquillas en su rostro y cuello. Esto era todo lo que Lysander había anhelado desde que Elisandra le negó tener la oportunidad de amar y en este momento, Eroan se la dio libremente. Eroan se alejó, dando un profundo y gutural sonido proveniente de su garganta mientras dejaba expuesto su cuello, invitando a Lysander a besar su cuello. Saboreó su dura mandíbula y su lengua descendió hacia un lugar que debilitaba a Eroan,

enviando un estremecimiento por todo su cuerpo. Eroan contrajo sus caderas con las de Lysander, aprisionando su erección entre ambos. Carajo, Eroan lo estaba haciendo pedazos. Lysander bajó sus dos manos y sujetó las caderas del elfo, sintiéndolo estremecer y moverse contra él, su cuerpo era una canción de exigencias y necesidades que Lysander complacería con gusto. —Tu vida se ilumina en mis manos… —jadeó Lysander, liberando una declaración que había deseado admitir desde hacía mucho. Lo único que quería era dirigir su mano hacia donde sus gemidos se volverían incontrolables, pero no aún. Solía ser una criatura que solo tomaba y Lysander odiaba eso. Él quería dar, quería que este momento durara para siempre aun sabiendo que nunca sería así—. Nunca he sentido algo así… —Besó su cuello, saboreando la sal y la dulzura del elfo—. Me vas a matar. Eroan inclinó la cabeza de Lysander y con gentileza, mordió su cuello. Sus puntiagudos y minúsculos dientes lo pellizcaron, enviando una dolorosa ráfaga de intensa lujuria directo a su miembro excitado. Para empeorar la situación, o tal vez mejorarla, Eroan lo empujó, provocando que chocara de espaldas contra las imponentes raíces del roble caído. Algo puntiagudo e incómodo lo pinchó en la espalda baja. —Ah, carajo… Eroan soltó una risita retorcida y seductora, y solamente suya. Lysander enganchó su pierna alrededor de la de Eroan y tiró, derribando al elfo —que no paraba de reír— en la tierra. —¿Crees que esto es divertido? —Sentó a horcajadas sobre sus muslos, posando su mano justo por encima del abultado miembro de Eroan y vio la lujuria proyectada como una advertencia en los ojos del elfo. La respiración de Eroan se entrecortó. Su sonrisa se volvió seria y requirió de toda su voluntad no actuar acorde a sus rabiosos deseos para poseer a esta imposible criatura. Acarició su áspera mejilla contra la lisa mandíbula de Eroan, inundando su cabeza con el aroma del elfo, provocando que un rugido automático se formara en la parte baja de su garganta. Eroan se removió debajo de él. Su carcajada volvió a iluminar sus hermosos ojos. —Realmente no es gracioso. —Los dragones ronronean. Lysander acarició su frente contra la de Eroan, perdiéndose en las finas y largas 235

pestañas de sus ojos. —Solamente contigo. Eroan frunció el ceño y Lysander temió haber dicho demasiado, sin embargo el elfo rodeó su cuello con sus brazos y tiró de él, arqueándose por debajo suyo hasta que logró levantarse y quedar directamente frente a Lysander. La mano de Eroan se desplegó por la espalda de Lysander, buscando su trasero y lo apretó, dejándose caer al mismo tiempo que su pene chocaba contra la ingle de Eroan. Un jadeo traicionó el débil control de Lysander y las cálidas y ásperas manos de Eroan descendieron por debajo de su chaqueta. Piel contra piel, cuando Eroan tocó su espalda baja, sintió un delicioso hormigueo que lo hizo desear que pudieran ir a algún lugar seguro y cálido, y perderse a sí mismo en lo que sentiría al tocar a Eroan desnudo, retorciéndose entre sus manos y sintiendo cada centímetro de su cuerpo. —¿Los elfos ronronean? —¿Quieres averiguarlo? Quería demasiadas cosas y las quería ahora. Desgarró su chaqueta, rompiendo el cierre y la boca húmeda de Eroan volvió a posarse sobre su cuello, llegando a tal punto en que comenzó a perder la razón, Lysander permitió dejarse llevar. Carajo, se sentía muy bien. —¿Te gusta? —susurró Eroan, buscando la mirada de Lysander. Al notar sus largas pestañas que cubrían sus ojos brillantes, Lysander olvidó la pregunta al admirar la maravilla que era Eroan, la línea de su nariz y su magnífica curva de su boca que decía: «tómame». Su cabello casi blanco se extendía por todos lados detrás de su cabeza, revuelto con ramitas y hojas. ¿Cómo se había resistido a él por tanto tiempo? La verdad era, que no lo había hecho. Lo deseó desde que puso sus ojos en el asesino de dragones cuya única misión era matar a la reina. —Tú me haces libre, Eroan Ilanea. —Mordió su labio inferior, jugando con su suavidad entre sus dientes mientras terminaba por quitarle su chaqueta y facilitaba que su mano se metiera por debajo de la camisa de Eroan, rozó la yema de sus dedos sobre las curvas de su abdomen, sintiendo el delicado tejido de una cicatriz por debajo de su toque. Eroan jadeó y Lysander posó una mano sobre la parte baja de su estómago hasta rozar un rastro brillante de vello color seda proveniente de entre sus piernas, debajo del cinturón de Eroan. Lysander levantó la mirada y descendió su cuerpo, rozando su camisa arrugada 236

contra su pecho desnudo, sintiendo y oyendo los jadeos de Eroan por debajo de él. Una vocecita en la parte trasera de su mente le dijo que tenía que estar en otro lugar, tenía una guerra que luchar, preguntas que debía hacer, que debía ser alguien más, pero le importaba más el hombre recostado debajo de él que cualquier guerra o misión. Bajó su bragueta y comenzó a estimular su pene por encima de su ropa interior, hasta cerrar sus dedos alrededor de su impresionante miembro erecto, su propia erección seguía atrapada debajo de su pantalón, deseante. Lysander descendió lo suficiente para sujetar el pene de Eroan con firmeza por la base y estimular la punta rosada del falo con su lengua. Los pequeños y puntiagudos dientes de Eroan también mordieron el labio inferior de Lysander y entonces cerró los ojos, entregándose a su boca. De forma complaciente, introdujo el pene de Eroan en lo profundo de su garganta, restregando su delicada punta contra el techo de su boca y en este momento, no fue Madre quien lo obligaba a hacerlo, ni sogas que mantuvieran cautivo a Eroan, ni tampoco una audiencia que los viera. La dulzura de Eroan se introdujo en su garganta. Tomó más de él, luego se alejó y comenzó a masturbarlo con sus dedos a un ritmo que iba aumentando poco a poco. —Maldición, tu sabor es increíble. Los abdominales de Eroan subían y bajaban de forma frenética, tensándose y Lysander imaginó su placer contrayéndose en una parte baja de su trasero, a través de la base de sus testículos y su miembro. Sintió que su propio deleite comenzaba a aumentar. Por todas las estrellas, había soñado con esto tantísimas veces que apenas podía creer que realmente estuviera sucediendo. Las caderas de Eroan se contrajeron y soltó un pequeño gemido que retumbó en todo su cuerpo. —Alumn —gimoteó y abrió los ojos. Esa mirada se fijó en Lysander con una determinación inquebrantable. El corazón marchitado y roto de Lysander se contrajo. Se permitió conservar este pequeño y feliz momento, sabiendo que probablemente sería el último.

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CAPÍTULO 43

EROAN

Traducido y corregido por Samn Eroan se dejó llevar por el toque y sabor del dragón. La mano de Lysander se mantuvo en su parte más personal, su boca se posicionó sobre su ingle expuesta, vagando y estimulando su cuerpo mientras terminaba por quitarle sus pantalones. Estaba perdiendo y entregando su fuerza de voluntad al mismo tiempo, rindiéndose ante la bestia. Nunca se había sometido ante nadie. Hasta ahora. Hacer lo prohibido nunca se sintió tan bien. Cuando su mirada se fijó en Lysander, sus ojos primitivos y deseosos iluminaron sus propios anhelos y cuando descendió a la parte más íntima de su cuerpo, Eroan rodeó su cuerpo con sus piernas, sujetando los hombros de Lysander entre sus muslos y entonces giró, tirando al dragón de espaldas y posicionándose sobre él, encima de su pecho. Eroan atacó, besándolo de tal forma que distrajo a Lysander el tiempo suficiente para abrir su camisa y poder admirar su cuerpo así como tanto deseó hacerlo por semanas de forma involuntaria. El dragón ronroneó otra vez y una parte de Eroan le dijo que este sonido de felicidad era muy poco usual. Apoyó ambas manos sobre su pecho desnudo y lo apretó. El acelerado latido del corazón de Lysander se sintió cálido debajo de su palma y su seductora mirada le prometió cumplir cada perverso deseo que la mente de Eroan pudiera imaginar. Se inclinó hacia él, inmóvil debajo de su cuerpo. Su cabello suelto caía sobre su hombro y una parte de él trazaba la curva del pectoral de Lysander, provocando que este se

retorciera un poco. Eroan mantuvo su mirada al frente y con la punta de su lengua, lamió la dura curvatura de ese músculo, hasta que finalmente descendió a su pezón. Lysander respondió aferrando su mano entre el cabello de Eroan. Elevó sus caderas y Eroan sujetó su pene erecto al mismo tiempo que sellaba su boca sobre la de Lysander, silenciando el jadeo que salió de su garganta. Lysander era todo lo que el elfo no era. Puro y de fuerza contenida. Con un enorme poder retenido tras una muralla musculosa y de control. Eroan acarició su seductor y perverso cuerpo, debilitando todas las defensas de Lysander y revelando su verdadero ser. Por un momento, Eroan solo pudo admirar a este hombre aterrador y magnífico. Era una criatura tan inusual y peligrosa que supo que no podría contener su esencia por completo. Aunque podría intentarlo. —¿Te correrás por mí, dragón? El ronroneo se convirtió en un gruñido plagado de deseo. Eroan mordió su oreja, lo cual liberó una cascada de escalofríos por todo el cuerpo de Lysander, estremeciéndose y retorciéndose debajo de él. Tener a esta devastadora criatura bajo su merced despertó todos los pensamientos y anhelos oscuros provenientes de lo más recóndito de su mente. Eroan se moría por saborear y explorar a este indefinido tesoro de forma inconsciente, desperdiciando las horas bajo las estrellas hasta que no hubiera centímetro de su cuerpo que no hubiera tocado ya. Si eso era una locura, entonces Eroan había perdido la razón porque nunca sintió algo tan perfecto como esto. Escuchó las respiraciones entrecortadas de Lysander mientras masturbaba su miembro erecto hasta que sus jadeos se volvieron irascibles y Eroan estimuló su pene con movimientos más rápidos, llevando a Lysander hasta el borde de la perdición, donde su cuerpo entero se estremeció con deseo. La luz de la luna traspasó los árboles y deslumbró el tembloroso pecho de Lysander y se introdujo en sus ojos negros. Eroan absorbió tal pecadora imagen y llevó al dragón al éxtasis. Su espalda se arqueó y entreabrió los labios. Eroan dejó caer su cabeza y lamió la longitud del miembro de Lysander. Lysander flexionó su cuerpo. —Mierda —jadeó, arrojando semen directo al hueco de su estómago en tres espasmos esporádicos. La lengua de Eroan se adueñó del líquido espeso y salado, y 239

con mucha gentileza, tragó los últimos restos de su orgasmo provenientes del pene de Lysander, provocando que el dragón se estremeciera y siseara. —Maldito seas, elfo. —Con su voz ronca y jadeante, Lysander lo tomó del hombro y tiró de él. Lo besó con ferocidad y Eroan le devolvió el beso con la misma intensidad, saboreando su semen en su lengua. Unos juguetones y cálidos dedos hallaron su erección desatendida. Eroan se estremeció ante el toque de la mano de Lysander, acercando al dragón contra su cuerpo, dejando solo el espacio suficiente para que su mano lo acariciara y masturbara mientras su beso se convertía en algo intenso y exigente. En algún lugar entre toda la lujuria irracional, Eroan perdió el sentido de dónde comenzaba y terminaba la presencia de Lysander, convirtiéndose en una criatura anhelante de una necesidad primitiva, sus caderas se movían de forma oscilante y follaban el duro agarre que aprisionaba su miembro hasta que se dejó llevar por el placer ascendente. Su orgasmo fue tan intenso que clavó sus dientes en el hombro de Lysander, enmudeciendo sus alaridos. Unos maravillosos temblores recorrieron todo su cuerpo. —No creas que terminé contigo —susurró Lysander con voz ronca en el hueco entre su cuello y quijada. Eroan sonrió contra el hombro de Lysander. Ahora mismo, su gente necesitaba que estuviera en cientos de otros lugares y tenía miles de responsabilidades pendientes, pero nada le importó más que este preciado momento y los que vendrían después.

El sonido lejano de un pájaro carpintero proveniente del bosque, despertó a Eroan de un cálido y feliz sueño al que se había dejado arrastrar. Una pierna demasiado pesada mantenía cautiva a las suyas, sus muslos eran cálidos aunque estaban rígidos y posicionados, como si estuvieran listos para poseer a Eroan por detrás. Una suave sonrisa se formó en sus labios. En algún momento de la noche, Lysander utilizó su capa para cubrirlos a ambos, protegiéndolos del frío del amanecer mientras que la tierra cubierta de musgo debajo de sus cuerpos, creaba una suave cama. El pantalón de Eroan le colgaba de uno de sus tobillos, atrapado por una bota que seguía en su pie y su camisa estaba arrugada y sujeta a la parte baja de su espalda. Eroan era un 240

desastre cubierto de tela sucia, hojas, ramitas y el delicioso aroma de sexo y dragón. No se imaginó estando en otro lugar más perfecto que este. Sin embargo, había muchos otros lugares donde debía estar. Si la Orden no recibía noticias suyas pronto, lo irían a buscar. Si se iba ahora y se apresuraba a volver, llegaría al anochecer. Era la decisión más sensata y responsable Eroan no se movió. Los ojos hambrientos con los que Lysander lo miró la noche anterior… No sería capaz de abandonarlo mientras seguía durmiendo, ni siquiera por la Orden ni por el bombardeo de interrogantes que recibiría al volver. Quizá Lysander vio la misma desesperación reflejada en Eroan. En definitiva la había sentido en sus caricias. ¿Qué es lo que sucede entre nosotros? Esa era una pregunta peligrosa, una que Lysander no paraba de hacer y que Eroan tenía demasiado miedo de responder. El sonido del pájaro carpintero volvió a resonar. Lysander se movió contra la espalda de Eroan. Sin poder cubrir su espalda y con su camisa toda arrugada, la áspera barbilla de Lysander acarició su hombro desnudo, haciéndolo estremecer. Un hormigueo pasó por sus cicatrices. Unos dedos tocaron las marcas sobresalientes y Eroan siseó, soltando un jadeo tembloroso. —Alumn… —No dolía, su piel se había dañado tantísimas veces que apenas sintió su caricia, pero no estaba acostumbrado a que alguien se centrara únicamente en tocar esas cicatrices. —No quise hacerlo —susurró Lysander—. Si alguien más lo hubiera hecho, no habrías sobrevivido. La mente de Eroan se alejó de los oscuros recuerdos. —Lo sé. Sintió que un suave beso caía sobre su hombro. Sus dedos comenzaron a bajar poco a poco, posándose sobre la cadera de Eroan y provocando que una sensación comenzara a crecer debajo de su abdomen. —Cuéntame de tu diosa, Alumn —susurró Lysander. —¿Alumn? —Eroan suspiró y permitió que su atención se acumulara en el lugar exacto donde los curiosos dedos de Lysander recorrían su ingle. Sin embargo, en lugar de aventurarse a rodear su cadera y posicionarse donde su miembro comenzaba a 241

excitarse, sus caricias retrocedieron hasta llegar a su cintura—. Ella es la luz que nos da vida y la mano que guía nuestro camino. Ella es el corazón que late en cada uno de nosotros. —¿Incluso en los dragones? —preguntó. Antes de conocer a Lysander, habría dicho que no. —Tal vez. Las caricias de Lysander llegaron a su hombro y volvieron a bajar por su brazo, reavivando las exquisitas llamas de lujuria. Eroan se estremeció, su piel se volvió repentinamente sensible. Lysander soltó una risa ronca. Las yemas de sus dedos volvieron a subir hacia la curva de su cuello, donde apartaron su cabello y crearon un pequeño espacio para que su suave y cálida boca se acercara. Su lengua húmeda recorrió la parte baja de su oreja hasta llegar a su mandíbula. Eroan se recostó y cerró sus ojos. El tierno beso se convirtió en uno hambriento y la dura presión de la erección de Lysander chocó contra su cadera. Eroan aprendió las formas exactas en las que Lysander podía hacerlo rogar con su boca y lengua, y la forma en que debía usar el resto de su impresionante y seductor cuerpo para alejarlo de cualquier pensamiento racional, quedándose únicamente con la sensación de la veneración de un dragón hacia cada centímetro de su ser. —Nunca olvidaré cuando me salvaste del nido de los bronce… —susurró Lysander, su aliento calentó el cuello de Eroan—. Ni las horas que pasaron después. En la oscuridad. Bajo tierra. Eroan tampoco lo haría. Llegó a temer que Lysander cambiaría y lo mataría, temió que algún bronce los encontraría, tuvo mucho miedo por muchas razones y la única cosa que pudo detener sus temores fue proteger a Lysander y rezar a Alumn que los mantuviera a salvo. ¿Alguna vez Lysander se había sentido amado? Eroan no estaba seguro que algo como el amor pudiera existir entre los dragones. ¿El príncipe reconocería el significado del amor si se le hubiera mostrado antes? —Nunca te rendiste conmigo —volvió a decir Lysander, rodeando su cadera y tirando de él, dándole un lugar fijo donde pudo frotar su erección contra el trasero de Eroan. —Y nunca lo haré. —No había sentido algo tan cierto. Lysander se tensó. Sus caricias se desvanecieron. La capa que los cubría se 242

movió y la calidez que emanaba de Lysander desapareció. Eroan se giró y observó el contorno del dragón ante la luz del amanecer. Su piel era más oscura que la de la mayoría de los elfos y donde la luz cubría los músculos de sus abdominales, Eroan recordó casi de inmediato, la forma en que su boca moldeó cada una de sus curvaturas, provocando que Lysander jadeara con pesadez. Su camisa desabotonada cayó de sus hombros mientras subía sus pantalones sobre sus caderas y luego comenzó a buscar su cinturón entre todo el campamento. Eroan se dio cuenta que podría admirarlo durante todo el día. La luz del sol salpicó las pequeñas marcas de mordidas en sus brazos tonificados y sus rígidos hombros. Lysander notó una mordida en su antebrazo y su boca mostró una sonrisa desafiante. —Las mordidas de dragones no son tan buenas como las tuyas. Consideró arrastrar a Lysander devuelta hacia él y dejarse perder en su cuerpo, por un par de horas más. El mundo y su guerra podrían esperar. Pero ya se había ido por mucho tiempo y la última cosa que quería, sería lidiar con un grupo de altivos descubriéndolos a ambos. Eroan apartó la capa y acomodó su camisa sobre sus hombros, los cordones quedaron desatados. Donde la boca de Lysander quemó su piel y la sensación cosquilleante provocó que su piel se estremeciera. Lysander podía sanar con su toque. Eroan lo sabía, pero tras lo sucedido la noche anterior, ahora lo podía sentir. La magia se movía entre las manos de Lysander. E incluso como humano, la magia prevalecía. Era esa pizca de esencia cítrica que le provocaba placer cada vez que mordía sus hombros y espalda. Alumn, Lysander era un ser adictivo y prohibido. El cuerpo de Eroan sintió un cosquilleo que comenzó a aumentar al solo pensar en volver a saborearlo. Necesitaba tener a ese dragón a su lado por mucho, muchísimo tiempo más. Una noche no era suficiente. Pero tal deseo era imposible. Se vistió, distrayéndose un rato al desenredar su cabello con sus dedos, sacando hojas y ramitas de él, luego hurgó en sus bolsillos de su capucha en busca de la pieza tallada de madera. Pronto se alejarían en direcciones diferentes. Esta podría ser su única oportunidad de dársela. Eroan sujetó al pequeño dragón y se movió con nerviosismo hasta que Lysander se acercó colocándose su capa oscura detrás de sus hombros, listo para irse. No tendría otra oportunidad mejor que esta. 243

Tiró de uno de sus cordones de su camisa y lo ató alrededor del dragón de madera, convirtiéndolo en un collar y se lo dio a Lysander. —¿Qué es esto? —preguntó. —Un regalo. —¿Un regalo? —Su rostro se volvió sombrío. Eroan no había esperado esa reacción—. ¿Por qué? Tomó la mano de Lysander, soltó el collar sobre ella e hizo que sus ásperos dedos se cerraran alrededor de la pieza de madera. —Yo tengo esto. —Tocó el arete en su oreja, el cual Seraph le había regalado—. Me lo dio una amiga para recordarme que no estoy solo. Y ahora esto es tuyo. —Eroan soltó su mano y se enfocó en atar su capa tan rápido como pudo mientras Lysander se mantenía junto a él, con la mirada fija en el collar que estaba en su mano, lo veía como si estuviera vivo y lo fuera a atacar—. Los elfos tienen la costumbre de dar regalos antes de partir… Una extraña expresión de terror apareció en el rostro del dragón. —Es un obsequio a voluntad propia —explicó Eroan. ¿Había cometido un error? Su intención no era hacerle daño. ¿Acaso nadie le había regalado algo nunca? Ni siquiera se le había ocurrido que algo tan pequeño le causaría dolor. Eroan tragó saliva y ató su cabello en una coleta, buscando algo que pudiera distraer a sus manos. —¿Tú lo tallaste? —preguntó Lysander con una expresión miserable. Eroan asintió. Su pecho se contrajo. Comenzó a arrepentirse de habérselo dado. —Si no lo quieres… —No puedo aceptarlo —lo interrumpió Lysander, extendiendo su brazo que sujetaba el collar y hacía una mueca torcida, como si el objeto le diera asco. —Quédatelo —dijo Eroan—. No le servirá a nadie más. —No lo entiendes… —Lysander retrocedió y tropezó al moverse tan rápido—. ¿Por qué eres así? ¿Así, cómo? ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué darle un regalo podría ser tan malo? Algo tenía angustiado a Lysander. ¿Era por el regalo o algo más? —Yo… no quise lastimarte al dártelo. Un regalo es algo bueno. Lysander dejó caer el collar dentro de su bolsillo, giró sobre sus talones y tomó la espada de Eroan que descansaba en las raíces del roble. Desenvainó el arma en un 244

movimiento limpio y ágil. Su rostro mostraba una expresión de pánico desenfrenado. —Espera… —Eroan levantó ambas manos. ¿Qué estaba pasando?—. ¿Qué haces? —Lysander arremetió y Eroan retrocedió, sus botas se atoraron entre las raíces del árbol. —Esto… —siseó Lysander—. Esto es necesario. Cayó al suelo. Esto tenía que ser un malentendido y algo que podría arreglarse. —No pretendía herirte. Es solo un pequeño regalo. No significa nada… —Bien, porque todo esto… —Lysander señaló el campamento—. No significa nada. —Sus dientes brillaron al hablar y sus palabras salieron con furia descontrolada. La preocupación que Eroan sintió la noche anterior había regresado. La oscuridad que presintió ahora acechaba los ojos de Lysander. —¿Dónde está la piedra amatista, Eroan? —bramó. El rumbo de sus pensamientos trastabilló, derrumbándose sobre su corazón. El hombre que estaba encima de él no era el mismo con quien había pasado la noche entera. El repentino cambio en su comportamiento paralizó sus instintos, su interior se sintió como un lugar desolado. —No entiendo. —¿No entiendes? Deja que te lo deletree, elfo. La noche en que maté a la reina, tú robaste algo de su habitación, algo que le pertenece a los amatista… que me pertenece. Necesito que me lo devuelvas. —Con brusquedad, Lysander tomó a Eroan y lo hizo chocar contra el árbol. El filo de la espada de dragón pinchó su piel, justo encima de donde su pulso palpitaba en su cuello. Sintió que podía saborear el latir de su corazón. —Solo me llevé las espadas. —El filo se clavó aún más y empezó a arder. —Mi hermano no la tiene y buscó en cada milímetro de la torre. La única alma que pudo robarla, eres tú. Eso quería decir que la llegada de Lysander y lo sucedido anoche, ¿fueron puras mentiras? Eroan bajó ambas manos y estrechó sus ojos. Sintió que un escalofrío entraba por sus venas y convertía su corazón en hielo. —¿Es por eso que viniste? Lysander soltó una carcajada. —¿Qué? ¿Acaso creíste que volví para suscitar un romance condenado a extinguirse con un maldito elfo? —La crueldad en la burla de sus palabras casi igualó 245

la sombra en sus ojos—. Confías muy fácilmente en las personas, Eroan Ilanea. Dime dónde está la piedra y prometo no calcinar tu aldea hasta los cimientos. Estuve ahí el tiempo necesario para hallarla otra vez… lo único que debo hacer es seguir el hedor a elfo. Eroan volvió a recordar el cuento del escorpión y el zorro. Confiaron el uno en el otro y por eso murieron. Después de todo lo ocurrido, Lysander era el escorpión. —No amenaces a mi gente. —Los labios de Eroan se torcieron al formar un gruñido—. No sé qué está sucediendo, pero te conozco. Y este no eres tú. De un momento a otro, Lysander sujetó a Eroan, la espada era lo único que se interponía entre ellos y su peso era una muralla de sólida musculatura. Esta vez, lo único que pudo ver en sus ojos fue a un asesino de sangre fría. Lysander lo sujetó de su chaqueta. —No tienes una puta idea de lo que he hecho ni de lo que haré. Te robaste el ojo de amatista y lo necesito de vuelta. Lograron romperlo, comprendió Eroan. Lo que más había temido, sucedió y ahora Lysander se había convertido en el monstruo que tanto se esforzó en combatir. Solía ser muy fuerte, pero eso fue antes de que la gente de Eroan lo volviera a entregar a su hermano y antes de que él le fallara. Algo horrible había sucedido tras la pelea en la desembocadura, algo a lo que no pudo defenderse. —Lysander, ¿qué te hicieron? Sujetó a Eroan e hizo que volviera a chocar contra el árbol. El dolor se extendió por todo su cráneo. Soltó un alarido y siseó entre dientes. —Perdí la amatista cuando Akiem incendió mi aldea. Ya no la tengo. Lysander le dio un puñetazo con el revés de su mano que liberó un punzante dolor en todo su rostro. Por un momento, la conmoción dominó las oleadas de dolor. Y entonces Lysander lo sujetó del cuello. —¡No me mientas, hijo de puta! Eroan gruñó, sus dientes se asomaron por encima de sus labios, al mismo tiempo que elevaba unos muros en su interior que protegerían a su corazón. —¿Dejaste que ellos ganaran después de todo por lo que has luchado? —¡No dejé que hicieran una mierda! —El fuego se adueñó de los ojos de Lysander—. Dime dónde está o tu nuevo y preciado hogar será cenizas. Ya no podía ver un solo indicio del antiguo Lysander y quizá había dejado de 246

existir mucho antes de anoche. La amarga derrota quemó la garganta de Eroan. Tanto la de Lysander al intentar retener la oscuridad y fracasar, como la suya por prometer que lo mantendría a salvo y no cumplirlo. Tragó saliva. —Te la traeré. En un solo parpadeo las cosas cambiaron, una cosa era asumir que Eroan se había robado la piedra y otra era saberlo con total certeza, el dolor atravesó los ojos de Lysander. Eroan lo había traicionado. —La encontré —admitió—. Cuando cayó de la torre, la amatista también lo hizo. —Recordó el destello del cuarzo púrpura, estaba debajo de la cama de la reina y su mente hizo memoria del corrupto sentimiento que lo traspasó y cómo heló la sangre en sus venas al tomarla—. La robé y cuando tu hermano incendió mi aldea, volví y la saqué de las cenizas. —El agarre de Lysander se aflojó. Finalmente lo soltó y retrocedió. Eroan frotó la herida en su cuello provocada por el filo de la espada—. Te la traeré. —No —respondió Lysander—. Iremos ahora y me llevarás directamente a ella. No quiero ningún truco. —Si entras a Cheen, la Orden te matará. —¿Y debo creer que un elfo como tú no conoce las entradas y salidas secretas? Eroan observó a Lysander, se había convertido en impavidez pura, era diferente… alguien diferente. Era alguien que no tuvo otra opción mas que convertirse en lo que más despreciaba. Pero Lysander seguía ahí. La noche anterior era prueba de ello. —No tiene que ser de esta forma. —Puede que en tu mundo no. Pero en el mío no existe otra forma.

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CAPÍTULO 44

LYSANDER

Traducido por Andrea A Corregido por Samn Odio. Disgusto. Traición. Todo eso golpeó en las entrañas a Lysander, retorciéndose y contrayéndose, tratando de estrangularlo. No se merecía el regalo de Eroan, no antes y definitivamente no ahora. Necesitaba esa gema. Lo cambiaría todo. La necesitaba para poder detener a los bronce, para detener a todos y lo que sentía por Eroan… Toda esa hambrienta necesidad de estar con él, de probarlo y sentirlo, de tener sus brazos a su alrededor… Cuando Carline le indicó que tenía que volver a encontrar a Eroan, no creyó que se sentiría tan mal. No creyó que pasaría todo esto. Había pasado tanto tiempo desde que sintió una pizca de algo. Pero ahora, ni una sola de sus heridas físicas había dolido tanto como esto: Perder a Eroan era el horrible precio a pagar para poder volar de nuevo, para ser libre y poder destruir a los bronce. Pero era un precio que debía pagar. Con sus dos alas y una nueva reputación, finalmente podría hacer algo más que sobrevivir. Podría prosperar. —Sigue caminando, elfo. —Le dio un empujón a Eroan, obligándolo a caminar. El recorrido por el bosque siguió y siguió. No quería que esto sucediera, pero era la única manera. Lo que sucedía entre ambos, esa resistencia y sumisión, provocaría que mataran a Eroan, ya fuera por los dragones o por los mismos elfos. Era alguien demasiado valeroso como para morir por culpa de Lysander. De esta manera, Eroan sobreviviría. Lo odiaría, pero al menos viviría y continuaría su vida, destinado a ser el

infame asesino de dragones. El dolor que Lysander vio en los ojos de Eroan cuando se volvió en su contra, ese dolor también era un regalo y lo haría más fuerte. Lo haría un mejor asesino y un mejor líder. En este momento los bronce ya habrían llegado a la torre. La guerra probablemente ya había comenzado. La ausencia de Lysander no pasaría desapercibida. Necesitaba la gema de su madre. Ahora eso era lo único que importaba. —Apúrate. —Otro empujón en la espalda. —Debería matarte por esto —gruñó Eroan. Lysander rio para cubrir el vacío que estaba sintiendo por esas palabras. —Una vez lo intentaste. —Sus palabras sabían a ceniza. Todo sabía a ceniza en su lengua. Los recuerdos de anoche se quemaron en su propio odio que incrementaba a cada paso. Era un dragón. Esto era lo que se esperaba de él y si continuaba hasta el final, haría que todo valiera la pena y así tendría a todos los drakon a sus pies. Lo único que tenía que sacrificar era a la única persona que lo entendía. El precio es alto. Caminaron por el mismo rumbo que Lysander cruzó voluntariamente junto a Eroan en su regreso a la aldea. Observó la espalda del elfo, examinando su paso firme a través de la maleza. Lysander no se hacía ilusiones, Eroan se convertiría en un enemigo mortal. Pero si ese era su legado, que así fuera. Eroan tenía razón, esta cosa entre ellos no podía suceder. —No hagas esto —le dijo Eroan. —No tienes ni idea de lo que debo hacer. —Sé lo que intentas, quieres alejarme. Crees que no vales la pena. No te seguiré el juego. —Mi vida no es un juego. —Si tan solo hubieras preguntado… —¿Me habrías dado la gema? —Claro que no, Eroan era demasiado astuto—. El ojo pertenece a los amatista. Tú lo robaste. Ya te lo dije antes, no soportamos a los ladrones. Las orejas del elfo se irguieron ante la familiaridad de esas palabras. Se detuvo y giró la cabeza un poco, lo suficiente como para ver a Lysander con furia. Entonces se agachó, haciendo señas a Lysander para que se colocara a su lado, fuera de la vista. —Hay guardias. 249

Lysander se arrodilló y escuchó, no sintió nada más que una brisa. Eroan sabía que la gema era más importante de lo que aparentaba, de otro modo no se la habría llevado. Había visto que la reina la usaba, tal vez incluso se preguntó cómo es que era capaz de liderar a todos y si la gema tenía algo qué ver con la fuerza de su reinado. El elfo era muy inteligente como para dejar que algo pasara desapercibido. Él lo descubrió antes que Lysander. El príncipe admiraba la inteligencia de Eroan. Admiraba mucho más que eso, como la posición de alerta que tenía en este momento, en la cúspide de la lucha era capaz de escoger el momento ideal para atacar. Lysander deslizó el filo de la espada por la espalda de la chaqueta de Eroan, abriendo el cuero. —Si te tranquilizas, todos vivirán. —¿Lo que pasó ayer fue real? —susurró Eroan, manteniendo su rostro fijo en los árboles. Lo fue. Cada beso y cada delicioso sabor. Incluso ahora, el cuerpo de Lysander expresaba todas las cosas que le quería hacer a Eroan. Las docenas de pequeñas mordidas zumbaban en su piel como un recordatorio de los lugares donde Eroan lo había marcado, poseyéndolo. Su pene se puso semiduro con el recuerdo. Pero la noche anterior fue algo más que solo sexo. En los brazos de Eroan realmente se sintió a salvo. La sola presencia de Eroan tenía el poder de alejar todo lo que pudiera afectarlo y lastimarlo. Y Lysander lo había arruinado. Sin embargo, podría volver a salvar al elfo. Una última vez. Lo salvaría de Lysander. Se inclinó, su boca quedó cerca del cuello de Eroan, como la noche pasada, cuando lo besó en el mismo lugar e hizo que gimiera su nombre. —Fuiste el sexo de una noche más dulce que he tenido. —Las mejillas de Eroan se sonrojaron. El corazón de Lysander se rompió—. Ningún elfo morirá hoy, recuérdalo. Entra, tráeme la gema y nadie de tu especie saldrá herido. Eroan lo guió a las afueras de la aldea, manteniéndose lejos de los recintos más poblados para evitar a los elfos con ojos de águila que resguardaban las murallas. Lo llevó a través de la densa maleza hasta una cabaña construida de madera de pino, emanaba un olor familiar que Lysander relacionaba con Eroan. Nunca apartó su mirada de Eroan y de un portazo, cerró la puerta de la cabaña detrás de sí. El lugar era pequeño, había una silla, una chimenea, una mesa, una cama 250

en la parte posterior y un rastro de tubos extraños que atravesaban las vigas del techo. Algo destelló en la periferia de su visión Se lanzó hacia un lado ante el sonido de una daga que vibró al clavarse en la madera y luego Eroan lo golpeó, lanzándolo contra la pared. —¡Nunca fallo! —El gancho derecho abrió un corte en la mejilla de Lysander, derramando sangre hasta su lengua. Retrocedió, chocando contra una pared, utilizó su brazo como barrera para bloquear otra ataque de una daga de aspecto feroz que amenazaba con cortar su garganta y contraatacó con un puñetazo bajo por la izquierda, acertando en el estómago de Eroan. El elfo gruñó e intentó responder. Lysander lo agarró por la muñeca y dobló su brazo, con un poco más de esfuerzo, lo habría dislocado de su hombro. Eroan soltó un alarido. Lysander lo empujó contra la mesa, todavía tenía la espada de dragón en su mano derecha y no la utilizaría, no quería lastimarlo. Apretó una mano entre los hombros de Eroan, obligándolo a recostarse en la mesa, el su trasero quedó justo contra su ingle. —No me hagas enojar. —El cuerpo de Eroan se mantuvo arqueado. Lysander soltó la espada provocando un estrépito sonido y sujetó el otro brazo de Eroan por la muñeca, juntando ambas extremidades contra su espalda baja. Tenía al elfo acorralado y aun así no dejaba de pelear. Unos dardos salvajes de lujuria incitaron los instintos bestiales de Lysander, avivando una erección en su miembro. La resistencia de Eroan solo sirvió para excitarlo más. —Necesito que dejes de resistirte —siseó, las palabras provinieron de una parte de su ser pasado; una parte que trataba de tomar el control y exigía que se detuviera ahora mismo—. O no te gustará cómo terminará esto. —Pero si eso pasaba, Lysander ya no podría volver atrás. Sálvalo de ti mismo y del mundo. Eroan se tranquilizó, su rostro quedó apoyado de costado para poder dirigirle una mirada llena de odio. Excepto que su mirada no estaba tan repleta de furia como Lysander creyó. A pesar de que Eroan le mostraba sus dientes, sus músculos estaban tensos contra su agarre. El desafío en sus ojos llevó los pensamientos de Lysander a un contexto totalmente diferente. A Eroan le gustaba pelear, tanto en la vida como en el amor. Y ahora Lysander lo tenía atrapado y a su merced, las reglas del juego habían 251

cambiado. Apretó su agarre en las muñecas de Eroan, piel cálida contra piel cálida y ronroneó. —O quizá quieres descubrirlo.

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CAPÍTULO 45

EROAN

Traducido por Andrea A Corregido por Samn Un calor mortal corría por sus venas, manteniendo su sangre alerta. Las cosas que Lysander había dicho lo heló hasta los huesos, pero incluso ahora la sensación del peso de su cuerpo contra la parte posterior de sus muslos, le hizo olvidar el lado de su cerebro que le decía que esto estaba mal y solo le hizo pensar en lo bien que se sentía. Rechinó los dientes, sus manos estaban atrapadas en su espalda y su vergüenza intentó esconder la lujuria que sentía. Pero entonces Lysander inclinó sus caderas, con un solo movimiento que bastó para que se excitara y su miembro chocara contra su trasero. —Tuviste tu oportunidad para follarme. —La voz de Eroan se rompió—. No tendrás otra. Lysander acercó las caderas de Eroan y pasó una mano por su cadera hacia abajo, explorándolo. Sus dedos encontraron la evidencia que necesitaba y sujetó la dura erección de Eroan, lo hizo con tal fuerza que le entrecortó la respiración. Ahora le fue imposible ocultar sus deseos. Esto está mal, trató de decirle su mente, pero su cuerpo ya lo había traicionado. Los ojos de Lysander eran fríos. La noche anterior… no había sido nada como esto. Anoche, Lysander fue cariñoso. Este no era un hombre, era un dragón. Los dedos de Lysander tiraron de su bragueta, abriéndola. Eroan hizo un pequeño

esfuerzo por liberar sus brazos. El agarre de Lysander en sus muñecas se apretó, al igual que el que rodeaba su pene, alcanzando el máximo placer. La anticipación lo inundó, cubriéndolo de ansia pura. De pronto, la mano de Lysander desapareció. Los pantalones de Eroan cayeron, exponiendo su trasero y la mano de Lysander comenzó a tocarlo, el simple cosquilleo de sus dedos era una tentación por sí sola. Eroan nunca había sido penetrado por otro hombre. Él siempre era quien tenía el control. Siempre era el que daba, no quien recibía. Sintió que algo se presionaba contra su agujero. Lysander introdujo un dedo húmedo en su interior. Eroan se retorció, haciendo una mueca ante el incómodo dolor que sintió al ser abierto. La duda despertó una parte del miedo, pero entonces la boca cálida de Lysander descendió a su cuello, su mano volvió a envolverse en su pene, llevándolo a un frenesí paralizante que borró sus miedos. La mano húmeda de Lysander se alejó de su miembro, Eroan estaba jadeando, retorciéndose y anhelante, su mente y cuerpo eran una ruina de necesidades en guerra. Apenas sintió la erección de Lysander adentrándose en él hasta que una nueva y deliciosa embestida le provocó un placer intenso, uno que esfumó todo el miedo y el sentimiento de que esto era algo incorrecto, transformándolo en algo que se sentía increíblemente bien. —Maldito seas por sentirte tan bien. —La voz baja del príncipe acarició la nuca de Eroan y volvió a embestirlo con más fuerza, llenando a Eroan y avivando un nuevo tipo de calor. Cuando salió de su interior, Eroan gimió por la pérdida y persiguió la sensación, necesitando que lo llenara de nuevo. —Dime que lo deseas… —El peso de Lysander apretó su espalda, aplastando sus manos entre ambos—. Dilo —gruñó. Por Alumn, lo quería, quería a Lysander en lo más profundo de su interior hasta que lo hiciera olvidar quién era y lo que debía o no ser. Quería ese sentimiento de ser llenado, tomado y poseído, el sentimiento de ir en caída libre y del pulsante éxtasis. —Sí. Lysander lo penetró. El placer y dolor fluyeron de su trasero, esparciendo un dardo afilado de puro deleite a través de su cuerpo. Más. Quería… necesitaba más. El ritmo acelerado de Lysander se volvió desenfrenado, sus gruñidos eran roncos y duros, aumentando los deseos de Eroan. Un nuevo y seductor placer recorrió su espalda, la presión y la cercanía a la liberación lo hacían sentir conectado con él como 254

nunca antes. La deliciosa sensación de tener un hombre dentro de él, tocó lugares que no sabía que podían sentirse tan bien. Apretó los músculos alrededor del pene de Lysander, escuchó el gemido del dragón y volvió a hacerlo. Los muslos de Lysander golpearon su trasero sin parar. Entonces volvió a inclinarse y lo embistió en un ritmo frenético a la par de su mano que sujetaba la erección de Eroan. La gema, la guerra, el odio, su gente, el riesgo, el dolor, todo desapareció, enterrado bajo la existencia de Lysander que lo follaba contra la mesa. Alumn, esto era una locura, una que aceptó voluntariamente e hizo propia. La respiración de Lysander se estremeció, el ritmo se desincronizó, la mano en su pene lo masturbó con fuerza. El agarre sobre las muñecas de Eroan se hizo más fuerte y comenzó a doler, pero solo por unos momentos, entonces Lysander dio las embestidas finales, esparciendo su semen. Eroan se inclinó hacia él, provocando un jadeo repentino de Lysander. El agarre del dragón se apretó alrededor de la erección de Eroan, con más fuerza y de repente, su mano experta se mezcló con la parte animal de su mente El éxtasis lo abrumaba, cada vez más y más. La liberación se apoderó de él, provocando corrientes que recorrieron su espalda y se corrió con fuerza, el miembro de Lysander todavía seguía dentro de él. Estimuló su orgasmo contra Lysander hasta que se sintió agotado, jadeante, destrozado y tembloroso. Lysander salió de él demasiado pronto, su líquido espeso salió del agujero de Eroan y durante unos largos y sensuales momentos, Lysander jugueteó con el semen por arriba y entre sus muslos, introdujo uno de sus dedos, tocándolo íntimamente y luego lo sacó. —¿Aún me quieres muerto, Eroan Ilanea? —ronroneó el dragón. Eroan tiró de sus muñecas para liberarse y retrocedió, se giró para mostrarle a Lysander la verdad en su rostro. Abrió el cajón de la mesa, sacó la gema y se la arrojó. Lysander intentó sujetar la gema cuando golpeó contra su pecho y se las arregló para atrapar el cuarzo compuesto de deslumbrantes cristales púrpura. Lo que fuera que esa piedra hiciese, Lysander la miraba como si tuviera todas las respuestas. Eroan sabía cómo brillaba en la oscuridad. No era algo útil para el bien. —Espero que haya valido la pena —espetó Eroan con desprecio y se alejó del dragón—. Vete. Lysander recuperó la compostura y subió sus pantalones, su cara volvió a 255

mostrar esa impenetrable y dura máscara. Retrocedió hacia la puerta, su mirada ensombrecida se mantuvo en Eroan como si quisiera decir algo, pero ya era muy tarde para hablar. Aún sentía el ardiente agarre del dragón en sus muslos y muñecas, y ahora que completó su cometido, se preguntó si lo que sucedía entre ellos finalmente se había hecho pedazos. —Si alguna vez lastimas a mi gente, atravesaré tu corazón de dragón con una espada y tu cabeza con una estaca. —No esperaría nada menos de Eroan Ilanea —refunfuñó Lysander. Giró la gema en el aire, la atrapó y se dirigió a la puerta, pero antes de salir, algo lo hizo detenerse—. Hay un túnel abandonado que pasa por debajo de la torre al noreste. Hace unos años colapsó y lo hizo casi infranqueable. Está desprotegido. —Y entonces salió por la puerta. Eroan esperó a que sonaran los gritos de alarma o la llamada de la Orden, pero cuando nada de eso llegó, se desplomó contra la mesa. La humedad se acumuló entre sus piernas. Apestaba a dragón. Se quitó la ropa con brusquedad y se sumergió en la ducha. El agua siseó en su cabello y golpeó sus hombros. Hojas y arena se arremolinaron alrededor del desagüe. Eroan vio desaparecer la suciedad, su cabeza no paraba de girar, extendió su mano y se apoyó con un brazo contra la pared, dejando que el agua fría corriera por su espalda y piernas. Sus muñecas quemaban por el agarre invisible de Lysander, todavía lo sentía ahí. Dime que lo deseas… Tenía una forma de entrar a la torre. Si es que podía confiar en la palabra de Lysander… Maldito Lysander… podía irse directo a las entrañas del Infiarnn. Eroan se había entregado a él por completo, incluso talló a mano la figurita de dragón como un tonto enamorado. ¿Siempre fue un juego para él? ¿Siquiera necesitó que lo salvaran o siempre tuvo la vida que quería? Recordó al príncipe borracho de la torre y el auxilio que sus ojos gritaban. Esa súplica ya no existía. ¿Qué le había dicho la vieja dragona en la torre…? ¿Que Lysander nunca pediría ayuda y que lucharía contra Eroan? ¿Acaso esto era a lo que se refería o ella también había jugado con su mente? 256

Todavía podía escuchar las horribles cosas que Lysander le había dicho y aún así, su miserable corazón se aferraba a la esperanza creyendo… ¿creyendo qué? ¿Qué Lysander todavía era bueno? Y si no lo fuera, ¿eso en qué convertía a Eroan? Permitió que Lysander lo follara justo ahora y le gustó. Y fue mucho más que eso. ¿Y si Curan había estado en lo cierto? ¿Realmente existía una parte dentro de él que estaba rota y fue a causa de su estadía con la reina, en la prisión y las cadenas? Había comenzado y no podía pararla. Pero él sabría si su mente se hubiera corrompido, ¿no? ¿Lo que pasó ayer fue real? Fuiste el sexo de una noche más dulce que he tenido. Rechinó los dientes y dejó que el agua fría lo adormeciera. No le importaba. No podía dejar que esto le importara. Los humanos llegarían pronto junto con más miembros de la Orden y todos lo mirarían como si él fuera clave de su futuro. Lysander se había ido. Y Eroan tenía que aceptarlo. Nunca te rendiste conmigo. Y nunca lo haré. Su puño golpeó suavemente contra la pared y apoyó la frente en la madera. Lysander lo necesitaba más que nunca, pero Eroan no tenía idea de cómo salvarlo esta vez, ni siquiera sabía si podría hacerlo. —¿Eroan? —La voz de Seraph rasgó en el sonido del agua—. ¿Estás ahí? —Saldré en un segundo. —Su voz sonaba normal, ¿verdad? Quizá algo brusca. —¿Te encuentras bien? Se aclaró el nudo en su garganta, cerró la llave del agua y extendió una mano afuera de la cortina, hacia Seraph. —¿Me pasas una toalla? —La tela suave cayó sobre su palma. —Cuando no volviste, Nye envió a tres altivos a buscarte. —Tuve un imprevisto. —Pasó la toalla por su cabello y cara, esperando que el movimiento ocultara cualquier expresión imprevista—. No fue nada que no pudiera controlar. —Creí haber olido a dragón… —La escuchó acercarse y luego susurró—: ¿Apareció? Eroan ató la toalla alrededor de su cintura y se irguió, endureciendo su corazón. Seraph quería a Lysander. Si supiera cómo había cambiado… 257

—No. Alejó todos sus pensamientos y emociones relacionados a Lysander, los llevó a un lugar donde no pudieran interrumpir lo que tenía que hacer en ese momento. Los humanos llegarían pronto con las armas necesarias y ahora tenía una forma de entrar a la torre… Lysander también le había dado un regalo antes de partir. Era hora de atacar el corazón de los dragones.

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CAPÍTULO 46

L YSANDER Traducido por Andrea A y Samn Corregido por Samn Lysander ralentizó su paso cuando el conjunto de árboles en el bosque se hizo menos denso y el riesgo de que algún elfo lo encontrara disminuyó. El eco del rugido de los dragones rompió el silencio y el sabor de la ceniza apareció en su lengua. Tropezó contra un árbol y cerró los ojos tratando de controlar su respiración. Pero la imagen del rostro furioso de Eroan apareció en su mente. Escuchó sus mordaces palabras, lo sintió tan cálido y duro, y con un sabor a libertad. Alejarlo había sido lo correcto. Lysander tenía que creer eso porque ya no habría forma de recuperarlo. Se agachó en cuclillas y golpeó su cabeza contra un árbol. Una vez. Dos veces. Sintió que el dolor perforaba sus entrañas y ahuyentaba la culpa, un nudo obstruyó su garganta embotellando la creciente emoción dentro de él. Si abandonar a Eroan había sido lo correcto, ¿por qué le dolía tanto? Después de lo sucedido con Mirann, con Dokul, de las mazmorras, después de todo eso, no había lugar en su mundo para los estúpidos, tercos y honorables elfos que no sabían cuándo renunciar a algo. Después de lo sucedido la noche anterior, comprendió que Eroan lo seguiría hasta la muerte, porque el maldito elfo no sabía cómo actuar de otra forma. Eroan moriría por él. Y Lysander no valía ese sacrificio. Metió su mano en su bolsillo y sacó la amatista. La gema vibraba con calidez y fortaleza, como si estuviera viva, siendo un órgano latente. No se sentía igual a

su magia que utilizaba para cambiar, pero tenía poder. ¿De qué otra forma podría sentirse como si estuviera viva? Esto era lo único que importaba y tener sus alas de vuelta. La fantasía de la noche anterior había terminado. Debía volver a la realidad, sobrevivir a ella y de alguna manera progresar dentro de su oscuro corazón. Esta gema era la clave para eso. La gema… y olvidar la existencia de Eroan. Dejó el refugio entre los árboles y cruzó las planicies hacia la torre que sobresalía en el horizonte. Las alas de bronce rodeaban el atardecer rojo sangre, haciendo que los usurpadores parecieran estar en llamas. Consideró entrar a escondidas, pero el sigilo no arreglaría lo que podría encontrar en su interior. Era claro que los bronce habían llegado en grandes cantidades y no mostraban señales de querer irse. A medida que Lysander se acercó a los territorios de la torre, los guardias gritaron innumerables advertencias, pero ninguno intentó detenerlo. Dentro de los pasillos de la torre, el olor a metal húmedo abrumó su nariz. Rostros que no reconocía lo vieron pasar, indiferentes. Se aseguró de responderles con el mismo desinterés. El fuego en la parrilla de la cocina de Carline se había reducido a cenizas y los aposentos de la dragona estaban vacíos. Nunca la había visto en ningún otro lugar. De hecho, nunca la había visto fuera de la torre. Se quedó de pie frente a la puerta de la habitación, sintiendo el palpitar de la gema en el bolsillo de su abrigo. Sin Carline, no sabía cómo debía utilizar la gema, ni siquiera sabía cuál era su poder. Debía encontrarla y rápido. —Lysander Bronce, se solicita su presencia en el salón principal. La ira disminuyó sus nervios. Giró su cabeza y dedicó una mirada de superioridad al exiguo que le habló. Era solo otro hombre que apestaba a metal. Una furia inquieta quería que lanzara al imbécil contra la pared. La presencia de estos metales era un insulto, una falta de respeto. Era un acto de agresión que incitaba a la guerra y aunque Lysander no se consideraba más amatista que bronce, estas paredes habían sido su hogar. —¿Me oíste? —preguntó el exiguo con su ceño fruncido. —Te escuché, perra —gruñó, rodeando al imbécil. El extraño llevaba un gran pendiente de aro y bandas de metal en sus bíceps. Cuando habló, pudo notar una perforación que traspasaba su lengua. Solo su olor hizo que las entrañas de Lysander se revolvieran, era una esencia en la que había estado enterrado durante semanas. Un 260

hilo de miedo comenzó a abrirse camino a través de su furia. Así que lo cortó de tajo, enterrándolo debajo de su odio por los bronce—. ¿Dónde está mi hermano, el rey? —Esperando en el salón… —La maldad apareció en sus ojos de bronce. ¿Qué más esperaba por él en la sala? Un momento pasó entre ellos. El bronce era del doble de su tamaño, quizá hasta más fuerte que él. Pero Lysander era más rápido y tenía un mejor entrenamiento. Podía lidiar con él, pero luchar solo retrasaría su inevitable encuentro con Dokul. Dejó caer una mano en su bolsillo para tocar la gema vibrante. Sus dedos rozaron la figurita de dragón de madera y el arrepentimiento le hizo un nudo en el pecho. El pasado ya estaba hecho. Ahora tenía que saciar su sed de venganza. —Llévame al salón. Cuando el bronce se dio la vuelta, Lysander lo siguió, tomando el collar y atándolo en su cuello. Escondió la pieza de madera dentro de su camisa y aspiró el tentador aroma de madera fresca y agujas de pino, absorbió el aroma tan familiar y luego permitió que desapareciera. Usaría los recuerdos de su estadía entre los brazos de Eroan para mantener a raya la oscuridad. Un lugar al que iría voluntariamente. No había sitio para el dragón que había sido en el pasado, del dragón que se quedó admirando las estrellas vagando por el cielo mientras un terco elfo dormía junto a su lado. Él sabía que ahora, y con cada paso que daba hacia el salón principal, se deshacía de esa capa exterior tan vulnerable y se comenzaba a construir una nueva hecha de hierro invisible.

No supo si el sabor que se transmitía del salón era sangre o solo era el hedor del metal. Sus botas resonaron a través del rastro de un líquido brillante y pegajoso: sangre arterial. Formaba senderos serpenteantes que conducían a la muerte. Por la gran cantidad de cuerpos, los bronce habían atacado con fuerza y rapidez, matando a varios amatistas antes de que tuvieran la oportunidad de sacar sus armas o cambiar. El resto de los amatistas más poderosos estaban encadenados, mantenían la cabeza gacha y estaban alineados como si estuvieran apunto de ejecutarlos. Al ver esas cadenas y percibir el olor de la masacre, despertó sus instintos primitivos, extendiendo el poder por sus venas. Lo iba a necesitar. Al fondo del salón, sentado al borde de una 261

mesa, se encontraba Dokul. El hombre formidable, cuya piel era completamente lisa y brillante como un metal deslustrado, esbozó una amplia sonrisa y se apoyó en una rodilla, frotando su pulgar contra sus dedos de la mano derecha, probablemente recordando cómo se había sentido el tener a Lysander bajo sus garras. El miedo trató de hundir sus dientes en Lysander, pero también pudo controlarlo. Y le dio la bienvenida a un entumecimiento superficial. Ahora podía dominar el miedo, Dokul solo era otro monstruo del que ya había sobrevivido una vez. Una mujer vestida con una sencilla túnica de exiguo estaba sentada en el banco junto al jefe de los bronce, su cabeza lisa se mantuvo inclinada y las manos se apoyaban en su regazo. A Lysander le tomó unos segundos reconocerla. Mirann. Había sanado un poco, al menos en el exterior, pero sus hombros y brazos estaban repletos de cicatrices que él mismo le había hecho. El miedo dentro de Lysander trató de liberarse de sus ataduras. Pero él se mantuvo firme, frenó sus pasos frente a Dokul y usó la misma máscara que siempre llevaba cuando su madre buscaba una reacción en él. —El príncipe ha vuelto. —La profunda voz de Dokul retumbó en el espacioso salón—. Todos nos preguntamos si habías huido volando. Pero no puedes volar… —Se rio entre dientes—: ¿Tal vez corriste igual que los humanos? Algunos de los bronce rieron por lo bajo. Lysander echó un vistazo a los cientos de dragones que había. Todos eran bronce. Cualquier amatista sobreviviente probablemente estaría dentro de la torre, los bronce eran unos bastardos, seguramente se estaban divirtiendo con ellos. La armada amatista que seguía de rodillas aún podían cambiar y liberarse de las cadenas, pero hacerlo sería visto como una debilidad y aún nadie había cedido a la tentación. Independientemente de lo que pensara de los amatista, su progenie tenía orgullo. —En tu ausencia, la torre quedó en manos de este… —Dokul hizo una seña a su derecha y la multitud se abrió paso, revelando a Akiem en vestimentas de noble, estaba arrodillado y había cadenas atadas alrededor de sus muñecas ensangrentadas y en carne viva. La sangre goteaba de su cabello negro. Había huellas secas manchadas y ensangrentadas en su mejilla y mandíbula. Lo habían cortado, golpeado y quién sabe qué otras mierdas más. Akiem no levantó su mirada. Solo tenía ojos para Dokul. Lysander ni siquiera estaba seguro de si su hermano sabía que había llegado o quizá 262

ya no le importaba lo suficiente como para reconocerlo. Dokul se levantó del trono y se acercó lentamente a Lysander. —Akiem nunca tuvo suficiente autoridad sobre las armadas de Elisandra, ese siempre fuiste tú. —Lo señaló con su dedo medio—. Tampoco tuvo los huevos para hacer prosperar su corto reinado. —Dokul se encogió de hombros, su hombrera ancha y predominante se movió con él—. Pero bueno, ahora su hombría es mía. —El cabrón sonrió y sus ojos brillaron con asquerosa alegría—; sin embargo, dudo que sea tan divertido como tú. Así que no había follado a Akiem. Todavía. La boca de Lysander se torció. Anoche debió estar aquí. Los bronce no habrían traspasado las filas de la armada amatista si se hubiera organizado una defensa. Akiem probablemente pensaba lo mismo, si es que siquiera prestaba atención. Lysander los había abandonado en el preciso momento en que los bronce atacaron. Lysander Bronce. Akiem posiblemente creía que era un cómplice de esto. —Pretendo romper a este mocoso que se llama a sí mismo rey —explicó Dokul—. Ojo por ojo, por lo que le hiciste a mi hija. —Dokul levantó su cabeza, mirando a Lysander fijamente—. Todavía podría hacerte un bronce. —Levantando su mano, añadió—. Hija, de pie. Mirann se movió como un fantasma. Usaba una bata ajustada que la hacía ver pequeña y vulnerable. Lysander utilizó su pena y arrepentimiento para reforzar las protecciones en su interior. Dokul le ofreció su mano y su hija se le adelantó, tenía una mano sobre su vientre hinchado, sus ojos estaban rojos, vidriosos y con las pupilas dilatadas. Las marcas en el interior de sus brazos sugerían que le habían dado el mismo veneno que ella le infligió. O tal vez eligió tomarlo como un escape a lo que fuera que los exiguos le hubieran hecho. Dokul lo observó atentamente, en busca de una reacción. Lysander no se inmutó, aunque al ver su vientre, el floreciente pánico dentro de sí intentó quebrar su armadura. Por el tamaño que tenía, lo que estaba en su interior tenía como mínimo unos cuantos meses incubándose, su embarazo coincidía con el apareamiento. Mirann le importaba tan poco que nunca notó su cambio físico y tan pronto comenzó a drogarlo, Lysander fue incapaz de comprender los más simples detalles, pero ahora era más que obvio que su vientre estaba repleto de huevos. 263

—La mitad del nido amatista se la folló —espetó con desdén. Un tic apareció sobre el ojo derecho de Dokul. —Su embarazo está demasiado avanzado, es claro que son tuyos. Por todos los dioses, lo último con lo que quería lidiar sería con más dragones… dragones más fuertes. Híbridos bronce y amatista. Esas crías serían monstruosas. Entre todo este desastre y el apareamiento, mantuvo la esperanza de que su semen fuera igual de inservible como el resto de su ser. Tenía sentido que ese fuera el caso. Pero estaba claro que no era así. —¿Y me tiene que importar? —¿Importar? No. —Dokul soltó una carcajada—. Cuando se incuben, lo entenderás. —Se alejó de Mirann, comenzado a acercarse a Lysander—. ¿Por qué crees que deseaba follarte con tanto esmero, príncipe? —Extendió su mano y sus dedos quedaron peligrosamente cerca. Lysander irguió su postura. Metió su mano dentro de su bolsillo y tomó la gema. —Si me tocas… romperé cada uno de tus dedos y eso solo será el principio. El deseo deslumbró los ojos del cabrón. —¡Qué amenazas tan tentadoras! Escuché que ganaste una nueva reputación desde que te fuiste de mi lado. Los exiguos me contaron que te gusta usar el látigo. No creí que te gustara tanto ese fetiche pero estaré encantado de experimentarlo contigo… Lysander se tragó su hirviente furia antes que pudiera dominarlo por completo. —¿No te has preguntado por qué tu madre te mantuvo en la ignorancia todo este tiempo? ¿Por qué deseaba tanto tu apareamiento con una bronce? ¿O por qué mi Mirann se empeñó tanto en poseerte? Eres apuesto pero ni de chiste serías el mejor espécimen de hombre. Pero como dragón… como dragón eres… —Hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas—: Algo más. Eres esmeralda y eso, príncipe, es algo invaluable. Ya estaba harto de escuchar las mierdas de Dokul. —Debes abandonar esta torre. Llévate a tu hija de perra y a tu progenie bastarda. —¿Y quién me obligará a hacerlo? ¿Tú? —Dokul se acercó aún más. Sus dientes bañados en metal brillaron—. Tus armadas están dispersas, las puedes hallar en los calabozos o muertos. —Sus ojos miraron a Lysander de arriba a abajo, separó los labios y sus pupilas se dilataron—. Todos esos años que ella pudo aprovechar para 264

entrenarte… vaya desperdicio… pero tenía miedo. ¿Lo sabías? Sus irritantes palabras no iban a funcionar. —¿Qué es lo que quieres, Dokul? —Su gruñido fue mordaz y vibró a través de su cuerpo. La sonrisa de Dokul volvió a brillar. —A ti. A mi merced. Y criar a tu linaje híbrido como si fuera mío. A los amatista bajo mi mandato, como siempre debió ser. Existe un gigantesco mundo que debo gobernar. No solo estos territorios, afuera hay más, donde los humanos luchan y sus ciudades se esfuerzan por sobrevivir. Hay dragones diamante, ónix, rubí, zafiro. Y contigo, el último esmeralda estando de mi lado y con tu progenie obedeciendo mis órdenes, todos se arrodillarán ante mí. Y entonces seré el único rey. Estaba demente. Lysander ya lo sabía, pero ahora podía ver su locura tan clara como el día, deslumbrando en sus ojos deslucidos y dorados. Dokul no podía gobernarlos a todos, ¿y qué sentido tenía intentarlo? Porque los bronce tenían una insaciable necesidad de tomar y poseer, Lysander se vio reflejado en esos mismos deseos. Todos los dragones eran iguales, pero solo unos permitían que eso atormentara sus mentes y los controlara por completo. Dokul era una criatura con un único propósito. Lysander comprendió que sería inútil negociar con él. La única solución a esta pesadilla sería su muerte y una vez hecho, seguiría el resto de los bronce. Pero para lograrlo, necesitaba que sus dos alas funcionaran. Necesitaba más tiempo. —¿Y si digo que no? Dokul levantó una mano y un bronce se acercó, arrastrando a un amatista preso tras de él. El hombre se resistió contra las cadenas y sus ojos mostraron un ápice de esperanza al ver a Lysander. Entonces el bronce sacó un cuchillo y lo asesinó. El arma atacó con rapidez y precisión, trazando una sonrisa sangrienta en la garganta del amatista segundos antes de que pudiera cambiar. La sangre comenzó a fluir, manchando el suelo de piedra. El bronce soltó a su presa y con una patada, lo tiró al suelo. Pero no pareció notar el impacto, el brillo en sus ojos se desvaneció tan rápido como la sangre que brotaba de sus venas. A su costado izquierdo, Lysander escuchó un gruñido penetrante y cruel. —Si matas a otro, cambiaré justo ahora —lo amenazó Akiem. La sonrisa de Dokul se torció. —¿Y destruir tu trono de poder en el intento? Una vez luchaste contra mí y 265

perdiste, huyendo con tu cola entre las patas. Esta torre ha existido por más tiempo que los amatista. Tu madre la reinó, al igual que otras imponentes matriarcas antes que ella y mucho antes que naciera… Los inigualables dragones metal no necesitaban de torres para sentirse gobernantes. No puedes derrotarme, Akiem. Puede que seas despiadado, pero no eres rival para mí. No te humilles, príncipe. La pesada mano de Dokul se posó sobre el hombro de Lysander. —Arrodíllate ante mí y la masacre se acaba. Sus ojos dorados se adentraron en el alma de Lysander. La criatura ancestral rugió detrás de su mirada. Era una criatura tan antigua que le sorprendía que pudiera formar un pensamiento coherente. Lysander bajó la mirada hacia la gruesa mano de Dokul, recordando la forma en que sujetó sus caderas entre sus manos callosas mientras se encontraba atrapado en la jaula donde los humanos lo aprisionaron y cómo intentó violarlo y falló en el intento, aunque no tuvo tanta suerte después. Sabía que a Dokul no le importaba quién era. Tampoco tenía nada qué ver con la corona. Él quería a Lysander por lo que representaba: Esmeralda. —¿Por qué yo, Dokul? —Por qué tú… esa es la cuestión, ¿no? —Su profunda voz explotó en los muros del salón—. Todos saben que a los esmeralda se les debe asesinar en el momento en que rompen su cascarón. Por ningún motivo se les debe permitir que lleguen a la madurez. Cuando naciste, tu madre creyó que la habían maldecido. Ella debió matarte. Pero fue tan cobarde que le ordenó al mocoso de tu hermano hacerlo. Akiem no lo escuchó o no le importaba. Su mirada nunca se apartó de Dokul, su mejilla estaba temblando. —Cuando él lo intentó y no lo logró, tu madre decidió usarte, al igual que todo en su vida, pero nunca pudo controlarte, al menos no por completo. La atención de Lysander se desvió a Akiem. Su hermano arqueó una ceja oscura. El secreto que Dokul ocultaba, Akiem también lo conocía. Mirann estaba demasiado alejada para poder leer su mirada, pero sabía que era cierto que hizo todo a su alcance para que el apareamiento sucediera. Todos deseaban una parte de él. Un trozo de esmeralda. La única diferencia que tenía del resto era su habilidad para sanar a otros, pero incluso eso era patético y a los dragones nunca les importó tal cosa. —¿Por qué? —volvió a preguntar. 266

—Arrodíllate y sométete ante mí. Sé mío y te lo diré todo. —Los gruesos y ásperos dedos de Dokul acariciaron su mejilla. Sintió que la bilis subía por su garganta. Sus ojos se encontraron con la mirada penetrante del cabrón, mostrando desafío. El bronce torció su agarre y se aferró al costado izquierdo del rostro de Lysander. Sus instintos le exigían alejarse del asqueroso toque del bastardo y cederle el control al dragón, pero eso también tendría que esperar, mientras seguía construyendo más y más capas de protección a su alrededor, hasta que lo único que quedara en su interior fuera hierro gélido y el punzante y voraz fuego de la venganza. Lysander formó un puño alrededor de la gema amatista, apretándola con tanta fuerza que sus bordes dentados cortaron su palma. Se acercó a Dokul, posó una mano sobre su nuca cálida y áspera, y tiró de su cuerpo tan cerca como para poder besarlo. —Te metiste a mis tierras y te adueñaste de mis armadas, mataste a los amatista como si no valieran nada y encadenaste a mi hermano, el rey. Eres un ladrón, Dokul Bronce y yo no soporto a los ladrones. —Dokul torció su boca y Lysander continuó—. Nunca me arrodillaré ante ti. Los bronce y tú siempre serán mis enemigos hasta el día que muera. ¿Me entendiste maldito desquiciado? Nunca gobernarás a los amatista y jamás reinarás por encima de mí. Dokul se soltó de su agarre y gruñó. —¡Esto ya es mío, niño! —espetó—. Así como tú lo eres, mis dientes ya estuvieron en tu garganta y mi pene dentro de tu trasero. —Agarró su entrepierna y bramó—: ¡Todos se arrodillarán ante mí como siempre debió ser desde el comienzo, antes de que su miserable existencia se esparciera del caos. ¡Todos fueron un error! —escupió. Su rostro estaba rojo de furia, sus venas sobresalían de su cuello y cráneo—. ¡Jamás debieron existir! Yo fui de los primeros dragones en la Tierra. TODOS USTEDES ME PERTENECEN. Arremetió contra la fila de prisioneros amatista y atrapó a una, la arrastró de las manos mientras ella se retorcía y pateaba. Carline. Una peligrosa grieta se formó en la armadura de Lysander, amenazando con romperse en dos y derramar su poder dentro del salón con sus dientes y garras, y también dentro de él. —¡No! —Akiem intentó ponerse de pie. Su guardia bronce le dio un puñetazo en 267

la mejilla, tirándolo al suelo una vez más. —Con que al fin encontré a alguien que les importa a ambos… interesante. —Dokul tiró a Carline al suelo y la rodeó como si fuera una presa—. ¿Una vieja sirvienta? ¿O eres algo más? —No paró de girar a su alrededor mientras Carline mantenía su cabeza gacha, parte de su cabello gris se había soltado de su peinado y le tapaba el rostro, ocultando su expresión—. Me eres familiar… ¿eres la figura materna que los príncipes nunca tuvieron? —Dokul sonrió, leyendo la respuesta en el rostro de Akiem—. Quizá si me la follo aquí y ahora, enfrente de todos, la abriré tanto que entenderán lo que les pasará si se niegan a obedecerme. —Déjala ir —lo amenazó Lysander, sus protecciones mentales se tensaron al retener el cambio que luchaba por salir. Dokul sujetó a Carline del cabello y la obligó a ponerse de pie, chocando su cuerpo contra el suyo. Aunque no gritó ni se quejó. —Arrodíllate, niño malcriado —le ordenó a Lysander y luego se volvió hacia Akiem—. Los dos se someterán a mí, ahora. Los compasivos ojos de Carline se abrieron ampliamente. En ellos le suplicaba no dejar que Dokul lo derrotara. Le dio la misma mirada a Akiem y el gruñido de su hermano volvió a mostrar su furia latente. Aún mantenía su fuerte agarre alrededor de la gema en el interior de su bolsillo y la piedra latía al compás de su corazón, bombeando poder, sangre, lujuria y furia por todo su cuerpo. No podía retenerlo por más tiempo, pero tal vez lo haría lo suficiente para lograr acercarse un poco más. Lysander avanzó. La mirada de Carline se volvió temerosa. Creyó que Lysander se iba a arrodillar. Era probable que el resto de los amatista presentes creyeran lo mismo. A final de cuentas, él era bronce pero no por elección propia. Nunca sería así. Sacó la gema de su bolsillo y se la lanzó a Carline. Ella extendió el brazo y la piedra aterrizó perfectamente en su mano. Su suave y viejo rostro se endureció en un instante, y frente a los ojos de Lysander, vio el momento en que Carline tiró la gema. La amatista traqueteó en el suelo, distrayendo la atención de todos en el salón. La vieja dragona levantó la punta de su bota y la dejó caer con fuerza, aplastando la piedra en miles de cristales diminutos que rebotaron por todo el suelo. El corazón de Lysander dejó de latir por un momento. Pero… ¡¿y su ala?! Ella le 268

había dicho que la necesitaba para arreglar su ala… le dijo que eso lo cambiaría todo. Había traicionado la confianza de Eroan por esa gema. —¡No! —Akiem intentó interponerse, pero no en dirección a Carline, sino a los pedacitos brillantes de la gema. El bronce que lo tenía sujeto se esforzó por retenerlo, pero logró liberarse. Y entonces cayó de rodillas, los grilletes en sus muñecas traquetearon al acunar los cristales rotos en sus manos, como si un repentino milagro pudiera unir cada pieza en su lugar. Volvió su mirada hacia Lysander. —¡¿Qué hiciste?! Lo peor de todo era que no lo sabía, pero presintió que era algo terrible y la crueldad en la sonrisa torcida de Carline lo confirmó. Su sonrisa se deformó y expandió de la misma forma en que la magia comenzaba a cubrir el lugar donde ella se encontraba. Pero esta magia sabía a muerte, como el metal oxidado envuelto en llamas. El terror revolvió su estómago. La carcajada de Mirann rasgó la mente de Lysander, pero no pudo apartar la mirada de Carline cuando comenzó a cambiar y los destellos de poder envolvieron su forma humana al mismo tiempo que cubría el aire con una presencia dorada. Una parte de su cerebro le dijo que huyera, que saliera corriendo y no mirara atrás porque la criatura que tomaba forma frente a sus ojos era la muerte y la putrefacción, y el fin de todo ser vivo. Akiem chocó contra Lysander. Sus manos sujetaron sus muñecas, intentando alejarlo y aun así, Lysander no pudo apartar la mirada, como si esta criatura exigiera que todos la admiraran. La magnitud de la criatura creció y creció, transformándose en gigantescos músculos y entonces apareció, era inmensa e indescriptible, parecía algo sacado de una leyenda, tanto que Lysander seguía sin creer lo que veía frente a sus ojos. Oro, era lo único que podía pensar. Ella es de oro. —¡Corre! —Akiem tiró de Lysander, haciendo que retrocediera para no quedar debajo de la sombra de la bestia dorada. Levantó la mirada lo más alto que pudo hacia la monstruosa cabeza rugiente y cubierta de escamas, y luego hacia la corona: sus púas se elevaban por encima de su ser, deslumbrando en oro, la más poderosa de los metales. La primera y más atroz 269

reina que traspasó los glaciares derretidos y creó una brecha en el mundo humano. Cuando abrió su enorme hocico y rugió, el ruido retumbó por todo su cuerpo y alertó a todos sus instintos a entrar en acción, mientras que su poder se mantenía atrapado en su interior. El techo comenzó a derrumbarse, el suelo se agrietó y las paredes se balancearon, el polvo cubrió todo el aire. Más dragones cambiaron a su alrededor y sus colmillos y garras inundaron el lugar. Lysander corrió lo más rápido que pudo, atravesando pasadizos y pasillos estrechos, pisándole los talones a Akiem. Carline era… es… oro. Liberé a la dragona oro. Pero no tenía sentido. ¿Por qué no reveló su verdadera forma antes? ¿Por qué estaba aquí? La gema. La gema de Elisandra. Carline nunca quiso sanar su ala, solo quería liberarse de una prisión que nadie más pudo ver. Akiem arrancó un tapiz sujeto a un muro, detrás había una puerta secreta y tiró de Lysander para que lo siguiera al interior de la oscuridad. Había una escalera en espiral que se dirigía hacia abajo. El sonido de sus botas resonó en los escalones al compás del frenético latir de su corazón. —¿A dónde nos lleva esta escalera? —preguntó, sorprendiéndose al escuchar que su voz se extendía aún más lejana que la oscuridad. —Afuera. Un rugido provocó que la escalera comenzara a temblar y que una lluvia de polvo cayera sobre sus cabezas. —Espera… —Lysander ralentizó su paso—. Akiem, espera… Su hermano se detuvo de golpe y se giró para mirarlo. —¡¿Qué?! —Sus manos se tensaron contra los grilletes, esforzándose por romperlos y soltó una grosería cuando no lo logró. —Lo que acaba de pasar… no… no lo sabía. —¿Qué no sabías exactamente? ¿Que Dokul vendría por mí o que Carline era la dragona oro? —Ambas, ninguna. Sabía que los bronce vendrían… —Y te fuiste. —Akiem recargó su cuerpo contra el helado muro de piedra—. No 270

pude detenerlos a todos. Ya habían muerto demasiados amatistas… —Iba a volver antes que él… —Eres mi hermano. ¡¿Dónde estabas?! Con Eroan. —¡¿Ahora soy tu hermano?! Los lazos de sangre siempre te han importado un carajo. ¡Incluso me aprisionaste en un puto calabozo! —¡Porque eres un bronce! —bramó Akiem de forma mordaz—. Maldito hijo de perra. Todo esto es culpa tuya. —Se acercó a Lysander, sus manos se cerraron en dos puños—. Todo siempre es culpa tuya. Amalia… esto. Todo. —La furia se desvaneció de su cuerpo. Retrocedió y volvió a recargarse contra el muro—. ¿Por qué no pudiste morir en el momento en que ambos nacimos? ¿Amalia? ¿Qué? —No. Yo no causé esto. Creí que la gema… no sabía que el poder que contenía era de ella. —Por supuesto que no lo sabías —espetó—. Tenemos que seguir. Dokul y Carline… —Su mirada se fijó en los escalones descendentes que dirigían a la oscuridad—. Dos dioses mayores. Debemos huir tan lejos como podamos. Lysander bajó un par de escalones más, deteniéndose en el mismo lugar que Akiem. Sus ojos reflejaron una amenaza que le advertía a Lysander que retrocediera. —¿Sabías lo de Carline? —Lo adiviné —admitió Akiem—. Hace mucho tiempo. La matriarca, nuestra abuela, fue quien la aprisionó… la gema era suya y luego le perteneció a Elisandra. Solo lo sé porque lo descubrí y Elisandra… no lo tomó demasiado bien. —Akiem frotó su cabeza—. Debemos irnos. Esto todavía no termina. Juntos, son más fuertes que nosotros. Los ojos de Akiem lucieron más deslumbrantes en la oscuridad, pero era el miedo lo que los hacía brillar. La única vez que Lysander vio tal expresión reflejada en el rostro de su hermano, fue en la noche del exilio de Amalia. —¿Por qué me culpas por lo que le pasó a Amalia? —Eso no importa… Lysander sujetó las cadenas de Akiem y tiró con fuerza, rompiendo los eslabones. Akiem no se detuvo a agradecerle y siguió descendiendo las escaleras. —Nuestro reinado de dragones gema se obtuvo porque se lo arrebatamos a los 271

metales. Y ahora van a destruir esta torre, nos destruirán a todos, es lo único que saben hacer. —¡¿Por qué nadie me dijo esto?! —¡Porque eres un dragón esmeralda, carajo! La gente seguía acusándolo de eso como si fuera un crimen. —¿Y qué importa el color de mis escamas? Akiem se detuvo y suspiró, sus hombros cayeron como si soportaran una carga invisible sobre ellos. —Solo sé que lo que Dokul dijo es cierto, Elisandra te temía. —Cuando se giró, su mirada lo examinó con cuidado—. Vamos. Siguió a Akiem directo a la oscuridad, sabiendo que su hermano le acababa de mentir.

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CAPÍTULO 47

EROAN

Traducido por Freya Corregido por Samn El grupo de humanos cruzó las puertas abiertas de Cheen llevando ropas desaliñadas y expresiones lúgubres. Un grupo de altivos de la Orden encargados de acompañarlos desde el último kilómetro los escoltaba, las obvias diferencias raciales se volvieron repentinamente evidentes. Los humanos daban pasos más firmes, sus cuerpos eran más robustos, más pesados y con una fuerza física parecida a los dragones. Mientras que los elfos tenían una apariencia más definida y flexible, la diferencia entre las mazas se balanceaba en la batalla y en las espadas bien equilibradas. Por todas partes los elfos observaban la llegada de los humanos, estudiando a sus visitantes y viceversa. Cientos de años y generaciones habían pasado desde que humanos y elfos habían luchado codo con codo, cientos de años desde que los humanos habían abandonado a los elfos a mitad de la batalla, desde que ellos atacaron al mundo con su devastadora arma, cambiando las cosas para siempre. Eroan también esperaba cambiar las cosas, pero para mejorarlas. Ya no podrían ser peor. Chloe encabezaba al grupo y elevó su rostro en el momento en que vio a Eroan. Anye, quien usaba una túnica blanca, se acercó primero. —Mi gente los recibirá de forma amigable y acogedora —los saludó la anciana, su sonrisa fue cálida, pero detrás ocultaba una advertencia—, a cambio solicitamos la misma cortesía.

Eroan medio escuchó el intercambio de saludos cordiales, pero mantuvo su mirada en los asesinos que aún flanqueaban a los humanos, cada uno con una presencia formidable. Los humanos estaban armados con lo que parecían ser pistolas y sus manos descansaban cerca de esas armas. Eroan percibió el aroma a dragón en ellos, lo que probablemente explicaba la recelosa mirada de orgullo en sus ojos. Los dragones una vez se habían infiltrado en sus territorios como humanos, otra razón por la que los elfos desconfiaban de estos forasteros. El aroma probablemente provenía de varios altercados sucedidos a lo largo de su viaje. El cambio tenía que empezar por la confianza. Eroan le lanzó una mirada a Nye y asintió. —Dile a la Orden que retrocedan. Estas personas no son una amenaza para nosotros. Pero permanezcan atentos. Anye organizó una reunión en el salón del consejo una vez que todo el grupo entró y asignó a unos cuantos elfos para ayudarles a buscar alojamiento. Observó el momento en que el grupo se separó y las sonrisas nerviosas comenzaron a crecer. La ansiedad se iría pronto, con el tiempo, pero ya no les quedaba mucho. Poco después, Eroan se encontró con Anye, Chloe y un hombre alto y delgado con piel del color de la madera carbonizada que se movía con nerviosismo. Aunque no por ansiedad, sino por emoción. —Eroan, mon dieu!—Los brazos de Chloe lo rodearon por un momento—. Me alegro tanto de volver a verte. —Eroan le devolvió el abrazo, inhalando el aroma a mar y humano—. Te presento a Ben. —le dijo, apartándose y señaló al hombre a su lado. La sonrisa de Ben iluminó su rostro amable mientras le extendía la mano. —He oído hablar mucho de ti. Eroan tomó su mano, dándole un fuerte apretón. Sus palabras eran más sencillas de comprender que las de Chloe. Eran familiares, pero diferentes. —Viene de América —explicó Chloe. Eroan no tenía ni idea de lo que significaba esa palabra, pero recordó cuando el padre de Chloe mencionó que existía un enorme territorio al otro lado del océano y se llamaba algo así. Si Chloe confiaba en él, entonces Eroan estaba seguro que este hombre valía la pena, aunque sus movimientos y gestos constantes hacían que quisiera sentarlo y ordenarle que se quedara quieto. —Tenemos mucho qué discutir —añadió Chloe—. Hay cosas que no podía 274

mencionar en las cartas. Ben es científico, o algo así. Está aquí para intercambiar todo su conocimiento, después de que nos hayamos instalado, ¿si eso está bien para ti? Ben lo tomó como señal para comenzar a hablar. —Soy más bien un dracólogo, supongo. He dedicado mi vida a estudiar todas las especies de dragones. —Hablaba muy rápido, como si estuviera desesperado por divulgar ese conocimiento a todos. —¿Conoces alguna debilidad que tengan? —preguntó Eroan. —Algunas. Su fisiología es muy peculiar. —Soltó una risa corta y aguda, aunque Eroan no comprendió qué era tan divertido—. Podría pasar días explicándolas. Por ejemplo, cada especie de dragón produce un tipo de fuego propio. Algunos, como el diamante, no producen fuego en absoluto, sino una sustancia semilíquida a base de plasma. Y puede atravesar elementos a temperaturas hirvientes como el fuego. —Sin embargo, sabemos que no nos queda mucho tiempo, ¿verdad? —lo interrumpió Chloe, dirigiéndose a Eroan y Anye. —El número de dragones en la torre incrementa diariamente. Nos preocupa que se estén preparando para un ataque —respondió Anye y luego asintió en dirección a Eroan, dejando que él continuara. —Hace poco descubrimos un túnel en desuso. Ahora mismo hay exploradores vigilándolo. Si podemos acceder, podría ser la entrada que hemos estado buscando. Y ahora que tus números se unen a nuestras filas, es muy probable que podamos asestar un devastador ataque a los amatista, pero debemos actuar con rapidez. Le había contado a Anye que descubrió el túnel por accidente después de observar la torre con su catalejo. Fue una mentira creíble, una que coincidía muy bien con la anterior ausencia de Eroan. Era preferible mentir a decir la verdad, que el príncipe amatista se lo había contado como un regalo de despedida, justo después de follarlo contra una mesa. Chloe sacó un cilindro del tamaño de un puño del interior de su abrigo y lo colocó sobre la mesa. —Sabía que encontrarías una entrada para cuando llegáramos. El equipo de Ben ha estado trabajando en esto. Si liberamos esta bomba de gas en un lugar cerrado, noqueará a cualquier dragón a la redonda en menos de quince segundos. El artefacto no lucía nada mortal. Había visto contenedores similares enterrados en la tierra y no les daba importancia, solo creía que eran restos de metal de la era 275

humana. Miró el contenedor con incredulidad y frunció el ceño. No parecía posible que algo tan pequeño pudiera derribar a un dragón. —¿Y los mata? —No, por desgracia —contestó Chloe—. Es ahí donde entras tú. El gas que contiene deja a los dragones inconscientes hasta por diez minutos. Al menos lo hace con los dragones con los que pudimos experimentar. Extendió su mano hacia la bomba. —¿Puedo? —Adelante —le dijo Ben—. Solo no tires del seguro. A los humanos no les afecta mucho, solo los se ponen somnolientos. Pero no estoy seguro del efecto que tendrá en los elfos. Y no… eh… nunca antes conocí a alguien como ustedes para poder… ya sabes, probarlo. La bomba era más pesada de lo que parecía. Eroan la cargó con una mano. Llevar más de tres harían más lento a un elfo. —¿A qué tipos de dragón la has expuesto? —Mayormente a los diamante. Son la raza predominante en España y el norte de África, en donde estuve viviendo antes de viajar al norte a Francia. —¿Pero a ningún bronce? ¿O amatista? —A un amatista, pero era joven y estaba algo débil. El gas funciona en un espacio cerrado. No lo hemos probado con metálicos. ¿Aquí hay bronces? —Sí, muchos —dijo Anye—. Hay una creciente actividad de bronces en la torre. Ben asintió, meditándolo. —No me he encontrado con un metal antes, pero si su fisiología no es tan diferente a los gema, todo indica que el gas funcionará en ellos. Es la mejor oportunidad que tenemos. Discutieron los riesgos mientras Eroan consideraba lo que había visto de la torre. En un lugar confinado, una bomba de gas podría atravesar los pasillos casi sin ser detectada e incluso si la descubrían, quince segundos no sería tiempo suficiente para que se diera la alarma. Una vez que los dragones hubieran caído, solo sería cuestión de matarlos clavándoles una espada en el cráneo por detrás de la coronilla. Diez minutos serían más que suficientes. —Esta podría ser la solución perfecta —dijo y entonces se dirigió a Anye—: Que los recolectores fabriquen unas máscaras. Que usen carbón vegetal para filtrar el gas. 276

—La ansiosa expresión de Chloe reflejó el corazón acelerado de Eroan—. ¿En cuanto tiempo estarán listos? —le preguntó. —Unas cuantas horas de descanso y estaremos listos. Eroan le devolvió la bomba a Ben. —¿Cuántas tienes? —Más de cien. Hace unos años encontramos un almacén en una base militar abandonada en Gibraltar —respondió Ben—. Son suficientes para exterminar esa torre si podemos entrar tan profundo como sea posible, antes que la dosis de radiación sea demasiado alta. —¿Radiación? —Eroan nunca antes había oído esa palabra. Ben miró a Anye y encontró otra expresión igualmente desconcertada. —Toda su costa sur es radioactiva, suponemos que se debe a las consecuencias nucleares… la zona de peligro está en el oeste. —Lo dijo como si le sorprendiera que Eroan no lo supiera—. Es probable que ustedes hayan desarrollado una resistencia a ella, o tal vez los elfos sean naturalmente inmunes. —Se rascó la nariz y volvió a sonreír con nerviosismo—. Me gustaría… bueno, me encantaría ya saben… observarlos más de cerca. —Anye parpadeó—. En relación con su fisiología, quiero decir. Estrictamente para… aspectos científicos. ¿Nuclear? ¿Radiación? Estas palabras y sus significados le eran ajenos. —El desastre ocurrido por el arma humana sucedió hace generaciones. —El padre de Chloe le había enseñado enormes mapas con una gran extensión de oscuridad desde las Tierras Blancas hasta el mar—. La explosión fue hacia el oeste, en una tierra en el mar, lejos de aquí. —Las consecuencias han disminuido en algunos lugares —continuó Ben—, por eso es que la vida prospera aquí. Pero todo ese páramo seguirá siendo radiactivo muchos miles de años más. Los dragones gema tienen capacidades nunca antes vistas en los dragones metálicos. Su mutación provino del uso de armas nucleares, produciendo todo tipo de peculiaridades… La radiación fue lo que creó a los gema, no la explosión en sí. Me pregunto si también alteró a los elfos. —¿Alterarnos? —preguntó Anye—. ¿De qué manera? Ben volvió a reír y miró a Chloe, en busca de ayuda. —No he estudiado su origen, así que es difícil saberlo. —Oh… —Anye parpadeó y miró a Eroan, aunque no entendió por qué y entonces 277

volvió a dirigirse a Ben—. ¿Quieres decir que es probable que hayamos cambiado después de la explosión? —Sí, es posible. Toman su energía del sol, ¿no? Necesitan luz para vivir. ¿Siempre has sido así? —Sí, pero… hubo un tiempo en el que se decía que los elfos tuvieron magia. No como los dragones, era más… un toque natural. Una forma de potenciar las cosas que ocurren de forma natural. Son cuentos antiguos… se cree que gran parte de ello es un mito, pero ahora me pregunto si esos cuentos se habrán basado en algo más. Esto era algo nuevo para Eroan, aunque había escuchado cuentos similares cuando era pequeño. —¿Crees que podría ser posible que el arma humana nos haya arrebatado la magia? —preguntó Anye. —Es posible, claro que sí. —Ben sonrió—. ¿Crees que podrías responder a algunas preguntas y tal vez así pueda averiguar más? Podríamos aprender mucho el uno del otro. Chloe carraspeó. —Más tarde, Ben. Debemos prepararnos. —Ah, sí, claro, seguro. Cuando puedas. Ambas mujeres sonrieron al tímido encanto de Ben. —Me gustaría —acordó Anye. Eroan frunció el ceño ante la evidente conmoción de Anye. —Después del ataque —dijo, no quería que se desviaran del tema de conversación. Eroan calmó su expresión y moderó la oleada de esperanza emergente al tener a estas personas aquí y las posibilidades que traían con ellos. Siempre creyó que los humanos y los elfos en conjunto serían un batallón tan fuerte que podrían derrotar a los dragones. Este podría ser el principio. Todos los ojos se volvieron hacia él. Eroan asintió—. Descansen de su viaje. Si los informes de los centinelas del túnel llegan con buenas noticias, entonces atacaremos a primera luz del día.

Eroan pasó la noche asegurándose de que todos los miembros de la Orden hubieran sido informados. La última vez que estuvo a cargo de un grupo de altivos, él había sido 278

el único sobreviviente. Pero los asesinos estaban entrenados para luchar y morir por la causa. Y harían lo mismo en la torre al amanecer. Confiaba en que cada individuo daría todo de sí. Aprovechó de un par de horas para relajarse antes del amanecer, paseó por el serpenteante sendero que conducía al viejo roble que se encontraba en las profundidades de Cheen. La llama de una antorcha iluminó el claro mientras se acercaba al roble, haciendo que las incontables cintas atadas entre las ramas del árbol danzaran en destellos de luz. Ahora el árbol estaba repleto de hojas vibrantes a la luz del día, pero las sombras atestaban su presencia en la oscuridad. Eroan presionó una mano en la rugosa corteza y levantó la mirada. Las cintas revoloteaban por todas partes, había una por cada rama. Cada una representaba una vida arrebatada. En el pasado, él también había atado muchas cintas al árbol de Cheen. Demasiadas. Curan estaba allí, al igual que todas las cintas pertenecientes a los elfos que había desenterrado del lodo. ¿Alguien había pensado en quitar el suyo cuando regresó, o todavía se revoloteaba en la brisa como un augurio de lo que estaba por venir? Se arrodilló entre las raíces e inclinó la cabeza. El árbol de Alumn vibraba lleno de vida. Había brotado de una bellota mucho antes que los dragones existieran, cuando los monumentos humanos llegaban hasta el cielo. Sus raíces viajaban profundamente por debajo del suelo, donde los humanos solían abordar grandes máquinas con forma de serpiente para viajar a través de túneles a través de grandes distancias. Si este árbol había sobrevivido durante tanto tiempo, su pueblo también lo haría. Alumn, por favor permite que salga bien. Los suaves ruidos de la aldea llegaron a él a través de la brisa, fue un suave recordatorio de por qué seguía luchando. Ya había perdido un hogar. No podía perder otro. Y todo dependía de la palabra de Lysander. La palabra de alguien que creyó conocer. La palabra de su enemigo. ¿Y si fuera una mentira o una trampa? ¿Y si mañana llevaba a cientos de elfos y humanos directo a su muerte porque realmente habían quebrado a Lysander? Si quieres confiar en mí, debes confiar en todo lo que soy. Soy un dragón. Eroan confió en él. Y todavía lo hacía, ¿verdad? Los últimos momentos que habían compartido en su cabaña, ese no había sido 279

Lysander. Una parte de él, sí. La parte necesaria, la parte que construyó para poder sobrevivir. Pero no fue él por completo. Lysander, el príncipe con corazón, seguía dentro del hombre en el que se había convertido. Eroan tenía que creerlo. Porque nunca se rendiría con él. Unos suaves pasos le alertaron de la sigilosa presencia de Nye. Eroan mantuvo una mano presionada contra el árbol y la cabeza inclinada, rezándole a Alumn que no lo hiciera añadir más cintas. —Seraph quiere venir mañana. —La voz de Nye fue suave, como en los tiempos cuando solían dormir juntos y Nye comenzaba a hablar de su vida, sus sueños y su familia nómada que había dejado atrás para perseguir la vida como asesino de la Orden. —¿Y eso es malo? —Me preocupa su apego al príncipe. Nubla su juicio. ¿Le preocupaba el apego de Seraph o el de Eroan? —Es tan digna como cualquier otro elfo. No la dejaré atrás. —Eroan se sentó sobre sus piernas, aún podía ver a Nye por el rabillo de su ojo derecho. Miró la cubierta del árbol, probablemente pensando en los muertos—. ¿El túnel? —preguntó. —Despejado. Un grupo de altivos se adentró un poco más en el camino. No hay señal de dragones y no la ha habido desde hace mucho tiempo, pero tiene buen flujo de aire. Así que hay una salida. —Nye se acercó al árbol, presionó una mano en la corteza, murmuró unas palabras a Alumn y se agachó junto a Eroan—. Está descuidada y muy lejos de la base de la torre. La entrada se derrumbó hace mucho tiempo. Es invisible a menos que sepas lo que estás buscando. Bien. Exactamente como le dijo Lysander. —Y te lo encontraste por casualidad… —añadió Nye. Lo implícito resonó con fuerza entre ambos. Eroan sostuvo la mirada de Nye, esperando a que terminara su acusación. Pero solo suspiró y pasó una mano a través de su cabello. —Te seguiría hasta el interior de la luz de Alumn, Eroan, pero esto es imprudente e insensato. Así no eres tú. —Lo que esto es… es nuestra última oportunidad. —Dime la verdad. —La mirada de Nye se fijó en la de Eroan, buscando sus secretos—. ¿Cómo supiste del túnel? 280

—Anoche, tras el altercado que tuve, yo… Nye negó con la cabeza y bajó la mirada, su mejilla estaba temblando, era claro que sabía que Eroan estaba mintiendo. —No puedo dejar que hagas esto. Eroan apretó sus dedos sobre sus muslos. Nye levantó la cabeza hacía el árbol en busca de la guía de Alumn. —No dejaré que lleves a todos dentro de ese túnel sin que sepan la fuente de la información. Nye nunca le creería sus mentiras. Era demasiado observador para aceptar excusas y respuestas vagas. —¿Qué importa cómo conseguí la información? —preguntó Eroan—. El túnel existe. Y haremos esto. La boca de Nye formó una sonrisa desganada. Incluso rio un poco antes de mirar a Eroan a los ojos. —¿Crees que te seguirían si les dijeras que el dragón fue el que te reveló la existencia del túnel? Su corazón palpitaba demasiado rápido y con mucha pesadez. Nye iba a arruinarlo todo. Eroan aflojó su agarre sobre sus muslos y estiró sus dedos. —No, por eso no puedo decirles. Esto tiene que suceder. —Yo puedo hacerlo. Y lo haré. Nye pensaba que estaba haciendo lo correcto. El honrado orgullo en sus ojos también lo reflejaba Eroan. Estaba presente en todos los elfos. Los hacía tercos y los hacía fuertes. Pero Nye no podía ganar esta batalla. —Nye, ve esto como la oportunidad que es. Ya todo está en marcha. Dentro de unas horas, atacaremos la fortaleza amatista con armas devastadoras. Con las bombas de gas que inventó Ben, tal vez incluso los matemos a todos. Estas tierras volverán a ser nuestras, nuestros hogares estarán seguros durante generaciones. El riesgo es grande, pero las recompensas valen la pena. Nye tragó saliva, extendió su mano y sujetó el hombro de Eroan. —Un dragón te dijo cómo entrar en la torre. Y no fue cualquier dragón, sino el príncipe amatista. ¿Por qué lo haría? —No lo conoces… —¿Y tú sí? —Se acercó aún más y le descendió su agarre por el brazo de 281

Eroan—. ¿Crees conocerlo? —Yo… —A Eroan le fue difícil responder con sinceridad—. Mejor que la mayoría, sí. —Una vez me dijiste que los dragones no son como nosotros. Que no piensan, ni se preocupan como nosotros. —Sacudió la cabeza y alejó el cabello que cubrió sus ojos—. ¿Es ahí donde estuviste anoche? ¿Estuviste con él? ¿Y mientras estaban juntos te habló del túnel? Eroan hizo un gesto de dolor. Esta conversación era una que había planeado no tener nunca con Nye, ni con nadie. Por muy acogedores que fueran los elfos, lo sucedido en la desembocadura le había enseñado que la compasión de su pueblo no se extendía a los dragones. Ningún elfo salvaría a un dragón. Y su gente no podía saber que había vuelto a ver a Lysander. Eso lo estropearía todo. Quedaría exiliado y los elfos seguirían muriendo. Y añadirían más cintas al árbol —levantó la mirada a través de las ramas largas y grandes—, y todo sería porque creerían que Elisandra lo había corrompido. Y que su poder permanecía incluso después de su muerte. —Nye, por favor, confía en mí. —Eso es exactamente lo que pasó, ¿no? Te encontraste con el dragón. —La boca de Nye se torció—. Lo de mañana es una trampa. —Se puso de pie—. Anye debe saberlo. —Se iría y en unos momentos, toda la aldea creería que Eroan estaba comprometido. Los humanos se irían. No se produciría una alianza. Todo por lo que había trabajado se acabaría. —Nye… —Eroan se puso de pie. Avanzó un par de pasos y tomó el brazo de Nye, sujetándolo de la manga para darle la vuelta—. Curan vio cómo era Lysander realmente. Nye tiró de su brazo para liberarse. —Curán murió por culpa de ese dragón. ¡Lysander es un dragón, Eroan! Nos han matado a miles de los nuestros. Probablemente él ha matado a docenas de tus propios altivos. Torturó a nuestros amigos, a gente que amábamos. ¡Los dragones te dejaron huérfano! Te has entrenado toda la vida para matarlos. ¿Cómo puedes… estar con uno? La ira le quemó la garganta con amargura. —Él no es así. La mirada de Nye buscó la de Eroan con desesperación y de repente, sus ojos 282

se ampliaron. —Oh, Eroan… crees que lo amas, ¿verdad? Eso es lo que pasa… —Su rostro tenía una expresión demacrada. Llevó las manos a su cabello y retrocedió—. Alumn… antes no lo entendía, pero ahora es tan claro… —Soltó una carcajada, pero el sonido fue desagradable y carente de humor—. Tú lo amas y él se beneficia de ello. Eso no es amor, Eroan. El amor es… el amor es estar ahí para alguien, incluso cuando duela. El amor es entender a esa persona por completo, incluso por los errores que cometa, de una manera que nadie más puede. El amor es tan profundo que lo sientes hasta los huesos, no es un capricho retorcido que surge tras todo lo que te hicieron. Eso no es amor. Es abuso. —Nye esperó a que Eroan comenzara a negarlo pero no dijo nada—. Mañana será una masacre… —Dejó la frase a medias y se alejó. La paciencia de Eroan se quebró en pedazos. Tiró de Nye, pasando un brazo alrededor de su cuello, sujetó su garganta contra su bíceps y apretó. Nye intentó girar su cuerpo para darle una patada y liberarse. Un codo bien direccionado se encajó en el costado de Eroan, provocando un ruido sordo. Eroan apretó su agarre, manteniendo su postura firme y esperó, a él también le costaba respirar. Los esfuerzos de Nye se ralentizaron y en un silencio total, sus jadeos se suavizaron, hasta que los dedos que agarraban el brazo de Eroan cayeron inertes. Había que hacerlo. No existía otra manera. Nye habría arruinado sus planes, planes que los salvarían a todos. Se agachó, cargó el peso de Nye sobre sus hombros y lo llevó al lado oscuro del árbol de Alumn. Lo ocultó entre las raíces y Eroan se detuvo a escuchar alguna señal de que siguiera respirando. Las suaves y ondulantes respiraciones de Nye rozaron su oído. No estaba muerto. —Lo siento. —Acunó el rostro de Nye entre sus manos—. Tu odio es un precio que estoy dispuesto a pagar para detener a los amatista. —Retrocediendo, levantó la mirada hacia el árbol. Miles de cintas ondeaban suavemente. Madres, padres, niños. Generaciones enteras perdidas. Todo acabaría mañana—. Perdóname, Alumn.

Las paredes de hormigón del túnel seguían en buenas condiciones, teniendo en cuenta 283

que la filtración de agua había erosionado el suelo hasta convertirlo en un barranco resbaladizo. Los derrumbes obstaculizaron la silenciosa formación de elfos y humanos, pero solo fue durante unos minutos hasta que los escombros desaparecieron. Seraph se movía junto a Eroan, de vez en cuando, la luz de las ingeniosas antorchas eléctricas de los humanos alumbraban sus rostros.. —Están bendecidos. Llevan consigo la luz de Alumn —le había dicho al acercarse a la entrada del túnel. Su asombro resonó en los ojos de los demás. Ahora, estando en el interior, nadie decía una palabra, tal como Eroan había ordenado. Cada elfo llevaba una máscara antigás, lista para utilizarla tan pronto como se liberara el gas. Todo lo que tenían que hacer era llegar lo más profundo posible, dentro de las entrañas de la torre. La mente de Eroan se remontó a cuando los bronce lo había secuestrado de las garras de Elisandra y los sonidos similares del gotear de agua junto con la brusca ráfaga de aire frío. Ya había estado aquí antes o en un túnel como este, y tomó eso como una señal de que iban por el camino correcto. El túnel no era enorme, era demasiado pequeño para que un dragón adulto lo atravesara a menos que estuviera en su forma humana, pero era lo suficientemente ancho para que sus altivos entraran. Y podrían matar a cualquier dragón que se encontrara en su forma humana rápidamente antes que se diera la alarma. Esto funcionaría. Tenía que funcionar. Le había costado demasiado como para fracasar. Nye nunca lo perdonaría. Los ancianos tampoco lo harían una vez que supieran la verdad, pero para entonces ya sería demasiado tarde. Seraph le había preguntado por Nye, al igual que Trey, que ahora se encontraba en la parte trasera de la formación. Ambos se habían tragado la mentira de que se quedaría atrás para proteger lo que, de otro modo, sería una aldea prácticamente desprotegida. Era necesario, se dijo a sí mismo. Un rugido sacudió el túnel, un par de guijarros saltaron de las grietas. La formación se agachó. El sonido provenía de muy por encima, pero fue tan imponente que causó que Seraph mirara a Eroan. Una vez que el ruido se detuvo, asintió e indicó que prosiguieran. No había vuelta atrás. 284

Se preguntaba si Lysander estaría dentro y rezaba a Alumn que no fuera así… deseó que escuchara su plegaria, incluso si era dirigida a un dragón. No tuvo tiempo para enviarle un mensaje e incluso si hubiera podido, el contenido habría arriesgado demasiado si hubiera caído en las manos equivocadas. El túnel se amplió frente a ellos en una estructura similar a la construcción enterrada de Ashford, pero era más pequeña, con tres túneles ramificados. Lo había esperado así y había ordenado que cada altivo explorara las nuevas bocas del túnel. Chloe fue con Trey. El hombre se despidió de Eroan con una pequeña inclinación de su mentón. Era su primer día en la Orden y estaba a punto de formar parte de algo más grande que todos ellos. Eroan guió a Seraph, a otros dos asesinos de la Orden —Jex y Cannel—, ambos eran muy capaces de asesinar dragones y a tres humanos más, armados hasta los dientes con bombas de gas, en los túneles. Otro temblor sacudió las paredes, esta vez fueron de más cerca. Si tenían suerte, la criatura causante de los temblores distraería a los dragones el tiempo suficiente para que el gas se expandiera. Poco después, el brillo de las antorchas de los humanos cayeron sobre un pequeño túnel lateral que se dirigía a la derecha. Eroan calculaba que tenían que estar por debajo de la torre. Asintió en dirección al grupo para que entraran por el túnel y entonces se puso la máscara antigás, asegurándose que Seraph hiciera lo mismo. Un pañuelo blanco cubría su boca y nariz, haciendo que sus ojos oscuros brillaran todavía más. Seraph ajustó dos correas detrás de sus orejas para mantener la máscara asegurada y subió sus pulgares al aire, imitando una seña que había visto hacer a los humanos. Eroan puso los ojos en blanco. Los de ella resplandecieron en una risa silenciosa. El túnel se hizo más pequeño, era del ancho suficiente como para que solo pudieran pasar dos personas a la vez y los condujo por una subida empinada ubicada detrás de una esquina de un pasillo, la cual subía cada vez más y más alto. Eroan se detuvo, inmovilizando a los que estaban detrás de él y escuchó con atención. Detrás de las paredes se escuchaba un constante retumbo que iba en aumento. Le recordó al ruido de las olas en la playa o el rugido de una cascada, pero eso era imposible en un lugar tan lejano. Lo que dejaba el crepitar del fuego y a los dragones como única opción. Delante de ellos se escuchó las pisadas de unas botas contra el suelo de tierra. 285

Eroan chasqueó los dedos y los elfos tomaron sus posiciones. Los humanos prepararon sus bombas. Eroan negó con la cabeza. Aún no. No tenía sentido liberar el gas tan pronto y perder su ventaja. El sonido de las botas se estaba acercando. Y entonces apareció un hombre corriendo hacia ellos. Seraph tomó su daga. El arma aterrizó en el centro del pecho de la bestia, directo al corazón. Entonces tropezó y se derrumbó sobre el cuchillo. Murió antes de que se diera cuenta que no estaba solo. El orgullo se anidó en el pecho de Eroan. Ni él lo habría hecho mejor. Seraph pateó el cuerpo y sacó su cuchillo tan fácilmente como si hubiera tirado del tallo de una manzana, y entonces siguió caminando sin alterarse ni un poco. Se encontraron con otra dragona, casi chocaron contra ella mientras giraba por otra esquina. Jex la atacó, clavó una daga en su garganta y acabó con ella en segundos. —Tal vez no necesitemos el gas… —murmuró uno de los humanos. Eroan lo ignoró. Matar a uno o dos conforme los iban encontrando no era suficiente. Necesitaban el gas. Pero quería llegar un poco más profundo. —Todos se dirigen hacia nosotros —susurró Seraph detrás de su máscara. Los dragones estaban distraídos. Él la hizo callar. —Hace que sean más fáciles de matar.

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CAPÍTULO 48

LYSANDER

Traducido por Astrid L Corregido por Samn Akiem tomó una de las espadas que sobraban del arsenal. El armamento estaba casi vacío, probablemente sucedió tan pronto como llegaron los bronce. Lysander le echó un vistazo a los cuchillos que quedaban y tomó una espada pequeña y oxidada. Si iban a bajar a los túneles, un arma pequeña sería más fácil de manipular que la que había escogido Akiem. Probó la espada en su mano. Era muy pesada para su tamaño y se sentía desequilibrada. Aun así, era mejor que no llevar nada. —No creo que Carline nos lastime. Akiem se irguió y estremeció, apretando su costado. El olor a sangre inundó el aire, las heridas que Dokul había infringido se habían abierto de nuevo. —¿Por qué? —preguntó—. ¿Porque siempre fue amable con nosotros? ¿Qué opciones crees que tenía? Ella es una metal. Todo lo que conocen es destrucción. Lysander no se lo creía. Carline siempre lo había ayudado, a veces de maneras que ella intentaba esconder o que creía que él no notaba. E incluso en momentos cuando no quería que lo ayudaran. Pero en la turbulencia que era su vida, ella fue la calma constante. —Pero es Carline… ella ha pasado más tiempo sanándonos que lastimándonos. Akiem apoyó la espada contra una mesa y abrió su chaqueta, sus dedos

ensangrentados mancharon el cierre. —Elisandra la tenía controlada con esa gema. Nosotros éramos su boleto de libertad. Deja de buscar la bondad en los nuestros, hermano, solo harás que te maten. Como sucedió con Amalia. Akiem levantó su camisa, revelando un desastre de cortes y heridas profundas y ensangrentadas. Dokul lo había herido una y otra vez. Akiem escudriñó a Lysander a través de sus largas pestañas, transmitiendo duda y disgusto en una sola mirada, como solo un amatista podía hacer. Lysander suspiró, acomodó su cuchilla contra la parte baja de su espalda y apoyó ambas manos en la parte baja de la cintura de Akiem y sobre sus costillas, en donde las peores heridas estaban sangrando. No habló. No había mucho qué decir. Akiem lo había arrojado en el calabozo sabiendo lo que Mirann le haría y Lysander lo odiaba por ello. Lo odiaba por muchas cosas más. Pero todas las veces que Elisandra había desatado su ira, Akiem estuvo ahí para él, no para reconfortarlo, su hermano no era capaz de hacer tal cosa, pero como su compañía. Lysander emitió un suspiro y despertó la extraña y cálida sensación cercana a la mitad de su pecho, el área a la que acudía cuando ayudó a sanar a Eroan junto a Carline. Cuando era niño, aprendió a no mencionar sus habilidades curativas. Hacerlo solo provocaba que usaran el látigo y además, sus talentos no se comparaban para nada a los de Carline. —Ella dijo que sanaría mi ala —susurró con suavidad, permitiendo que un cálido hormigueo empapara sus hombros y brazos, atravesando sus palmas en dirección a Akiem. Los ojos de Akiem se cerraron. —Te mintió —siseó entre dientes. —No lo creo. —Lysander se concentró en los cortes y movió sus dedos a través de la sangre, estimulando la piel para que se sanara. —Nada puede sanar tu ala —gruñó Akiem, expulsando su dolor—. Tenemos que abandonar la torre y volver a reunirnos con los amatista. Volaremos hacia el norte… —Dándose cuenta de su error, abrió sus ojos y no terminó la frase. —Los dragones del norte son salvajes —dijo Lysander, ignorando su error. Él no volaría a ningún lado y que lo llevaran cargando sería humillante. Dokul lo había hecho y preferiría nunca volver a experimentarlo—, y feroces. —Había pasado gran parte de su vida lidiando con esos dragones iracundos: criaturas que habían pasado 288

tanto tiempo siendo dragones que habían olvidado su parte racional. Tras detener el sangrado, Lysander pasó sus dedos sobre las heridas rosadas y recién sanadas. —Te quedarán cicatrices. —Iremos por los túneles —le dijo Akiem, volviéndose a colocar la camisa—. Es un laberinto ahí abajo, pero nada nos detendrá. No hay otra salida. … para mí. Sí la había para Akiem. Sólo tenía que cambiar y volar. Limpiándose las manos ensangrentadas en sus pantalones, Lysander retrocedió y esperó a que Akiem ajustara su chaqueta. —¿Por qué no solo me dejas aquí? La oscura mirada de Akiem se negó a mostrar alguna emoción. Tomó su espada. —Nos vamos juntos en este momento o no nos vamos. Su apego a Lysander no era por un amor de hermanos recién descubierto. Cosas como esas no existían. —¿Por qué Madre le temía a los esmeralda? —preguntó Lysander, siguiendo a Akiem a través de otro conjunto de escaleras en forma de espiral. —Nunca me lo dijo —respondió Akiem evitando su mirada. Otra mentira. Akiem quería aquello que Lysander era, tal como Dokul y Mirann. Ahora todo lo que debía hacer era descubrir qué cosa era, antes que eso sucediera. Los retumbantes rugidos a la distancia sacudieron los muros. Akiem dejó el armamento y Lysander lo siguió, haciendo una promesa silenciosa de obtener las respuestas que necesitaba de su hermano antes que su propia ignorancia lo matara.

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CAPÍTULO 49

EROAN

Traducido por Steph M Corregido por Samn Cuando los gruñidos incrementaron y el número de dragones que huían aumentó, Eroan dio la orden de esparcir la primera bomba. Nubes rodantes de gas inundaron los estrechos túneles, filtrándose por los techos, impulsadas por la ráfaga de viento. Después de revisar sus máscaras antigás, hizo señas a sus altivos para que se movieran. Momentos después, la penumbra reveló su primer rastro de cuerpos inconscientes. Los altivos lidiaron rápidamente con los dragones inconscientes, matándolos con fría eficiencia. Una cuchillada en la garganta y una puñalada en el corazón. Eroan lideraba por el frente, comprobando que los rostros de los caídos no fuera de ninguno que él reconociera y rezando en cada ocasión para que el cuerpo que surgía de la bruma no fuese el de Lysander. Si los otros altivos tenían el mismo nivel de éxito, matarían a cientos. El gas funcionaba. Los dragones estaban muriendo. Esta era la buena noticia que necesitaba. Con cada cuerpo, tras cuerpo, tras cuerpo que dejaron sangrando a su paso y con cada nueva muerte, el sabor de la venganza endulzó la lengua de Eroan. Cuando el túnel se ensanchó y separó, Eroan tomó una bomba y dividió a los altivos en dos, despachando al otro equipo y dejando a Seraph con él. Si se sintió mal por las acciones del grupo, su rostro detrás de la máscara no mostraba signos de ello. Cuando el gas se diluyó, Eroan agarró la bomba restante con una mano, su pulgar

presionó el seguro, su espada se mantuvo en su otra mano y se adentró más en la torre. Salpicaduras heladas de sangre de dragón pegaron su ropa a su piel. La ropa de Seraph también estaba oscura, evidencia de que esto era lo correcto. La sed de venganza lo alimentaba. Por las horas que pasó encadenado de las muñecas, por cada herida que sufrió, cada latigazo y cada humillación. Lo único que lamentaba era que Nye no formara parte de esto. —¿Eroan? —susurró Seraph, bajando la mirada al contenedor. —Pronto —respondió, su voz amortiguada por la máscara. Los túneles se convirtieron en piedra, iluminados solo por antorchas de fuego. Los rugidos de los dragones se volvieron escasos y distantes. Eroan había sido arrastrado por pasillos como éste, apenas consciente y con la espalda hecha trizas debido a los latigazos de Lysander. Los recuerdos intentaban hundirlo y distraerlo de su propósito. Esos recuerdos lo habían controlado una vez, pero ya no más. —¿Ahora, Eroan? —Pronto, Seraph. Más adentro. Necesitaba avanzar más, encontrar su corazón sangriento y palpitante, y dar un golpe del que nunca se recuperarían. Unas rápidas pisadas sonaron desde la escalera que tenían delante. Eroan se agachó. Seraph lo siguió. La vista del hombre con un solo ojo rojo impactó la mente de Eroan y la paralizó. El gruñido del hombre, el mismo que había resonado contra la mejilla de Eroan, llevaba un cuchillo en su mano: era el mismo que había dejado marcas permanentes en el pecho y muslos de Eroan. —¡Ahora! —gritó Seraph. No. No mataría a este mientras estuviera inconsciente. Eroan dejó caer la lata, sin abrir y arremetió, chocando al dragón contra la pared. Sus espadas se detuvieron entre sí. La bestia masculina puso los ojos en blanco, siseando con los dientes entrecerrados y entonces su mirada se posó en el rostro de Eroan. Eroan se quitó la máscara. —¿Me recuerdas? Ojo Rojo soltó una carcajada espesa y líquida. La locura se aferró a la mente de Eroan. Seraph le estaba gritando que se volviera a poner la máscara. Él no la escuchó. 291

Ni le importó. No pensaba en nada más que en matar a esta bestia. Vertiendo toda su rabia temblorosa en sus brazos, usó su espada para desviar el pequeño cuchillo contra su propia garganta. Ojo Rojo seguía riendo. Eroan apartó su espada y apretó los dedos alrededor de la garganta de Ojo Rojo, necesitando sentir la vida del dragón drenarse bajo su agarre. Ojo Rojo intentó girar su arma y cortar el cuello de Eroan. Pero él volvió a levantar la espada de diente de dragón, cortando la muñeca del dragón, apoyando su brazo contra la pared detrás suyo hasta que el filo quedó tan incrustado en la carne del tipo que chocó contra el hueso. Y aun así, el bastardo se reía. —Hola, elfo bonito. —Su lengua gruesa y húmeda se deslizó por su labio inferior, una lengua que Eroan todavía podía sentir, su rastro frío marcando su cuerpo. Robó el pequeño cuchillo del dragón de su temblorosa mano parcialmente cortada, manteniéndolo inmovilizado con la espada y clavó la pequeña arma directo en su estómago. Ojo Rojo gorgoteó y escupió, mientras su sonrisa se desvanecía lentamente. Muere. Eroan no había terminado. Levantó el pequeño cuchillo, abriendo una línea en el vientre del cabrón, exponiendo su interior empapado de sangre al aire libre. —Se siente bien, no es así… —jadeó Ojo Rojo, la sangre se filtró por la comisura de su boca. Eroan sacó el cuchillo y lo apuñaló una vez más entre las costillas, encajándolo tan profundo como lo permitía la empuñadura. Ojo Rojo se estremeció. La sangre burbujeó. Eroan volvió a apuñalarlo. Una vez más. Y otra más, hasta mucho después que la masa sangrienta dejara de moverse. Pero aún escuchaba la risa, aún recordaba la sensación de su lengua gorda y húmeda en su cuerpo. No era suficiente. Ojo Rojo estaba muerto pero necesitaba más. Necesitaba que todos murieran. —¿Eroan…? —La voz de Seraph lo encontró a través de la locura—. Está muerto… ¿Eroan? Por favor… detente. El sonido de sus propias respiraciones entrecortadas parecía el único ruido del mundo. Saboreó la sangre y se lamió los labios. Sangre de dragón. Y ahora Ojo Rojo estaba dentro de él. Retrocedió, dejando caer el cuerpo hasta que tropezó mientras trataba de quitarse el cadáver inerte del bastardo y caía contra la pared opuesta. Pero seguía demasiado cerca. El cuerpo de Ojo Rojo todavía se burlaba de él, incluso en la 292

muerte. Y ahora no podía escapar de su sabor ni de su olor. Sangre. Tanta sangre. Pero no era suya. No esta vez. No estaba herido, al menos no por fuera. De repente, Seraph apareció frente a él, bloqueando su vista del desastre que provocó con el cadáver de Ojo Rojo. La sangre oscura se escurrió alrededor de sus botas hacia Eroan. Si lo tocaba, se ahogaría en ella. —Eroan, mírame… Levantó el cuchillo de Ojo Rojo y sintió que las viejas heridas comenzaban a arder, como si la vista del arma las reabriera todas. El frío filo del cuchillo había vagado por su cuerpo, encontrando más músculo para tallar y piel que cortar. Quería dejar caer el cuchillo pero no podía soltarlo. Su respiración era demasiado rápida y su cuerpo estaba plagado de miedo. Seraph le arrebató el cuchillo de la mano y lo arrojó por el pasillo. —¡Oye! ¡No te desmayes! —Sus pequeñas manos rodearon su rostro—. Tenemos trabajo por hacer. Somos Asesinos de la Orden. Estaremos aquí hasta que esté hecho. Templado en la vorágine de Alumn, forjado en el fuego de Infiarnn. Sí. Sabía quién era. Escupió el sabor de la sangre y jadeando, reorganizó sus pensamientos en torno a las feroces órdenes de Seraph. La misión lo era todo. Podría derrumbarse después. Ahora no. Hasta que esté hecho. —Estoy aquí… —Bien. —Ella le entregó la máscara empapada de sangre—. No creo que sirva de mucho. La dejó caer en la sangre y siguió adelante, subiendo las escaleras. —Eroan… detente… espera. La máscara… espera, déjame tomar la bomba de gas… Su voz se apagó detrás de él. No necesitaba el gas. No necesitaba una maldita máscara para ocultar su rostro. Los dragones necesitaban ver quién les traería las muertes que merecían. Tenía su espada y suficiente venganza ardiendo por sus venas como para matar hasta el último en esta miserable torre. Siguieron subiendo las escaleras en espiral hasta que se detuvieron en un pasillo dividido por otros más y justo en el cruce, apareció el rey dragón con el rostro sorprendido y junto a él estaba su hermano, el príncipe Lysander 293

CAPÍTULO 50

LYSANDER

Traducido por Steph M Corregido por Samn El elfo apareció frente a las escaleras como un maldito presagio empapado con sangre de dragón. A decir verdad, casi todo su cuerpo estaba cubierto con sangre y Lysander no lo reconoció hasta que llegó a sus ojos. Esos ojos llenos de venganza solo podían ser los de Eroan. El júbilo al verlo se derrumbó rápidamente cuando Akiem levantó su espada y soltó un gruñido de advertencia. —¡Tú! —rugió Akiem. Eroan comenzó a acercarse. —Hay un rastro de dragones muertos detrás de mí. —Levantó su espada—. Y no descansaré hasta que estés entre ellos. —Akiem, no… —Lysander agarró el brazo de su hermano—. ¡No hay tiempo! Eroan continuó avanzando. Lysander empujó a Akiem hacia el corredor más cercano que se dividía en dos y bloqueó la vista de Eroan a su hermano. —Vete antes que los metálicos nos encuentren. Este no es el momento de ajustar cuentas… Eroan intentaría matar a Akiem e incluso podría tener éxito. Pero Lysander necesitaba respuestas de su hermano. Akiem no podía morir aquí. Su hermano examinó su rostro y luego le lanzó al elfo un gruñido de despedida antes de desaparecer en el pasillo.

Una repentina ráfaga de movimiento se precipitó tras él. Lysander extendió un brazo y bloqueó a Eroan, apenas esquivando una apuñalada en su estómago cuando se volvió hacia él, con los ojos ardiendo con una lujuria asesina. Lysander luchó contra la mano de Eroan que estaba en la espada, apartando el filo del arma. El agarre era incómodo y cuando Eroan se giró, golpeó a Lysander en la mandíbula. Tropezó y perdió el control de su agarre sobre el brazo de Eroan. —Maldita sea, elfo, detente. —¿Detenerme? —Eroan se alejó, imponiendo distancia entre ellos—. ¡Él ordenó mi tortura! —Irguió su rostro contraído por la rabia—. ¡Quemó mi aldea y mató a mi gente! Por él, Xena murió. No me detendré, ni siquiera por ti. Lysander le ofreció su mano con tranquilidad, tratando de dominar el desenfreno. —Solo… no todavía. Lo necesito. Un segundo elfo emergió de las escaleras, atrayendo la atención de Lysander y en ese momento dividido entre dos asesinos, Eroan corrió tras Akiem. Seraph se bajó la mascarilla. —No lo detendrás. —Tengo que intentarlo. —Miró el contenedor en su mano, la sangre salpicaba su rostro. Supo que no habían venido a salvarlo. No esta vez. Habían venido a exterminarlos—. ¿Me vas a matar, elfo? Seraph frunció el ceño y con esa infame confianza élfica, se acercó a él con la barbilla levantada, aunque seguía siendo treinta centímetros más baja que él. —¿Tendré que hacerlo? Lysander resopló una risa suave. —Es bueno verte también. La línea dura de su boca se suavizó. —Si necesitas a tu hermano con vida, será mejor que intentemos detener a Eroan.

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CAPÍTULO 51

EROAN

Traducido por Romi Corregido por Samn Eroan rastreó al dragón por su olor, siguiendo su aroma, donde las paredes se convertían en rocas enormes y las antorchas se volvieron escasas y distantes entre sí. Cuando un escalofrío trató de colarse por sus huesos, se detuvo y escuchó. En algún lugar más adelante se oyó el ruido de unos guijarros cayendo al suelo. El agua goteaba. Las llamas de las antorchas luchaban contra la penumbra, creando huecos de luz en el túnel que se ensanchaba. Se sentía como una trampa. Apretó su agarre en la espada. La sangre seca se desprendió de su mano. Parte de ella le había salpicado la cara, provocando que la piel de su mejilla y frente se sintiera espesa. Planeaba ser lo último que Akiem vería en su vida y luego tal vez se ganaría el título de asesino de dragones por sus verdaderas habilidades como asesino en lugar de solo sobrevivir. Mata al rey. Eroan siguió adelante, alejándose de la luz de las antorchas, manteniéndose en las sombras y caminando sigilosamente. Akiem estaba aquí. Al acecho. Akiem no era de los que huían. La única razón por la que había dejado aquel pasillo fue para atraer a Eroan hacia la oscuridad. Algo retumbó detrás de las paredes, el sonido era tan profundo que sonaba como si viniese de la tierra misma. Eroan siguió avanzando. El túnel aún era demasiado

pequeño para que Akiem pudiera cambiar ahí. El rey arremetió desde las sombras a la izquierda de Eroan. Bloqueó su ataque al levantar su espada de diente de dragón frente a él, el movimiento provocó que ambas espadas repicaran. La fuerza de la embestida del dragón hizo retroceder a Eroan y casi llegó a derribarlo. Contraatacó, plantando sus pies para mantener su equilibrio y se agachó hacia un lado mientras Akiem volvía a abalanzarse. El puño izquierdo de Eroan crujió contra la ya magullada mandíbula de Akiem, haciendo que el rey se tambaleara y dándole una oportunidad para atravesarle el pecho con su espada. Eroan arremetió pero Akiem interpuso su mano entre ambos en un rápido movimiento. El polvo estalló en la cara de Eroan, sus ojos se volvieron repentinamente borrosos y comenzaron a arder. Cegado, levantó su espada como si fuera una barrera. La espada de Akiem chocó contra la suya con demasiada fuerza para contrarrestar el ataque. Eroan perdió el equilibrio, se tambaleó hacia atrás y cayó con fuerza. —El infame Eroan Ilanea. —La voz de Akiem resonó por el túnel, haciendo eco en la oscuridad—. Todo comenzó en el momento en que apareciste y metiste ideas estúpidas en la cabeza de mi hermano. Si solo te hubiera matado en lugar de torturarte, no estaríamos aquí en este momento. Eroan se movió con incomodidad, parpadeando desesperadamente intentando disipar la arena en sus ojos. El túnel era un desenfoque de luces y sombras danzantes. Se puso de rodillas, consciente de que la espada de Akiem podría hundirse en su espalda o atravesar su garganta en cualquier momento. Si tan solo pudiese ver… el dragón estaba herido o debilitado, no habría otra oportunidad para matarlo. Tenía que ser ahora. Eroan tragó saliva y saboreó sangre y suciedad. Una figura oscura inundó su visión. Su enfoque se volvió más claro. La figura de Akiem se agudizó. La sangre teñía su camisa y su estoico rostro. Y esperó, deteniendo su ataque en lugar de matar a Eroan. Eroan se echó hacia atrás e intentó ponerse de pie, titubeante. Trató de calmar sus respiraciones entrecortadas. —¿Cómo lo hiciste? —preguntó Akiem, su gruñido se volvió mordaz—. ¿Cómo te metiste en la cabeza de mi hermano? Eroan se talló los ojos. —No tuve nada que ver con… 297

Akiem lo atacó, tan rápido como una mordedura de serpiente. Eroan lo esquivó y empujó su cuerpo detrás suyo y clavó con fuerza el extremo romo del mango de la espada en su espalda baja. El gruñido de dolor del rey le indicó que lo había golpeado en una parte lastimada o vital. Akiem se volteó, mostrándole los dientes, pero ahora estaba un poco encorvado y favorecía el lado donde Eroan lo había golpeado. —Busqué la piedra amatista durante semanas. Tú la robaste, ¿no es así? —¿Qué sucede allá arriba? —Eroan señaló el techo señaló con la cabeza que no podía ver en la oscuridad—. ¿Dokul finalmente reclamó tu trono? —La furia ardía en los ojos brillantes de Akiem, tal como Eroan supo que harían—. Sin la gema de Elisandra, eres demasiado débil para seguir siendo rey. ¿Es eso de lo que todos están huyendo? El gruñido que surgió de la forma humana de Akiem retumbó tan profundamente que Eroan sintió temblar el aire. —Sabía que tenía el poder suficiente para mantener en pie el reinado de Elisandra. Tenía que haber una razón por la que todos la obedecían y una razón por la cual Dokul se arrodillaba ante ella. La boca de Akiem se torció en una sonrisa depredadora y superficial. —No era su poder. Era lo que la gema contenía en su interior. Y ahora se ha liberado… tú lo hiciste posible, Eroan Ilanea. ¿Qué se siente al saber que liberaste a la gran dragona oro? Eroan entrecerró los ojos, esas eran palabras demasiado imposibles para ser verdad. —Mientes. Akiem arremetió, levantando su espada que chocó contra la de Eroan, haciendo que él retrocediera. La fuerza de los ataques del dragón hizo que sus huesos se estremecieran, las espadas resonaron una y otra vez. El metal chirrió como si de una melodía se tratara. Akiem luchaba de manera distinta a Lysander. Era más ligero, más rápido, se movía y embestía de forma eficaz y despiadada como cualquier asesino haría. Solo uno de ellos saldría de aquí. La mente de Eroan se centró y sus pensamientos se enfocaron en un solo objetivo. El rey dragón moriría aquí y ahora. Ese era su destino. 298

El balanceo de la espada de Akiem se hizo más amplio, dejando un espacio libre para que la punta de la espada de Eroan atacara. Akiem trató de alejarse de inmediato, pero no fue suficientemente rápido. La espada de Eroan desgarró la espalda de Akiem, provocando un alarido de agonía que lo hizo caer de rodillas. —¡Eroan! —El grito de Lysander desvió la atención de Eroan, pero no se detendría. Eroan presionó la punta de la espada de dragón contra la nuca de Akiem. Un movimiento más y la espada entraría en su columna vertebral. Ningún dragón podría librarse de ese destino, ni siquiera si cambiaba. Esto era lo correcto. Fue hecho para esto. Alumn, dame la fuerza para terminar esto. —Firmaste tu sentencia de muerte desde el momento en que ordenaste mi tortura. —Levantó su espada, listo para dar el último movimiento descendente. —No —espetó Lysander. La orden se escuchó tan cerca del oído de Eroan que se sintió como algo casi íntimo. Una fría hoja de metal se presionó contra la espalda baja de Eroan. Lysander no lo haría… Eroan sostuvo su espada en alto. Si Lysander encajaba su espada directo a su objetivo, no sería suficiente para salvar a su hermano. Akiem aún moriría aquí. —No me obligues a lastimarte. —Esta vez Lysander le habló en un susurro. Las palabras chocaron contra el cuello de Eroan, revolviendo el deseo entre su sed de venganza—. Has matado a demasiados dragones—. Sus palabras acariciaron la mandíbula de Eroan de la misma manera que los dedos de Lysander lo habían hecho cuando pasaron la noche bajo las estrellas. —Nunca serán suficientes. —Eroan bajó la espada.

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CAPÍTULO 52

LYSANDER

Traducido por Romi Corregido por Samn La espada descendió. Lysander tuvo un momento para decidir a quién salvar. Necesitaba que Akiem le diera respuestas, pero necesitaba más a Eroan, lo necesitaba tanto como respirar. El arma siguió su trayectoria y Lysander dejó que pasara. Pero Akiem también se movió, más rápido de lo que parecía posible. Esquivó la espada en el último segundo, haciendo que Eroan perdiera el equilibrio y en ese segundo que tuvo para dejar a uno vivir y al otro morir, Akiem giró su cuerpo, retrocedió y su espada embistió… Lo vio suceder, lo vio ocurrir en su cabeza y supo que el ataque de Akiem sería fatal. La espada se hundiría en Eroan y eso no podía suceder. Empujó a Eroan. Algo fácil de hacer ya que el elfo había perdido el equilibrio. Pero al hacerlo, la espada de Akiem encontró otro objetivo. El duro filo se clavó debajo de la última costilla derecha de Lysander y siguió subiendo dentro de sí, atravesando algo vital que le robó el aliento. El helado metal siguió adelante y golpeó ese punto cálido junto a su corazón, esa parte protegida y frágil a la que acudía para sanar a otros. No dolió. Miró hacia abajo y vio una espada que sobresalía de su pecho, se imaginó que debería doler. El hecho de que no doliera era probablemente malo.

Dejó caer su cuchillo oxidado y envolvió su mano temblorosa alrededor del mango de la espada de Akiem. ¿Tal vez si solo la sacaba… eso haría que todo se sintiera mejor? La espada se volvió borrosa al igual que Akiem, cuyo rostro estaba pálido y estupefacto. Las respiraciones de Lysander debían mantenerse constantes en medio de todo esto, pero su cuerpo no parecía saber cómo seguir. Se tambaleó hacia atrás, de repente sus pensamientos se volvieron indescifrables. —¡Sácala! —chilló Seraph. No le gustó el miedo en su voz. —Se desangrará y morirá en minutos… —Eroan, siempre la voz de la razón. La espada se movió, saliendo de su cuerpo de forma más fácil que cuando entró, con un estrepitoso susurró húmedo. De repente Akiem era todo lo que Lysander podía ver. Sus ojos oscuros brillaban demasiado, pero esas no podían ser lágrimas. No por Lysander. —Cambia, hermano —le ordenó Akiem con desesperación, ¿o le estaba suplicando? Era difícil de saber con el zumbido en los oídos de Lysander. Cambiar. Claro. Eso podría ayudar. La magia colocaría la herida en otro lugar. Pero Lysander conocía la fatalidad de las heridas. Había recibido demasiadas. Y esta era diferente. La apuñalada había atravesado una parte suya que no se podía cambiar ni mover, la parte constante en su interior, donde la magia vivía, donde estaba arraigado su poder, la parte que lo convertía en un dragón. Un rugido desgarró el aire, sonaba cerca. Lysander conocía bien ese rugido. Dokul. Más piedras y rocas cayeron del techo, el peso del ruido sacudió los cimientos de la torre. Todo el lugar se estaba cayendo en pedazos, derrumbándose a su alrededor. Tal vez podría dormir un momento mientras eso sucedía. Los dedos de Akiem se clavaron en su hombro. Pero cuando abrió los ojos, no fue Akiem quien lo miraba, sino Eroan, su rostro estaba ensangrentado, sus ojos eran fríos y su boca formaba una mueca miserable. Lysander tenía muchas ganas de limpiar la sangre de la mejilla de Eroan, para ver al elfo que existía debajo de todos los errores que ocurrieron entre ellos. —Lo siento… —murmuró Lysander saboreando la sangre en su boca, la sintió cálida y metálica en su lengua. El rostro estoico de Eroan comenzó a desmoronarse. —No te disculpes. Cambia. 301

Cambiar… como si fuera algo tan fácil de hacer. Primero dormiría. Ya luego cambiaría. —No salvé tu maldito trasero en los confines de este mundo para que vengas a morir a este agujero. Sus dedos se hundieron en los hombros de Lysander y lo sacudió, haciendo que sus pensamientos comenzaran a tambalearse alrededor de su cabeza. —Cambia y pelea, tienes que pelear. —… estoy cansado… de pelear… —Comprendió que podría morir aquí y ahora. Pero este lugar olía a libertad y no podía pensar en ninguna otra parte en la que preferiría estar en el momento en que entrara a un sueño eterno. Solo que ahora hacía frío y unos momentos antes no había sido así. Una voz distante le dijo que el frío era una muy mala señal. La mejilla de Eroan se apoyó contra la suya, se sentía cálida y suave. —No dejes que ellos te venzan. Vive, Lysander. Vive, por mí. Cambia ya… Alumn, por favor déjalo vivir. Las estrellas eran hermosas esta noche y el bosque estaba en silencio. Podría recostarse en los brazos de este elfo para siempre. Ya no tendría que pelear más. Lysander cerró los ojos.

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CAPÍTULO 53

EROAN

Traducido por albasr11 Corregido por Samn Lysander no se estaba muriendo. Eroan no lo permitiría. Debía existir una manera de forzarlo a transformarse antes que fuera demasiado tarde. Más rugidos de dragón hicieron que la torre temblara. Pedazos de techo se estrellaron en el suelo. No tenían mucho tiempo antes de que el lugar entero se viniera abajo. Eroan tiró del débil cuerpo de Lysander acercándolo más a él, solo para ver el rostro vulnerable de Seraph y detrás de ella, a la bestia que había hecho esto. —Haz que cambie —exigió. El miserable rostro de Akiem le dio la respuesta a su orden. De un momento a otro, Seraph atacó al rey, amenazándolo con un pequeño cuchillo de diente de dragón sobre su garganta. —¡Haz que cambie o morirás junto con él! —La transformación requiere energía —explicó Akiem—. No es algo fácil de hacer aun estando consciente. Inconsciente, es imposible. Él está… —¿Muriendo? Dilo, porque eso es lo que le está sucediendo a tu hermano, pedazo de mierda. —La daga de Seraph cortó el cuello del rey—. Debería matarte justo ahora. —¡No quería que esto pasara! De no ser por ti… —Miró a Eroan con furia—. ¡Es tu culpa! ¿Por qué continúa salvándote? ¡¿Por qué no solo te mueres como todos los

demás elfos?! Una enorme parte del techo colapsó, retumbando contra el suelo a la derecha de Eroan, lanzando gravilla y polvo. Detrás del derrumbe escuchó el retumbar de un gruñido de dragón. Era demasiado tarde, tenían que moverse ahora. Eroan lanzó a Lysander sobre sus hombros, cargando su flojo y poco manejable peso, y siguió a Seraph cuando comenzó a alejarse en busca de una salida, evitando las piedras caídas, a través de zanjas angostas y a lo más profundo de la red de túneles. Akiem se les adelantó. —Por aquí… —¿Por qué deberíamos confiar en ti? —espetó Seraph. —No deberían. Pero no quiero estar aquí más de lo que ustedes quieren. Los guió fuera del laberinto hacia la deslumbrante luz del día y un cielo azul salpicado de dragones en medio de una guerra. Estallidos de llamas hervían en el suelo cubierto de cenizas. Eroan siguió a Akiem hasta que vislumbró a su propia gente huyendo hacia la frontera de árboles. —Ve con ellos —le dijo a Seraph. Ella no respondió y él no se molestó en decírselo de nuevo. Akiem los guió hasta la cubierta de árboles justo cuando dos devastadores rugidos retumbaron por el aire y suelo, hundiéndose hasta los huesos de Eroan. Bajó a Lysander, acunándolo entre unas raíces sobresalientes de un árbol, intentó no pensar en lo pálida que estaba su piel ni el tono tan azul que tenían sus labios a la luz del día. Se está muriendo. Dos dragones atravesaron las paredes de la torre, comenzando a volar mientras roca y piedra colapsaban a su alrededor. Oro y Bronce. Batieron sus enormes alas brillantes, elevándose más alto y empequeñeciendo a los demás dragones en el cielo. —Que Alumn nos proteja… —jadeó Eroan. Akiem había tenido razón. La dragona oro vivía. Los metales fijaron su atención en los grupos de elfos y humanos que se retiraban dentro del bosque y se lanzaron hacia ellos. —Los han visto —susurró Eroan. La Orden sabría que para proteger a Cheen tendrían que ocultarse bajo tierra, ¿pero los humanos lo recordarían? —Tu aldea está cerca —comentó Akiem, su tono fue ilegible. Estaba parado de 304

forma segura bajo la cubierta de árboles, era una presencia casi invisible, tan quieto e ilegible como una roca. —¿Y qué con eso? —espetó Seraph. La expresión de Akiem se ensombreció. Miró a Lysander y esa mirada se volvió más oscura. Respiró profundamente, habiendo tomado una decisión y luego dejó la cubierta de árboles, caminando hacia el páramo expuesto. El cambio se llevó al hombre, destrozando su cuerpo en pedazos y rehaciéndolo en el mismísimo monstruo alado y oscuro. En la nítida luz del día, sus escamas negras resplandecían con un violeta profundo. Extendió sus alas y voló, dirigiéndose directamente hacia los dos metales. Akiem no era un dragón pequeño, pero los dos metales lo hacían ver no más grande que una cría y cuando se detuvo frente a ambos, desató una llamarada de fuego sobre ellos. Los dos dragones se deshicieron de Akiem con un solo golpe, como si no fuera más que una mosca. —No es suficiente. —Eroan cerró los ojos, incapaz de ver al bronce acabar con Akiem, pero eso no detuvo a los chillidos de perforar sus oídos—. Tengo que detener a los altivos de regresar a Cheen… —Miró a Lysander—. Tengo que dejarlo. Seraph mordió su labio y asintió. —Yo me quedaré. No estará solo cuando parta al jardín de Alumn. Eroan se arrodilló a un lado de Lysander. Aún respiraba, por encima de la herida atroz, su pecho todavía se alzaba y caía, pero no tardaría mucho para que eso cambiara. Todas las cosas que quería decirle y todos los momentos que esperaba tener algún día los dos juntos… Todo eso ya no sería posible. Eroan tomó el rostro de Lysander entre sus manos y presionó su frente contra la suya. —Ya puedes descansar, valiente príncipe. Tu lucha ya ha terminado. Que la luz de Alumn te guíe a casa.

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CAPÍTULO 54

LYSANDER

Traducido por Eileen Corregido por Samn Vio luz. No, no era luz. Era plata. No estaba seguro cómo sabía la diferencia, ambos brillaban con tal fuerza que le lastimaban los ojos, pero la luz definitivamente era plateada, como el sol sobre el agua o la nieve. Percibió el aroma a dragón, a metal, a sangre y a entrañas. No era nada bueno. La luz le dio un abrazo cálido y misericordioso, pero no estaba dirigido a él. O bueno, no todavía. Dos sólidos ojos negros atravesaron la luz como si fueran túneles guiándolo hacia la oscuridad. Y luego la bestia extendió las alas y la luz se volvió insoportable, lo quemó y le derritió la piel hasta los huesos, haciendo que quisiera arrancarse el cuerpo en pedazos para detener el dolor. Le quemó el alma, hasta el corazón donde la espada de Akiem había encontrado su objetivo. Pero entonces se dio cuenta que no era dolor, al menos no físico. Era ese crudo poder que usaba para cambiar, el mismo que a veces moldeaba para que siguiera sus órdenes. Y dioses, lo necesitaba. Sujetándose a ese poder, lo dejó entrar, dejó que pasará a través de su interior y que tomara el control, hasta que llenó sus pulmones de aire y entonces soltó un rugido. Pestañeó y abrió los ojos hacia la luz del día, buscó al dragón plateado, pero ya no estaba, si es que siquiera había sido real. Los páramos estaban en llamas. Donde debería estar la torre, en su lugar había una humeante pila de rocas y nubes de polvo. Y por encima habían incontables alas oscuras que acariciaban el cielo azul.

No estaba muerto, esto era real. Y estaba pasando justo ahora. Notó que Akiem estaba volando. Sus alas estaban heridas y se movían con rapidez para mantenerse en el cielo. Dokul lo atacaba con sus garras y mordidas. Un ataque certero le rompería el cuello. Lysander estiró una de sus alas, la buena, y luego intentó hacer lo mismo con la otra, lo que solo sirvió para contraerse de dolor y volverla a cerrar mientras los huesos torcidos se volvían a resguardar. No podía hacer nada para ayudar a su hermano y dado que casi lo había matado, tampoco le importó. La dragona oro, Carline, se estaba alejando y se dirigía directamente hacia los árboles con una resolución pura en sus ojos. Dokul se deshizo de Akiem de un solo golpe y descendió también. Lysander miró de reojo a la pequeña elfo que estaba de pie junto a su pata delantera, mirándolo fijamente con asombro en sus ojos. Seraph. Aquí estaba a salvo. Soltó un bufido, dándole la espalda y salió de entre los árboles, galopando sobre el terreno calcinado en dirección al grupo de humanos y elfos que estaban huyendo. Ya solo quedaban pocos amatista y demasiados bronce. La batalla había terminado, pero él no estaría conforme hasta terminar con Dokul. Extendió su ala buena interponiéndola entre la gente y los dragones que se dirigían hacia él, haciéndose ver más grande y protegiendo la retirada. Se agachó, escondiendo el fuego emergente de la parte baja de su garganta al mismo tiempo que veía a la enorme bestia apocalíptica que se acercaba cada vez más. La herida en su pecho punzaba como un segundo corazón agonizante. Por todas las estrellas, ni siquiera debería estar vivo, pero como dragón había lidiado con sufrimientos mucho peores. Y probablemente lo volvería a hacer muy pronto. Los humanos y elfos soltaron alaridos de advertencia detrás de él. Una parte lejana de sí comprendió que podrían atacarlo por detrás. Su corona estaba expuesta, pero si lo mataban, todos ellos morirían. En verdad esperó que lo entendieran. Se movió al lugar donde Carline descendía como una flecha, se levantó sobre sus dos patas traseras, extendió el ala y el salvaje y sediento fuego estalló en una ardiente ráfaga hacia el cielo. Carline retrocedió, volviendo a elevarse en el cielo, sus alas doradas aletearon en el aire, creando tormentas de fuego, ceniza y polvo. Sus perspicaces y ancestrales ojos lo examinaron con detenimiento. Eran los mismos ojos que siempre lo estimaron a través de los años. Vigilándolo, enseñándole y cuidándolo. Ella sabía quién era, 307

incluso ahora. Akiem estaba equivocado, esa mirada en sus ojos no tenía intenciones de lastimarlo. Descubrió los dientes y emitió un gruñido de advertencia, irguiendo su postura y su corona. Estas personas me pertenecen. Su confianza estaba fundamentada en que Lysander la conocía y sabía que no pelearía con él, a pesar de ser dos veces más grande y era más que capaz de deshacerse de él para arrasar con los elfos que estaban huyendo. Carline revoloteó en el aire, reflexionando y luego Dokul voló en dirección a Lysander como una imparable avalancha y se estrelló contra su pecho. Su cuerpo cayó de espaldas a través de treinta metros de puros árboles caídos y lo hundieron en la tierra. Restos de tierra y ramas llovieron sobre ambos. Los dientes de Dokul mordieron su pata delantera con fuerza y la sacudió, tironeando de la extremidad de lado a lado. Un dolor insoportable intentaba forzar a Lysander a recostarse sobre su espalda y exponer su vientre, pero él conocía ese crudo sentimiento, sabía cómo manejarlo y usarlo. El dolor ya no lo controlaría. Trató de morderlo, cerrando los dientes a centímetros del ancho hocico de la bestia. Y entonces, un dragón de escamas negras —Akiem—, se precipitó sobre Dokul y su enorme mandíbula se enganchó alrededor de la parte trasera de su cuello, debajo de la coronilla. Dokul lanzó la cabeza hacia atrás tratando de proteger su punto vulnerable y con ello, descubrió la garganta. Lysander aprovechó la oportunidad y lo atacó, hundiéndole los dientes en los tendones y las escamas. La sangre caliente de Dokul fluyó sobre su lengua. Lo mordió con más fuerza. Hueso y músculo crujieron al unísono. Muere. Tiró de su agarre, tratando de arrancarle la garganta a la bestia. Pero la extraña tregua que tuvo con Carline había llegado a su fin. Unas garras le arañaron la espalda, sujetándose a su ala rota, lo que envió un fogonazo de agonía a través de su mente. Lysander rugió por el dolor y soltó a Dokul en el acto. El líder de los bronce retrocedió, aplastando a Akiem bajo su enorme cuerpo, pero su hermano no retrocedió. Lysander se quedó mirando a los dos metales ancestrales. Era una pelea imposible. No iba a ganar. Pero eso no lo había detenido en el pasado. 308

CAPÍTULO 55

EROAN

Traducido por Eileen Corregido por Samn No creyó que volvería a ver esas escamas verdes, ni tampoco que vería a Lysander como dragón lanzarse frente a una oleada de monstruos de metal. —¡Vamos, vamos, vamos! —ordenó, mientras corría con los altivos a través de los árboles. Una repentina explosión a sus espaldas lo desestabilizó y lo lanzó al suelo, enterrándolo prácticamente entre la tierra y ramas rotas. Se arrastró fuera de los escombros, para ver y escuchar la batalla que se libraba entre Dokul y Lysander en tierra firme. Examinó el área aplastada por el impacto. Gracias a Alumn, ninguno de los altivos había sido atrapado en la explosión. La mayoría ya se había ido hacia los árboles y no se veían por ningún lado, pero muchos pertenecientes a la Orden se habían quedado con él, entre ellos estaba Trey, esperando por sus órdenes. Su lugar estaba con su gente. Debería darse la vuelta y escabullirse entre los árboles. Pero Lysander seguía peleando, incluso ahora que lo sobrepasaban en número y en desventaja. Eroan tocó su espada. —¡No lo voy a dejar! —gritó sobre los estruendosos rugidos—. ¡Váyanse!—les dijo a los elfos—. Esta no es su pelea. Los asesinos, cada uno asiendo las espadas, se miraron entre ellos. Los conocía

a cada uno por ser parte de la Orden. Cada uno era tan feroz e impulsivo como las espadas que blandían en sus manos. Su lugar estaba con la Orden, con su gente. No con él. —¡Dije que se vayan! —gritó. No había necesidad alguna de que todos fueran exiliados por su propia lealtad a un dragón. Los elfos se mezclaron en las sombras. Tan pronto como estuvo seguro que se habían ido, observó la escena que se desarrollaba ante él. Akiem se había unido al altercado, desgarrando la espalda de Dokul mientras Lysander atacaba desde el frente, aún con su cuerpo parcialmente clavado en la tierra. La presencia de la oro emergió sobre los tres, sus relucientes alas se mantuvieron extendidas mientras observaba el caos debajo de ella. Sus escamas resplandecían como el sol. Eroan se acercó con sigilo, manteniéndose escondido en la frontera de los árboles. Era casi imposible que pudiera ayudar a Lysander, pero mientras se encontrara aquí, haría todo a su alcance. Le había dicho a Lysander que nunca se daría por vencido con él. Y se negaba rotundamente a romper esa promesa. El movimiento al otro lado del cráter creado en la tierra llamó su atención. Seraph le hacía señas con la mano, levantó la última bomba de gas, sonrió y apuntó a la brutal batalla. Seraph nunca dejaba de sorprenderlo. Tenían una última oportunidad. Asintió con la cabeza y levantó una mano, mostrando sus cinco dedos. Los dragones continuaron peleando. La oro se lanzó para darle un mordisco en la espalda a Lysander y este continuó lanzando zarpazos a Dokul, atrapado en una batalla entre ambos. No parecía existir una razón coherente detrás del ataque de cada criatura. El suelo tembló y el aire se volvió más denso. Eroan bajó un dedo. Cuatro. Seraph tenía que lanzar la bomba en el blanco. Tres. No podía fallar. Dos. Dokul levantó la mirada. Los ojos del bronce se entrecerraron en su dirección, la rendija de sus ojos igual a la de una serpiente, se encogieron como dos espadas 310

atrapadas en ámbar. Uno. Seraph quitó el seguro, extendió su brazo hacia atrás y la lanzó en un gran arco, expulsando la bomba de gas entre los dragones. Los grandes dragones metálicos respiraron las grandes nubes de aire nocivo y tosieron grandes bocanadas de gas. Eroan ahuecó las manos alrededor de su boca y gritó: —¡Lysander, cambia! El dragón esmeralda giró la cabeza a su alrededor, con una mirada sobresaltada que se fijó en Eroan y luego en Seraph. La nube de gas amenazó con engullirlo entero y esos ojos de dragón se ensancharon aún más, sabiendo que el gas lo dejaría inconsciente. Lysander tenía que confiar en Eroan para que lo salvara… La silueta de Lysander se volvió borrosa y entonces colapsó, cambiando de forma y tragándose a la enorme bestia, haciendo parecer que se desvanecía entre los dragones oro y bronce. Una débil brisa hizo volar el gas hacia los metales, lo que nubló la vista de Eroan. Pero logró escuchar unos resoplidos de furia y vio pequeños destellos de escamas, luego la brisa se llevó el gas y dejó únicamente al oro y bronce tambaleándose torpemente sobre sus patas. No estaban inconscientes, pero era suficiente para que Eroan se acercara aún más. Llamó la atención de Seraph y señaló el cráter que había causado el impacto de Lysander. El cuerpo negro y escamado de Akiem yacía inerte a lo lejos del páramo. Aunque no estaba muerto, Eroan vio que la bestia movía los ojos. Bien. Akiem moriría algún día, bajo su espada, pero al parecer, ese día no sería hoy. Lysander estaba desmayado sobre la tierra húmeda. Lo primero que hizo Eroan fue buscar la terrible herida que tenía en el pecho, la cual estuvo seguro que lo mataría y cuando la encontró, esta ya estaba cerrada y en camino a sanarse. —Ayúdame a cargarlo. —Seraph cargó a Lysander de un costado y ayudó a situarlo entre ellos. Ambos elfos tropezaron sobre varias piedras y la tierra suelta, pero lograron llegar a los árboles. Las llamadas y rugidos de los dragones se desvanecieron a sus espaldas. Lo habían logrado. Lo habían rescatado. Eroan no tenía ni la más mínima idea de lo que pasaría a partir de ahora, pero sabía que haría lo que fuera para mantener a Lysander a salvo. Y entonces, delante de ellos, un asesino les bloqueó el camino. 311

Eroan levantó la mirada y se encontró con el estoico rostro de Trey. No… casi lo había logrado. Más asesinos comenzaron a aparecer, saliendo de entre las sombras y las espadas reluciendo bajo la luz moteada. Eroan no podía pelear con todos y no le pediría a Seraph que pusiera su vida en riesgo por él o por Lysander. Pero sí sacrificaría la suya. Incluso si sus probabilidades de sobrevivir a la Orden de asesinos eran escasas. —Yo… —intentó decir, pero no encontró ninguna forma de explicarse. Los asesinos de la Orden no salvaban dragones. Pasó la mirada sobre cada uno de ellos, viendo tanto de sí mismo en el formidable grupo de elfos. No harían mal al detenerlo. Pero tampoco harían lo correcto. Seraph lo miró, buscando una manera de escaparse de esto, pero no había ninguna. Entonces y sin decir nada, Trey se hizo a un lado, abriéndoles el paso. Los altivos formaron un círculo, flanqueándolos a los tres en una formación de protección. Un nudo se le formó en la garganta que le robó las palabras de agradecimiento. Ajustó el peso de Lysander entre él y Seraph, y así siguieron avanzando. Juntos y con la Orden de asesinos, llevaron a Lysander a un lugar seguro.

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CAPÍTULO 56

EROAN

Traducido por Karla G. Corregido por Samn Eroan se encontraba de pie al extremo de la larga mesa de los ancianos. La mitad de la aldea había abarrotado el salón. Los que no cabían dentro se amontonaban alrededor de las puertas de afuera. Los humanos también estaban aquí. Chloe, Ben y otros. El peso de las miradas de los elfos caía sobre él como plomo. Había dedicado toda su vida a mantenerlos a salvo. Con cada respiración que daba, la utilizaba para luchar por ellos. Pero ¿eso importaba ahora que el príncipe dragón se encontraba en su casa? Anye se encontraba sentada en el centro de todos los ancianos. Mantenía sus emociones al margen, pero Eroan sabía lo que se avecinaba. Nye también estaba aquí. La única persona que no estaba presente era Seraph, ya que le había ordenado quedarse con Lysander y detener a cualquiera que tratara de llevárselo. Levantó la barbilla. Le habían dado tiempo para lavarse la sangre y cambiarse de ropa. Su deseo de matar todavía corría por sus venas, el aroma de Lysander a cuero y limón aún permanecía a su alrededor. Su cuerpo se sentía errático y sus pensamientos no eran claros. Esto no saldría bien. —Eroan Ilanea, ¿qué tienes que decir en tu defensa? Se humedeció los labios.

—Ese dragón ha hecho más por la gente de esta aldea que cualquiera de ustedes. —Todos los elfos jadearon. Eroan los recibió sin arrepentirse de sus palabras, ¿qué más podría perder?—. Exílienme, si quieren, pero tendrán que hacerlo a la fuerza. No me iré en silencio. No hice nada malo y tampoco Lysander. —Es un dragón —argumentó Anye, como si esa fuera suficiente razón para culpar a cada dragón en el mundo. —Sí, lo es. Pero el ataque a la torre fue un éxito. No perdimos ni una sola vida. Si Lysander no hubiera detenido al oro y bronce, estaríamos agregando más cintas al árbol de Alumn. No iba a ganar esa pelea y de todos modos protegió a nuestros altivos de los dragones. Todos y cada uno de nosotros le debemos las gracias, no prejuicios ni odio. —Se aseguró que todos lo escucharan. Si lo iban a echar, entonces los dejaría saber la dura verdad. Los jadeos incrédulos y los incontables murmullos irritaron sus pensamientos. Ya había escuchado suficiente. Este concejo era una farsa. Su gente estaba llena de hipócritas. —Le dije a los humanos que los elfos son un pueblo honorable, que somos buenas personas. Nuestros ancestros podrán haber perdido la compasión en las guerras, pero nosotros todavía tenemos almas. Me enorgullece luchar por todas las vidas que merezcan esa protección, no solo las vidas de los elfos, sino también las de los humanos y de cualquier otro ser que sea digno de ella. Ese es mi deber como asesino de la Orden; proteger a aquellos que no pueden protegerse a sí mismos, eso incluye a Lysander. No me conviertan en un mentiroso. —Eres un mentiroso. —La voz de Nye se elevó por encima del bullicio—. Nos mentiste sobre cómo encontraste ese túnel. Mentiste sobre dónde estabas la noche anterior. El príncipe dragón significa más para ti que otra alma que necesita ser salvada. Él es tu amante. Alguien gritó un insulto demasiado vulgar. Alguien más bramó una defensa a favor de Eroan. El ruido se volvió demasiado indescifrable para poder comprender una sola voz. Eroan se quedó quieto, escuchó los latidos de su corazón y dejó que el estallido de la ira colectiva lo invadiera. Nye estaba en lo cierto. —Mentí —gritó, alzando la voz—, porque en cada oportunidad que tuve, los elfos se han negado a creer que un dragón puede hacer el bien. Mentí porque no habrían 314

permitido la misión si hubieran sabido de dónde vino la información. La verdad es, que Lysander me dijo cómo entrar a la torre y juntos, ganamos. —Engañaste al consejo —replicó Anye, su tranquila calma fue igual de fría como las acusaciones de Nye. Ya estaba harto de reprimir sus palabras. Eroan le dio un golpe a la mesa con ambas manos. —¡Matamos a mil quinientos dragones dentro de esa torre! Y tras su colapso, es probable que el número sea mucho mayor. ¡Contraatacamos a los dragones como nunca antes desde que comenzó esta guerra! Los amatista se han dispersado. A partir de hoy, los cielos estarán vacíos de dragones. ¡Ganamos! Y todo fue gracias a Lysander. Anye lo miró fijamente. —Y ahora, la oro ha vuelto. No sabía cómo responder a eso. Alumn sabía que había cometido errores, pero Lysander no era uno de ellos. —Estoy muy lejos de ser inocente, lo entiendo y no lo niego, pero tampoco pediré perdón. Lysander no es el enemigo. Si somos tan honorables como proclamamos, le debemos un lugar entre nosotros. —Pides algo imposible —dijo el anciano a la izquierda de Anye—. Eroan Ilanea, recogerás tus pertenencias y dejarás Cheen al atardecer. —No. —Se enderezó y miró a cada uno de los ancianos, uno por uno—. No lo haré. Anye frunció el ceño. —Te irás u ordenaré a los asesinos que te saquen. —No me iré. Gracias a mí conseguimos la más grande victoria en toda nuestra historia. Me necesitan para ganar esta guerra. —Asesinos de la Orden. —Anye se puso de pie—. Saquen a Eroan de este salón. Eroan esperó el ruido de las sillas, que unas manos lo sujetaran por los brazos y se lo llevaran a rastras, pero solo hubo silencio puro. Nadie se movió. —¡Asesinos, seguirán mis órdenes hasta que se escoja a un nuevo sassa! Silencio. El corazón de Eroan se hizo más grande, la esperanza se sintió como una cosa frágil que comenzaba a crecer en su pecho. Su Orden, sus hermanos y hermanas en la guerra, no lo habían abandonado. 315

Eroan escuchó el rechinar de una silla. —Ayer estuve ahí —dijo Trey—. Vi el momento en que el dragón detuvo a los metales. Y estaba solo, las posibilidades de sobrevivir eran escasas. Estaba dispuesto a morir en ese momento, por nosotros, por los elfos. —Trey hizo una pausa y dejó que esa declaración se hundiera en todos—. No existe otra explicación para lo que hizo. No ganó nada de esa pelea. Pero nosotros sí. Sobrevivimos. Si exilian a Eroan, yo me voy con él. Eroan abrió la boca para decirle a Trey que se sentara y no arriesgara su futuro, pero otra voz lo interrumpió. —Si Eroan se va, yo también. —Eroan la conocía, era una mujer mayor y callada, pero confiable. Ella fue quien mató al dragón que Nye y él utilizaron como refugio. Era otra asesina de la Orden que respetaba. Ella le dio un asentimiento con la cabeza al ver su mirada. Otro más se puso de pie. —Le debemos al dragón un lugar seguro para sanar, es lo mínimo que podemos hacer por él. Esta podría ser una oportunidad para… El orgullo y el alivio oprimieron su garganta. —Los asesinos de la Orden se han ganado el derecho a hablar por uno de los nuestros —dijo otra voz—. Eroan no merece el exilio. El ataque a la torre fue un éxito. Alguien más habló. —Yo confío en Eroan… Otro más. —Eroan no permitiría que una amenaza se quedara entre nosotros. Y más. —Curan dijo que Eroan debía ser el líder… El rostro de Anye decaía con cada defensa. No podía desterrar a toda su Orden. Más y más voces se unieron a las demás. Eroan se mordió el labio inferior y luchó por retener el nudo en su garganta. Entonces Anye levantó las manos y silenció la sala. —Muy bien. —Anye suspiró—. Siempre he respetado el proceder de la Orden. Ustedes son nuestros guardianes. Les debemos nuestras vidas y no quiero callar sus voces. Eroan… Se enderezó. 316

—Tu exilio queda anulado. El honor y el orgullo calentaron su cuerpo. Este era un cambio. Esto era el progreso. —¿Y Lysander? Sus sabios ojos se estrecharon, amenazantes. —El dragón es tu responsabilidad. Su vida está en tus manos y la tuya en las de él. Si nos hace daño, de cualquier manera, habrá peores consecuencias que el exilio.

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CAPÍTULO 57

LYSANDER

Traducido por Achilles Corregido por Samn Un elfo estaba sentado en una silla dentro de una habitación de madera. Lysander recordaba haber estado en esta habitación antes, recordaba el momento en que Eroan le arrojó un cuchillo a su cabeza y recordaba todo lo que sucedió justo después. Y el consiguiente enojo de Eroan o la furia más bien. Ahora mostraba una postura arrogante, se encontraba recostado en esa silla y una sonrisa seductora curvaba su boca en un arco perfecto. Lysander se movió debajo de las sábanas. Alguien lo había arropado con tanta fuerza que se había despertado preguntándose si lo habían encadenado una vez más. Tras liberar un brazo, logró aflojar las sábanas y entonces se dio cuenta de que lo habían desnudado hasta quedar en ropa interior. ¿Había sido obra de Eroan? No creía que algún otro elfo hubiera querido acercarse tanto. Lo que significaba que Eroan lo había desnudado y Lysander se había quedado dormido durante todo el proceso. Este era el peor crimen que había cometido. —Existen formas más fáciles de meterme a tu cama. La sonrisa de Eroan se ladeó un poco. Lysander respiró profundamente y sin sentir culpa alguna, dejó que el olor a pino y madera cortada suavizara las preocupaciones dentro de su mente. ¿Así era como se sentía estar seguro? Se frotó sus ojos adormilados.

—¿Qué había en ese gas? —Lo inventaron los humanos. Noquea a los dragones gema. Pero no funcionó muy bien en los metales. Trató de recordar lo sucedido, pero todo lo que le llegó fue una sensación de furia y dolor. Hizo una mueca y se giró de costado, dirigiendo su mirada a la curiosa expresión de Eroan. —Así que volviste a salvarme, ¿eh? Eroan arqueó una ceja. —¿Cómo te salvaste de una muerte segura? Trató de pensar en el momento de su muerte, pero una ráfaga plateada y filosa amenazó con partirle el cráneo. Esos recuerdos no estaban listos para ser descubiertos. —Vuelve a preguntarme cuando logre pensar con claridad. Yo te salvo, tú me salvas… ¿ya estamos a mano? Eroan se puso de pie y Lysander absorbió la seductora imagen de su presencia inminente. El balanceo de sus estrechas caderas, la fuerza de esos antebrazos descubiertos perfeccionados para asir espadas, las mangas arremangadas justo por debajo de sus bíceps. Su ropa de uso diario fabricada en cuero había desaparecido, reemplazada por simples pantalones de algodón y una camisa holgada con cuello en V. No importaba lo simple que era su vestimenta, eso no hacía nada para suavizar su letalidad. Por su mirada, Lysander no sabía si estaba a segundos de apuñalarlo o besarlo. Se sentía tan exhausto que aceptaría ambas opciones. —He perdido la cuenta. —Eroan se detuvo junto a la cama, lo que obligó a Lysander a mirar hacia arriba. Una larga trenza plateada colgaba de uno de sus hombros, perfectamente hecha. Lysander quería soltar el lazo que la ataba y hundir sus manos en ese cabello, y luego tal vez dejarse llevar en un beso que probablemente haría que ambos fueran expulsados de esta aldea. La mirada de Eroan se dirigió hacia donde el collar con la figurita de dragón descansaba sobre el hueco de su garganta. Lysander rodeó su regalo con una mano. Por todas las estrellas, las cosas que le había dicho y hecho a Eroan. Como si fuera posible, la ceja de Eroan se arqueó aún más. Se cruzó de brazos y esperó. —Sobre… lo que pasó antes —trató de decir—. Yo… la forma en que actué… la gema… soy un dragón… 319

Eroan se abalanzó sobre él, agarró sus muñecas, sujetándolas con poca fuerza contra la almohada a ambos lados de su cabeza y se inclinó tan cerca que Lysander pudo ver un destello en sus ojos azules; le recordaron la interminable superficie del océano. —¿Sabías que la gema estaba vinculada a la dragona oro? —exigió Eroan con su voz dura, fría y asesina. Y de un instante a otro, Lysander se encontró a merced de un asesino de dragones. Tal vez sí lo iba a apuñalar. —No. Me dijeron que podría curar mi ala. Aparentemente, ser esmeralda significa que mi propia progenie me mantiene siempre en la oscuridad. Es probable que sepas tanto sobre esa piedra amatista como yo. —Tragó saliva y examinó la boca torcida de Eroan. Su suave forma arqueada se endurecía y ablandaba rápidamente. Quería extender su mano y trazar sus labios con la yema del dedo y luego,una vez hecho, reemplazaría la yema del dedo con la punta de su lengua y sabía que Eroan lo aceptaría gustoso. Unas chispas de lujuria endurecieron su pene y ahora que esa parte suya estaba despierta, no pudo ignorar esos pensamientos y adónde lo llevaban. Provocando que sus pestañas descendieran un poco y encaminando su lengua sobre su labio superior, recordándole a Eroan, casi a propósito, todo lo que podía hacer y lo que ya había hecho con su lengua. Los sensuales ojos de Eroan se inundaron de malicia. Cambió su agarre para sujetar las muñecas de Lysander con una sola mano, luego metió la mano en un bolsillo y sacó el encendedor, dejando que colgara entre ambos. Lysander debió haberlo olvidado en el roble caído. —Quédatelo —le dijo Lysander—. Considéralo un regalo. —Tendrás que hacer más si quieres recuperar lo que perdiste, dragón. —Eroan volvió a guardar el encendedor. Parecía correcto que cada uno tuviera una parte del otro que siempre llevaran consigo—. Y se me ocurren un par de ideas sobre cómo hacerte pagar… —El arrogante ronroneo detrás de sus palabras hizo que el corazón de Lysander se acelerara. Perdió el control de su respiración y trató de levantar la cabeza para morder la boca de Eroan. Eroan se echó hacia atrás, entrecerrando los ojos como si estuviera concentrándose en su próxima víctima. Lysander tragó saliva, estaba realmente excitado. 320

—¿Tus asesinos irrumpirán en cualquier momento e intentarán matarme? Eroan inclinó la cabeza. —La puerta está cerrada. —Pasó su lengua por encima del labio inferior de Lysander. El toque suave y húmedo exigía una respuesta, pero Lysander no se movió. Eroan mordió su labio, atrapándolo entre sus dientes. Levantó la mirada y sus pestañas cubrieron sus ojos—. Cualquier persona que quiera lastimarte —susurró—, primero tendrá que vérselas conmigo. Lysander dejó de respirar, no a causa de la lujuria, sino por la repentina y desesperada sensación de aferrarse a él y no querer soltarse nunca. Este elfo salvaje e imposiblemente terco, lo miraba como si fuera su mundo entero. Nunca antes había experimentado algo así, nunca había sentido esta abrumadora sensación de pertenecer a alguien. Con nadie. —Soy un imbécil. —Sí, lo eres. Y aun así, Eroan lo miraba como si fuera su mundo entero. Después de todo lo que había hecho, después de todo lo que él era, este elfo no renunciaría a él. Nunca. Toda la armadura de hierro que había construido a su alrededor se agrietó y cayó en pedazos, liberando demasiado dolor para que Lysander pudiera hacer otra cosa más que soltar sus brazos del agarre de Eroan y envolverlos a su alrededor. Sujetándolo tan cerca suyo como le era posible y abrazándolo con tantísima fuerza, porque le aterró darse cuenta cuán cerca estuvo de perder la única cosa buena que existía en todo su mundo. Eroan se relajó en sus brazos, aceptándolo como nadie nunca lo había hecho. —¿Por qué insistes en seguir salvándome? —susurró. Tras todo lo ocurrido, Eroan no había respondido a esa simple pregunta. ¿Por qué salvaría a su enemigo? ¿Por qué salvaría a una criatura a la que fue destinado a matar y continuaba haciéndolo una y otra vez? La mano de Eroan se apretó contra su espalda, el toque se extendió por todo su cuerpo como una barrera cálida y protectora. —Porque… —comenzó a responder—, en el único lugar donde creí que moriría, me diste una razón para vivir. —¿Qué razón? —Tú. 321

A Eroan… ¿le importaba? No era a causa de su propia sobrevivencia, ni por querer usarlo de alguna forma contra el resto de los drakon, ¿solo le importaba porque quería a Lysander? Era algo muy simple y aun así, rompió su corazón por completo. Lo abrazó con más fuerza, sintiéndose atormentado porque no paraba de temblar. Nunca había sentido algo así y tenía mucho miedo de que al soltarlo, se detuviera. En toda su vida, nadie se había preocupado por él. Desde el momento en que nació estuvo solo. Había luchado por cada segundo de su existencia, había intentado salir de la oscuridad y no siempre había ganado. Era un dragón y no se merecía a alguien como Eroan. Debería soltar a Eroan, pero no podía. Todavía no y quizá nunca lo haría. Además, Eroan era demasiado terco para irse. —Eres la luz en mi oscuridad. —En su desesperada necesidad de ser amado, no supo si habló en voz alta, pero se dio cuenta que no le importaba. —Estás a salvo… —susurró Eroan, abrazándolo igual que lo había hecho cuando ambos se quedaron escondidos bajo tierra. A salvo. —¿Qué es lo que sucede entre nosotros? Eroan nunca le había respondido. Tampoco esperaba que lo hiciera ahora. Eroan se removió en la cama, aún seguía atrapado entre sus brazos, pero maniobró su cuerpo para poder sostener a Lysander cómodamente contra su pecho. El abrazo de Eroan se sintió como el hogar que nunca tuvo y que nunca llegó a conocer en todo lugar que hubiera conocido. Pero necesitaba su respuesta. Si lo que sucedía entre ambos era nada, tenía que saberlo ya, antes que su enamoramiento fuera demasiado lejos. La barbilla de Eroan se frotó contra su cabeza y cuando habló, su voz resonó a través de Lysander. —Lo es todo. Arrugó la camisa de Eroan entre sus puños, temeroso de soltarlo. Quería creerle tanto, quería ser libre para sentirse seguro, pero este mundo no toleraría lo que ambos sentían por el otro. No estaba a salvo, no mientras Dokul siguiera vivo y lo siguiera cazando, no mientras Carline retomara su poder como oro. Y dudaba que los corazones de la gente de Eroan se hubieran ablandado de repente ante la idea de tener a un amatista entre 322

ellos. Pero podía fingir lo contrario mientras estaba envuelto en los brazos de Eroan y pretender que así serían las cosas a partir de ahora. No duraría para siempre, pero podía soñar, ¿no? Soñar con la luz de Eroan… una luz como la que apareció ante él en el lugar más oscuro, en un mundo de hielo al borde de la muerte, cuando cayó en la penumbra y finalmente volvió a la tierra. Esa luz albergaba unos ojos negros y profundos, rodeados de alas plateadas, frías y afiladas. Y tenía un nombre. Había escuchado su nombre momentos antes de que la dragona plata lo enviara de regreso a los vivos para que cambiara al mundo. Se llamaba Alumn

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EPÍLOGO

N YE

Traducido por Achilles Corregido por Samn Un par de ojos amarillos brillaban entre los árboles. Nye desenfundó sus dagas de las vainas de sus muslos y esperó a que la criatura se acercara. Su piel satinada y sin pelo brillaba de la cabeza a los pies. Unas líneas oscuras acentuaban sus ojos del mismo tono. Anillos de metal deslustrados colgaban de sus orejas y muñecas, y cuando se lamió los labios, la luz de la fogata vislumbró el perno de metal que atravesaba su lengua. A medida que se acercaba, la misma luz del fuego lamía sus prendas de cota de malla semitransparentes, acariciando sus delgadas extremidades y calentando su vientre hinchado. —Hola de nuevo, pequeño elfo. —Acarició su vientre de embarazo—. Me había preguntado si cumplirías con nuestro trato o si tendría que sacar a rastras a cada uno de ustedes de sus pequeñitas casitas de madera. Una madre tiene muchas bocas que alimentar y una aldea de elfos satisfaría muchos vientres. Las bestias dentro de su vientre se convertirían en asesinos de elfos. Debería matarla a ella y a sus huevos en desarrollo antes que tuvieran la oportunidad de acabar con más vidas élficas, pero sus ojos fríos y astutos lo miraban con mucho detenimiento. Ella se daría cuenta de cualquier ataque antes que pudiera llevarlo a cabo. Odiaba esto, que hubiera llegado a tal extremo, pero era claro que debía acabar con Eroan y expulsarlo de la Orden como un tumor antes de que el cáncer se

propagara. A Eroan y al príncipe dragón. Él habría preferido deshacerse del príncipe dragón, pero la bronce —Mirann, como le dijo que se llamaba—, había tomado esa decisión tan pronto como lo capturó tras la retirada de la torre. —Algo cambió —le dijo. Los ojos de ella se encendieron y una punzada de pánico amenazó con debilitarlo—. No los van a exiliar. Se acercó más, luciendo más alta a la luz del fuego, su vestido de metal dorado se iluminó con un brillo ardiente. —Me prometiste… Nye interpuso una mano entre ambos, haciendo que se detuviera. —Pero… todavía puedo dárselos. Solo necesito… —Se humedeció los labios—. Un poco más de tiempo, eso es todo… solo un poco más de tiempo. No es necesario que muera nadie. Todavía es posible hacerlo. Mirann vaciló y en lugar de eliminar el espacio que sobraba entre ambos, rodeó la fogata, de cara a las llamas. Las brasas brotaban en alto. Extendió la mano, perturbando las llamas que fluían en línea recta. —Elfos, ¿saben qué clase de dragón albergan entre ustedes? Parece inofensivo, pero sus sonrisas son máscaras y su mordedura es letal. Lysander es tan cruel como todos los de su asquerosa progenie amatista son y es igual de astuto. Los dragones esmeralda son temidos entre los drakon por una sola razón. Él se volverá en su contra. Está en su naturaleza. Le creyó cada palabra. —Yo me encargaré de que lo expulsen. —Alguien tenía que proteger a Cheen de Lysander y de esta monstruosa bronce que claramente tenía a la aldea en la mira—. Solo… ¿deme un poco más de tiempo? —volvió a pedir. Sería muy simple volver a los elfos en contra de Lysander. Eroan sería más difícil, todavía era parte del consejo de guerra y aún era el líder de la Orden, incluso tras haber atacado a Nye, pero no por mucho. La dragona miró su vientre. —¿Tiempo? Tengo un poquito de tiempo, elfo. Y también tengo a Akiem para mantener ocupado a mi padre, al menos hasta que se aburra. Para desgracia del príncipe amatista, él no es Lysander. —Su mirada se volvió amenazante. Capturó una brasa del fuego, se volvió hacia Nye y liberó el polvo resplandeciente. Flotó entre ambos, hechizando a Nye ante el encanto de sus hermosos ojos brillantes—. Pero no 325

te confíes demasiado. Si fallas, yo misma vendré por mi pareja de apareamiento. —Sus dientes brillaron detrás de una sonrisa de reptil—. Y no quieres que eso pase, pequeño elfo. ¿A menos que desees que tu precioso árbol de cintas se incendie? ¿Sabía del árbol sagrado de Alumn? Entonces era cierto que sabía dónde estaba Cheen. No pudo ocultar el pánico en su mirada y con una risa perversa, ella giró sobre sus talones y regresó a las sombras. Nye miró la oscuridad mucho después de que se hubiese ido. Quizá no debió intentar perseguir a Eroan durante el ataque a la torre. Si no lo hubiera hecho, ella no lo habría visto y habría capturado a otro elfo, alguien a quien podría torturar para que siguiera sus órdenes. Al menos, de esta forma, protegería a Cheen. Mirann deseaba a Lysander con desesperación y él se lo daría. Todo lo que tenía que hacer era entregar al dragón. Y a donde fuera el dragón, también lo haría Eroan. Nye amaba a Eroan. Siempre lo amó. Y siempre lo haría. Lo amaba tanto como para darle fin a su sufrimiento ocasionado por el control de Lysander. El futuro dependía completamente de Nye y en nombre de Alumn, juró no fallar igual que Eroan. Levantó la mirada hacia el cielo más allá del dosel de los árboles, rezó una plegaria silenciosa a Alumn, le dio una patada al fuego para extinguirlo y se sumergió de nuevo en la maleza, de vuelta a casa.

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La trilogía SEDA & ACERO culminará con SANGRE & HIELO, tercer y último libro de la historia de Eroan y Lysander. Próximamente será publicado por Traducciones Independientes.

SOBRE LA AUTORA Nacida entre licántropos, Ariana Nash solo busca aventuras en los páramos devastados cuando la luna es redonda y la noche revive con mitos y leyendas. Captura esos mitos en frascos de cristal y regresa a su hogar, para incrustarlos en historias repletas de deseos prohibidos, tierras fantásticas y deleites malévolos.

AGRADECIMIENTOS TI Este libro tardó en salir por muchísimas razones, más malas que buenas, pero si finalmente está aquí para que lo disfrutes y sufras junto a los personajes, creo que habrá valido la pena esperar todo ese tiempo. No deja de sorprendernos el apoyo que ha tenido TI con cada proyecto y lo mucho que crecemos gracias a ustedes. No somos muchos y todo lo hacemos con el corazón, esperando que obtengan un libro maravilloso de la calidad que se merecen. Eso es lo que hace especial a las traducciones, ¿no? Si como lector te encontraste inmerso en la historia y la viviste como si estuvieras ahí en carne propia, entonces significa que nosotros logramos nuestro objetivo. Gracias por seguir con nosotros y motivarnos a que estos proyectos se conviertan en algo más grande en el futuro.

—Samn

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